Música y Libros

‘No soy el rey vallenato mudo; canto, y bien afinado’: Miguel López

El quinto rey vallenato habla de sus inicios, su aporte al folclor y de cómo vive ahora.

Miguel López

Esta es la dinastía López, que fue homenajeada en el Festival de la Leyenda Vallenata de 2015. De izquierda a derecha, Pablo, Miguel, Naín y Álvaro.

Foto:

FFLV

20 de febrero 2018 , 09:12 p.m.

En la sala de su casa y en medio de la tranquilidad del municipio de La Paz, Cesar, aparece sonriendo con su sencillez característica el rey vallenato Miguel Antonio López Gutiérrez, quien recientemente cumplió 80 años de vida. “Estoy listo para contar todo”, dice e inicia su relato:

“Yo comencé a tocar acordeón a los 10 años. ¡Cómo pasa el tiempo, ya hace 70 años! –afirma sorprendido–. Un día amanecí con ganas de agarrar el acordeón, que en la casa lo tocaba era mi hermano Pablo. Yo tocaba la caja, pero ese día cambiamos, y así nos quedamos para siempre. Vea que a ambos nos sirvió”.

Su hija Tania, quien lo acompañaba, sonrió y asentía, con la cabeza a esa afirmación.
“Tengo que decir que a mi mamá, Agustina Gutiérrez Zequeira, cuando me vio tocar le gustó y enseguida me apoyó y acertó. Mis padres hicieron posible que nos enamoráramos del vallenato”, dice el rey de 1972 –el quinto del Festival de la Leyenda Vallenata– mirando hacia el cielo, como queriendo que Agustina desde el más allá contribuyera al relato.

Pero no da lugar a que la nostalgia anide y prosigue con su historia. “La casa de mis padres fue el templo del vallenato en toda la región, porque por allá pasaron personajes de la vida nacional; incluso, Gabriel García Márquez contó varias anécdotas que le han dado la vuelta al mundo”.

Así fue el inicio formal de los famosos Hermanos López, agrupación que marcó la pauta en la música vallenata. “Al poco tiempo, con mis hermanos comenzamos a tocar en cumpleaños, matrimonios y en cuanta fiesta nos invitaban en La Paz (Valledupar) y toda la región. Nos fuimos poco a poco, hasta llegar a grabar en Bogotá, asunto que no fue nada fácil, pero gracias a Dios se logró en la antigua CBS”.

Vida familiar

De repente frena y dobla la ruta hacia a su vida familiar. Tiene 12 hijos, 29 nietos y 10 bisnietos. Comienza a citar sus hijos, uno a uno: Álvaro, Martha, Miguel Antonio, Tania, Patricia, Gustavo, Katia, Román, Marianela, Yolima, Miguel Ángel y Adalberto.
Se casó con Fidelina Carrillo Torres, con quien tuvo nueve hijos. Ella falleció el 25 de enero de 1986. También, tuvo dos hijos con Matilde Torres y uno con María Asunción Calderón.

“Mis hijos, nietos y bisnietos son mi vida, y vivo agradecido de ellos porque me han demostrado su amor. Tengo una bella familia”, dice. Y sonríe recordando esa cosecha de vida.

Estando metido en el campo familiar, destaca las satisfacciones que le ha dado su hijo Álvaro, quien el año pasado se coronó rey de reyes del Festival de la Leyenda Vallenata. “Álvaro es un maestro. Me alegra que siguiera la línea nuestra y entregara ese gran triunfo, que engrandece a la dinastía López. Él fue el último acordeonero de Diomedes Díaz y ahora está con Jorge Oñate, con quien grabó un excelente disco. Siempre le doy las gracias a Dios por sus victorias musicales”, afirma el viejo Miguel.

Entonces confiesa: “Todas las noches, antes de acostarme, leo la Biblia y le pido a Dios por todos, porque sin Dios no hay nada, sin Dios es como tener el acordeón cerrado”.

Después, el maestro pasa a hablar de su hijo Román, quien también toca acordeón. “Él grabó un buen disco con Silvestre Dangond, pero se enfermó. Se estaba poniendo flaco y decidió alejarse de la música. Es un acordeonero bueno, y aspiro a que se corone rey vallenato. Ojalá que sea antes de que Dios me llame”.

La sonrisa se le escapa de los labios, la tristeza entra en su cuerpo, y con sus dos manos esconde los ojos.


El hombre bueno y noble, el genial acordeonero, cae en la trampa de la nostalgia. Tras un momento en silencio retoma el hilo de la conversación y entra a contar cómo pasa sus días después de haberse retirado de la música y estar en contadas parrandas. “Vivo entre la casa y la finca de nombre La Providencia o, como algunos la llaman, El Descanso, a 20 minutos de La Paz. Siempre me gustó la agricultura, y allá me siento feliz, rodeado de la naturaleza y de ratos de tranquilidad. Puedo decir que he tenido una vida grata, y, gracias a Dios, han reconocido mi aporte a la música vallenata, que se creció con el paso de los años”, afirma.

Siempre me gustó la agricultura, y allá me siento feliz, rodeado de la naturaleza y de ratos de tranquilidad. Puedo decir que he tenido una vida grata

La canción más querida

El rey vallenato se alegra de hacer un recorrido por su vida y por su contribución a la música vallenata, que se ha extendido a varios de sus hijos y por toda su familia.

Le agradece a Dios por sus 80 años y dice que si le regalara 20 más, le tocaría vivirlos, porque esos regalos son lindos, y no hay que despreciarlos. Sonríe y contagia a los presentes; mira para todos lados y enseguida pone a cabalgar los dedos por su acordeón para interpretar la canción que más le gusta, de tantos y tantos vallenatos que ha moldeado. “Esa canción es Jardín de Fundación, de Luis Enrique Martínez, mi ídolo en el vallenato, aunque admiré a Alejo Durán, Lorenzo Morales, Emiliano Zuleta, ‘Colacho’ Mendoza y Calixto Ochoa, entre otros”, dice Migue.

Cuando termina de cantar una estrofa de la canción manifiesta: “Siempre se ha dicho que soy el rey vallenato mudo, pero yo canto, y bien afinado. Lo que pasó en aquella ocasión del 5.° festival vallenato es que estaba el joven guacharaquero y cantante Jorge Oñate, quien me acompañó, y no se podía desaprovechar esa ventaja”.
Para corroborar lo anterior, pregunta: “¿Con ese mampano, para qué iba a dar a conocer mi voz? No hacía falta”.

Precisamente, Jorge Oñate alcanzó su gran notoriedad al grabar con los Hermanos López una serie de producciones musicales que marcaron la pauta y todavía son referentes del folclor. “Oñate es de la familia, y escribimos páginas grandes en el vallenato”, expresa.

Miguel López sigue hablando de cantantes y anota que le enseñó a cantar a Diomedes Díaz, el Cacique de La Junta:

“A Diomedes le dábamos oportunidad de cantar en nuestra agrupación, así fuera una o dos canciones. También lo llevaba a las parrandas. Él era bueno para versear. Le tuve paciencia y le enseñé a cantar. Gracias a Dios, el muchacho salió bueno, y vea hasta dónde llegó. Talentoso sí era”.

Miguel se queda sonriendo, como lo hizo al darnos la bienvenida a su casa, en el barrio Las Flores, después de hablar de sus achaques de salud que lo afligen, de aconsejarles a los nuevos acordeoneros que sigan la línea del vallenato clásico, de sentirse satisfecho de su vida llena de notas y de alegrías cantadas, que han alimentado el folclor por 70 años. Toda una hazaña en esa música que escuchó, incluso, antes de dar sus primeros pasos.

JUAN RINCÓN VANEGAS
ESPECIAL PARA EL TIEMPO

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