EEUU y Canadá

El FBI, entre el heroísmo y la desconfianza

Trump aprovecha reservas de estadounidenses para deslegitimar investigación sobre injerencia rusa.

Devin Nunes, representante republicano

El representante republicano Devin Nunes fue el encargado de publicar el memo que el Gobierno está usando para sostener que hay una conspiración en su contra.

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Shawn Thew / EFE

10 de febrero 2018 , 10:40 p.m.

Para el común de la gente no es fácil comprender la dinámica histórica que se teje en torno al rol del FBI (Federal Bureau of Investigation, de los Estados Unidos) en la vida nacional y política de los gringos.

El debate se ha avivado con motivo de la publicación reciente, por parte de la mayoría republicana en el Comité de Inteligencia de la Cámara de Representantes, del memo sobre las actividades de esa agencia. Evidentemente, el propósito es desprestigiar la investigación que adelanta el fiscal especial Robert Mueller (otrora altamente respetado exdirector del FBI) sobre la injerencia de los rusos en la campaña presidencial en la que salió elegido Donald Trump. En reacción, la minoría demócrata publicó su propia versión desmintiendo a Trump y a los republicanos, y defendiendo a la entidad investigadora.

Las relaciones entre el Ejecutivo gringo, el Legislativo, la opinión pública y el FBI nunca han sido fáciles. Menos ahora, cuando están en juego la supervivencia de Trump en el poder y su futura reelección. Conciliar las obligaciones de dicha institución de investigación con la preservación de la seguridad interna y con las exigencias de los actores políticos es una tarea bien dura, mucho más de lo que parece.

Un pulso histórico

La tensión entre la autodeterminación municipal y estatal –ferozmente defendida por las comunidades locales durante más de 200 años– y la necesidad inevitable de construir un sistema de justicia nacional centralizado, para poder administrar un país del tamaño de los Estados Unidos, ha creado un conflicto institucional ineludible –diría que irresoluble– y que se mueve al vaivén de los momentos políticos. Es un pulso entre la justicia del ‘pueblo’ y la justicia de ‘Washington’.

Hay que poner en contexto esa ‘bipolaridad’ judicial, que caracteriza a nuestros amigos los gringos, para entender lo que está pasando hoy en el escándalo desatado por la Casa Blanca y sus aliados.

El federalismo gringo fue posible gracias a que se dio autonomía a las jurisdicciones penales y políticas locales con preeminencia sobre los escasos recursos investigativos, legales y constitucionales que para entonces tenía el gobierno central de los estadounidenses. Desde sus orígenes como nación, el rechazo a otorgar un poder excesivo al nivel federal es una constante de la vida política de los Estados Unidos. Trump está aprovechando esa tradición de sospecha y suspicacia frente a Washington para deteriorar ante la opinión la credibilidad del FBI.

Miedo al absolutismo

Los estadounidenses, en particular los del sector rural, le tienen mucho miedo a perder su libertad individual; por eso defienden a muerte el derecho a portar armas y tener la facultad constitucional de organizar grupos paramilitares. La segunda enmienda de la Constitución de los Estados Unidos dice que “siendo necesaria una milicia bien ordenada para la seguridad de un Estado libre, el derecho del Pueblo a poseer y portar armas no será infringido”.

La Guardia Nacional –ejércitos paramilitares al servicio de los estados de la Unión, comandados por los gobernadores y compuestos por civiles voluntarios armados, con capacidad blindada y aérea en algunos casos– es una reserva estratégica en ‘defensa’ del derecho a la libertad y la soberanía descentralizada inherente al régimen federal estadounidense. En varias ocasiones ha sido usada por los estados para someter movimientos sociales e insurrecciones motivadas por causas raciales.

El reconocimiento favorable de los ciudadanos republicanos al FBI pasó del 62% en el 2014 al 49% hoy. Es muy mal síntoma, que sugiere que está teniendo éxito la campaña de difamación

Aprovechando esa dicotomía del sentir nacional de los gringos, la campaña de desprestigio de Trump y algunos líderes republicanos contra el FBI ha tenido su efecto. Han vuelto a darle el carácter autoritario y absolutista que varias veces –en muchos casos injustamente– se le ha asignado a esa institución a lo largo de la historia.

Según Gallup, el reconocimiento favorable de los ciudadanos republicanos a dicha agencia investigadora pasó del 62 por ciento en el 2014 al 49 por ciento hoy. Es muy mal síntoma, que sugiere que está teniendo éxito la campaña de difamación orientada a frenar, por presiones políticas, los procesos contra la campaña de Trump e intimidar a las autoridades judiciales.

Choque de trenes

Al FBI le ha tocado bailar con la más fea. Esa institución tiene sin duda su buena dosis de rabos de paja. Pero no le ha tocado fácil por cuanto su objetivo es ser la agencia doméstica contra el crimen, a diferencia de la CIA o la NSA (Central Intelligence Agency y National Security Agency), que poseen un campo de operaciones concentrado en los enemigos externos y a las que la ley les da más margen de maniobra.

Desde sus orígenes, al FBI le han asignado responsabilidades ambiguas asociadas a la seguridad nacional. También, muchas veces, buscando salidas fáciles a situaciones terribles, como fueron los atentados contra las Torres Gemelas, le endilgan la misión de hacer contrainteligencia y seguimientos que involucran a sus propios ciudadanos.

Y allí está el origen del lío que actualmente tiene entre los palos al FBI. A raíz del 11-S, los poderes de seguimiento de la entidad se incrementaron sensiblemente. La hábil tesis de Trump de que el FBI abusó de esas facultades para espiarlo a él, así como a los suyos y a su campaña, ha cogido fuerza.

No es de extrañar, entonces, que las versiones de una conspiración contra Trump, aupadas por el memorando –lleno de inexactitudes– liberado irregularmente por el representante (Devin) Nunes y la operación de comunicaciones de Trump, generen bastante credibilidad entre los gringos rasos. Esto que está ocurriendo no se puede calificar de menos que una crisis institucional. Hasta el nuevo director del FBI, Christopher Wray, impuesto por Trump después de echar como un perro a su antecesor, James Comey, le tocó salir a regañadientes en defensa de la institución.

Agenda política del FBI

La desconfianza endémica que tiene el gringo promedio hacia la injerencia de las agencias del Estado sobre su privacidad, sus derechos y sus libertades no es gratuita y ha hecho muy compleja la función de este organismo de seguridad, investigación e inteligencia. En particular, la ambivalencia de su rol y autoridad, ‘vis-à-vis’ el Ejecutivo, genera choques de trenes como el que actualmente se está viviendo entre Trump, el Departamento de Justicia y el FBI.

No es la primera vez. J. Edgar Hoover –como miembro y luego director del FBI– orientó la investigación criminal de los Estados Unidos desde 1924 hasta 1972. No se puede desconocer que su trabajo frenó el crimen organizado, que era rampante en ciudades como Nueva York, Las Vegas y Chicago. No es difícil imaginar que en semejante lapso de permanencia en la institución –con el acceso irrestricto a información altamente clasificada y privilegiada– hubiera adquirido un poder de intimidación inmenso. Después de la salida de Hoover, el propio Congreso de los Estados Unidos limitó a diez años el máximo periodo de permanencia de un director del FBI.

Sus prioridades ideológicas, como la persecución encubierta a los comunistas estadounidenses, a los “no conformistas sexuales” –entre ellos, cientos de homosexuales– y a los líderes de los derechos civiles, incluido Martin Luther King Jr., se impusieron en la agenda del organismo. Hay que reconocer también que ese trabajo investigativo arrinconó al Ku Klux Klan cuando Kennedy desató su lucha por los derechos civiles.

No en vano varios presidentes intentaron someter a Hoover, entre ellos Kennedy, quien puso a su propio hermano como Attorney General (fiscal general), que es formalmente el jefe institucional del FBI. Las teorías sobre el rol del Bureau en el asesinato del entonces presidente y luego de su hermano Robert ‘Bob’ Kennedy, candidato demócrata para la Casa Blanca, siguen rondando las diferentes versiones lunáticas sobre lo que ocurrió en esos nefastos episodios. El presidente Nixon, en Watergate, y otros mandatarios –en medio de dificultades políticas y judiciales– han intentado enjalmar al FBI o someterlo a su autoridad.

Héroes en trance de villanos

En las paredes de la Academia del FBI, a la que he visitado como embajador de Colombia, reposan los nombres de cientos y cientos de agentes fallecidos en cumplimiento del deber en la lucha contra el narcotráfico, el crimen organizado y el terrorismo; varios de ellos trabajando al lado de la Fiscalía y la Policía Nacional de Colombia.

En circunstancias generalmente adversas en cuanto a la opinión pública, el FBI se posicionó como un puntal del heroísmo en el imaginario estadounidense. Ahora Trump quiere convertirlos en villanos por razones políticas y legales personales. Esto puede desembocar en una de las peores crisis institucionales que haya vivido ese país.

GABRIEL SILVA LUJÁN
Para EL TIEMPO

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