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Con Colombia en Mundial se disparan casos de violencia contra la mujer

Los casos aumentaron 31,5 % durante las dos últimas copas del mundo, cada vez que jugó la Selección.

No es hora de callar

La campaña No es hora de callar ha liderado iniciativas para fomentar el respeto hacia las mujeres desde el ámbito del fútbol.

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Mauricio León. EL TIEMPO

Por: Miguel Salazar
04 de noviembre 2018 , 01:22 p.m.

En la madrugada del 31 de mayo de 2016, huéspedes del Metropolitan Hotel, en Miami Beach, Florida, llamaron a la administración para informar sobre un altercado en el cuarto 311 que no los dejaba dormir. Cuando llegó la policía, encontraron a María Bazán, la esposa del futbolista Pablo Armero, defensor de la selección colombiana de fútbol, llorando y con sus extensiones de pelo regadas en el piso.

Bazán le contó a la policía que esa noche había salido a tomar unos tragos con Armero y que cuando volvieron al hotel, él quería tener sexo. “No, estoy demasiado cansada”, le dijo ella, según consta en el reporte. Pero la respuesta enojó a Armero, quien le jaló el collar con tanta fuerza que lo rompió. Luego trajo un par de tijeras y le cortó el cabello.

Por estos hechos, Armero fue detenido bajo el cargo de violencia física y llevado a una estación de policía. Los reportes del incidente aparecieron en medios de Florida, y en menos de 24 horas el hecho ya era noticia en la prensa colombiana. Armero era querido por su carisma y sus celebraciones excéntricas. En 2014 había anotado el primer gol de Colombia en un mundial en 16 años, lo cual ayudó a que la selección de José Pékerman avanzara a los cuartos de final por primera vez en su historia. Dos años después, Armero se encontraba preso en el centro correccional TGK en Miami. Parecía que su reputación y su carrera estaban destruidas.

Pero no fue así. En marzo de 2017, menos de un año después de haber sido arrestado, Armero fue elegido de nuevo para jugar con la Selección una serie de partidos de las eliminatorias del mundial 2018. Para muchos, su inclusión en el equipo era una aceptación tácita del abuso doméstico. “Como mujer, les quiero decir que me siento agredida por su convocatoria”, les manifestó la periodista de RCN Andrea Guerrero a sus compañeros en una transmisión. “No comparto que en mi Selección, donde están mis ídolos, haya un hombre que maltrató a su mujer”. Días después, en un comunicado, ONU Mujeres denunció que Guerrero había recibido “amenazas constantes” desde que se viralizó su comentario.

Las instituciones colombianas de fútbol parecían dispuestas a pasar por alto el incidente. Al parecer, para ellos esto no fue una aberración.

No comparto que en mi Selección, donde están mis ídolos, haya un hombre que maltrató a su mujer

Los técnicos son a menudo cómplices, bien sea por proteger de cualquier castigo a jugadores involucrados en este tipo de hechos, o por impartir violencia ellos mismos. En un video divulgado el año pasado por la revista ‘Semana’, Jorge Luis Pinto, exdirector técnico de la selección colombiana (2007-2008), le pega a su hija durante una pelea que tuvo ella con su exesposo. Y cuando ella le dice, llorando, “todo el mundo me agrede, todo el mundo me insulta”, él le respondió: es “porque tú mereces eso”.

Y aunque se debe mencionar como un hecho significativo que la brutal agresión del técnico Hernán Darío el ‘Bolillo’ Gómez contra una mujer a la salida de un bar en Bogotá en 2011 le terminó costando su puesto como entrenador de la Selección Colombia –se vio obligado a renunciar–, hay que recordar que eso se dio en buena parte por presiones de los anunciantes, y que Luis Bedoya, por aquel entonces presidente de la Federación Colombiana de Fútbol, llegó a afirmar, en una primera instancia, que se trataba de “un asunto de su vida personal”.

La violencia de género es rampante en toda América Latina. Cerca del 38 % de las mujeres sufren abuso doméstico en algún momento de sus vidas, según el Wilson Center, en Washington. Los casos de feminicidios están aumentado a un ritmo tan alarmante que el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (Pnud) recientemente definió la región como “la más violenta del mundo para las mujeres”.

En Colombia se reportaron más de 70.000 casos de violencia intrafamiliar en 2017. Las denuncias se incrementan en enero y mayo, y los domingos, cuando las familias tienden a pasar más tiempo juntas en el hogar.

El Día de la Madre es el más violento del año, tanto que algunas ciudades han prohibido la venta de alcohol durante 24 horas. Pero cifras obtenidas por ‘The Nation’ y analizadas por académicos en la University of Central Lancashire, en Inglaterra, advierten de otro periodo de fuerte incremento de violencia contra la mujer: el Mundial de fútbol.

Según cifras de Medicina Legal, los casos de violencia de pareja contra mujeres se incrementaron, en promedio, 38 y 25 % en días de partido de la Selección Colombia durante los mundiales de 2014 y 2018, respectivamente. Y casi 50 % durante la Copa América del 2015, en comparación con los días en los cuales la selección no jugó.

Para nadie es un secreto que el fútbol colombiano ha estado marcado por la violencia. En la década de 1980, grupos narcotraficantes del país se apoderaron de los equipos de la liga colombiana, financiando equipos con plata ilegal, lo cual resultó en la muerte de un árbitro en 1989 y el asesinato de Andrés Escobar después de que anotó un autogol en la Copa Mundial de 1994. Para no hablar de asesinato de hinchas por el simple hecho de llevar una camiseta de un equipo rival.

El Día de la Madre es el más violento del año, tanto que algunas ciudades han prohibido la venta de alcohol durante 24 horas

Los pioneros en la región

En este contexto, la relación entre fútbol y abuso doméstico ha pasado desapercibida, cosa que no ha sido así en otros países. En el 2000, Gerardo Araya, un profesor de la Universidad de Costa Rica, realizó el primer estudio sobre fútbol y violencia doméstica luego de escuchar sobre el tema en un noticiero. Con ayuda de un colega, Araya revisó archivos de la policía y descubrió que durante un período de 17 meses, las denuncias de violencia doméstica aumentaron en las fechas en las que se jugaron partidos de fútbol a nivel local y nacional. Luego de que sus hallazgos se publicaron en una revista costarricense, el estudio fue compartido con el Instituto Nacional de la Mujer (Inamu), que ahora supervisa las llamadas de violencia doméstica recibidas por la policía en días de fútbol. Durante la Copa Mundial de 2014, por ejemplo, las llamadas de emergencia aumentaron hasta un 45 %, según cifras de la policía costarricense.

El caso de Inglaterra

El asunto no es solo un problema latinoamericano. En Inglaterra, un estudio de la Universidad de Lancaster hecho en el 2014 y dirigido por Stuart Kirby, Brian Francis y Rosalie O’Flaherty encontró un patrón similar al analizar los datos de la policía durante los mundiales de 2002, 2006 y 2010. Al ganar o empatar un partido, los incidentes de abuso doméstico aumentaban un 26 %, pero al perder o ser eliminados, los casos se incrementaban hasta en un 38 %.

Investigadores como Araya y Kirby son cautelosos a la hora de abordar las causas de este fenómeno, pero coinciden en que no se puede atribuir solo al machismo y en que aquí se juntan varios factores. Las campañas de mercadeo a nivel global ayudan a que los hombres se involucren emocionalmente en los partidos. Y durante las copas mundiales, a medida que el patriotismo se cruza con la identidad del hincha, los fanáticos comienzan a identificar los éxitos o los fracasos del equipo como propios, hasta llegar a extremos peligrosos. Algunos estudios han documentado aumentos en los niveles de testosterona masculina durante partidos de fútbol, mientras que en Colombia, el Observatorio de Salud de Bogotá encontró un incremento de 54 % en tratamiento de infartos durante el Mundial de Brasil. Son días de emociones muy intensas.

Al mismo tiempo, el consumo de alcohol se dispara durante los partidos. Las compañías de cerveza son los patrocinadores más grandes de este deporte a nivel mundial y promueven sus productos con mayor intensidad en las fechas en que hay fútbol, y mucho más cuando se trata de un gran torneo, como la Copa América, las eliminatorias o el propio Mundial.

“Uno de los problemas es que muchas personas utilizan la Copa Mundial, y otros eventos importantes del fútbol, como excusa para beber más alcohol de la cuenta”, dijo Kirby, coautora del estudio del 2014 y hoy docente en la University of Central Lancashire. Y aquí cabe anotar que algunas ciudades colombianas flexibilizaron las regulaciones para permitir la venta de alcohol desde las 7 a. m. cuando la Selección enfrentó a Japón en el Mundial de Rusia.

Manejo de emociones

Este sentido de identidad exacerbado combinado con un ambiente cargado de emociones y el consumo de alcohol pueden crear un coctel muy peligroso. Expertos y grupos de derechos de las mujeres son enfáticos en decir que el fútbol en sí mismo no es el culpable: “Los hombres violentos son el problema”, subrayan. Pero también afirman que los eventos deportivos tienden a relajar las normas sociales.

“Los deportes son el lugar donde una sociedad absolutamente regulada tiene un espacio de descompresión”, explica Andrés Dávila, director del departamento de Ciencia Política de la Universidad Javeriana y autor de ‘La nación bajo un uniforme’, un libro sobre fútbol e identidad nacional en Colombia. Los partidos de fútbol proporcionan un escape de la rutina diaria, un espacio donde beber es bienvenido (esperado, incluso) y donde los gritos y las groserías se normalizan.

Parte del asunto es que “los hombres no saben qué hacer con esas emociones”, dice Juliana Ospitia Rozo, psicóloga de Sisma Mujer, una organización que trabaja con mujeres víctimas de violencia de género, con sede en Bogotá. “Socialmente no se les dice qué hacer o se les dice que las repriman; entonces, cuando están inmersos en un mar de emociones no saben cómo procesarlas ni cómo elaborarlas”.

La Fifa, el ente rector del fútbol mundial, y otros organismos siguen siendo clubes de hombres, y es poco probable que prioricen la reducción de la violencia de género. De los 37 miembros del Consejo de la Fifa, solo seis son mujeres, el mínimo establecido por normas internas. La Conmebol tiene una mujer en sus puestos de liderazgo, mientras que la Federación Colombiana de Fútbol no tiene ninguna.

En 2015, una investigación de la entonces fiscal general de Estados Unidos, Loretta Lynch, expuso la corrupción sistémica en la Fifa, la Concacaf y la Conmebol, lo que llevó a los críticos a pedir reformas profundas. En ese contexto, Moya Dodd, miembro del Consejo de la Fifa en ese momento, abogó por una representación de género más justa. “Las salas de poder del fútbol han institucionalizado una cultura de discriminación de género”, escribió en un artículo de opinión en el diario ‘The New York Times’. Poco tiempo después de publicada su columna, Dodd perdió su asiento en el Consejo de la Fifa.

Dos campañas potentes

En lugar de un cambio institucional estructural desde la cabeza misma del fútbol a nivel mundial, los esfuerzos para reducir la violencia doméstica durante los partidos se han concentrado principalmente en campañas de sensibilización pública. Durante la Copa Mundial de 2018, el Centro Nacional para la Violencia Doméstica de Inglaterra lanzó una campaña con la dramática imagen de una mujer con sangre corriendo por su rostro en forma de Cruz de San Jorge, el símbolo de la bandera inglesa. Y esto acompañado con una elocuente frase: ‘Si a Inglaterra le dan una paliza, a ella también’.

En 2015, la Inamu, en Costa Rica, trabajó con emisoras para crear un marcador adicional durante un partido de clasificación para la Copa Mundial contra Haití, que mostró la cantidad de reportes de violencia doméstica que la policía recibía en tiempo real. El partido finalizó Costa Rica 1-Haití 0 y Violencia contra las mujeres 31 (casos denunciados). El marcador parece haber tenido un efecto positivo: en el siguiente encuentro de clasificación de Costa Rica hubo una reducción de casi el 33 % en las llamadas reportando violencia de pareja.

La mayoría de gobiernos de América Latina no han podido lidiar con la violencia contra las mujeres en absoluto, y mucho menos reconocer la conexión entre el fútbol y la violencia intrafamiliar. Una encuesta realizada en 2014 a servidores públicos en Colombia encontró que la mitad veía la violencia doméstica como “un asunto privado”. Y en la aplicación de la ley, estas actitudes influyen en la forma como se trata a las víctimas y, a un nivel aún más básico, en cómo se documenta la violencia doméstica.

‘The Nation’ obtuvo documentos de la Policía Nacional de Colombia, los cuales registraban el número de llamadas de emergencia por violencia doméstica durante los últimos cuatro años. Las cifras, que cubren estaciones de policía por ciudad y región, estaban incompletas, eran poco confiables y carecían de información de ciertos meses o años. Un oficial de sistemas de información de la Policía Nacional dijo que servidores viejos o pobres, apagones repentinos y prácticas de recopilación de datos irresponsables eran los culpables de la falta de información. Muchos de los oficiales, añadió, están mal entrenados y a menudo clasifican erróneamente casos de violencia doméstica como agresión o violencia física. Cuando los datos son inadecuados, es fácil que el Gobierno ignore o trivialice el problema.

No es un tema de marco legal

En el 2008, el Gobierno colombiano aprobó la Ley 1257, de protección a la mujer contra todo tipo de violencia, un paso integral que tipificó como delito la violencia doméstica y estableció protecciones y garantías para las víctimas, incluyendo el derecho a la vivienda, la alimentación y el transporte. “Colombia es uno de los países que mejores leyes tienen a nivel hemisférico”, manifestó Jineth Bedoya, subeditora de EL TIEMPO. “El problema es que no se implementan”. Y la policía, los comisarios de familia y la Fiscalía tienden a desalentar la denuncia o, incluso, a acosar a las víctimas, agregó.

Una maestra de primaria en Bogotá, que pidió proteger su identidad, lo confirma: “En las comisarías lo revictimizan a uno”. Ella había soportado palizas frecuentes de su esposo y cuando buscó ayuda, los funcionarios que supuestamente debían protegerla la maltrataron con preguntas como: “¿Por qué te pegó? ¿Tú qué hiciste para que te pegara?”.

Organizaciones de derechos de las mujeres, ONG y agencias gubernamentales especializadas en temas de género han tratado de mejorar los servicios disponibles para mujeres en lugares donde el Estado colombiano falla. La Secretaría Distrital de la Mujer, en Bogotá, y la Defensoría del Pueblo ofrecen ayuda legal gratuita para las víctimas de violencia de género y han organizado cursos para enseñarles a funcionarios cómo tratar respetuosamente a sobrevivientes de violencia de género.

La Secretaría también supervisa la línea púrpura distrital, una línea telefónica a la que las mujeres pueden llamar para obtener información sobre sus derechos o recibir asesoramiento y apoyo psicológico. Pero Ángela Anzola, directora de esta cartera, reflexiona que “las campañas les hablan mucho a las mujeres –‘Por favor, denuncia, no te dejes golpear, no dejes que te maltraten’–, pero jamás les hablamos a los hombres”, y tal vez vaya siendo hora de hacerlo.

Sandra Luna, psicóloga de la Fundación Mujer y Futuro, con sede en Bucaramanga, está de acuerdo: “En lugar de ponerles la carga a las mujeres víctimas, los hombres deberían tener más iniciativa”. Pero añade que hasta los mejor intencionados tienen tan arraigada su misoginia que, aunque quieran cambiar, “no cuentan con las herramientas para hacerlo”.

Por eso, en el 2011, Mujer y Futuro fue la primera organización feminista colombiana en ofrecer sesiones de apoyo y pedagogía para los hombres, porque muchas de las mujeres con las que trabaja Luna no quieren terminar sus relaciones. “Lo que ellas piden es que sus hombres cambien”.

El Gobierno aprobó la Ley 1257, de protección a la mujer contra todo tipo de violencia, un paso integral que tipificó como delito la violencia doméstica y estableció protecciones y garantías

Al principio, Luna y sus colegas limitaban las sesiones a dos horas, pero comenzaron a notar que muchos de los hombres se quedaban más tiempo, a veces hasta una hora más. “Eso nos hace pensar que los hombres necesitan tener espacios para poder hablar sobre estos temas tranquilamente, sin la cerveza y lejos de espacios donde puedan ser juzgados como débiles por hablar de sus emociones”.

Otros grupos han decidido utilizar el propio fútbol para abordar esta problemática. En 2013, la Federación Colombiana de Fútbol, la Dimayor y ONU Mujeres se unieron a la campaña No Es Hora De Callar, creada por Jineth Bedoya, periodista sobreviviente de secuestro y violación. En los centros urbanos más grandes de Colombia, las barras bravas acordaron realizar talleres internos para educar a sus hinchas y promover la igualdad de género y la no violencia, como parte de la campaña.

Desde entonces, ha sido una tradición anual: en un día de partido de la Liga, las alineaciones de inicio de cada equipo caminan hacia el campo con camisetas blancas que llevan la frase ‘No Es Hora De Callar’. Destacados jugadores de la liga colombiana fueron presentados en videos, pidiendo el fin de la violencia de género. Fredy Montero, delantero de Millonarios, aparece en uno de ellos diciendo: “Hacer un gol lo es todo para la hinchada. Evitar que maltraten a una mujer lo es todo para la sociedad”.

Es difícil medir el impacto real de esta iniciativa, pero la investigación para tratar de comprender cómo la misoginia se manifiesta en momentos de alta efervescencia o inseguridad emocional continúa. Quizá el deporte podría también ayudar a que los hombres confronten sus sentimientos y a cambiar la cultura para ver la violencia intrafamiliar como un asunto público, en lugar de algo privado. Por ahora, eso sigue siendo un futuro lejano. “Todavía hay una cultura muy marcada, muy machista”, dice Araya. “Falta mucho trabajo por hacer”, concluye.

MIGUEL SALAZAR
Para EL TIEMPO
Nueva York

(*) Laura Natalia Cruz contribuyó con este reportaje, que fue posible gracias a una beca de Bringing Home the World, del International Center for Journalists.

Esta investigación fue publicada originalmente en inglés el 26 de septiembre de este año en la revista ‘The Nation’, de Nueva York.

EL TIEMPO editó la nota original.

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