Música y Libros

‘Insultar ha sido siempre una estrategia política’

El escritor e investigador Juan Álvarez hace un recorrido por la historia de la ofensa en Colombia.

Juan Álvarez, escritor colombiano

Juan Álvarez tiene una maestría en creación literaria de la Universidad de Texas y un doctorado en estudios culturales de la Universidad de Columbia.

Foto:

Mauricio León / EL TIEMPO

26 de febrero 2018 , 10:20 a.m.

“Renunciar a la nacionalidad colombiana. Volver a ella. Donar los 100.000 dólares del Premio Rómulo Gallegos (2003) a una organización venezolana protectora de los perros de la calle. Volver a hacerlo en 2011, esta vez en México, con el dinero del Premio de la FIL de Literatura en Lenguas Romances. Insultar desaforado el nombre propio de cada expresidente o presidente en ejercicio. Actuar la palabra maltratada”.Así comienza el escritor Juan Álvarez el capítulo sobre el autor antioqueño Fernando Vallejo en su más reciente libro, ‘Insulto: breve historia de la ofensa en Colombia’.

La primera inquietud en torno al insulto se le apareció a Álvarez cuando en sus épocas de estudiante comenzó a seguirle el rastro al autor de ‘La virgen de los sicarios’ y ‘La puta de Babilonia’. “Hace 15 años, la impresión alrededor de Vallejo era que producía mucha incomodidad en los colombianos y resultaba una enunciación incómoda para los lectores, que se preguntaban: ‘¿Pero este tipo quién es? ¿Por qué nos maltrata así?’ ”, comenta el autor.

Sin embargo, Álvarez, de ascendencia huilense, comenzó a tratar de entender cuál era ese mecanismo retórico detrás del discurso de Vallejo. Ese fue el punto de partida para la tesis sobre el insulto que le permitió doctorarse en estudios culturales, a mediados de la década pasada, en la Universidad de Columbia.

Este trabajo sirvió de materia prima para su nuevo libro. El autor lo reescribió en un lenguaje sencillo, con la intención de enriquecer el debate sobre las ofensas en redes sociales y foros. “Lo que me pareció más interesante es cómo esa posibilidad de fracasar en la comunicación, ese temperamento del lenguaje, esa cosa que moralmente parece difícil de manejar y esa unidad de pensamiento del insulto funcionaban en otras instancias”, explica.

Él buscó en los archivos y documentos históricos antiguos, en los que detectó la presencia del insulto como estrategia protagónica del discurso político, más allá de los terrenos literarios.

Pone como ejemplo las memorias de los generales colombianos del siglo XIX, en las que se podía encontrar, como común denominador, que en las primeras dos páginas solían decir algo como: “Escribo estas memorias porque he sido ofendido en mi honra y por eso quiero aclarar ciertos puntos”.

Juan Álvarez

'Insulto', es de Editorial Planeta.

Foto:

Archivo particular

Si bien en este “presente tóxico” (como lo llama Álvarez) parece estar más vigente la ofensa, “la invitación con el libro es a revisar cómo el insulto se ha tratado de un mecanismo y de una estrategia política y cultural presente desde que estamos en negociaciones del lenguaje”.

Álvarez (Neiva, 1978) ha cabalgado en su carrera profesional entre la literatura y la academia. Autor del libro de cuentos ‘Nunca te quise dar en la jeta’, ‘Javier’ y las novelas ‘Candidatos muertos’ y ‘La ruidosa marcha de los dos mundos’, ganó el Premio Nacional de Cuento Ciudad de Bogotá en el 2005. Desde el 2015 coordina la línea de investigación en escritura creativa del Instituto Caro y Cuervo.

El libro se inicia con la anécdota del florero de Llorente...

El primer capítulo (‘Entre el honor y la ofensa’) tiene como fuentes primarias unos textos canónicos: ‘El diario político’, de Caldas y Camacho, que es como el nacimiento de nuestro periodismo republicano, y el ‘Memorial de agravios’, de Camilo Torres. Lo que se investiga es: desde esos documentos políticos de la Independencia, cómo operó este elemento que está en la anécdota del florero.

Lo que la historiografía ha probado es que estos señores fueron adonde Llorente a pedirle ese florero, en esas circunstancias, porque sabían perfectamente que era una provocación. El tipo era un comerciante que vendía sus cosas, no quería prestarlas. Llorente lo que hace es insultar a los americanos, que no compran nada, sino que vienen a pedir. Y los patriotas usan esa ofensa del español para salir a la calle a decir: “Vean cómo nos tratan estos españoles”. Ese insulto de Llorente a la franja de americanos les permite a los criollos aglutinar unos estratos sociales que antes no se sentían identificados con ellos.

¿Qué le llamó la atención del asesinato de Jorge Eliécer Gaitán?

Lo primero que hice fue entrar a la fonoteca de la Radio Nacional, para oír todo lo que se dijo en la radio. No me parecía clara la narrativa de que lo asesinan y saltamos a la violencia, como si no hubiera intermedio. Pero en ese intermedio está el dolor de la gente por su caudillo. Al oír la radio, me pareció increíble que hubiera tan pocos insultos. Se presenta una comunicación calmada, muy estratégica e inteligente, no un desfogue.

¿Opera otro tipo de insulto ahí?

Es cierto que la unidad de pensamiento del libro es el insulto, pero con una comprensión muy amplia de ese discurso. De alguna manera, el libro permite entrar en el tema con los oídos abiertos. Porque no se están buscando en las fuentes primarias insultos puntuales, sino que hay otras estrategias para insultar y maltratar a la gente. Un insulto no es una enunciación directa de una grosería. Por ejemplo, también están los chiflidos como hechos de expresión popular.

Otro personaje que usted recupera es el religioso Francisco Margallo y Duquense. ¿Quién fue?

Este señor tiene una historia muy interesante. Cuando llega el período de los generales independentistas, estos exigen fidelidad del clero. Y hay un montón de clero realista, prohispanista y español al que exilian. Pero hay otro clero que se queda a defender las ideas liberales patriotas, que negocia con los militares.

Sin embargo, con Francisco Margallo descubro que hay un clero sinuoso, intermedio. Ellos hacen creer que no son realistas, pero cuando empieza a avanzar la república, hacia 1820, y se está tratando de asentar un proyecto de nación, empiezan a aparecer unos pocos curas polémicos que defienden la arquitectura de la Iglesia católica. Y Margallo y Duquense fue el mayor representante de eso. Decía lo que quería desde el púlpito, que era un escenario muy poderoso. Y me parece importante porque, con él, lo que se estaba negociando era la regulación del discurso: ¿qué es posible decir en el púlpito y qué no? Él fue procesado, intentaron meterlo a la cárcel, y su defensa fue: “Es que ustedes no entienden una cosa que se llama el celo católico, que yo no controlo cuando subo al púlpito”.

Además de Vallejo, usted analiza a José María Vargas Vila, que, traído a hoy, equivaldría a un influyente tuitero o ‘youtuber’...

Claro, era famosísimo por muchas razones. Fue el primer ‘best seller’ colombiano. Vendía libros por toneladas. Era muy inteligente y vivía obsesionado con eso. Yo comienzo ese capítulo planteando cómo convirtió su propio personaje en leyenda, de forma muy metódica. Pero también fue un enemigo acérrimo de personajes muy importantes, como Rafael Núñez.

Practicó un género como el panfleto, cuya naturaleza rústica, material y verbal va dirigida a eso: a confrontar y a señalar. De todos los lugares en los que Vargas Vila habitó lo expulsaron. Era una persona que iba al extremo porque estaba convencido de que esa dialéctica de la confrontación era vida. Él hablaba de un lenguaje descompuesto y de cómo todo el tiempo le estaban pidiendo un lenguaje compuesto, que él rechazaba. “Yo trabajo por el lenguaje que descompone o que hace daño”, decía.

Acercándonos a hoy, ¿qué lectura tiene, por ejemplo, de cómo opera la ofensa en Trump?

Yo creo que lo que ocurrió es que ese conservadurismo blanco y religioso, protestante o católico, esa Norteamérica blanca profunda, llevaba una buena cantidad de décadas siendo un poco relegada por algo que se conoce como el lenguaje políticamente correcto; que básicamente consistía en unos diques o fronteras de control para que la discusión pública fuera un poco más limpia de prejuicios generalizados.

Y esos diques fueron generando un resentimiento en ese mundo blanco, que encontró desfogue a través de Donald Trump. Porque de algún modo este sujeto es un enunciador de esas cosas que piensa un blanco ‘redneck’, humilde, obrero de los cinturones de las ciudades.

¿Qué mirada hace del insulto que se vive en internet, en las redes y los foros de los medios?

Creo que todo lo que está en juego en este mundo digital tiene una virtud o una tragedia; y es que, a diferencia de lo que ocurría en el mundo análogo y en la realidad, en este mundo digital toda la estructura está hecha para poder medir lo que ocurre ahí. Entonces, parte del impacto de las redes sociales es esta ‘big data’ que provee: qué le gusta a la gente, en qué horario lo pide, en qué demografías. Y, en general, ese servir lo que quiere la gente ha ido marcando la distribución de los contenidos y, por eso, una de las cosas difíciles que están ocurriendo hoy son esos aislamientos ideológicos, que la gente está en contacto con lo que quiere oír. Y eso es algo absolutamente paradójico: que en un mundo hiperconectado esté ocurriendo un aislamiento ideológico es una cosa muy grave. Sin embargo, así se van definiendo fronteras de confrontación más claras.

¿Como cuáles?

Uno entra a las redes sociales y rápidamente identifica quiénes son sus enemigos ideológicos. Entonces, los campos de batalla también están claramente definidos, lo que es más efectivo. Una cosa era ir a una verdulería o a un parque y pararse en un estrado –privilegio que solo tenían unos pocos– y gritar unas cosas. Ahora todos podemos gritar.

CARLOS RESTREPO
EL TIEMPO
En Twitter: @restrebooks

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