Mirada al legado del escritor argentino Ernesto Sábato, autor de El tunel - Música y Libros - Cultura - ELTIEMPO.COM
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‘En la ficción ensayamos otros caminos’: Ernesto Sábato

Una mirada al escritor argentino que dejó este mundo en el 2011, al borde de llegar al centenario.

Ernesto Sábato

Sábato murió en su casa de Santos Lugares hace 7 años. Una crisis existencial, en los años 40, lo hizo dejar del todo la física por la literatura.

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EFE

22 de junio 2018 , 08:10 p.m.

En el prefacio de El escritor y sus fantasmas, Sábato afirma con vehemencia que el tema que más lo obsesiona es por qué y para qué escribe ficciones. La respuesta a este interrogante se ve enriquecida en la práctica, con su escritura misma y con la coherencia desgarradora que hilvana toda su obra. No existe una respuesta unilateral: aparecen variantes, estímulos de ritmo y de origen interno y externo, que no son más que las reacciones en vivo del creador ante sí mismo y ante el contorno del mundo.

La vida es una sola, restringida y angustiosa, y estamos condenados a elegir un camino entre múltiples opciones. Al escoger uno, los demás quedan rezagados en el vacío, en la nada. Y esa única posibilidad es incierta, porque “nuestra visión del futuro es precaria”, siempre imprecisa. El dramatismo de Sábato es la tragedia de la humanidad tantas veces fetichizada, y decide echarse a cuestas, él solo, tan pesado fardo. Su acercamiento, lucha feroz con la realidad, tiene síntomas de catástrofe, de mártir; en lugar de la palabra peligro, prefiere el calificativo ‘superlativo’ (con exageración y duda suprema del porvenir), de ‘peligrosísimo’.

¿Qué hacer entonces? La literatura posee una salida. El autor echa mano de los otros caminos mutilados, a medio recorrer, y por una acción de la imaginación les da identidad en sus otras vidas: la literatura. Con lucidez, Sábato arriba al fondo del asunto: “En la ficción ensayamos otros caminos, lanzando al mundo esos personajes de carne y hueso, pero que apenas pertenecen al universo de los fantasmas. Entes que realizan por nosotros, y de algún modo en nosotros, destinos que la única vida nos vedó. La novela, concreta pero irreal, es la forma que el hombre ha inventado para escapar a ese acorralamiento... Esta es una de las raíces de la ficción”.

La prosa es lo diurno. La poesía es la noche: se alimenta de monstruos y símbolos, es el lenguaje de las tinieblas y los abismos.

Y la otra, sugiere el escritor, es la ansiedad de eternidad del hombre; su fugacidad lo conduce a crear algo que lo prolongue, y retornamos a la salvación ilusoria e impresa de las palabras: “Todo era tan frágil, tan transitorio. Escribir al menos para eso, para eternizar algo pasajero. Un amor, acaso”.

Simulacros, espirales miedosas que buscan reconstruir el tiempo pasado; una imagen reveladora de la infancia, o alguna inolvidable y tormentosa pasión. Todo ello en “la petrificación de un éxtasis”.

La verdadera ficción nos empuja al centro de su propio mundo, que nos separa de la realidad referencial y crea otra realidad paradójica: “¡Y sin embargo es una revelación sobre esa misma realidad que nos rodea!”.

La noche

La noche en Sábato, en su vía crucis vital, no solo es un estado del alma sino una expresión de la evolución del pensamiento moderno. Como estado del alma, la noche es una situación límite y sensorial: algo terriblemente oscuro está por suceder. Algo de locura, de transformación, de entendimiento.

Tánatos en la vecindad enturbia el ambiente: “La luna, casi llena, está rodeada de un halo amarillento como de pus. El aire está cargado de electricidad y no se mueve ni una hoja: todo anuncia la tormenta. Alejandra da vueltas y vueltas en la cama, desnuda y sofocada, tensa por el calor, la electricidad y el odio...”. Una atmósfera feroz nos sumerge en ella: somos quietud y esperamos que algo ocurra, presintiendo la marea de los abismos. En la otra orilla aparece Eros como una sombra inesperada atizando el fuego de la agonía: “Siente arder su cuerpo y pasa sus manos a lo largo de sus flancos, sus muslos, su vientre. Al rozarse apenas con las yemas sus pechos sienten que toda su piel se eriza y se estremece como la piel de los gatos” (Sobre héroes y tumbas).

Antes del romanticismo, la razón como eje solitario del mundo brillaba como la luz del día. Luego, ante la rebelión romántica ese nuevo sacudimiento del espíritu, apareció el semblante de la noche. Ese inusitado eclipse cambió el mundo. Día y noche, ahora se enfrentaban en los terrenos de la filosofía y la poesía, y abrían inéditos bosques al hombre contemporáneo. Abrían otras circunstancias al conocimiento de nosotros mismos. En ese sentido Jaspers opone a “la ley diurna la pasión nocturna”, al argumentar que la filosofía “debe renunciar a la extensión por la profundidad estrecha”; en otras palabras, a la síntesis poética.

(...) en la búsqueda de mí mismo, en una especie de exploración desesperada del sentido de la existencia, es cuando me vi obligado a escribir.

Sábato, en un inquietante y bello fragmento, traslada el dilema al centro de su creación literaria, y a manera de revelación nos dice: “La prosa es lo diurno. La poesía es la noche: se alimenta de monstruos y símbolos, es el lenguaje de las tinieblas y los abismos. No hay gran novela, pues, que en última instancia no sea poesía”.

Fuera del ámbito del género y el lenguaje, la noche en Sábato es otra manera de reflexionar, y más precisamente de poetizar la vida en la gran ciudad. La noche va ligada a la soledad, y en ese cambio de luz, de estado físico y espiritual, la ciudad pareciera dormir, separarse de nuestra vigilia diaria, e invitarnos a un conocimiento más hondo y oscuro de nosotros mismos. La noche nos asalta, se desliza como una gran sombra cubriendo el firmamento, y como si corriera el telón de un inesperado teatro, asistimos solos, sin máscaras, a una extraña función: “Un misterioso acontecimiento se produce en estos momentos: anochece... Esa hora en que todo entra en una existencia más profunda y enigmática. Y también más temible, para los seres solitarios que a esa hora permanecen callados y pensativos en los bancos de las plazas y parques de Buenos Aires”.

Sábato y Borges

Tomaron algunas copas de mate o de jerez, oyeron un tango antiguo y triste, intercambiaron palabras, ficciones, a la orilla del río de La Plata. Se miraron con el cansancio de una fe literaria, y se respetaron en la distancia corta y abismal de una mesa de madera y recuerdos; aunque hablaban el mismo idioma, y amaban a la misma ciudad, provenían de instintos desiguales.

Partiendo de la realidad, Sábato fabrica un mundo de sueños concretos que materializan la intimidad de su ficción. Borges, ecléctico, a través del juego y la abstracción llega a la realidad mental. El matemático acude a las regiones oscuras de la poesía, y el poeta se aferra a la lógica de un universo geométrico. El primero naufraga en el caos para hallar fragmentariamente el orden del mundo; el segundo, terriblemente racional, desde una biblioteca o un cuarto rectangular intenta contar la historia ficticia de la realidad. Uno araña la vida, el otro la simula, ¿y qué?, acaso las minucias académicas, existencialistas o de grupillos literarios podrán opacar la diferencia y grandeza de sus invenciones.

A la distancia los vemos solitarios, díscolos, delirantes; él, con alas de murciélago, recorre las calles oscuras del alma, y golpea aterrorizado las puertas insondables de la noche. El otro, ciego, tantea con sus manos de paloma platónica las ideas inmortales que esconden remotos e imaginarios libros. Aquí están, entre nosotros, caídos de luz y sombra, señalando cada uno el camino de ambigüedades de la memoria.

Conversión al vértigo

De la obsesión científica pasó a la obsesión literaria. No fue una decisión fácil, ni un rompimiento de improviso: fue la metamorfosis de una larga crisis. “Durante años estudié con frenesí, casi con furor, las cosas abstractas, me di inyecciones de transparente opio, viví en el paraíso artificial de los objetos ideales... Pero cuando levantaba la cabeza de los logaritmos y las sinuosidades, encontraba el rostro de los hombres”.

En esa primera etapa lineal, una fuerza demoníaca lo empujaba a los abismos; en pintura, al surrealismo; en literatura, a Dostoievski, y en filosofía, al existencialismo, entre otras lecturas. Desligado del motor racional de la ciencia, crea un balance con las fuerzas irracionales: “Una especie de encarnación de lo abstracto”.

En Sartre encuentra una fuente y un antídoto a su búsqueda, complicidades de orden existencial: “El odio a la naturaleza viviente, el culto a la infecundidad, la obsesión por un universo helado o cristalino, el platonismo patológico”.

Sartre dice: “El mundo está de más”, y Sábato se hunde en sí mismo para elaborar o recomponer la ruptura de ese yo interno que los románticos alemanes han señalado como el único camino a la verdad, es decir, hacia el interior. La lucha dramática entre la determinación del universo físico y la libertad de la imaginación. En ese pequeño océano que es el hombre halla “el universo de un paranoide”. Esta fusión provoca grandes sombras y grandes paraísos de lucidez. Por eso, el naufragio es una línea mayor en toda su obra; una secuela circular que dolorosamente escribe con Mayúsculas. Fiel a sí mismo, dice: “Mi vida es irregular, todo es irregular, mi literatura es irregular, seguramente está llena de defectos, pero es cierto que en la búsqueda de mí mismo, en una especie de exploración desesperada del sentido de la existencia, es cuando me vi obligado a escribir”.

Pero es en el ensayo El desconocido De Vinci, aparecido en su libro De apologías y rechazos (1979), donde Sábato pareciera tener más claridad sobre el asunto y verse reflejado en el italiano. Ser su cómplice en el tiempo. Y lo que llama la ambigüedad de Leonardo, esa intensa divagación, también sea su propia ambigüedad. Es decir, el salto de lo finito a lo infinito. Moverse entre dos fuerzas contrarias o vivir la contradicción radical entre la ciencia y el arte. “Como científico, se servía de la luminosa razón; como artista, exploraba un universo que únicamente puede indagarse con la intuición poética, oscuro e inexplicable. Allí Leonardo era atormentado por el mal y por sus metáforas del Dragón, que en todas las leyendas el héroe debe aniquilar”. Cómo no rememorar el capítulo ‘El dragón y la princesa’, que encarnó su personaje Alejandra Olmos en Sobre héroes y tumbas y extrañamente murió bajo las llamas y la sombra del dragón.

Sábato tuvo que aniquilar una fuerza por la otra: la física por la literatura. Acude a una justificación estética y filosófica para despejar la bruma del camino: “Si la ciencia puede y en rigor debe prescindir del yo, el arte no puede hacerlo, y esa ‘incapacidad’ es precisamente la raíz de su poderío”.

Alfonso Carvajal
Especial para EL TIEMPO

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