Pablo Milanés y Martín Rojas: un reencuentro con mucho sentimiento en Barranquijazz - Música y Libros - Cultura - ELTIEMPO.COM
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Pablo Milanés y Martín Rojas: un reencuentro con mucho sentimiento

Los dos artistas cubanos volverán a presentarse juntos en Barranquijazz.

Pablo Milanés

El cantautor cubano Pablo Milanés

Foto:

Archivo particular

Por: Juan Martín Fierro*
11 de septiembre 2018 , 09:30 p.m.

Martín Rojas Torrente nació en La Habana en 1944, y desde niño tuvo inclinación por la música. A los siete años perdió la vista por una explosión en una fábrica clandestina de pólvora, pero gracias a una colecta organizada por los médicos y enfermeras que lo cuidaron en el hospital, recibió su primera guitarra y sus primeras lecciones. Cuando murió su padre tenía apenas once años, y con la ayuda de un farmacéutico llamado Idolomiro Boix pudo continuar su formación musical. Una de las canciones que más recuerda de aquella niñez accidentada es 'El pregón del enyucado', cantada por Nelson Pinedo y La Sonora Matancera.

Tiempo después, Martín Rojas se convertiría en uno de los guitarristas más importantes de Cuba, y a lo largo de más de cincuenta años de carrera se ha dado el gusto de acompañar a artistas de la talla de Omara Portuondo, Elena Burke y Pablo Milanés.
Con este último se encontraron hace veinte años para ofrecer un concierto de boleros cubanos y mexicanos en el Tropicana, el cabaré habanero. Desde entonces no han vuelto a compartir escenario. La hazaña de volverlos a juntar hay que agradecérsela al equipo de Barranquijazz, que los trae a Colombia. Pablo, un artista que no necesita presentación y nos ha dado canciones entrañables como Cada vuelta que se logra, La felicidad, Años, El breve espacio en que no estás, La novia que nunca tuve y Yolanda, vuelve a visitarnos en un interesante formato de piano, bajo y batería. Junto con él llegará Martín Rojas.

“Este encuentro con Martín en Barranquilla es muy especial y nos va a permitir interpretar juntos, después de muchos años, aquellas canciones del filin y boleros que tocábamos. Por lo tanto, en el repertorio habrá una parte con él y otra con mi grupo, donde tendrán cabida muchos de los clásicos de mi carrera. Haré un guiño al jazz, pues es un género que va ligado directamente a mi formación musical y a mi obra. Me acompañará un trío con el que vuelvo a la sonoridad de los años 80”, dice Pablo Milanés desde La Habana.

Él y Martín se conocieron en los sesenta, y treinta años después grabaron cuatro volúmenes de la antología titulada Filin, dedicada a grandes canciones y compositores de esta época dorada del bolero: La gloria eres tú, de José Antonio Méndez; En nosotros, de Tania Castellanos; Contigo en la distancia, de César Portillo de la Luz; Esta tarde vi llover, de Armando Manzanero; Alma mía, de María Grever, y Perfidia, de Alberto Domínguez.

Paradójicamente, el éxito de Pablo dentro de la Nueva Trova hizo que estas grabaciones (seis en total), al igual que la antología Años, anterior al boom del Buena Vista Social Club y dedicada a la música tradicional cubana, fueran más bien poco conocidas. A Pablo no solo hay que reconocerle sus grandes composiciones, sino también el haber rescatado y grabado música tradicional de Cuba y otros países para acercarla a las nuevas generaciones.

¿Qué es el filin?

La corriente del filin (una españolización del verbo inglés feeling, que traduce ‘sentimiento’), nació a finales de los años cuarenta en La Habana y revolucionó la estructura melódica y armónica, así como el estilo interpretativo del bolero cubano. Si pudiéramos definirlo de una forma caprichosa, diríamos que es, quizá, su versión más exquisita y refinada.

En sus inicios fue un bolero clandestino, localizado en ciertos barrios de la capital cubana, especialmente en Cayo Hueso, Soledad, Zanja, Belén, Atarés y El Cerro, donde eran frecuentes las descargas y sesiones de improvisación. La casa de Tirso y Ángel Díaz, reconocidos trovadores y vecinos del mítico Callejón de Hamel, fue sitio de encuentro para sus nacientes figuras.

El sonido del filin tuvo desde sus comienzos una marcada influencia jazzística, pero también recogió herencias de los trovadores y pianistas cubanos de la segunda mitad del siglo XIX y los primeros años del siglo XX. La armonía del jazz y sus ornamentos melódicos hicieron del filin un punto de quiebre frente a la estructura del bolero tradicional, dando más libertad para la improvisación tanto al intérprete como al acompañante. Entre los músicos se hizo cada vez más frecuente la utilización de acordes con séptimas y novenas aumentadas, y entre los cantantes eran frecuentes las inflexiones, modulaciones y scats para ‘decir’ o ‘conversar’ la canción sin las ataduras de ritmo y tiempo conocidas hasta entonces. El filin era, sin más, un bolero libre y espontáneo, pero a la vez complejo y exigente. Y aunque se cantó en múltiples formatos, su instrumento predilecto era la guitarra española.

“Filin quiere decir sentimiento, pero para nosotros más bien era también algo de la época nuestra, del tiempo que vivíamos. No era sutileza, sino decir algo. Uno podía tener la voz ronca, o incluso no tener voz, pero si decía algo y enviaba un mensaje que llegara, ya tenía filin. De inmediato, el término ‘filin’, porque lo españolizamos, pasó a denominar todo lo bueno, todo lo moderno (...). Cada vez que uno ponía más de la tónica y dominante establecida, una novenilla, una séptima, se decía: ‘¡ah, esa cosa tiene filin!’. Y es que nosotros buscábamos la espontaneidad, romper la monotonía. Así surgió este estilo (...)”, dijo en su momento José Antonio Méndez, uno de sus más grandes compositores e intérpretes (1).

Un segundo aspecto para explicar el enorme éxito del filin remite justamente a la extraordinaria nómina de compositores, intérpretes y arreglistas que lo engrandecieron, en las décadas del cincuenta y sesenta. Entre ellos sobresalen César Portillo de la Luz, Marta Valdés, Frank Domínguez, Tania Castellanos, Giraldo Piloto y Alberto Vera –el famoso dueto Piloto y Vera–, Jorge Mazón, Ñico Rojas, Grecia Domech, Pablo Reyes y, desde luego, el ‘King’, José Antonio Méndez, auténtica leyenda de la canción cubana. En México, y gracias a la estrecha relación entre cubanos y mexicanos a raíz del bolero y la canción romántica yucateca, el filin se popularizó a través de la radio y la industria discográfica. Mientras que Lucho Gatica, Los Tres Ases, Toña La Negra, Los Panchos y Los Tres Diamantes grababan los éxitos del filin, compositores del país azteca como Mario Ruiz Armengol compartían una causa común con sus colegas cubanos: la idea de un ‘nuevo’ bolero o de un ‘bolero moderno’. En ese contexto, era fácil suponer que los recursos melódicos y armónicos del filin enriquecieran el sonido de los tríos mexicanos, para entonces muy arraigados en los afectos del público latinoamericano. Además de Ruiz Armengol y de Vicente Garrido, otros grandes compositores de México como Álvaro Carrillo, Roberto Cantoral, Luis Demetrio, José Sabré Marroquín y, más adelante, ese coloso llamado Armando Manzanero serían influenciados de cierta forma por el filin.
Complementando los aspectos musicales, vale decir que el filin adoptó un particular estilo poético en sus letras e incorporó a la música cubana “un sujeto conversacional que intentaba escoger frases sencillas e imágenes directas dirigidas a una invariable segunda persona: el otro (o la otra) miembro de la pareja. El tú (2)” .

Liberado de símiles líricos de corte romántico y neorromántico propios de la canción cubana de comienzos del siglo XX, el filin “volvió la espalda a la rima estable, en letras que rayaban en la prosa o se servían de consonancias más que de asonancias. El verso octosilábico –el más musical para el oído de idioma español– fue desterrado por completo, o casi. El modo de interpretar letra y melodía “cuasi parlando”, como apuntó Alejo Carpentier, con pausas profusas, se avenía perfectamente a este tipo de texto libre, ageométrico, de líneas de diferente métrica, en los que una frase, y a veces una sola palabra, debía poseer una autonomía tensa, centro de la dramaturgia de la canción (3)”.

Veinte años no son nada...

Otro aspecto que da enorme valor al reencuentro entre Pablo Milanés y Martín Rojas remite a los comienzos de su amistad en los años sesenta. Ambos fueron testigos y partícipes del ‘furor filinero’ que se apoderó de La Habana por aquellos días. En 1965, Pablo daría un paso al costado y se convertiría en uno de los fundadores de la Nueva Trova, irrumpiendo con Mis 22 años, canción nacida bajo la influencia de aquellos años boleriles.

“Martín y yo hicimos parte de un grupo de jóvenes que buscaba otros rumbos en la música cubana. Yo me incorporé a esa movida del filin cuando hice la canción Tú, mi desengaño, que tuvo mucho éxito. Martín me iba a buscar todas las noches al Karachi, un club nocturno de El Vedado muy famoso en aquella época. Él venía de tocar en otro lado, pero ese era el momento en que empezaba la noche para nosotros, cantando y encontrándonos con amigos en distintos lugares. Era la bohemia, los after hours de ahora”, recuerda Pablo.

Desde Miami, donde vive hace veinte años, Martín Rojas también evoca aquellos años:

“Nos conocimos a través de un cantante llamado Luis García, y coincidíamos en cuanto a nuestra forma de hacer y cantar la canción. De esos encuentros en los bares y en las calles se empezó a gestar lo que después serían los álbumes de Filin, que no nos costaron mucho trabajo porque era algo que ya hacíamos con mucha naturalidad y lo traíamos muy adentro. Grabamos entre 1990 y 1991. Después vino lo del Tropicana, de eso hace ya veinte años. Me complace mucho volver a reunirme con Pablo para repasar todos esos temas. Espero que el público disfrute tanto como nosotros”.

Carlos Lora, uno de los compositores de obras contemporáneas para guitarra más importantes del país, dice sobre Martín Rojas: “Es una de mis grandes influencias. Su forma de tocar rompe cualquier patrón de armonización”. El propio Rojas explica todo en una frase: “Yo concibo la guitarra con un sentido orquestal”.

Para Pablo Milanés, que tuvo la fortuna de estar ahí, en la cresta de la ola, tocando y cantando en aquella bohemia interminable que se formaba alrededor de una esquina de La Rampa, a comienzos de los sesenta, en un murito de la Casa de la Cultura Checoslovaca y después en el parque del Maine, la lista de recuerdos es interminable. Vuelven el Saint John’s y el Pico Blanco, vuelven el Scheherazada y los escondites en El Vedado, donde el filin se cantaba y se tocaba al filo del amanecer. Vuelven la ronquera de José Antonio Méndez y el genio de Emiliano Salvador. Vuelven Marta Valdés y Portillo de la Luz. Vuelven Elena y Froilán, eternamente juntos. Y vuelve, por sobre todas las cosas, la guitarra del gran Martín Rojas. Vuelve para deleite de todos nosotros, veinte años después.

Agenda del festival

Miércoles 12: New York Round Midnight (Holanda).
Jueves 13: Houston Person Quartet (EE. UU.) y Sara Tavares (Cabo Verde-Portugal).
Viernes 14: Benny Green Trio (EE. UU.) y Pablo Milanés (Cuba), junto a Martín Rojas como invitado especial.
Sábado 15: Ronald Tulle Quartet (Martinica-Francia) / Concierto de soneros: Ismael Miranda, Ray de la Paz & Herman Olivera (Puerto Rico-EE. UU.).

BOLETAS EN WWW.TUBOLETA.COM

(1) GIRO, Radamés, ‘Diccionario Enciclopédico de la Música Cubana’, Editorial Letras Cubanas, La Habana, Cuba, 2009, Tomo 3, págs. 94 y 95.
(2) ARIEL, Sigifredo, ‘La poética
del feeling’, en Feeling Cuba, Colección Musical Perlas del Caribe, Trópico News, EGREM, La Habana, Cuba, 2002, pág. 38.
(3) Ibíd, pág. 38.
* Periodista y escritor

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