Presidenciales

De la Calle, un humanista de vocación y de formación

Muchos logros, como el acuerdo de paz con las Farc y fue motor clave de la Constitución del 91.

Humberto de la Calle, candidato presidencial

Humberto de la Calle ha sido vicepresidente, ministro, embajador, magistrado y registrador.

Foto:

Diana Sánchez / AFP

27 de mayo 2018 , 01:49 a.m.

Cuando Humberto de la Calle conoció el mar, a los 7 años de edad, recibió el primer aviso de lo que significaba vivir en un país turbulento. Su único hermano, Mario, cinco años mayor que él, le contó que habrían de tomar el ferrocarril del Magdalena, desde La Dorada, Caldas, hasta llegar a Santa Marta: “Hermanito, métase la plata en las medias, porque por aquí hay mucha violencia”.

Fue una bofetada de realidad, asegura hoy el candidato presidencial, cuando han pasado seis décadas y media, muchos miles de muertos y, en cambio, cada vez menos trenes. “Desde ese momento vi que no habíamos tenido un momento de paz”, asegura De la Calle, como explicando un destino inevitable.

Era 1953 y el país afrontaba una dictadura militar. El pequeño vivía con su hermano y sus padres, un empleado del Estado llamado Honorio de la Calle y una profesora llamada Georgina Lombana. La familia ya había sufrido los rigores del conflicto, pues les tocó huir de la violencia y perder su finca en Manzanares, Caldas, donde nació el aspirante liberal a la presidencia hace 72 años. Fueron desplazados a Pereira y luego a Manizales.

Allí llegaron al barrio Campohermoso, un conjunto de casas de clase media construidas por el Estado, y pudieron vivir una vida tranquila, con entorno popular. “Yo me iba al colegio en primaria caminando –recuerda De la Calle–, pasaba por la galería (el mercado) y enhebraba un tango con otro, hasta que me los terminé aprendiendo”.

Además del tango, se aficionó al estudio, en el que siempre se destacó. Su padre era un buen conversador, habituado a la discusión política. Su madre, muy católica, siempre los obligaba a rezar el rosario y luego a una sesión de lectura, que despertó en sus hijos el fervor por los libros.

Años después, doña Georgina revisaba los libros que compraban sus hijos y cuando Humberto llegó a la edad de la rebeldía, vio aterrada sus lecturas de materialismo histórico. Por consejo de un sacerdote, decidió quemar algunos de esos títulos.

Su hijo menor también estuvo a punto de ser excomulgado, en el bachillerato, cuando su tertulia literaria, identificada como Las 13 pipas, incurrió en la extravagancia de echarles discursos a los muertos. Inspirados por el existencialismo francés, los jóvenes practicaban la oratoria en un cementerio, donde no fueran molestados. Hasta que se molestó el párroco vecino.

Poesía para el amor

Para entonces, el movimiento nadaísta ya había tocado a las puertas de De la Calle. Así lo recuerda el poeta Jotamario Arbeláez: “Cuando los nadaístas de Medellín y Cali, Gonzalo el profeta, Amílkar, Elmo y Jota, llegamos a conquistar Manizales en 1960, había un jovencito no mayor de 15 años maravillado con nuestra presencia, y que se encargaba de fijar los afiches que invitaban a nuestros asaltos poéticos en las salas de cultura (...). Cuando astillamos a botellazo limpio los vidrios de La Patria, que había editorializado contra nosotros, fuimos expulsados de la ciudad por decreto del alcalde. El joven nos ayudó con las maletas llenas de manifiestos hacia la Flota Magdalena rumbo a Pereira, donde fuimos recibidos como héroes nacionales”.

No solo leía filosofía y literatura. También de sicología y hasta siquiatría. Estudió Derecho en la Universidad de Caldas y luego se interesó por las ciencias biológicas. Intentó estudiar medicina, pero fracasó y el tema se quedó como afición.

“Es un médico frustrado –asegura su secretaria privada, Isabelita Mercado–. Devora lecturas de medicina y de sicología e incluso se atreve a recetarles remedios a sus colaboradores más cercanos”.

Por la misma época, otro encuentro definió su futuro: en las fiestas universitarias, conoció a una estudiante de Economía con orientación social, llamada Rosalba Restrepo. “Yo era más amiga de los amigos de él –afirma quien se convirtió en su esposa–. En las fiestas, nos pusimos a charlar y a mí me encantó. Físicamente estaba bien, tenía una forma de vestirse muy simpática, por lo del nadaísmo: usaba abrigo, era elegante”.

Durante los dos años de noviazgo, De la Calle hizo gala de su vena lírica: “Me dedicó un poema escrito por él, aunque no me parecía que fuera de él (...). Y era muy serenatero, de boleros (...) pero no le gustaba el baile, ni sabía bailar. Le gustaba conversar y echarse sus traguitos”.

El destino no existe

Luego de graduarse con matrícula de honor en cuatro de los cinco años de carrera, y de casarse con Rosalba, Humberto de la Calle se trasladó a Salamina, Caldas, donde ejerció como juez municipal, banderazo inicial de una carrera pública que lo ha llevado a múltiples cargos, algunos de manera insospechada:

“En 1982, yo era un abogado desconocido en Manizales –relata De la Calle– y mi profesor Óscar Salazar Chávez ingresó a la Corte Electoral, cuando empezó la discusión para nombrar al Registrador Nacional. Querían uno imparcial, porque en Bogotá todos eran amigos de alguien. Mi profesor propuso mi nombre, me llamó a Manizales y me dijo: ‘De la Calle, ¿te vendrías a la Registraduría?’ y le respondí: ‘No sea loco, yo no tengo ropa para eso’. A mí se me olvidó y a los ocho días me llamó al término de la sesión de la Corte Electoral y me dijo: ‘Te felicito, eres el nuevo Registrador’ ”.

Ya en Bogotá, fue también magistrado de la Corte Suprema, luego del holocausto del Palacio de Justicia. Comenzó a asesorar al presidente César Gaviria y se produjo otro golpe del destino: “Un día caminábamos en los jardines de Hatogrande (la finca presidencial) y Gaviria me dijo: ‘¿Quién sugieres que sea el Ministro de Gobierno para la Asamblea Nacional Constituyente, que ya se aproxima?’. Yo mencioné los nombres obvios, y él respondió: ‘No, no, esto va a ser más bien una cosa académica. Están esos nombres... y tú’. Yo pensé que había oído mal. Incluso, le conté a mi señora y ella me advirtió: ‘¿Usted Ministro de Gobierno? Eso es imposible’. Pues algo inexplicable sucedió y terminamos haciendo esa tarea”.

El desenlace es bien conocido. Si se tratara de una película, la escena inicial sería la ovación cerrada que algunos meses después le tributaron al ministro De la Calle los constituyentes, parlamentarios y personas del común durante la firma de la nueva Constitución Nacional, en la sede del Congreso, en 1991.

El expresidente Gaviria recuerda ese momento y destaca su conocimiento legal: “En estos tiempos de internet y redes sociales, no es fácil encontrar una persona de la sabiduría de Humberto de la Calle”. A la vez, reconoce uno de sus defectos: “No es una persona buena para los trajines electorales. A él le gusta escuchar y hablar con la gente, pero no le gusta estar rodeado de ciertos actores, con vidas más controvertidas”.

En los años siguientes, De la Calle fue vicepresidente, embajador en España, el Reino Unido y ante la OEA. Repitió ministerio, fue columnista, periodista radial, supo ser abuelo de seis nietos varones y vio graduarse de profesionales a sus tres hijos: José Miguel y Natalia, abogados, y Alejandra, psicóloga. Parece predestinado a estar en el cargo correcto en fechas históricas. Pero como él no cree en el destino y suele hablar con historias, suelta una anécdota en la que la verdad pudo más que la suerte:

“Yo fui dirigente estudiantil y alguna vez hicimos una movilización pidiendo presupuesto para la universidad pública. Nos manifestamos frente al Centro Colombo Americano y llegaron los infiltrados. De pronto, veo que vuela una piedra, como en cámara lenta, y un policía termina herido. Trataron de atribuirme esas heridas, e incluso estuve preso algunas horas. Al policía herido lo presionaron para que me reconociera en rueda de presos y él se negó, insistió en que el culpable no era yo. En esa época, el delito de asonada daba 15 años de cárcel: hubiera cambiado totalmente mi destino”.

Veinticinco años después del sonoro aplauso de la Constituyente, De la Calle recibió otra ovación similar, espontánea, durante la firma del acuerdo de paz con las Farc, en Cartagena, en 2016. Miles de colombianos le reconocen la paciencia y la tenacidad con que condujo la negociación por casi cinco años.

“En Bucaramanga –narra su secretaria privada–, un médico le entregó una carta durante la campaña. Le decía que le debía una gratitud eterna por parar ese conflicto. ‘Ya en el hospital donde yo trabajo no tenemos que pegar prótesis ni atender a militares heridos’, le escribió”.

Para tomar una foto, le pedimos subir a la terraza de su sede de campaña. Se asoma no más de 15 segundos y desde el tráfico de la avenida Caracas sube el alboroto de pitos y gritos de transeúntes que al reconocerlo le agradecen y levantan el pulgar desde sus carros.

La campaña lo estimula, pero a veces lo agobia. Hace un par de semanas, en un foro de mujeres, fue interrogado sobre el tema del aborto, y se exaltó en público: “Yo sufrí y mi esposa sufrió lo que es el embarazo de un feto con malformaciones. ¡Yo sé de qué estoy hablando!”.

“Cuando yo quedé embarazada del segundo hijo –confirma Rosalba de De la Calle–, tuvimos un accidente. El feto se quedó ahí. No hubo expulsión. Fue un drama, porque en esa época no dejaban hacer nada, y nos decían que los únicos sitios donde se podía hacer algo eran Londres o París. Estábamos listos para irnos, pero no tuvimos que hacerlo porque el feto se murió. Y salimos adelante”.

Muchos años después y en medio del tenso proceso de paz en La Habana, De la Calle viajó de emergencia cuatro veces a Bogotá en el lapso de dos semanas por las cirugías de corazón que requirió su nieto recién nacido. Su familia es prioridad.

Hoy, sus hijos ya están grandes y la muerte ya no es un tema tabú. “Pensaba más en la muerte cuando mis hijos estaban pequeños –confiesa De la Calle–, y me generaba una gran angustia. Hubo un momento de amenazas, yo estaba en la Corte, estaba el tema de la extradición, y siempre temía por el futuro de ellos. Ahora no voy a decir que no me cause temor, pero uno va entendiendo que ha cumplido un periplo vital y llegará el momento. Más que la muerte, me preocupa la ‘morida’: quisiera morir de manera relativamente súbita. Que no haya una larga agonía”.

– ¿Qué le gustaría que dijera su epitafio?

– Se hizo lo que se pudo.

JULIO CÉSAR GUZMÁN
EL TIEMPO
En Twitter: @julguz

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