Fútbol Internacional

Fútbol y poder: cuando la pelota se mancha

 Ponemos los reflectores sobre la siempre espinosa relación entre este deporte y la política. 

Rafael Videla, en el Mundial 1978

El dictador argentino Rafael Videla celebra el campeonato conseguido en casa, en 1978, por el equipo de su país.

Foto:

DPA / AFP

14 de julio 2018 , 09:17 p.m.

Un dictador le hace llegar un telegrama al capitán de la selección de fútbol de su país con una indicación: “Vencer o morir”. No es una metáfora. Otro mandó arrestar, torturar y fusilar a un grupo de jugadores después de un partido porque se atrevieron a derrotar a los suyos. Un tercero envió al destierro y a trabajos forzados en un gulag al presidente de un club que no se había alineado con su “política deportiva”. Y un general de un país latinoamericano se gastó lo que no tenía para organizar un mundial, con el que pretendía lavar la cara de un régimen acusado de desaparecer disidentes.

El fútbol no solo ha servido a los intereses de autócratas y políticos de todo pelaje, sino que también ha desatado guerras y conflictos diplomáticos y étnicos. En el lado opuesto, ha sido utilizado como un arma simbólica por los de abajo. Hay quienes han organizado partidos para solventar movimientos de resistencia, como los vascos durante la Guerra Civil española, o se han valido de las masivas asistencias a los estadios para organizar rebeliones civiles, como en Libia. Este deporte también ha servido para denunciar el racismo y para pronunciarse contra el ‘apartheid’ y la exclusión de la mujer. Es como si en ese paréntesis de 90 minutos hubiera espacio para todo, para lo mejor y lo peor de la especie humana.

Fue el buen Jorge Valdano quien dijo que el fútbol era “lo más importante de las cosas menos importantes”. A estas alturas del partido, esta frase puede parecer ingenua: cada vez queda más claro que el fútbol es todo, menos un juego.

Para un dictador, ganar la Copa del Mundo puede ser una cuestión de vida o muerte. Así lo entendió Benito Mussolini en 1934. En esa Italia de entreguerras, dada a la locura del nacionalismo, él quería demostrar que el fascismo era una doctrina superior. Y qué mejor forma de hacerlo que con el fútbol. Por eso organizó el segundo Mundial a su imagen y semejanza. Financió los gastos de las 16 selecciones (la Fifa estaba en pañales) y llevó a los ‘azzurri’ a la final en medio de partidos amañados, arengas y amenazas. De esa época es conocido el diálogo entre Mussolini y el general Vaccaro, presidente de la Federación Italiana, en el que el Duce le dice: “Debemos conquistar este campeonato”. A lo que Vaccaro respondió que haría todo lo posible. “No me ha entendido, Vaccaro. Es una orden”, le replicó el mandatario. Y la orden se cumplió. Italia despachó a sus rivales en medio de partidos caracterizados por el juego violento de los locales e injustificables fallos arbitrales. Las postales de la selección italiana de aquellas jornadas son evidentes: 11 estatuas paradas en el centro del campo con el brazo derecho extendido y la palma de la mano en alto. El saludo fascista como símbolo de victoria.

El fútbol era “lo más importante de las cosas menos importantes”. A estas alturas del partido, esta frase puede parecer ingenua: cada vez queda más claro que el fútbol es todo, menos un juego

Adolfo Hitler, aliado de Mussolini, también utilizó el fútbol como propaganda para demostrar aquella insania de la superioridad aria. El Führer no tuvo que conquistar mundiales: organizó los Olímpicos de 1936 para poner en vitrina el deporte alemán. Más adelante, cuando se apoderó de la mitad de Europa, envió a la muerte a cualquiera que desafiara a sus atletas.

La historia tiene rasgos de leyenda. O al menos existen dos versiones: en 1942, en la Ucrania invadida por los nazis, se realizó un partido entre un equipo local, el Start, y un combinado alemán. “Si ganan, mueren”, les advirtieron a los maltrechos jugadores ucranianos. “Entraron resignados a perder, temblando de miedo y de hambre, pero no pudieron aguantarse las ganas de ser dignos. Los 11 fueron fusilados, con las camisetas puestas, cuando terminó el partido”, evoca Eduardo Galeano en ‘El fútbol a sol y sombra’. Este hecho, conocido como el ‘partido de la muerte’, se reprodujo en documentales y películas. Sin embargo, después de diversas investigaciones, se han revelado acontecimientos insospechados.

La periodista Ana Lázaro entrevistó en el 2012, en Kiev, a Vladlen Putistin, hijo de uno de esos ucranianos. Según su relato, ese día no hubo amenazas y el partido fue muy intenso. Incluso le mostró una foto de los jugadores de ambos equipos “mezclados y sonrientes” después del juego. Putistin aseguró que esa noche celebraron el triunfo y que se realizaron partidos posteriores, en los que siempre ganó el equipo ucraniano.

Pero nueve días después del encuentro, el 18 de agosto de 1942, llegó la Gestapo. Sacó de sus casas a los jugadores y se los llevó, bajo la acusación de que eran comunistas. Cuatro de ellos fueron fusilados y el resto, repartidos en campos de concentración, donde otros tres fallecieron. Esto lo corrobora el escritor Juan Villoro, quien dice que ucranianos y alemanes se enfrentaron dos veces y que, pese a que el árbitro era nazi, siempre ganaron los primeros.

Villoro comenta que la gran jugada del ‘partido de la muerte’ no fue un gol, sino una acción de Alexei Klimenko, que sorteó a toda la defensa alemana, llegó a la línea de meta, miró victorioso a la tribuna y devolvió la pelota al centro del campo. “Demostró a sus verdugos que era mejor que ellos: los perdonó”, escribe el mexicano. Nunca se sabrá si eso enfureció más a los nazis. Lo real es que Klimenko fue ajusticiado días después.

“El fútbol y la política son dos cosas indisociables”, dice Jorge Illa, quien enseña el curso de política y deporte en la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas. “El fútbol se encuentra dentro de lo que Joseph Nye llamó el ‘soft power’, ese poder blando que usan ciertos Estados para ejercer presión sobre otros, valiéndose de elementos culturales e ideológicos”, comenta.

Y qué mejor hechizo que un equipo de fútbol. Un buen alumno de los dictadores de la Segunda Guerra fue el general Jorge Rafael Videla, quien hizo de la Copa de 1978 un espectáculo destinado a contrarrestar las campañas de las organizaciones de derechos humanos contra las desapariciones, las torturas y los asesinatos cometidos por la Junta Militar argentina. Sobre este tema se han hecho libros, documentales y películas. Lo macabro del asunto es que el centro de detenciones, la siniestra Esma (Escuela Mecánica de la Armada), quedaba cerca del Monumental, el estadio en el que Argentina salió campeón. No es irreal pensar que los prisioneros podían escuchar a los hinchas.

La gran jugada del partido no fue un gol, sino una acción de Klimenko, que sorteó a toda la defensa alemana, llegó a la línea, miró victorioso a la tribuna y devolvió la pelota al centro del campo

En 1986, pocos argentinos recordaban estos hechos cuando la selección de Maradona se enfrentó al equipo inglés en los cuartos de final del Mundial de México. Los argentinos habían perdido la guerra de las Malvinas con Gran Bretaña y ese partido olía a revancha. El 10 argentino se elevó sobre el arquero Shilton e introdujo la pelota en el arco con la mano. El árbitro tunecino Ali Bin Nasser validó el gol. Para los hinchas rioplatenses fue “la mano de Dios”. Cuatro minutos después, en una carrera apoteósica, el genio de Villa Fiorito eludió rivales sin tregua hasta alcanzar la victoria final. La afrenta había sido vengada.

De Trump a Xi Jinping

Ningún político escapa a la obsesión de que su país sea sede de un mundial. Lo añora Trump, que hace poco dijo que “tomaría nota” de las federaciones que no lo apoyaran en su sueño de realizar el campeonato del 2026 junto con México y Canadá. Al final, los votos le dieron la razón. Lo quiere también el líder chino, Xi Jinping, quien está invirtiendo cantidades astronómicas para desarrollar el fútbol en su país.

Bruno Rivas, autor de ‘Guía política del Mundial de Fútbol Rusia 2018’, dice que lo que busca la Fifa con la elección de las últimas sedes mundialistas es ampliar los mercados del fútbol. “Es muy paradójico –reflexiona– que el primer Mundial posterior a la Guerra Fría, el de 1994, se haya realizado en Estados Unidos, en tiempos en que se expandía el neoliberalismo. Ahora sucede lo opuesto: se juega en Rusia en un momento en que resurgen los nacionalismos”.

La más controvertida elección de los últimos tiempos es la de Catar. “La excusa de Blatter (el anterior presidente de la Fifa, envuelto en problemas de corrupción) fue que los árabes necesitaban un representante, pero lo que había detrás era un gran negocio. Se habló del pago de grandes sumas por los derechos de transmisión”, añade Rivas.

Sin embargo, lo atractivo del fútbol es que nunca se sabe cómo terminará el partido. Mussolini acabó colgado por la multitud. En el caso de Videla, el Mundial visibilizó a sus víctimas. A veces el fútbol cobra revancha.

JORGE PAREDES LAOS
EL COMERCIO (Perú) - GDA
En Twitter: @ElDominicalEC

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