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Adolfo Echeverría partió en las fiestas que tanto amaba

El músico y compositor, autor de una de 'Las cuatro fiestas', falleció este jueves en Barranquilla.

Adolfo Echeverría partió en las fiestas que tanto amaba

Adolfo Echeverría (3 de septiembre de 1932 - 20 de diciembre de 2018), con su orquesta en su época dorada.

Foto:

Archivo EL TIEMPO

Por: Liliana Martínez Polo
20 de diciembre 2018 , 10:05 p.m.

Fue la convicción de que algún día tendría que llegar a ser como Pacho Galán o Lucho Bermúdez la que llevó al maestro Adolfo Echeverría (1932-2018) a luchar tanto por una canción que, a la postre, fue la más importante de su legado. Se trata de Las cuatro fiestas, que con su pegajoso coro de: “Rema, rema, que va llegando Juan. Rema, rema, que va llegando ya” ha sido bailada en los diciembres por cinco décadas.

Echeverría, fallecido en la mañana de este jueves, en plena temporada de novenas, había compuesto esta canción pensando justo en las fiestas decembrinas. Las cuatro celebraciones eran justamente la Noche de las Velitas, la Navidad, el Año Nuevo y, como buen barranquillero, el festejo máximo del año siguiente, el carnaval.

Desde niño había decidido vivir de la música. En sus años escolares, en el colegio Salesiano de San Roque, en Barranquilla, había hecho parte del coro, pero tenía claro que, además de interpretar, su camino pasaba por la composición, jugar con la musicalización de la palabra, al estilo de Escalona.

Los años, sin embargo, pasaban. Tenía tantas canciones en la cabeza –sus reseñas dicen que antes de comenzar en serio como músico ya había compuesto casi un centenar de letras– que en su cumpleaños número 28, el 3 de septiembre de 1961, decidió dejar la seguridad anodina de un trabajo como vendedor de ropa en un almacén para pasar del dicho al hecho y hacer realidad su sueño. Se sabe que le dieron 60 pesos de liquidación y que los invirtió inmediatamente en su, entonces incierta, carrera musical.

Ya le habían grabado una canción, La paloma (con discos Eva), y se había hecho notar en diferentes concursos de talento radiales. Pero Las cuatro fiestas, grabada en 1965, fue su apuesta principal. La canción del todo por el todo. Así que contrató al cuarteto que tocaba en el restaurante Mónaco –El Cuarteto del Mónaco, que pasó a la historia como el primer grupo con el que grabó–. Se trataba de un grupo de amigos que hacían música más por gusto que por profesión (a la postre esto sería causa de la disolución) y que se sumaron a la iniciativa.

La voz de esta canción fue Vicenta Borrás, una profesora que combinaba este trabajo con sus deseos de ser bolerista, más conocida como Nury Borrás. Fallecida en 1995, se dice que su voz cautivó a Echeverría de tal manera que no aceptó otra opción y la defendió a capa y espada cuando, ya grabada, buscaba apoyo para la canción y las críticas demoledoras de los que aparentemente más sabían en la industria pasaban por decirle que esa vaina no la iba a bailar nadie o que se había equivocado al elegir una voz femenina y tan rara, a la vez.

La canción, rechazada por los expertos, fue aceptada por el público en cuanto Echeverría consiguió financiar una pequeña edición de discos con ella. Y desde entonces se ha bailado en cada diciembre, identificándose más con el Día de las Velitas, el 7 de diciembre, la primera de las cuatro fiestas.

Adolfo

Adolfo Echeverría ha padecido quebrantos de salud desde 1990. Su esposa, Anastasia Arrieta, no se le ha despegado nunca.

Foto:

Javier Franco/EL TIEMPO

Pero no fue el único éxito de Echeverría. Un autor que tenía tanta música en el alma no podía agotarse en una sola letra. Amaneciendo también es suya y Fantasía nocturna, que también se canta en cada diciembre y que muchos creen que se llama ‘Lucerito’. Esta fue famosa en la voz de Gustavo ‘el Loko’ Quintero (1939-2016), otro artista que se volvió ícono de diciembre y en un diciembre también se despidió.

Otras obras de su autoría fueron Gloria Peña, Julio Calderón o Me robaron el sombrero. Sin embargo, Las cuatro fiestas fue su himno personal, grabada cientos de veces. Diomedes Díaz hizo una versión propia que también fue exitosa, en el 2006. La canción rompió hasta la barrera del idioma. La grabaron en inglés.

El Cuarteto del Mónaco, compuesto por Rafael Guardo, Eugenio García, Álex Acosta y Ángel Monsalvo, alcanzó a grabar con Echeverría otros temas que también pusieron a bailar a generaciones de colombianos: Inmaculada, La tormenta y Amaneciendo, pero el conjunto terminó por disolverse.

Entonces, él empezaría a pensar en formar su propio grupo: Los Mayorales de Adolfo Echeverría, con quienes consiguió el sueño de alternar de tú a tú con las grandes orquestas tropicales colombianas que tanto había admirado.

Entre la fiesta y la tristeza

Sin embargo, detrás de la música festiva con la que era identificado y alegraba a tantos estaba la melancolía. Diversas reseñas biográficas suyas recogen dos de sus momentos de tristeza, que incluso llegaron a poner en peligro la continuidad de su carrera: la muerte de su hermano Gil en un accidente de tránsito cuando viajaba hacia Venezuela a reemplazar la vacante que había dejado José Luis Rodríguez, el Puma, en la Billo’s Caracas Boys.

Se contaba que el maestro llegó a pensar en dejar la música, pero siguió adelante con Los Mayorales, aunque en su discografía a veces el crédito fue simplemente: Adolfo Echeverría y su orquesta. Él y su grupo se llevaron cinco Congos de Oro en el Carnaval de Barranquilla, el más memorable, en 1977. Y también les abrió las puertas a quienes luego serían reconocidos artistas: el Checo Acosta, Juan Carlos Coronel y Charly Gómez.

El Checo alcanzó a cantar con él durante pocos meses, en los 80. De ese tiempo dice recordar a un músico estricto, un director musical perfeccionista, un forjador de talentos.

El otro momento que marcó a Echeverría fue la muerte de su madre, en 1990. Año en el que empezaron los quebrantos de salud. Su esposa, Anastasia Arrieta, cuenta que en ese año sufrió el primero de tres infartos a los que había sobrevivido (también menciona otros 18 eventos coronarios).

Y esos quebrantos de salud lo llevaron a dejar los escenarios. Arrieta ha relatado siempre que por orden médica tuvo que tomar una distancia de la vida musical.

En los últimos años, la lucha suya y de su familia se centró en conseguir una casa que le prometieron muchas veces diferentes gobiernos y que finalmente se hizo realidad en el 2014, cuando la gobernación del Atlántico, en cabeza de Antonio Segebre, se la entregó en la urbanización Los Almendros, en Soledad. La vivienda se convirtió, entonces, en una escuela gratuita de artes para niños y jóvenes de la zona, donde sus hijos, Ana Sofía y Adolfo de Jesús, también músicos, eran los maestros.

A sus quebrantos de las últimas décadas se sumó, en marzo del 2017, la amputación de sus piernas, que lo mantuvo en cama desde entonces. Y un año atrás, por la misma época en la que sus canciones renacen con toda su fuerza, el maestro pasaba Navidad y Año Nuevo hospitalizado.

Fue en la casa de Los Almendros donde en la mañana del pasado 4 de diciembre el maestro Echeverría sufrió una isquemia –la tercera–. Su familia lo llevó entonces a la Clínica General del Norte, de Barranquilla, de donde ya no salió con vida.

En cada Día de las Velitas tenía la costumbre de encender un farolito. También solía entristecerse, según indicaba su hija Ana Sofía, porque la gente solo se acordaba de él en estas temporadas. La imagen del maestro triste en la fiesta que su música ayudó a animar fue una constante en el final de su vida.

En el pasado Día de las Velitas, el día de su canción insignia, su familia, ya resignada, anunciaba que estaba pronto el desenlace: “Estamos esperando, ya convencidos de que debe descansar porque ha sufrido mucho –decía Anastasia Arrieta en aquella mañana–. Sin embargo, es Dios el que da su última palabra, pero clínicamente ya estamos esperando su deceso”, confesó. Los médicos le habían dicho que, sencillamente, había que esperar a que dejara de respirar.

Aun así, el maestro Echeverría se mantuvo vivo, sin despertar, hasta este 20 de diciembre, a las 10 de la mañana. Deja cuatro hijos y tres hijas, varios de ellos siguieron el camino musical: Adolfo Jr. es uno de los cantantes de la orquesta de Alberto Barros, Rufino es baterista y María José también es cantante.

Queda un legado musical sin el que las fiestas colombianas y de otros países de América Latina no serían lo mismo. No en vano, de sus aproximadamente 2.500 canciones compuestas –que lo convirtieron en uno de los más prolíficos autores de la música tropical colombiana– se nutrieron artistas como Celia Cruz, Bonny Cepeda, La Billo’s Caracas, Los Melódicos (La ninfa morena, por ejemplo) y Víctor Manuelle.

LILIANA MARTÍNEZ POLO
Twitter: @Lilangmartin

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