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La protagonista de Venezuela a La Fuga regresa a un país que se muere

Naycore salió hace 7 meses tras un mejor futuro para su familia, no lo encontró y regresa a su país.

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Regreso al país que se muere

Documental completo: 'Regreso al país que se muere'.

Por: Ginna Morelo
16 de octubre 2018 , 09:11 p.m.

“Estaba ejerciendo mi carrera como enfermera cuando me dieron el PTP (permiso temporal de permanencia). Tenía mes y medio en la clínica, y el médico apenas lo vio, al día siguiente me botó”. La historia la cuenta Naycore Gallango en una pensión del distrito de San Martín de Porres, en Lima (Perú). Emigró de Venezuela hace siete meses en busca de un mejor futuro para su familia, no lo encontró, y regresa al país  para irse en cualquier momento al otro lado del mar.

Su hogar se encuentra a 4.100 kilómetros, en Valencia (Venezuela), en donde son comunes los racionamientos de agua, los cortes de luz, el colapso de las alcantarillas, la escasez de alimentos, la búsqueda de comida en la basura, la falta de medicamentos y los presos políticos. La esperan su esposo, sus tres hijos y su madre. Siete meses después, Nicolás Maduro sigue siendo el piloto de este desastre.

“Al principio me sentí derrotada, como que vine a perder el tiempo. He fallado. Pero tenemos una propuesta de trabajo en otra parte. Además, extraño mucho a los niños, necesito verlos… Tengo que sacarlos de Venezuela. Ahí no me puedo quedar. No hay futuro para mis hijos ni calidad de vida que les pueda ofrecer”. Suena desesperada.

A finales de enero del 2018, la acompañé cuando atravesó cuatro países con los sueños apretujados en una maleta roja y en un morral negro. El 3 de febrero la dejé en Tumbes (Perú), un lugar fronterizo, peligroso, lleno de polvo y de incertidumbre. Estaba delgada y muy triste. Hoy su cara luce más redonda y rozagante, pero está molesta. Regresa a Venezuela en un avión. El tiquete se lo regaló María Lili, una colombiana radicada en Miami que conoció su historia por el documental ‘Los sueños a veces duelen’, publicado en EL TIEMPO, y la contactó por Messenger. “Me ahorraré seis días de viaje, pero no el desgaste que produce tanto cambio”, anota desconcertada.

Llegar a Lima

Naycore tiene el cabello más oscuro y la piel más morena. Camina dueña de sí por las calles de la capital peruana. Ya sabe por dónde moverse. “Me impresionó mucho cuando llegué, ver en el supermercado la cantidad de comida. Me puse a llorar de ver esta abundancia, y nosotros con los anaqueles vacíos. Si yo pudiera mandar lo que veo acá, el saco de arroz o el saco de pasta, sería genial, pero no pude”, se queja frustrada.

Vivió dos meses en una habitación con otra venezolana, María Padrón, en la urbanización Palau, calle Santa María. Durmió en un camarote en la parte de arriba durante febrero y marzo, hasta que gracias a su trabajo duro pudo enviar por su hermano Gustavo. Con él se mudó a la pensión donde la encontré.

Extraño mucho a los niños, necesito verlos… Tengo que sacarlos de Venezuela. Ahí no me puedo quedar. No hay futuro para mis hijos ni calidad de vida que les pueda ofrecer

A Naycore, de 37 años, se le desvaneció rápido el sueño migratorio. La maleta con la que arribó no solo iba cargada de ropa, del budare para hacer arepas y de libros de cocina. También llevó expectativas que se frustraron porque desconocía la realidad peruana y se estrelló con varias verdades: los servicios públicos cuestan, las jornadas laborales duran más de ocho horas y en Perú hay 479.000 venezolanos para tan pocas opciones de trabajo.

Por el derecho a trámite del permiso temporal tuvo que pagar 48,5 soles (US$ 14), que debió consignar al Banco de la Nación para obtener la cita por internet. A un tercero le pagó directamente 120 soles (US$ 36) para que le adelantaran la cita que le otorgaban para dentro de tres meses y así poder tener el certificado de Interpol, requisito obligatorio. Y una vez la obtuvo debió consignar otros 85 soles (US$ 24) al Banco de la Nación para terminar el trámite. Finalmente, tuvo el PTP el 13 de julio del 2018. Actualmente, 110.275 venezolanos tienen PTP y 136.454 están a la espera de recibir la ficha de canje Interpol para concluir su trámite.

Naycore Gallango, migrante venezolana en Lima.

La enfermera de 37 años se fue a Lima a finales de enero. Vivió y trabajó duro durante siete meses en ese país latinamericano.

Foto:

Juan David Jaimes / El Tiempo

Camina por la pensión donde vive mostrando la perilla de la ducha del baño que le entregó el dueño del edificio a la hora de mudarse, para que ningún visitante, sin autorización, gaste agua. La edificación está dividida irregularmente en varias habitaciones. Doce venezolanos viven allí.

“Esto no ha sido fácil porque no consigues un trabajo estable que te ayude. Cuando te sientes segura te dicen: ‘Estás despedida’. No puedes hacer planes con el dinero porque no sabes hasta cuándo tendrás trabajo”, y esto la aburre.

Su hermano la escucha de pie. Es joven y fuerte. Se queda en Perú, pero se muda a Cuzco. “Allá tenemos una amiga. Dice que es mejor porque hay menos venezolanos y más trabajo”. Se refiere a la diáspora migratoria que intenta ganarse un lugar en el mercado laboral de Colombia, Ecuador, Perú, Argentina, Aruba y que hoy suma más de 2,3 millones de venezolanos por fuera, según la ONU. Sorpresivamente, el Gobierno venezolano desmiente la crisis migratoria. “¿Mentira? Ya quisiera yo que él sufriera lo que es dejar el país, porque es eso o morirte de hambre con tu familia”. Naycore, herida, sube el tono de voz.

“Estoy aquí, pero no han sido tan cordiales. Hay mucha xenofobia. Se molestan porque dices que eres profesional. Se burlan. Nos cierran las puertas. El tener un PTP, que es el simple requisito que te piden, ya no es suficiente. Debes durar un año más para poder tener el carné de extranjería. Y eso tampoco te garantiza un trabajo”, confiesa atribulada.

En su estancia en Lima recibió billetes falsos. Los dos primeros colchones que pudo comprar con su hermano para tirarlos al piso, porque no alcanzó para las camas, también salieron falsos. “Estaban llenos de cartón y papel”. Les ha tocado lavar la ropa en lavandería porque si lo hacen en la pensión, no se seca. “Es otro gasto con el que no contaba”, relata sorprendida.

“Un día, en el autobús se montó un señor con un micrófono. Yo venía de trabajar de vender pantalones. Él dijo: ‘Aquí va subiendo una Miss Venezuela. Son una plaga para nosotros. Todos ustedes nos han venido a quitar el trabajo. ¿Cuándo te vas, o es que te vienes a casar con un peruano para tener papeles?’. Me bombardeó. Le dije: ‘No necesito casarme con un peruano para estar legal en tu país. Yo no vine a robar. No soy una delincuente, vine a trabajar’. Él se bajó del autobús y yo me puse a llorar. Un muchacho que estaba en la parte de atrás del vehículo me pasó una hojita de papel en la que decía: ‘No llores, sé que no es fácil estar aquí. Yo soy peruano, vengo de provincia y también me han tratado mal. Yo también extraño a mi familia’. Le di las gracias. Sé que todos los peruanos no son malos. A mí me han ayudado muchos. Y estoy agradecida por la oportunidad”, y en su voz se percibe la confusión.

Cuando creyó que la suerte le sonreía porque había conseguido un trabajo de enfermera, para lo que estudió la licenciatura en la Universidad Rómulo Gallegos en San Juan de los Moros, capital del estado Guárico, sufrió un revés. “En la clínica una paciente no quiso que la tocara y tuve que buscar una licenciada peruana. Era mi paciente, pero no quiso que la tocara. Después me botaron”, se indigna. Por todo ello, sufrió un episodio de estrés y se le inmovilizaron las piernas.

'Venezuela a la fuga'

Se calcula que en Perú hay aproximadamente 479.000 venezolanos de los 2,3 millones que han huido de su país buscando mejores opciones de vida.

Foto:

EL TIEMPO

Difícil decisión

“El error es irse. ¿Qué vas a hacer? ¿En qué vas a trabajar? La situación es horrible. Mandar así sea 50 soles es mucho para la gente allá”, le dice Gustavo a Naycore. Ella toma agua para pasar el sofoco que causa la determinación de volver. 50 soles es el equivalente a 15 dólares, unos 937 bolívares soberanos. O algo así, porque nadie está seguro del cambio a partir de la entrada en vigor del nuevo bolívar.

“Muchos me dicen: ‘No te vayas’, ‘espérate’, ‘tú eres fuerte’, ‘tú aguantas’, ‘tienes que ser guerrera’. ‘Lúchala, lúchala’. Me dicen que ya tengo cosas aquí (en Lima) que otros quisieran tener. Pero digo, de qué me sirve si no tengo un trabajo fijo. Ya tengo una semana sin empleo y tuve que pagar el alquiler”. Esa es su vida en Perú.

“Cuando trabajaba en la tienda de venta de ropa, los fines de semana veía a las familias con sus hijitos. Yo tenía que pedir permiso y bajaba al baño a desahogarme, a secarme las lágrimas y a sonreírle al cliente como si nada. Había clientes que me abrazaban, me daban la bienvenida a Perú, me preguntaban cómo me sentía, si tenía hijos. Tengo tres por Dios, tres, y me consolaban: ‘Pobrecita’”, se desahoga.

Tengo miedo de regresar. Cada vez que me llaman por teléfono me dicen que todo está peor. Yo pensé en traerme a mi familia y que estuviera aquí conmigo, que me dieran apoyo, pero no fue así. Los planes cambiaron, se tardaron mucho en entregarle los documentos a mi esposo, en legalizar su título de médico. A pesar de que yo le dejé adelantado mucho lo de los niños, documentos legalizados y apostillados, pero no se dio”. Se nota agobiada.

Naycore regresa porque su esposo decidió no ir a Lima. Gregorio Medina es cirujano plástico y no se imagina ser nada más. “Le hicieron una oferta en Curazao en un hospital. A mí me hicieron una entrevista vía Skype. Vamos con una posibilidad mejor”, relata con esperanza. Sin embargo, sabe que solo puede permanecer seis meses por fuera de Perú si quiere conservar su PTP: “Si las cosas no salen allá, tendré que volver acá. No hay nada seguro”.

Naycore Gallango despidiéndose en el aeropuerto de Lima

Naycore, migrante, se despide en el aeropuerto de Lima de su hermano Gustavo. Él va a Cuzco, ella se regresa a Valencia, Venezuela.

Foto:

Juan David Jaimes / El Tiempo

El regreso

Doce de la noche. Hace frío en Lima. Naycore y Gustavo bajan las maletas y se suben al carro. Les dicen adiós a dos hombres que los despiden desde la puerta de la pensión. Uno se agarra la gorra tricolor con las ocho estrellas y se golpea el pecho con el puño cerrado. Ella le sonríe y se seca las lágrimas.

El trayecto hasta el aeropuerto internacional Jorge Chávez dura hora y media y nadie habla. A ratos ella recuesta su cabeza en la de Gustavo. Está afligida. Los nervios aumentan cuando se acerca al mostrador de la aerolínea Avior. Entrega sus maletas, le pasa el pasaporte a la aeromoza y recibe el tiquete. Antes de entrar a la sala recuerda que debe cambiar soles por dólares. Cuando tiene los US$ 170 en la mano se inquieta: “Ginna, ¿tú me puedes llevar esto? A los venezolanos se los quita la guardia, y fue todo mi ahorro”. Se toma el último café con su hermano. Lo abraza, le dice que lo quiere. A él se le escapan las lágrimas. “Bendición, pues”, le dice Gustavo a Naycore y vuelve la confusión.

Estoy aquí, pero no han sido tan cordiales. Hay mucha xenofobia. Se molestan porque dices que eres profesional. Se burlan. Nos cierran las puertas

Durante las cuatro horas con diez minutos que dura el vuelo Lima-Caracas, Naycore duerme a ratos, mira por la ventanilla, fotografía las nubes, se frota las manos con persistencia, va al baño. El anuncio de arribo la sobresalta, se la ve angustiada. Se baja del avión, camina a migración y su trámite tarda más de lo normal. El guardia malencarado le pregunta cuánto tiempo estuvo por fuera y anota su nombre en una lista, la asusta.

La retornada recoge el equipaje, la puerta se abre y sus hijos Róger, de 8 años, y Ronald, de 6, con camisetas del Hombre Araña, se lanzan sobre ella. Su esposo y su mamá la rodean en un abrazo calmo. No hay lágrimas. Del miedo transitan a una alegría indescriptible. Su hija, Runaylis González, de 18 años, no pudo ir al aeropuerto. La espera en casa.

Gregorio va a pagar el parqueadero. Debe hacer una fila de dos horas porque cada conductor debe pagar con tarjeta débito. En Venezuela no hay efectivo, ni después del cambio monetario al bolívar soberano que eliminó cinco ceros. Naycore calla. Camino a casa, en Valencia, el duro despertar. En un trayecto de 174 kilómetros, la cara de alegría se va transformando en angustia. Naycore contaba cómo la había pasado en Lima, y Gregorio le hablaba de la complicada economía en Valencia. “Este es el peor país del mundo ahorita… No hay agua, no hay luz”. En las sillas de atrás, abuela y niños guardan silencio. Naycore recuesta su cabeza en la silla, cierra los ojos, aprieta los labios.

Dos horas y media después arriban al apartamento en el sur de Valencia, donde hay varios edificios de las misiones de vivienda del Gobierno. En la zona este, la de más recursos y en donde vivieron hace unos años Gregorio, Naycore y los niños, muchas casas hoy están vacías, no hay servicio que recoja la basura y la energía es deficiente.

Ella regresa, como el verso de la canción ‘Caminos verdes’ de Rubén Blades: “Voy llegando a la frontera pa’ salvarme en Venezuela”, pero no lo hace precisamente para salvarse. “Mi país se muere”. Naycore se siente muy triste.

GINNA MORELO*
Editora de la Unidad de Periodismo de Datos - EL TIEMPO
En Twitter: @GinnaMorelo
* Con la colaboración de Mirelis Morales

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