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El salto de Caterine Ibargüen: de Apartadó al mundo

En las calles polvorientas del barrio Obrero se levantó de la mano de Ayola, su abuela.

Caterine Ibarguen
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Reuters

Por: Lisandro Rengifo
09 de diciembre 2018 , 10:35 a.m.

El reloj marcaba las 4:30 de la tarde del jueves pasado, un día en el que el calor pegó duro en Apartadó, en la región del Urabá antioqueño, en la que el cultivo del banano es una religión. A esa hora, Ayola Rivas Rivas llegó a su casa; 30 minutos antes había comenzado una larga y extenuante caminata. Salió de rezar de la catedral y cogió camino a su vivienda, ubicada en el barrio Obrero, cuya fachada del primer piso es de color naranja claro y el segundo aún está en obra gris. Llegó sin fuerzas, con un poncho blanco en su cabeza que la cubrió de los fuertes rayos del sol, porque los 34 grados centígrados azotaban a cada uno de los 180.000 habitantes del municipio.

Ayola entró, el sol le pegaba en la espalda, saludó y de inmediato se tiró en una silla. Se despojó del poncho y mostró su cabellera blanca de donde se desprendían gotas de sudor. Se quitó las chanclas verdes y trató de hablar. Su voz se le entrecortaba, trataba de tomar aire, de respirar, pero el cansancio no la dejaba, la poseía. Su mirada la dirigía hacia la pared que tenía al frente, de color curuba, y levantó el dedo índice señalando un arrugado y dorado número 81 hecho en aluminio, el que le colgaron sus hijas y sus nietos el pasado mes de junio, cuando le celebraron su cumpleaños.

“Es que ese número no se equivoca, esa es la edad que tengo y los riñones ya no me dan más, tampoco estoy bien de la cadera y el calor está fuerte hoy”, le dijo Ayola a EL TIEMPO, la abuela, según ella, más feliz del mundo, porque esta semana una de sus nietas fue elegida la mejor atleta del mundo en el 2018, trofeo que Caterine Ibargüen Mena recibió el martes pasado en Mónaco, entregado por la Federación Internacional de Atletismo (Iaaf).

Ayola es la matrona de la casa ubicada en el barrio Obrero de Apartadó, el mismo que la gente reconoce como la segunda invasión más grande el país, después de la de Canta Claro, en Montería.

Es un sector querido en Apartadó hoy en día, aunque estigmatizado por lo que fue hace 30 años. “Fue un sector peligroso. Lo cierto es que los del barrio Policarpa no podían entrar, eso fue un conflicto territorial que duró años y hasta cobró una masacre en la que murieron 35 personas, en 1994, pero hoy es otro cantar, ya se puede caminar con tranquilidad porque la violencia está controlada”, dijo Henry Medina, un taxista que se conoce de memoria la historia de Apartadó.

Cuando Caterine tenía 6 años se fue a vivir con Ayola, sus tres tías y sus primos, 8 personas compartían la casa que, en ese tiempo, era de una sola planta, con tres habitaciones, un baño, sala, comedor y cocina.

Caterine Ibargüen

Yaneth Mosquera, tía de Caterine Ibargüen.

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Juan David Jaimes / CEET

Caterine Ibargüen

Ayola Rivas, la abuela de la deportista colombiana, fue quien cuidó de ella desde pequeña y le dio el apoyo para que fuera una campeona.

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Juan David Jaimes / CEET

Caterine Ibargüen

Wilder Zapata, DT que descubrió a Caterine Ibargüen.

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Juan David Jaimes / CEET

Todos se acomodaron. Francisca Mena, la mamá de Caterine, y William Ibargüen, su papá, ya se habían separado y tomaron caminos diferentes. Ella se empleó en casas domésticas y él se fue para Venezuela, donde vive en la actualidad.

La niña nunca fue un problema para Ayola ni para Luz Mery, su tía, porque ambas trabajaban y llevaban el sustento a la casa. Su abuela lo hacía en una finca bananera, a la que llegaba a las 6 de la mañana y salía hacia las 4 de la tarde. Esas duras jornadas son las que le están pasando factura. Ella dice que los dolores que padece hoy se los debe al químico que utilizaban en esa época para que los bichos no se le metieran al banano.

“Y pensar que yo tenía que traer el sustento diario para que los niños fueran a estudiar. Traté de que a nadie en la casa le faltara nada, aunque a veces se pasaban dificultades. En algunas ocasiones no alcanzaba el dinero para el colegio, para los uniformes o para comprar unos zapatos, pero así es la vida, hoy digo que esos sacrificios sirvieron porque Caterine es lo que ella quiso ser, así yo no tenga una pensión, porque la empresa tuvo problemas con el sindicato en esos días”, comentó Ayola, quien dice que a menudo habla con Caterine, que ella es la que la llama: “Es que, mijo, yo no sé chatear, es más fácil hablar”, señaló.

Recuerdos

Levanta la cabeza y toma aire, como que se inspira para hablar de su nieta. Recuerda que le tocó duro, porque cuando hizo la primaria en la escuela Heraclio Mena Padilla estudiaba por la mañana, llegaba a la casa, comía algo y salía a entrenar en la tarde.
Ayola dice que a Caterine no le quedaba tiempo de nada, que a duras penas lavaba la ropa el día que tenía descanso, por ahí un esporádico domingo.

Caterine no fue una estudiante destacada, pero tampoco la peor. Ganó todos los años, no perdió ninguno y el atletismo lo tomó en serio cuando pasó al bachillerato en el colegio San Francisco de Asís, en el que solo cursó un año, el sexto grado.

No fue una niña noviera, era más bien seria. Estudiaba y entrenaba

Yaneth, su otra tía, es tímida, varias veces pidió que no le preguntaran nada, no se prestó para las fotos y fue una rogadera para que en cámara hablara de su sobrina, pero lo hizo. “No fue una niña noviera, era más bien seria. Estudiaba y entrenaba. Claro, le tocaba hacer mandados y los hacía rápido, cuando menos acordaban estaba en la casa con los encargos”, dijo Yaneth, quien señaló la calle, la vía que aún está sin pavimentar, polvorienta, con piedras, así como era en esa época.

Siempre fue una niña preocupada por su familia y cuando volvió de la Finca La Suerte, entre Currulao y Apartadó, en donde vivió con su mamá, ella se convirtió en una hija más”, declaró Yaneth, que no le quitaba el ojo al televisor de 40 pulgadas que hay en la sala. Lo imposible fue encontrar una foto, una medalla, un recorte de periódico, un trofeo de Ibargüen en esa casa, porque un día, la misma Caterine recogió esos recuerdos y se los llevó a la vivienda de Francisca, en Turbo, allá donde su mamá está refugiada y lejos de la curiosidad de la gente.

Yaneth se paró, fue a la cocina, puso la olla, metió cuatro pedazos de carne, con cebolla y tomate, prendió el fogón y caminó al comedor. Se sentó en una de las cuatro sillas que hay y miró a Ayola, quien siguió recordando a Caterine.

Ella vivió seis años con nosotros y le pude dar lo que se pudo, porque las condiciones no eran las mejores

“Mi niña es linda. Yo veo todas las competencias y celebro cuando salta más alto. Ella vivió seis años con nosotros y le pude dar lo que se pudo, porque las condiciones no eran las mejores. La comida nunca faltó, los que vivimos acá tuvimos los tres golpes del día, y ella era de buen comer”, aseguró la abuela.

Yaneth le daba vuelta a la carne, le bajaba al fogón y se metía en la conversación. Contó que aunque los días eran complicados en el barrio todos en la casa sabían que después de las 8 de la noche nadie podía salir o entrar, era peligroso. “Uno se acostumbraba a lo que pasaba, a lo que se vivía, y aunque Caterine y los niños eran pequeños, pues sabían de las circunstancias. Menos mal la violencia nunca tocó a la familia, pero sí se vieron momentos bien complicados”, expresó Yaneth, quien se subió al segundo piso de la casa a cambiarse, se puso el uniforme y se fue a trabajar al Hospital IPS Universitario, tenía turno de 7 de la noche a 7 de la mañana del siguiente día.

Vive orgullosa, no solo por lo que ha ganado su sobrina, sino porque Caterine le aprendió a servir a la gente y por eso estudió lo mismo que ella: enfermería.

El descubridor

Wílder Zapata fue quien la descubrió. Si bien Ibargüen era una dura en educación física en el San Francisco de Asís nadie le enseñó el camino. Él llegó al claustro en 1997 y cuadró un día con los profesores para hacer unos chequeos. Llevaron a todos los del colegio a la parte trasera del establecimiento escolar, a una cancha que aún existe.

Esa misma semana la llevé al estadio Santiago Santacruz de Apartadó y ensayamos el salto largo, marcó 5 metros 25 centímetros, un registro sensacional para el momento, para su edad, para la región

Uno a uno fueron ‘pasando al tablero’, probaron los velocistas y los saltadores. Caterine corrió los 60 metros y fue la mejor, pero lo que le llamó la atención al técnico fue su explosividad, el biotipo. “En la carrera fue rápida, arrancó y paró el cronómetro en segundos, fue la mejor y eso me impactó. Esa misma semana la llevé al estadio Santiago Santacruz de Apartadó y ensayamos el salto largo, marcó 5 metros 25 centímetros, un registro sensacional para el momento, para su edad, para la región”, recordó Wílder, quien solo le dijo que corriera y saltara, que apoyara duro el pie en la parte final del brinco, pero no más, no le hizo ninguna otra especificación técnica.

El colegio San Francisco está ubicado casi que detrás de la casa de los Rivas, en el barrio Obrero, a la vuelta del estadio Caterine Ibargüen, que será entregado en los próximos días y cuenta con una pista con todas las exigencias de la Iaaf. La fachada de la institución poco ha cambiado, es de ladrillo, el nombre está sobre una lámina de metal y la vieja puerta de color verde está pelada. Al aproximarse se escucha música, luego a alguien orando y segundos después el himno nacional. Al ingresar, se pregunta por José Agualimpia, el coordinador, quien fue profesor de inglés y de español de Ibargüen en el grado sexto, antes de salir disparada para Medellín.

Caterine Ibargüen

Estadio Caterine Ibargüen.

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Juan David Jaimes / CEET

Caterine Ibargüen

Estadio Caterine Ibargüen.

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Juan David Jaimes / CEET

Caterine Ibargüen

El colegio San Francisco de Asís.

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Juan David Jaimes / CEET

Agualimpia la recuerda bien, no solo porque era el encargado de acompañarla a que pidiera permiso para ir a entrenar o a participar en eventos regionales, sino porque era una persona alegre, simpática.

El profesor se paró de la silla, sacó unos minutos para hablar de su alumna aventajada en el deporte, mas no en el estudio. Era el día de la clausura, de la entrega de notas de los alumnos, pero no se guardó nada.

Caterine es una persona agradecida, alguna vez destacó la labor de sus profesores en un conversatorio que se organizó en la biblioteca municipal

Claro que le gustaba hablar en clase, es que todos lo hicimos, pero nunca causó problemas. Caterine es una persona agradecida, alguna vez destacó la labor de sus profesores en un conversatorio que se organizó en la biblioteca municipal, algo que nos causó curiosidad, porque se acordó, uno a uno, de quienes le enseñamos algo”, precisó Agualimpia, quien estaba afanado, porque el evento necesitaba de su presencia.

Una de sus incondicionales amigas en ese claustro fue Diana Murillo, quien también fue descubierta en ese mismo chequeo por Zapata, pero, a diferencia de Ibargüen, comenzó a practicar la impulsión de la bala.

Sin embargo, como éramos unas niñas, pues eso pasaba a un segundo plano. Nos gustaba recochar, hablar, reírnos de la gente

Nosotras estudiamos ese año ahí, Caterine era muy servicial, casi no tocaba el tema íntimo de la familia, pero sabíamos que no vivía una situación fácil, como todos nosotros. Sin embargo, como éramos unas niñas, pues eso pasaba a un segundo plano. Nos gustaba recochar, hablar, reírnos de la gente”, señaló Murillo, hoy una de las buscatalentos de Apartadó.

Gracias al descubrimiento de Zapata, Ibargüen tuvo la opción de irse a vivir a Medellín, en 1999, el momento más doloroso para Ayola, sus hijas y sus nietos, porque Caterine empacó las maletas y se fue a buscar mejores horizontes.

“Es un momento difícil de recordar porque lloré mucho. No lo hacía porque no sabía para dónde iba, sino porque se fue sin plata, no le pude dar un peso para nada y me angustié. Yo sabía que allá tendría la vivienda en la Villa Deportiva Antonio Roldán, que de hambre no se moriría, pero es que cuando uno está a cargo de alguien lo que quiere es que se vaya bien, eso me dolió, no poderla ayudar más”, rememoró Ayola.

Pero su sufrimiento duró poco. Cuenta Zapata que a los 7 meses Ibargüen cogió los trastos, empacó su ropa en una maleta y se devolvió para Apartadó, sin decirle a nadie, sin consultarle a nadie, calladamente.

“No se aguantó esa manera de vivir. Alguna vez hablamos de eso y me confesó que se sentía encerrada, que le hacían falta su familia, sus amigos y que, aunque en los entrenamientos y competencias le iba bien, no estaba a gusto; por eso tomó la decisión de regresar”, advirtió Zapata.

Con Caterine otra vez en su pueblo, pues su condición anímica mejoró. Entrenaba en Apartadó y viajaba con la delegación antioqueña o la Selección Colombia a los eventos, pero quedarse allí no era lo ideal; ella debía coger conciencia de que tenía que volverse a Medellín.

Surgió la opción de que la profesora Regla Sandrino, una cubana que se especializó en saltos, fuera su tutora, su entrenadora, la persona a la que Ibargüen le entregara toda su confianza. Y así fue.

En el 2003 regresó a Medellín, volvió a ocupar una habitación en la Villa Deportiva y comenzó a volar, despegó en las prácticas y desarrolló todo ese talento que la ha llevado lejos a ganar lo que siempre quiso: medallas en mundiales y en los Olímpicos.

La de Caterine Ibargüen Mena es una demostración de que cuando se quiere se puede. Lo que ha conseguido se lo ha merecido, porque superó barreras y ese deseo de supervivencia que la ha llevado a dar el salto gigante desde Apartadó a Mónaco.

Lisandro Rengifo
Enviado especial
Apartadó
En twitter: @lisandroabel

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