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Los invito a divertirnos un rato jugando con las palabras curiosas

Un viaje por el extenso mundo de los palíndromos, las expresiones raras y las de origen inusitado.

Los invito a divertirnos un rato jugando con las palabras curiosas

A la izquierda, el general Severo del Castillo, exministro de Guerra en México. A la derecha, el coronel Carlos Fuero. Ambos protagonizaron el episodio que dio origen a la palabra ‘fuero’.

Foto:

Archivo Particular

Por: Juan Gossain
03 de abril 2019 , 07:10 p.m.

En crónicas anteriores ustedes y yo hemos conversado sobre el palíndromo, una de las mayores curiosidades y de las mejores diversiones del lenguaje. Para que retomemos el tema, hoy quiero empezar por recordarles que un palíndromo es aquella palabra aislada (o frase completa) que puede leerse igual al derecho que al revés.

Precisamente, el término ‘palíndromo’ viene de una antigua expresión griega que significaba ‘recorrer en reversa’. Existen en todos los idiomas, y en castellano abundan los ejemplos: anilina, radar, somos, reconocer, sometemos, rayar o rallar. Y si de frases completas se trata, la más célebre de todas en nuestra lengua es ‘dábale arroz a la zorra el abad’.

Hay una graciosa definición de palíndromos hecha con otro palíndromo. Cuenta la leyenda que a don Francisco de Quevedo, el gran escritor español que era tan irónico como ingenioso, en cierta ocasión le preguntaron por qué a él le gustaba tanto coleccionar frases enteras que estaban escritas como palíndromos. El hombre se quedó pensativo y por fin contestó:

Sé verlas al revés”.

Esa respuesta, por sí sola, es un palíndromo perfecto. Mírenla con cuidado y verán.
Para mayor abundamiento, aquí van unas cuantas muestras: amo la pacífica paloma, amad a la dama, se es o no se es, Isaac no ronca así. Los palíndromos sirven hasta para hacer preguntas: ¿somos o no somos? Recuerdo uno que nos enseñaban en la escuela cuando abríamos el libro de lectura: Anita lava la tina. Y este, que es uno de los más largos que se han podido encontrar: Adán no cede con Eva y Yavé no cede con nada.

Aparece la aibofobia

Bueno: hoy vengo a contarles que en estos días se ha armado una ardiente discusión entre académicos y lingüistas porque acaba de entrar en escena una palabra nueva, ‘aibofobia’, que significa miedo o terror a los palíndromos. La componen dos términos diferentes: ‘fobia’, que, como todos sabemos, es la aversión exagerada a alguien o a algo, un temor gigantesco; y ‘aibo’, que supuestamente significa palíndromo, pero no se sabe en qué lengua es eso.

La verdad es que, según parece, se trata más que todo de una travesura que está haciendo carrera en estos tiempos de las redes sociales y el internet. ¿Saben por qué? Porque si la miran bien, la palabra ‘aibofobia’ es, en sí misma, un palíndromo. Léanla de nuevo y verán. Como quien dice, es el palíndromo que les tiene miedo a los palíndromos. Graciosa que es la gente. La Real Academia Española se niega a reconocerla y hasta ahora no la ha incluido en el diccionario.

Todo eso ha generado bromas y chascarrillos en el mundo de habla hispana. Alguien ha dicho que el vocablo ‘aibofobia’ resulta tan cómico que es una paradoja dentro de otra, porque nunca se ha visto algo que pueda asustarse a sí mismo. Para que comprueben, una vez más, lo que siempre les digo: que el lenguaje es lo más divertido que hay.

La lucha de don Lucho

Ustedes saben bien que de vez en cuando saco el rato para escribir estas crónicas de la lengua castellana en medio de tantos problemas cotidianos que agobian al país, y que por lo general me ocupan el tiempo con artículos sobre la corrupción, la pobreza, la injusticia.

Pues bien, a raíz de eso se me ha ido formando un círculo de amigos nuevos que me escriben de todas las regiones del país con ideas en torno al idioma, propuestas sobre las palabras, historias de sus pueblos.

Uno de ellos es Lucho Mogollón, de Cartagena, que me envía un mensaje por el correo electrónico para contarme que él también es un cazador de palabras y que ha dedicado su vida a perseguir el origen de cada una. Fue así como se encontró “con las palabras viajeras que saltan de una lengua a otra cambiando de forma y significado por el camino. Sus idas y vueltas son maravillosas”.

“Mira, por ejemplo, este caso: el término español ‘filibustero’ fue tomado del francés flibustier, y pasó al inglés convertido en filibuster, y de allí al holandés que la volvió vrijbuiter, y saltó al alemán como Freibeuter, hasta que el italiano la adoptó maternalmente como farabutto. Y, como si fuera poco, regresó al inglés y originó otra palabra, freebooter. La locura, Juan, la locura”, remata don Lucho.

¿Se dan cuenta? A pesar de los cambios idiomáticos, conserva su identificación aunque sea en holandés.

El fuero del general

Tal como lo acaba de describir el señor Mogollón, las palabras se van volviendo universales, patrimonio de la humanidad entera, hasta que encuentran unos significados insólitos, inesperados y hasta graciosos. La palabra es un arma tan poderosa que puede, incluso, devorarse a sí misma.

Tomemos, como ejemplo elocuente, lo que pasó con fuero. Fuero se refiere a los derechos o prerrogativas que protegen a una persona. Recuerden ustedes que, por estos días, en Colombia se habla mucho de la creación de un tribunal de aforados que se encargue exclusivamente de juzgar a aquellos funcionarios que tienen un fuero especial, como congresistas o magistrados.

Pues bien, un viejo amigo de colegio que se especializó como médico en México y ahora vive en Montería me escribe para preguntarme cuál es la razón para que entre los mexicanos, el vocablo ‘fuero’ sea sinónimo de honor, de reputación, de honra y gran decoro. En México le dicen fueroso al que merece un respeto especial.

Por todo lo que he podido averiguar, se trata de una historia auténtica y muy bella.

Resulta que después de independizarse de España, los mexicanos se enfrascaron en varias guerras civiles. Hermanos matando hermanos. Lo mismo que pasó en Colombia por aquella época.

En el año de 1867, un célebre general del bando conservador, llamado Severo del Castillo, quien había sido ministro de Guerra, se tomó el estado de Querétaro, pero los refuerzos militares que esperaba no le llegaron nunca, por lo cual tuvo que rendirse a sus enemigos liberales. Lo condenaron a muerte.

Hombres de honor

En la víspera de su fusilamiento, tal y como se acostumbraba en aquellos tiempos, fue llevado a rezar en la capilla del batallón, cuyo comandante era el coronel Carlos Fuero, quien había sido empleado suyo en el ministerio. A las nueve de la noche, el general Del Castillo solicitó que lo dejaran hablar con Fuero.

Le pido que me permita salir del cuartel por un rato –le dijo– porque antes de morir debo arreglar unos asuntos de familia. Prometo a usted que volveré antes del amanecer para que me fusilen”.

El coronel Fuero llamó a los guardianes y les dijo que el general iba un momento a su casa y regresaría más tarde. “Yo quedo en su lugar como prisionero”, agregó.

Fuero, que conocía bien al general, le dio el permiso. Tres horas después, a la medianoche, llegó al batallón el general Sóstenes Rocha, que era el superior militar de Fuero. Gritando, lo despertó para preguntarle dónde estaba el condenado. Le explicó que le había dado permiso de salir. Rocha lo llamó idiota, le dijo imbécil y le advirtió que Castillo no volvería jamás.

“Déjeme dormir –le suplicó Fuero–. Yo sé que el general Castillo es un hombre de honor y, si empeñó su palabra, aquí llegará. Si no lo hace, pido a usted que me fusile a mí”.

El desenlace

Rocha, intrigado y furioso, se instaló hasta las cuatro de la mañana en la entrada del cuartel. A esa hora volvió el general Del Castillo y pronunció esta frase ante los guardias de turno:

Aquí estoy. Soy un hombre de honor que cumple su palabra”.

El almirante colombiano José William Porras, que también es militar y ha escrito varios textos sobre este episodio, nos cuenta el desenlace. El general Rocha, asombrado, ordenó que se aplazara el fusilamiento e informó al gobierno nacional lo que había ocurrido. El gran patriota Benito Juárez, admirado y perplejo ante aquella historia de honor y dignidad de su propio adversario, propuso a las autoridades militares que le perdonaran la vida al general Severo del Castillo. Le conmutaron la pena de muerte por unos años de prisión.

Por eso, desde entonces, los mexicanos llaman ‘fuero’ a la palabra de honor y al hombre que la tiene y la respeta. Porque se trata no solo de un homenaje al hombre digno sino, también, a quien confía en él. Para que lo sepan muchos de nuestros gobernantes, políticos, jueces, periodistas.

Epílogo

Ahora que estamos a punto de terminar este nuevo diálogo sobre el lenguaje y las palabras, acabo de recordar una pregunta que me está quitando el sueño desde hace años. Si en español el tiempo pasado del verbo ‘andar’ no se dice ‘andé’ sino ‘anduve’, ¿por qué el pasado del verbo ‘nadar’ se dice ‘nadé’ en vez de ‘naduve’? Si todas esas palabras son tan similares...

No quiero despedirme sin volver brevemente sobre un tema que mencioné al comienzo de este palique: la cofradía de camaradas que se está formando en torno a estas crónicas que se ocupan de la lengua castellana.

Desde todas las regiones del país recibo mensajes, correos electrónicos, cartas y noticas que proponen temas, aportan nueva información, colaboran en las búsquedas. Me alegra que así sea.

Acudo a ellos, precisamente, porque quiero pedirles que me ayuden a encontrar las razones por las que en el lenguaje bogotano le dicen lobo al ser humano ramplón, grotesco, rimbombante, llamativo y de mal gusto. Llevo años tratando de descubrir el origen de esa curiosa costumbre y no lo he podido lograr. ¿Cuál es la relación que hay entre un animal carnívoro y un hombre chabacano? Ayúdenme, por favor.

Entre esos lectores que gozan con estas chifladuras mías sobre el idioma, hay varios que han tenido la enorme gentileza de mandarme de regalo diccionarios antiguos, lexicones regionales de colombianismos y centenarios libros de gramática que encuentran en las venerables bibliotecas de sus abuelos. Gracias a todos. Que Dios les pague semejante desprendimiento porque yo no tengo con qué.

JUAN GOSSAÍN
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