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Cómo es vivir en una cárcel tras ser condenado por homicidio

Pasé de víctima a victimario. Aún me atormenta lo que ocurrió ese día.

Estuve preso por un crimen que no recuerdo

William fue condenado inicialmente a 17 años de cárcel por homicidio.

Foto:

Juan Manuel Ríos

Por: William*
30 de noviembre 2018 , 02:46 p.m.

Mi vida cambió para siempre en la ‘universidad’. Comúnmente se refieren a ella como la cárcel, pero los internos le llamamos así porque ahí se cursa una carrera que te servirá para siempre: la de la supervivencia.

Me llamo William, tengo 53 años y a principios de este año recuperé totalmente mi libertad.

¿Cómo fue que terminé en la cárcel?

Mi historia se remonta al 5 de febrero de 2008, a un martes de Carnaval, un día en el que se da fin al tradicional festejo barranquillero, en mi caso fue el día en el que se acabó la vida que conocía.

Yo estaba casado, vivía con mi señora y mis cinco hijos, era conductor de una tractomula y era dueño de un bar que atendía cuando estaba de descanso los fines de semana, mi esposa era quien lo administraba. Era pequeño, pero las ventas eran envidiables para otros negociantes, estaba ubicado en una zona popular, la ocho, una calle de Barranquilla en la que a lo largo y ancho se ubican bares, uno tan pegado al otro que la música se entremezcla y no deja distinguir lo que suena en uno u otro local. Tenía una vida común y corriente, pero que agradecía mucho.

Ese martes recuerdo que tomé mucho trago. Había estado celebrando con mis amigos, al mismo tiempo que habíamos estado atendiendo el bar. Yo estaba terminando una semana de incapacidad que había recibido, me habían operado en un dedo del pie tras una factura. A eso de las 10 de la noche, decidí que era hora de irme a la casa a descansar, mi hija mayor que estaba con nosotros en el negocio me pidió, dada mi condición, irme en un taxi, pero vivía a tres calles de distancia del bar, así que para su disgusto le dije que me iría caminando. No escuché su consejo ni sospeché que la 'mala hora' andaba rondando.

No había cruzado la primera calle cuando un grupo de 4 o 5 personas me rodearon con la intención de atracarme, yo por mi estado de embriaguez no recuerdo con exactitud los hechos, pero sí que me pidieron mis pertenencias. Pudo ser un robo común y corriente, como los que se repiten a diario en el país, pero no. Hacía pocos días había comprado mi desgracia sin saber que lo sería: una especie de cuchillo pequeño que había empezado a guardar en mi botas. Pensaba que en carretera y ante la inseguridad podría asustar a cualquier asaltante con mi adquisición. Cómo pasé de asustar a atacar, no lo recuerdo.

Lo cierto es que entre los forcejeos, asesiné a uno de los ladrones.


Sé por lo que me cuentan que la Policía llegó al lugar de los hechos, que le avisaron a mi hermano y que él me encontró tirado en el piso, ensangrentado, golpeado y sin mis pertenencias. También sé que al pie mío encontraron un cuchillo, el que yo había comprado.

Reaccioné luego de cinco horas. Cuando desperté estaba en una camilla de un hospital, con destrozas, y las costillas, un brazo, una pierna y el tabique fracturados. Además, confundido. De hecho, al principio creía que me habían atropellado. Luego recordé e imaginé que me habían robado y que seguro estaba ahí porque me habían agredido. Cuando mi esposa entró a la habitación quise averiguar qué había pasado con exactitud, para mi sorpresa no era lo que pensaba. “Mataste a un hombre. No sabemos cómo, pero lo mataste”. Ella tampoco sabía nada del suceso y yo a duras penas podía procesar semejante balde de agua fría. Solo atiné a llorar y a llorar, sin mediar palabra.

Lo peor vendría después de esa lamentable noticia. No es fácil cargar con un muerto sobre los hombros, y sí que menos ser condenado por un delito que ni recuerdas cómo cometiste.

¿Cómo pasé de víctima a victimario en cuestión de minutos?

Esa mañana llegó a mi habitación un abogado que un vecino le recomendó a mi mujer, supuestamente un penalista. Ese mismo día también recibí la visita de un fiscal, un juez y un abogado de la Defensoría del Pueblo que llegaron para efectuar una audiencia de legalización de captura.

Ahí fue cuando pasé de víctima a victimario. Iba a cumplir 43 años, pese a mi edad no tenía conciencia de cómo funcionaban los problemas judiciales, no sabía que debía hacer en un caso así. El Fiscal empezó a atacarme, a acusarme de homicidio agravado, a condenarme a 34 años de cárcel y a decirme que si colaboraba con la justicia me la rebajaban a 17 años. Mi supuesto abogado, que luego supe no era penalista y que no tenía claros conocimientos sobre el sistema penitenciario, me dijo que me declarara culpable.

En mi convalecencia, sin recordar qué había pasado, tras escuchar las palabras de mi mujer, y en medio de un llanto inconsolable le dije al juez: me allano a los cargos, sea lo que sea que eso signifique. No tenía idea de que me cobijaba una nueva ley que desde ese año había empezado a regir, ni que tenía derecho a una investigación de los hechos que no tenía claros y que por supuesto mi abogado tampoco.

Yo me declaré culpable sin saber a ciencia cierta qué había hecho, sin saber que yo mismo me estaba condenando.
El juez, como en un intento de salvarme, según mis reflexiones de años después, me preguntó muchas veces que si estaba seguro, que si estaba amenazado, me preguntaba por qué lo hacía, insistió mucho pero yo seguía reafirmando con monosílabos mis repuestas: no estoy amenazado, soy culpable, quiero colaborar.

¿Cómo es estar privado de la libertad?

Al terminar la audiencia, fui remitido inmediatamente a la Cárcel Distrital El Bosque de Barranquilla. Cuando llegué, lo primero que me dijo mi compañero de celda fue: apenas entras aquí estás propenso a perderlo todo afuera. Y así fue, se pierde hasta la alegría. Afortunadamente salí bien librado y pude con todo, la ausencia, la lejanía y la impotencia de no poder hacer nada. 

Ese gran compañero me advirtió que debía cuidarme y ser firme en mis palabras, le aclaré que no me gustaba el problema, sin embargo, me enseñó de las lecciones más importantes en una cárcel: Aquí el problema lo busca a uno. Al llegar robaron mis pertenencias, me tocó dormir en el suelo, y además aprender a defenderme. Hablar fuerte y grosero, en ocasiones, para intentar hacerme respetar por esos enemigos que no conocía ni me conocían.

A nadie le deseo estar en un sitio privado de la libertad. Cuando estás libre te desplazas a donde quieras ir, si tienes un trabajo, trabajas toda la semana y puedes decir, ahorro y me voy un fin de semana a Santa Marta, ese era un plan que por esos años amaba hacer. En la cárcel, en cambio, trabajas todos los días para sobrevivir, para que los días no se hagan eternos, para que un suicidio no pase por tu cabeza, para no estar sumido en la depresión, para sentirte activo, útil, para sentir que los días pasan menos lentos de lo que ya son.

En menos de seis meses de estar recluido me convertí en coordinador general de aseo. Ante cualquier daño o necesidad que se presentaba, era mi deber organizar y acordar con los internos para decidir quién se encargaba del asunto. Además, me tocaba limpiar, barrer y trapear la oficina del director de la cárcel.

Me levantaba a las 5:30 de la mañana cada día, sin falta, no podía dormir más; me alistaba para trabajar, o mejor, para sobrevivir al día a día. Siempre uno a la vez.


En mi estadía se construyó una iglesia, un salón, una panadería, y ahí estuve yo ayudando a construir, trabajando.

La cárcel es una ciudad más, llena de gente buena, mala y muy mala. En ella cada uno cumple un rol y cada uno intenta tener a su modo una rutina. Es como una ciudad, pero con posibilidades limitadas. Por ejemplo, había un recluso que tenía una especie de tienda y madrugaba todos los días a organizar sus cosas para vender. Había quienes se dedicaban a hacer cursos de carpintería o manualidades, quienes predicaban la palabra de Dios, quienes robaban ahí dentro, o quienes trataban de salir adelante.

También había momentos de recreación que nos ayudaban a olvidar el lugar en el que estábamos, los fines de semana, como si estuviéramos libres, acordábamos jugar un partido de fútbol en una cancha con la que contaba la cárcel. Era el modo de celebrar que se acababa una semana más.

En situaciones como estas, las amistades de parranda se olvidan de uno para siempre. Hoy mis amigos verdaderos los puedo contar con una sola mano. La única visita que siempre recibí sin falta fue la de mi madre, y cada una era como un ritual para pedirle y volver a pedirle perdón. Era ella quien más sufría al verme encerrado. Quien más rogaba por mi libertad. Mis hijos cada vez que me visitaban lloraban mucho, y yo también, es que no es fácil ver a un padre en esas condiciones y menos ver a un hijo sufriendo por ellas.

Aunque sus visitas eran frecuentes, las fechas especiales eran realmente difíciles de sobrellevar. Perderme momentos importantes de mi familia, fue sin duda mi mayor pérdida.

Pero si las cosas ya eran complicadas por el solo hecho de estar en la cárcel, lo serían aún más al pasar de los días. Un día, como a los siete meses de estar recluido, me visitó mi suegra y mi hija mayor para darme una noticia que me dejaría devastado. Fueron a contarme que mi esposa había decidido vender la casa y el negocio que con esfuerzo habíamos construido, que había elegido abandonarme e irse sin ellos. Y así de la noche a la mañana, no solo me quedé sin libertad, si no también sin esposa y sin patrimonio económico.

Fueron tiempos difíciles. Además de mi situación familiar y de estar encerrado, debía afrontar audiencias que revivían el dolor. Aunque intentara continuar y olvidar lo que pasó, no era posible. En cada audiencia te recuerdan que eres un asesino.

Recuerdo que en mi primera audiencia solo hice una cosa, llorar. No me salían las palabras. Nunca antes en todos mis años me sentí tan vulnerable, sensible. Antes hubiese sido muy difícil lograr que se me saliera una lagrima. Luego de ese día, un abogado de la Defensoría me visitó, Moisés de la Cruz, él fue mi ángel guardián. Me llenó de fortaleza, me explicó cada detalle de mi proceso y los avances de las investigaciones. Guerreó a mi lado mi libertad.

Yo fui un recluso afortunado, El Bosque es una cárcel de tránsito y aún después de ser condenado, seguí ahí, no me trasladaron. Y a pesar de todo, ese es un mejor lugar comparado con otras cárceles.

¿Cómo es volver a salir?

Después de muchas batallas legales, pasé de ser culpado de homicidio agravado a homicidio simple, de 17 años, pasé a ser condenado a 10. Además de obtener la obligación de cancelar 25 millones de pesos a la familia de la víctima. Cifra que al sol de hoy aún no he podido pagar, no porque no quiera, si no porque no he tenido el dinero.

Pagué exactamente en el reclusorio 4 años, 7 meses y 9 días, en la cárcel cada día cuenta. Salí con libertad condicional hasta completar los 10 años que se cumplieron el pasado 6 de febrero de 2018, el día que recuperé mi libertad. Bueno, toda la que podría realmente tener tras estar encerrado.

Y es que pasar por la cárcel no es lo único difícil, volver a la vida no es tan fácil y feliz como podrían imaginar. Desde el momento de la captura, aparezco reportado en la Procuraduría, mis antecedentes siempre tendrán una mancha negra: preso y condenado por homicidio, es por eso que hoy no puedo gozar de un buen trabajo, ni entrar a una buena empresa para tener derecho a mis prestaciones. Además, tengo una deuda pendiente que no puedo cancelar por la misma situación. No tener cómo resarcir, así sea con migajas de papel (dinero) a la familia, es realmente doloroso.

Estar en la cárcel me cambió totalmente la vida como persona y como trabajador. He sentido el reproche en las empresas y los desconocidos, he tenido que replantear mis sueños, he llorado los momentos que perdí estando privado de la libertad. Sin embargo, he aprendido a perdonarme, me repito todos los días que el incidente que me pasó a mí le puede pasar a cualquier persona buena.

Y aunque el mundo me juzgue sin conocer mi historia, he contado con mis hijos y mi familia. Afortunadamente ellos saben quién es William y siempre han confiado en mí. Cuando eres un delincuente y llegas a la cárcel la gente dice, 'qué más se puede esperar de él', 'ese era su destino' o 'tarde o temprano llegaría ahí'. Sin embargo, cuando siempre has sido trabajador y entregado a tu familia, duele tu ausencia, duele una condena, y eso pasó en mi caso.

Yo no quisiera que le sucediera esto a nadie. La libertad no tiene precio. Cuando salí no podía creer que de nuevo tenía la opción de disponer a dónde ir, me parecía increíble ver a la gente, los carros. Ver cómo había cambiado la ciudad en esos años, parecía un niño descubriendo el mundo.

Me dediqué a caminar, a admirar todo, a disfrutar de mi familia, y hoy procuro que cada día de mi vida sea como ese primer día que volví a la vida. Procuro ver el mundo con ojos de admiración y no de costumbre y valorar cada segundo. 

Hoy miro atrás y entiendo que la vida hay que saber vivirla, desafortunadamente lo aprendí muy mayor. El trago me jugó una mala pasada, seguramente si hubiese estado consciente las cosas serían diferentes. Hubiese sido un atraco que lamentaría pocos días, que me haría desconfiar, pero que me habría permitido continuar con mi vida.

El licor a veces te impulsa a cometer incidentes, accidentes, errores y delitos que cargaras contigo siempre. Todos los días desde ese 5 de febrero de 2008 pido perdón a la familia de ese muchacho, tenía 33 años y una familia, no era yo quien debía acabar con su vida.

Al principio fui una víctima y pude quedar como ello, pero el alcohol me convirtió en victimario. Hoy día me aterra pensar en lo que pasó, diez años después sigo sin tener claridad de lo que ocurrió. Sin embargo, me quedo con lo que aprendí, a agradecer cada día, a escuchar los consejos y advertencias, a saber que el peligro nos acecha en todos lados. De hecho, si hubiese escuchado el vete en taxi de mi hija, no habría encontrado el agravio en la vía.

A pesar del dolor que me causó ser autor de un crimen, el hacer sufrir a una familia, el estar en la cárcel, gracias ello vivo hoy una vida diferente, una mejor que mi vida pasada. Más consciente de mis actos y agradecido que esos primeros 43 años.

William* Este texto contó con la edición, construcción periodística e investigación de Leidys Becerra, periodista de ELTIEMPO.COM.

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