Lecturas Dominicales

Cuadro de costumbres de la Colombia actual

Reseña de 'Cómo perderlo todo', la novela más reciente de Ricardo Silva Romero

Ricardo Silva Romero

'Como perderlo todo', Ricardo Silva Romero. Alfaguara. 612 páginas. $59.000.

Foto:
14 de octubre 2018 , 12:15 a.m.


En Cómo perderlo todo, la novela más reciente de Ricardo Silva Romero, un año de plebiscitos y elecciones inesperadas, de asesinatos escandalosos y muertes lamentadas se convierte en el trasfondo para un tejido apasionante de historias de pareja donde lo único posible es el intento, casi siempre imposible, de comunicación a través de las omnipresentes pantallas. La primera ficha de dominó es un artículo que Horacio Pizarro, profesor de filosofía, comparte en su perfil de Facebook ante el nacimiento inminente de su nieta lejos de él, lejos de Bogotá. El artículo provoca la reacción de su compañera de trabajo, la incoherente Gabriela Terán, y desde los miles de likes que provocan las palabras de la filósofa se desencadenan, uno por uno como fichas de dominó, una serie de infidelidades, aniversarios impensables que se desvanecen en el tiempo, hombres incapaces de enamorarse, un triángulo amoroso imposible entre mujeres, compañeros de taxi que se tratan a punta de groserías, diálogos de paz que intentan avanzar en medio de la desconfianza mutua, una esposa que despierta de un largo coma, militares que salen del clóset, campañas políticas e insultos dignos del capitán Haddock.

En medio de esos dramas que comienzan con la contundente relación entre las parejas y el deseo de muerte que recuerda, más que marginalmente, a la descripción de las familias infelices de Anna Karenina, Silva Romero crea el que, quizás, es el cuadro de costumbres más demoledor de la Colombia actual. Los eufemismos, la corrección política, la cacería de brujas, el oportunismo de algunos y la incapacidad de responder de otros son los matices para una novela cuyo personaje principal, al mejor estilo de Los Ángeles en Magnolia o Dublín en Ulysses, es la caótica Bogotá de 2016. Una ciudad –mejor, un país– donde los titulares que saltan de tiempo en tiempo entre los diálogos ambientan como aforismos un infierno cada vez más cotidiano. Donde la aparente libertad de un bar en Bogotá se contrapone con un asesinato en un lugar remoto, donde la astrología (en un casi imperceptible tributo que Silva hace a su padre, Eduardo Silva Sánchez, físico y profesor que leía las cartas del tarot) deviene en la mejor forma de contar los miedos de los personajes y sus momentos en un guiño a Las luminarias de la neozelandesa Eleanor Catton. Donde lo poco que queda son las pantallas convertidas en los únicos espacios posibles de comunicación entre los seres humanos: WhatsApp, Facebook, Twitter, Netflix, Waze, Instagram, Skype, música de fondo, la telenovela de la noche, las películas y los partidos de fútbol son las respuestas a personas que intentan subsanar su soledad y su búsqueda de un simulacro de humanidad a través de los pixeles y sólo reciben a cambio estar en vilo, incómodos en medio de un mundo que les proporciona la locura cada vez más visible gracias al exceso de la información.

Ricardo Silva, escritor colombiano

Ricardo Silva es autor de 'Autogol' e 'Historia oficial del amor', entre otros libros.

Foto:

Rodrigo Sepúlveda / Archivo EL TIEMPO

Si bien en esta novela se sienten ecos de sus primeras historias, centradas en una Bogotá vista desde los ojos de jóvenes adultos enfrentándose a la realidad y con el edificio La Gran Vía de la 100 con Séptima como centro de gravedad de un universo en ciernes, el tamiz de las novelas posteriores a El hombre de los mil nombres (2004), cada vez más cargadas del karma de ser colombiano –el fútbol en Autogol (2009), las masacres en El espantapájaros (2012), la marginalidad en El libro de la envidia (2014) y, sobre todo, ese fresco renacentista que es Historia oficial del amor (2016)– permea a estos seres humanos puestos en medio del mapa de una ciudad pasivo-agresiva donde la posibilidad de consumar ese amor que retrató Silva Romero con la historia de los Silva y los Romero se hace, si no imposible, difícil en medio del infierno cuyos nombres son un mapa franqueado por las montañas y el río, y sus indicaciones son las incontables referencias a la cultura popular que cubren un denso espectro enciclopédico y, gracias al Instagram del autor (@ricardosilvaromero), hacen más tangible la realidad dantesca pero hilarante de esta novela.

Una ciudad –mejor, un país– donde los titulares que saltan de tiempo en tiempo entre los diálogos ambientan como aforismos un infierno cada vez más cotidiano.

No resulta casual que, en varias escenas de Cómo perderlo todo, Horacio Pizarro enfatice en sus iniciales. Silva Romero creó en este H.P., como Salman Rushdie y Nerón Golden (2017), como Jonathan Franzen y Purity (2015) o, hace ochenta años, Fitzgerald con Jay Gatsby, un retrato conmovedor, sardónico y a la vez doloroso de una sociedad que convierte, con un like, a un anodino profesor en un paria. Una sociedad donde las barras bravas se esconden detrás de arrobas y la corrección política reemplazó la discusión. La sociedad que, sin saberlo y como muchos lo han advertido (desde la vilipendiada Camille Paglia hasta el lúcido Steven Pinker, pasando por Vargas Llosa y Harold Bloom), incubó a los extremismos de ambos lados del espectro. Esa advertencia, como un susurro de Casandra, subyace las palabras de Cómo perderlo todo: quizás, la mejor forma de perder absolutamente todo sea dejarse llevar por el torrente del extremismo y por el miedo a la palabra.


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