Quién era Juancho Torres, considerado el guardián del porro - Música y Libros - Cultura - ELTIEMPO.COM
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Gracias y adiós a Juancho Torres, el guardián del porro

A los 74 años falleció el músico sincelejano. Grabó más de 600 canciones de este aire caribeño.

Juancho Torres

Torres grabó cerca de 40 discos con su orquesta.

Foto:

Carlos Ortega / EL TIEMPO

05 de marzo 2018 , 09:00 p.m.

Si alguien en este país merecía el apelativo de ‘guardián del porro’, ese fue, sin duda, el maestro Juancho Torres, cuyo trabajo obstinado y disciplinado en la conservación de este ritmo folclórico le permitió grabar más 600 porros, en 39 producciones discográficas.

Me encantaba irme detrás de los músicos a donde iban a tocar

Pero si a esta cifra se le agrega el resto de aires caribeños que Juancho –como le decían sus amigos con cariño– incluyó en sus discos, como la cumbia y el vallenato y las adaptaciones de obras clásicas y norteamericanas, el número se acerca a las 900 canciones.

Por eso, con su partida este lunes, a los 74 años, luego de combatir contra una dolorosa enfermedad, los protectores de ese aire insigne, inmortalizado por Pacho Galán y Lucho Bermúdez, hoy se sienten huérfanos.

Su proyecto musical fue algo visionario. Este sincelejano, nacido el 5 de enero de 1944, decía que soñaba desde niño con tener una orquesta como la de Duke Ellington. Solía escucharla durante largas horas frente en un gigantesco radio Telefunken que había en la sala de su casa, en donde también se sintonizaba la señal de emisoras como la del Canal de Panamá, de Centroamérica y de Cuba.

Juancho forjó su amor por la música en Sincelejo, oyendo las tonadas que interpretaba la orquesta Los Granadinos, una de las dos agrupaciones más aplaudidas de la época. La otra era la famosa jazz band de la emisora Atlántico.

“Yo era un niñito de 6 o 7 años y me encantaba irme detrás de los músicos a donde iban a tocar. Y ellos se habituaron a ver al monito atrás, todo sucio. Entonces, me aprendía todos los temas que ellos interpretaban”, le contó Juancho a este diario en una larga conversación sobre su vida.

En 1953 ocurrió algo que cambiaría por completo la mirada musical de este mozuelo apasionado por el ritmo caribe. Ese año, el maestro Pacho Galán hizo su aparición con el inolvidable merecumbé (combinación de merengue y cumbia). “Ahí dejé de ser fan de Los Granadinos para convertirme en el fan número uno de Pacho Galán y su orquesta”, comentó, al recordar cómo se inició la amistad con su ídolo.

Fue un enero de 1955, cuando Galán tocó por primera vez en el Club Sincelejo. “Yo tendría unos 10 u 11 años, y esa noche me acosté vestido. Y cuando mi mamá se acostó, yo me levanté, le quité la tranca a la puerta y me volé”, relataba Juancho.

Como pudo, se subió por una de las ventanas del club para oír a la orquesta, cuyos músicos, una vez concluida la primera tanda de 30 minutos, salieron a comer al frente del recinto, en donde había una señora que vendía los tradicionales fritos costeños.

Juancho decía que en ese momento se acercó al maestro Galán, lo tomó por la mano y le comenzó a hablar de todas sus canciones, lo que sorprendió al autor de Ay, cosita linda.

“Yo le conté que estaba volado de la casa y que cuando regresara me esperaba un castigo, pero que a mí no me importaba porque había cumplido el sueño de conocerlo a él y de ver su orquesta. Entonces le pedí que me complaciera con Mi amor es tuyo, uno de los temas de moda del momento”, recordó.

Fue así como el maestro Galán lo tomó del brazo y lo llevó hasta la tarima, en donde lo sentó a su diestra en un banquito. “Cuando el baile se reinició –relataba Juancho–, la voz principal (Tomasito Rodríguez) dijo: ‘Esta pieza va de parte de todos los integrantes de la orquesta y, en especial, de su director, a un gran amigo de la orquesta’, y Pacho me miró a mí.”

A partir de ese momento surgió una amistad de maestro-discípulo que perduraría por siempre.

Paralelamente con su afición por el porro, la cumbia y demás aires de la Costa, Juancho se vio expuesto a la influencia norteamericana, con las novedades musicales de artistas como Nat King Cole o los programas especiales que pasaban las emisoras con las melodías emblemáticas de Glen Miller y Stan Kenton.

Anota que toda esta influencia de ritmos como el jazz, el swing y el foxtrot la impuso, en especial, la jazz band de la emisora Atlántico. “Emisora que se respetara en el país debía tener orquesta en vivo. Y antes de iniciar la programación de música popular interpretaban dos o tres temas de las grandes orquestas norteamericanas”, contaba.

“El porro representa para mí el segmento musical más hermoso de nuestro folclor. La mayoría de sus melodías han nacido del corazón del campesino costeño”, contó alguna vez Juancho. Su memoria prodigiosa sorprendía al enumerar decenas de canciones con sus respectivos autores.

Sus canciones las fue reuniendo de pueblo en pueblo, en viejos archivos familiares o grabadas directamente de algún músico regional, que se la silba o tararea.

Juancho Torres

Torres también experimentó con la música culta en ritmos del Caribe, como lo han hecho otros artistas.

Foto:

Carlos Restrepo / EL TIEMPO

Formación inglesa

Luego de haber hecho nueve semestres de Ingeniería Industrial en Bogotá y de haber obtenido exitosos empleos, Juancho decidió un buen día dejarlo todo, a sus 23 años, para seguir el sueño de estudiar música. De este modo, con los ahorros que había reunido, emprendió viaje a Londres.

Sin embargo, los altos costos de la carrera y la imposibilidad de cuadrar los horarios de las academias musicales con los trabajos domésticos, que debió conseguir para sobrevivir, lo obligaron a decidirse por terminar los estudios de Administración de Empresas.

Al mirar atrás, Juancho decía que no se arrepentía de la experiencia y la vida que le dejaron esos diez años en la capital inglesa. Tuvo la oportunidad de conocer en persona a estrellas como Elizabeth Taylor y Phil Collins (con quien trabajó en un bar).

“A Duke Ellington lo conocí en un concierto que dio en el Soho de Londres, en el Ronnie Scott’s Bar. A la semana lo volví a escuchar en concierto en un pequeño estadio. Cuando finalizó me volví a jurar que algún día tendría una orquesta como la de él. Hoy en día, la supero en cuatro músicos”, contó orgulloso cuando festejó el aniversario número 20 de su agrupación, hace casi tres años.

Una de las anécdotas más coloridas de esa época, recordaba el músico, ocurrió cuando conoció a Elizabeth Taylor en un lujoso hospital de cinco estrellas, en donde iban a desintoxicarse del alcohol destacadas personalidades mundiales, desde jeques árabes hasta actores de cine.

Juancho trabajaba atendiendo el bar y la cafetería, en el quinto piso. “Allí me tomé una foto con Elizabeth Taylor cuando estuvo hospitalizada por sus problemas de alcohol. Y recuerdo que le llevaba una copita de Campari con soda, que era lo que le permitían tomar. Un día, cuando ya tenía confianza con ella, le pedí una foto”, recordó.

Esos años fueron determinantes para que Juancho configurara el sueño de regresar al país, a los 36 años, para crear su orquesta. Después de trabajar en algunas reconocidas empresas comenzó a forjar ese conjunto de músicos que hoy, cuando, al unísono, sueltan la primera nota de himnos como La hamaca grande, El toro balái, Soy sinceano, Río Sinú o Arturo García, hacen que la gente no pueda quedarse sentada.

Yo soy así, terco

Quijote de la música

Las producciones musicales de Juancho Torres parecían verdaderos proyectos quijotescos, en el contexto de la música actual. Cada una solía tener hasta 6 discos compactos.

Precisamente, cuando presentó su último trabajo, Por tradición, con el que celebró los 20 años de su orquesta, hace tres años, Juancho bromeaba cuando se le preguntaba cómo lograba hacer viable financieramente una producción así.

“Yo soy loco. A veces les digo a mis amigos que ya saben: ‘Si el primero de enero no me encuentran, vayan a La Picota, que allá estoy, para que me lleven frutas’ ”, afirmaba. Pero siempre contó con la ayuda de sus amigos y admiradores, que nunca lo desampararon con donaciones para sacar adelante esos sueños musicales. “Pero yo soy así, terco”, decía mientras se le iluminaban sus ojos azules.

Ese último trabajo era un estuche de seis discos compactos en el que reunió cerca de 200 canciones de su repertorio, con un librito sobre su trayectoria.

A lo largo de la carrera musical fueron muchísimos los artistas que colaboraron en las producciones de Juancho, como Gusi, Yolanda Rayo, el ‘Churo’ Díaz, Charlie Cardona, Gustavo Gutiérrez Cabello, Penchi Castro, Carlos Piña y Elías Paz, entre otros.

Juancho no solo se conformó con interpretar la música caribeña. Varios de sus discos incluyeron experimentaciones con obras clásicas y baladas tradicionales en inglés. “Yo empecé algo, que no sé si estarán estos compositores allá en el cielo revolcándose, pues en mi trabajo incluyo mosaicos, en ritmo de porro y cumbión, con algunas de mis obras favoritas de la música clásica. Locuras que a mí se me ocurren”, contaba.

Al igual que lo han hecho músicos como Emilio Aragón y su ya clásica producción Bach to Cuba, en la que integra los ritmos afrocubanos con los conciertos de Brandemburgo de Bach, o Richie Ray y Bobby Cruz, Juancho Torres se aventuró en sus producciones con obras clásicas también.

En la última, por ejemplo, incluyó la Quinta Sinfonía de Beethoven, en ritmo de porro, y la Sinfonía 40 de Mozart, en ritmo de cumbión. Una propuesta que se unió a mosaicos que hizo antes, con obras de compositores como Chopin, Tchaikovsky y Liszt.

Juancho se daba el lujo de contar con una orquesta tipo big band (agrupaciones de más de 18 músicos), que por su tamaño y costo son prácticamente formatos en vías de extinción. Algunas, como las de los estadounidenses Glen Miller o Duke Ellington, no solo marcaron una época, sino que sirvieron de inspiración a las de los tradicionales clubes sociales del país.

La de Juancho Torres es una agrupación de 25 artistas en tarima (6 trompetas, 5 saxos, 4 trombones, 6 en percusión y armonía: bajo, piano, batería, rag de timbales, congas y percusión menor; además, dos voces masculinas y dos femeninas). Sin duda una fiesta para el oído de cualquier melómano y un placer sin igual para los pies de cualquier bailarín que se respete.

Y, como el hijo pródigo, Juancho decía que su sueño algún día era regresar a la antigua plaza de mercado de Sincelejo, que lo vio nacer y en donde hoy se encuentra el teatro municipal. “Allí es donde sueño tocar antes de morirme”, comentó hace dos años, al agregar una frase lapidaria: “El porro para mí es una religión, y yo soy el pastor de ella”.

Gracias, maestro Juancho, por este legado, del que ya puede sentirse orgulloso.
Sus exequias serán este martes, a las 10 a. m., en la parroquia de San Juan Crisóstomo (av. Suba n.° 118-75, Bogotá).

CARLOS RESTREPO
En Twitter: @Restrebooks

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