Asia

Los otros dramas de las mujeres en medio de la crisis rohinyá

Al éxodo masivo se suman abusos y violaciones, aumento del matrimonio infantil y aislamiento.

Crisis rohinyá

Desde el 25 de agosto de este año, un aproximado de 626.000 rohinyás han huido de Birmania a Bangladesh debido a persecución con motivos religiosos.

Foto:

Cortesía: Olivia Headon / OIM

21 de diciembre 2017 , 08:01 a.m.

Una madre rohinyá muy joven, con la ropa y las fuerzas desgastadas tras unos siete días de viaje, sube una escarpada colina de barro. En la mano izquierda lleva un balde, en su cabeza, un kit de ayuda humanitaria, con la otra mano sostiene a su pequeño bebé y colgando de sus dedos una bolsa de arroz y un tarro de aceite.

Completamente cargada escala el último obstáculo desde que huyó de Birmania por la intensa persecución religiosa. Al otro lado de la colina encuentra uno de los campamentos para refugiados que hay en el sur de Bangladesh, que del 25 de agosto al 7 de diciembre de este año, poco más de tres meses, ha recibido un estimado de 626.000 personas de esta etnia, según datos de la Organización Internacional para las Migraciones de la ONU (OIM).

La imagen de esta mujer es una de las tantas que se ha grabado en la mente de Mónica Noriega, ella es colombiana y especialista en Violencia de Género en Emergencia, parte del equipo de respuesta rápida de la OIM; este año ha estado a cargo de montar la estrategia de atención a víctimas de violencia sexual en los campamentos que reciben a los rohinyás en Bangladesh.

Los rohinyás son una minoría étnica musulmana de Birmania, un país con un 90 por ciento de población budista. Su reciente éxodo comenzó en el estado Rakhine, al noroeste de ese país asiático, hace poco más de tres meses. La migración de esta minoría hacia Bangladesh, sin embargo, comenzó hace muchos años, teniendo un pico en octubre del 2016 y otro que comenzó este agosto, cuando rebeldes del Ejército de Salvación Rohinyá de Arakan (Arsa, por sus siglas en inglés), un grupo que afirma defender a esta minoría musulmana, atacaron decenas de comisarías de policía de Birmania.

Desde entonces, aldeas han sido quemadas y cientos de personas asesinadas en una operación militar que Naciones Unidas ha llegado a calificar como una “limpieza étnica”. En Birmania, esta minoría es considerada ilegal, no pueden acceder al mercado laboral, a las escuelas ni a los hospitales, tampoco pueden tener legalmente un terreno. Y si bien Bangladesh ha mantenido sus fronteras abiertas para su ingreso, no les da el estatus de refugiados.

Crisis rohinyá

Miles de rohinyás han huido de Birmania hacia Bangladesh en medio de una persecusión religiosa. La travesía puede durar más de una semana.

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Cortesía: Olivia Headon / OIM

Crisis rohinyá

Se han adecuado varios campamentos de refugiados en Bangladesh.

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Cortesía: Olivia Headon / OIM

Crisis rohinyá

Las zonas adaptadas como campamentos crecen exponencialmente. Algunos campamentos como Balukhali y Kutupalong casi se han unido en uno solo por la gran cantidad de tiendas.

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Cortesía: Olivia Headon / OIM

Esta masiva migración en los pasados meses casi supera la cifra de desplazados en Colombia en 2002: 756.143 personas, el año con más desplazados en los últimos 32 en el país, según el Registro Único de Víctimas (RUV). Además, se estima en cerca de un millón la población total de rohinyás y más de 836.000 han huido a través de los años para refugiarse en Bangladesh, según datos de la OIM, lo que dejaría solo un 20 por ciento restante en Birmania.

El drama de este éxodo se multiplica especialmente para las mujeres y niños, comenta Noriega, pues además de ver sus casas quemadas, son abusados sexualemente y algunos, incluso, secuestrados. Un agravante es el estigma que una violación tiene en la cultura conservadora como la de los rohinyás: después de un asalto sexual las mujeres no pueden casarse y son un ‘lastre’ para sus familias, cargan una vergüenza para el resto de sus vidas.

Todo esto lo sufren en la huida, sin embargo, tras llegar a los campamentos de refugiados deben afrontar otras situaciones complejas. El hacinamiento en los campamentos no solo es un grave problema de salud pública, sino que, al no estar segregados por sexo, en estos lugares se pueden incrementar los riesgos de violencia sexual para las mujeres.

“Una niña adolescente en una sociedad súper conservadora no se puede dar el lujo de ir caminando por la calle o el campamento y que la toquen porque eso daña su honor para siempre”, dice Noriega.

Estas limitaciones hacen que las mujeres en los campamentos se mantengan encerradas, “a veces uno se pregunta si es que sí hay porque están enclaustradas en sus cambuches porque al ser una sociedad tan conservadora el espacio público es muy restringido para una mujer”, dice la experta.

Además, la dura situación de la huida hace que la mayoría de las personas lleguen a los lugares de acogida solo con lo que llevan puesto. “Llegas a un campamento donde te toca compartir con muchas personas y no puedes lavar la ropa porque primero, ¿dónde? todo está afuera, y si la lavas, ¿qué te pones mientras tanto?”, agrega.

Los problemas no acaban allí, las organizaciones que atienden esta crisis han comenzado a detectar un incremento en el matrimonio infantil, algo que se ha tratado de erradicar fuertemente en todo el mundo. Aunque la OIM tiene indicios de que esto está sucediendo en medio de la crisis rohinyá, aún no han podido hacer un estudio a profundidad de este tema, aclara Mónica, quien dice que las familias lo hacen para tratar de proteger a sus niños.

“Si casas a la niña ya garantizas que no te toca cuidarla tanto y que si la violan, la irrespetan o le dañan el honor, pues ya se casó. La otra es por una estrategia para tener una boca menos que alimentar y una persona menos para ocupar espacio en un sitio donde el espacio es muy reducido”, contó la especialista de la OIM.

Las casan también para tener una boca menos que alimentar y una persona menos para ocupar espacio en un sitio donde el espacio es muy reducido

Por otro lado, una nueva amenaza ha empezado a prender las alarmas: el tráfico de personas. En el reporte del 28 de noviembre de la OIM se habló de que aumenta la preocupación por la protección de estas personas, “con tantas personas vulnerables y sin hogar viviendo en una área pequeña, los campamentos se han convertido en blanco de traficantes de personas oportunistas, quienes buscan explotar a los refugiados”, dice el informe.

Ante las amenazas, organizaciones como la OIM se han esforzado por crear espacios seguros para las mujeres y niños, como sitios en los que a cierta hora del día las invitan a reunirse y aprender idiomas, costura, entre otras cosas. Así mismo, se visitan sus hogares ofreciéndoles servicios de consejería y acompañamiento, visitas médicas y provisiones como ropa y toallas higiénicas.

“Tenemos kits, actividades grupales... es muy importante establecer vínculos entre las niñas y las mujeres, que tengan un sentido de comunidad, que si han sufrido algún tipo de violencia tengan la información de donde está la clínica y qué servicios hay, o de ver una psicóloga o de entrar en un programa con una trabajadora social”, comenta Noriega.

Como tope a la ya difícil situación para las mujeres, la falta de denuncias sobre casos de violencia sexual enreda más el que puedan ser atendidas o recibir ayuda.

“Son una población que no ha tenido acceso a la justicia nunca, entonces ¿para qué vas a contar algo tan íntimo y tan vergonzoso que si tus vecinos y familia saben tal vez te afecte incluso más de por vida?...A parte de eso está la otra complicación, y es que en Bangladesh, por no tener estatus de refugiados y no tener realmente acceso a los servicios, no saben que eso está disponible”, agrega la experta.

Cada día siguen llegando refugiados de Birmania a los campos en Bangladesh y aún no se ve una salida a esta crisis, a pesar de conversaciones y acercamientos entre los dos países, de la reciente visita del Papa a la región, quien pidió respetar a esta población, y a pesar de las denuncias que todos los días levantan organizaciones humanitarias.

Y aunque el éxodo rohinyá tiene causas diferentes al desplazamiento que por años se vivió en Colombia, para Noriega hay algo que tienen en común: el dolor que se producen entre sí los seres humanos.

“Muchas de las cosas que vivimos en nuestro país y el daño que nos hicimos y la cantidad de desplazamientos que generamos, la cantidad de dolor, pérdidas, desapariciones, de gente que no pudo volver a ver a su familia, que no pudo volver a su tierra, que no pudo volver a su casa, que vio a sus seres queridos morir o no saben en dónde están, se parece mucho al dolor que estamos viviendo acá”, concluye Noriega, quien, a pesar de esto, no pierde la fe en que haya una salida definitiva a esta crisis, “siempre hay soluciones mientras haya voluntad política”.

MARÍA ISABEL ORTIZ FONNEGRA
Redactora de ELTIEMPO.COM
En Twitter: @M_I_O_F

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