Nelson Vargas, extraditado por error, acusado de un triple homicidio - Conflicto y Narcotráfico - Justicia - ELTIEMPO.COM
Conflicto y Narcotráfico

Me extraditaron y en EE. UU. confirmaron que yo no era quien creían

Fui acusado de matar a tres estadounidenses. Pidieron la pena de muerte, pero terminé absuelto.

Nelson Vargas Rueda

Nelson Vargas Rueda, extraditado a Estados Unidos el 28 de mayo del 2003, regresó al país el 2 de julio del 2004.

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DAS

Por: Nelson Vargas Rueda*
04 de diciembre 2018 , 10:56 a.m.

El 22 de marzo del año 2000, casi a las 8 de la noche, fui capturado cuando me estaba tomando unos tragos con unos amigos cerca del parque de Paradón, Arauca. Estaba borracho y no sabía muy bien por qué me llevaban a la estación de Policía. Al otro día, después de pasar la noche ahí, con una capucha en la cabeza me sacaron en un carro, después me montaron en un helicóptero para llevarme a Saravena, donde me estaba esperando un avión.

Cuando me subieron, unos policías gringos me dijeron que estaban ahí para extraditarme. Yo no los veía, seguía con la capucha.

Mientras tanto, en los noticieros informaban que había sido capturado alias El Marrano, el guerrillero de las Farc responsable del asesinato de tres indigenistas norteamericanos. Ese mismo día me trasladaron a Bogotá donde empezó un martirio que duró más de cinco años. 

Un año antes, exactamente el 25 de febrero de 1999, las Farc secuestraron a Terence Freitas, Ingrid Washinawatok y Laheenae Gay. Los extranjeros integraban una organización que apoyaba a la comunidad indígena U’wa. Aparecieron muertos al otro lado del río Arauca, del lado de Venezuela, una semana después, el 5 de marzo.

Les habían disparado y tenían las manos amarradas y las caras tapadas. Eso lo supe con detalles a lo largo de todo mi proceso porque yo, hasta ese momento, solo había escuchado la historia que toda la gente contaba en Arauca sobre el tema.

Yo tenía un amigo que trabajaba en la administración departamental y él, cuando salió la noticia, hizo una llamada a la Fiscalía General y les dijo que me conocía, que yo había trabajado con él ese último año ayudándole a hacer política y que yo no tenía nada que ver con ese homicidio, que habían agarrado al que no era. Yo creo que eso sirvió para que no me extraditaran tan rápido.

En Bogotá me imputaron cargos por rebelión, porte de armas, homicidio y hurto. Me mandaron a la cárcel Modelo y en el 2001 me condenaron a cuatro años por rebelión. En la Modelo perdí mi pierna derecha. Era una época muy difícil para estar en esa cárcel, había tiroteos, desaparecían gente. En una de esas revueltas en las que presos y guardias se enfrentaban recibí un disparo y por no tener atención a tiempo terminé con una gangrena que hizo que me la amputaran después de 20 días hospitalizado.

Sin pierna y con un proceso de extradición en curso me mandaron, primero a la Picota, y después al pabellón 7 de Cómbita (Boyacá), el de extraditables. Muchos compañeros me decían que no me dejara extraditar, que mejor me quitara la vida, me ponían la canción que dice 'prefiero una tumba en Colombia que una cárcel en Estados Unidos'.

La gente ahí estaba acostumbrada a que se mataran los compañeros. Pero yo me agarré de Dios y de los principios que me enseñó mi mamá, y pedía mucho para mantenerme firme, yo solo pensaba, voy a esperar. En una situación de esas es muy fácil decaer, además todo el tiempo salían noticias de mi extradición, bueno de la extradición de alias El Marrano.

El presidente Álvaro Uribe salió en televisión diciendo que me extraditaba como fuera, y un día de mediados del 2003, antes incluso de que se realizara la última audiencia, llegaron los de la Interpol a decirme que me había llegado la hora.

Me sacaron a un patio principal donde estuve dos días. Después me llevaron en un helicóptero, otra vez con la cabeza tapada, hasta Bogotá. Los policías me ponían las pistolas en la cabeza para asustarme.

En El Dorado, un señor de la Interpol me dijo que estuviera tranquilo y me pidió que firmara unos documentos, pero yo no quise firmar. Me dijo que no tenía nada que ver con el proceso sino con el vuelo, pero yo les dije que como me estaban llevando en contra de mi voluntad no firmaba. Como me puse rebelde me sacaron la foto de mis hijos y me la rompieron. Yo había prometido no llorar, pero ahí sí me puse a llorar, me dio un dolor muy profundo porque estaba dejando a mi familia.

A mi mamá la vi por última vez dos meses antes de que me mandaran a Estados Unidos y a mis hijos no los veía hacía mucho tiempo porque estaban en el pueblo. Todos se enteraron de mi extradición por televisión. Ese histórico día para el país, porque supuestamente extraditaban por primera vez a un guerrillero de las Farc, fue el peor para mí y para mi familia. 

Un fiscal pedía la pena de muerte

Me llevaron a Miami, y en una jaula primaria me pusieron un overol naranja y me hicieron exámenes. Después me llevaron a otra cárcel donde me metieron cuatro meses a una celda de castigo, el hoyo. Yo, supuestamente, era una persona de alta peligrosidad. Salí irreconocible: con el pelo largo y barbado. En todo ese tiempo recibí dos veces al abogado que me asignaron. En la segunda visita, el abogado me dijo que un fiscal estaba pidiendo la pena de muerte para mí.

Después me llevaron a la cárcel de Oklahoma, donde estuve solo dos días y luego a Washington DC. En esa cárcel me dijeron que la pena que pedían era de 90 años, 30 por cada víctima.

Estuve en South Street, el patio más seguro de la cárcel de Washington, en calidad de terrorista. Tenía siete cargos en mi contra y durante varios meses estuve en una celda solo. Me dejaban salir una hora a la semana, nos sacaban cuando todos los demás presos estaban encerrados. No tenía contacto con nadie. La celda tenía un bloque de cemento con una colchonetica de dos pulgadas, el baño y la ducha. Al comienzo no me dejaban ningún libro, solo la Biblia.

En ese mismo pabellón estaba el francotirador de Pensilvania, a quien le aplicaron la inyección letal cuando yo todavía estaba ahí. Había matado a más de 20 personas junto a su sobrino, pero a muchacho por ser menor de edad no le podían aplicar la pena de muerte.

Cuando el proceso fue avanzando y vieron que no había pruebas en mi contra me pasaron a otro patio de menor nivel de seguridad. Ahí, el sacerdote de la cárcel me llevaba libros y una monja nos llevaba papel para escribir. Yo me dediqué al dibujo, a hacer tarjetas y se las vendía a los otros prisioneros.

Hacía tarjetas para las fechas especiales, como navidad, amor y amistad, y se las vendía a un dólar. Con eso sobrevivía. Porque allá el desayuno era a las 4 de la mañana. (Un huevo, una tajada de pan, y cebada con azúcar). Y a las 12 era el almuerzo. Pero como era tanto tiempo entre esas dos comidas uno tenía que comprar algo para mantenerse, porque a las 10 nos estábamos muriendo del hambre. Yo compraba unas sopas que vienen listas, que solo es ponerle agua caliente.

En ese otro patio ya podía hacer más cosas, ir al gimnasio, a la hora de religión, interactuar con otras personas aunque no supiera prácticamente nada de inglés. 

Un proceso sin pruebas

La Fiscalía de Estados Unidos recogió cajas de información sobre cuándo y cómo mataron a los tres ciudadanos de ese país, pero nunca tuvieron pruebas de mi responsabilidad.

Contrataron investigadores privados que fueron hasta el pueblito en el que yo trabajaba -yo comerciaba con plátano-, hablaron con la gente. La única prueba era el testimonio de dos desertores del Décimo Frente de las Farc que dijeron que yo era supuestamente a quien le decían El Marrano. Yo nunca supe por qué ellos dijeron eso, porque nunca los había visto. De hecho, en ese mismo testimonio basaron mi condena por rebelión en Bogotá.

Llegó un momento en que estaba muy dolido, tenía mucha rabia por lo que estaba pasando, entonces ya ni quería tener abogado. Pero después, al ver que no lograban convencer a la juez y que me bajaban de categoría de peligrosidad, volví a estar muy positivo.

Soy una persona que sabe reconocer los errores que comete, pero yo no iba a aceptar ese crimen. Hubo muchos momentos en los que me sentía amenazado porque me presionaban para que aceptara un trato. Me ofrecían descontarme 30 años, es decir, quedaba con una condena total de 60, si aceptaba cargos. Pero no tenía ningún sentido porque yo tenía precisamente 30 años. Con esas cuentas terminaba saliendo a los 90, si estaba vivo. 

Con mi abogado les mandé cartas a los familiares de los fallecidos rogándoles que interfirieran en la investigación, que me ayudaran para que no se cometiera otra injusticia, porque yo me di cuenta que a los gobiernos les interesa tener a alguien pagando por un delito, así sea o no el culpable. Nunca me respondieron.

Fijaron fecha para el juicio, y el día de la audiencia estaba llena la corte, todos querían ver al asesino de ese caso tan sonado. Pero desde que empezó la audiencia, todo estaba a mi favor.

El fiscal llegó pidiendo 50 días hábiles más para conseguir otras pruebas y condenarme. Pero la juez respondió que 13 meses eran suficientes y que si no había una sola prueba tenía que dejarme en libertad. Mencionó que, por culpa de ese proceso, yo había perdido la vida que tenía en Colombia y además había perdido una pierna.

La juez me concedió la libertad y como estaban poniendo trabas para devolverme ordenó que así como me habían llevado de forma rápida y con mucha seguridad, tenían que hacer el trámite para devolverme rápido.

El problema es que cuando llegué me estaban esperando agentes del Das y me volvieron a detener, esta vez imputándome cargos por secuestro. Estuve en la Picota otros cuatro meses pero logré que me dieran la libertad argumentando pena cumplida y demostrando que en Estados Unidos me habían absuelto porque se dieron cuenta que yo no era El Marrano.

Nelson Vargas Rueda, extraditado a Estados Unidos, donde fue absuelto

Nelson Vargas Rueda vive en Casanare y trabaja vendiendo frutas y jugos.

Foto:

Facebook: Nelson Vargas Rueda

Volver a empezar

Por haber perdido mi pierna en la cárcel, donde se suponía debía estar protegido por el Inpec, gané una demanda de reparación directa, y básicamente con esa plata volví a dedicarme al comercio y trabajo vendiendo frutas y jugos.

Pero desafortunadamente la justicia sigue siendo extremadamente lenta y esos efectos los padezco todavía. La demanda que interpuse por la privación injusta de mi libertad, por la extradición, por el daño a mi buen nombre no ha sido resuelta y sigue esperando, después de años, una respuesta en un despacho del Consejo de Estado.

Para esa época de la extradición, de mis cinco hijos, tres habían quedado en manos de mi mamá y los otros se los había llevado mi señora. Me daba miedo volver a Arauca, entonces estuve viviendo dos años en Boyacá y después me establecí en Yopal, Casanare.

Pude rehacer mi vida. En Boyacá conocí a una muchacha en la iglesia pentecostal y me casé con ella. Ya llevamos 13 años casados.

Yo me congregué a la iglesia. Dios fue, en gran medida, lo que me mantuvo firme todo ese tiempo, a quien le hablaba durante esos días, incluso meses en los que estuve solo. Él me ayudó a sobrevivir y también a volver a empezar. 

NELSON VARGAS
*Este texto contó con la construcción periodística e investigación de VALENTINA OBANDO JARAMILO (@valentinaoj), periodista de ELTIEMPO.COM

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