EEUU y Canadá

La crisis que generó en EE. UU. la gira de Trump por Europa

El presidente tuvo que rectificar tras poner en duda la injerencia de Moscú en la elección del 2016.

El presidente de EE. UU., Donald Trump, y su homólogo ruso, Vladimir Putin

El presidente de EE. UU., Donald Trump, y su homólogo ruso, Vladimir Putin, se reunieron en Helsinki.

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EFE

21 de julio 2018 , 11:00 p.m.

La gira del presidente de EE. UU., Donald Trump, por Europa solo duró cuatro días. Sin embargo, en estos, al mandatario estadounidense hasta le sobró tiempo para provocar todo un terremoto en ambos lados del Atlántico.

Durante su primera parada, en Bruselas, para la cumbre de la Otán, volvió a trapear el piso con la alianza al exigir a los otros 28 miembros “aumentar de inmediato” sus gastos en defensa y, de paso, coquetear con la idea de abandonar el pacto si estos no responden a sus exigencias.

Un día después, de visita oficial en el Reino Unido, criticó abiertamente a la primera ministra Theresa May por no concretar el brexit, además de calificar de “un enemigo de EE. UU. a la Unión Europea”.

Pero, sin duda, la cereza en el pastel fue la rueda de prensa que dio en Helsinki tras su encuentro con el presidente de Rusia, Vladimir Putin. En esta, Trump no solo se regó en elogios hacia Putin, nuevamente, sino que desprestigió a las agencias de inteligencia de su país tras indicar que le creía a Putin cuando este decía que Rusia no había interferido en las elecciones presidenciales del 2016 a pesar de que el FBI, la CIA, la Dirección Nacional de Inteligencia y el mismo Senado de EE. UU. concluyeron lo contrario.

Trump, además, evitó las críticas al jefe del Kremlin y ni siquiera le expresó malestar por la anexión de Crimea o la invasión a Ucrania.

En Washington, sus declaraciones cayeron como una bomba. Republicanos y demócratas, que rara vez coinciden en algo, condenaron al unísono sus palabras.
Algunos como John Brennan, exdirector de la CIA , lo llamaron “traidor” por arrodillarse ante el verdadero enemigo. Otros, incluso aliados cercanos como el expresidente de la Cámara Newt Gingrich, catalogaron su intervención como el “peor error de su presidencia” y le pidieron corregir de inmediato.

Mitch McConnell, líder de los republicanos en el Senado y quien rara vez antagoniza con Trump, tuvo que salir a calmar los ánimos. “A nuestros amigos europeos quiero decirles que valoramos el tratado de la Otán como la alianza militar más significativa de nuestra historia. Creemos que los países de la Unión Europea son nuestros amigos, mientras que Rusia no lo es”, afirmó. Tal fue la presión que Trump, 24 horas después, convocó una rueda de prensa para rectificar.

A regañadientes, y leyendo de un papel, el mandatario dijo que había cometido un error al afirmar que “no tenía por qué no creerle a Putin” cuando este negaba la interferencia en las elecciones.

En realidad lo que quise decir fue que no tenía por qué creerle

“En realidad lo que quise decir fue que no tenía por qué creerle”, afirmó tras asegurar que sí aceptaba las conclusiones de sus agencias de inteligencia sobre el rol de Rusia en los comicios.

Pero la explicación semántica no dejó convencidos a muchos, sobre todo porque no es la primera vez que Trump se alinea con Putin al respecto y porque tampoco explica su aparente interés en debilitar a la Otán y la Unión Europea para beneficio de Moscú.

El incidente, en todo caso, revivió las teorías de que quizá Putin guarde algún secreto sobre Trump que le permite manejarlo como una marioneta.

Así al menos lo sugirió Nancy Pelosi, la demócrata de más alto rango en la Cámara de Representantes. Otra teoría es que a Trump le resulta muy difícil aceptar que Rusia intervino a su favor en las elecciones, pues eso deslegitima su triunfo y, por lo tanto, prefiere poner en entredicho la credibilidad de las instituciones de inteligencia antes que aceptar que los rusos le dieron una mano.

Analistas como Robert Bosch, experto en Europa del Brookings Institution, creen que lo de Trump puede ser más que todo retórica, ya que en la práctica las relaciones con la UE y la Otán siguen fluyendo sin mayores dificultades.

Si es así, dice Bosch, la apuesta más inteligente es entender a Trump como un “accidente” al que solo le quedan unos cuantos años más en el poder y que podría perder parte de su mandato en las elecciones de noviembre si los demócratas recuperan el Congreso.

Pero si no lo es y tras sus palabras lo que existe es un plan maestro para redefinir el tablero internacional, la cosa es más grave.

Tenemos que determinar cuál es el juego de este presidente. ¿Es un show solo para la televisión o está destruyendo el orden internacional que conocemos? Si es un show, entonces simplemente apagamos la televisión por un rato. Pero me inclino a pensar que no lo es, y eso exige que Europa asuma una posición más asertiva”, dice por su parte Celia Belin, del Centro Thucydide de la Universidad de París.

Belin cree que Europa debe ver entender este momento como un campanazo de alerta para comenzar a romper la dependencia económica y militar que tiene con Estados Unidos y que está siendo usada por Trump para imponer su voluntad.

En la arena doméstica –y aunque se retractó en algunos frentes–, esta nueva salida en falso del presidente le puede salir costosa. No solo porque revive el fantasma de la interferencia de Rusia en los comicios del 2016, sino porque da nuevo aliento a la investigación que adelanta el fiscal especial Robert Mueller para determinar si hubo coordinación con la campaña de Trump.

Un tema que lo eclipsa desde que asumió las riendas de la Casa Blanca y podría pesar en las elecciones legislativas de noviembre próximo.

SERGIO GÓMEZ MASERI
CORRESPONSAL DE EL TIEMPO
WASHINGTON

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