Homenaje al poeta Darío Samper, del grupo Piedra y Cielo, de Mincultura y Biblioteca Nacional - Música y Libros - Cultura - ELTIEMPO.COM
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Los cantos y los caminos del poeta Darío Samper

Mincultura y la Biblioteca Nacional rinden tributo a este miembro del grupo Piedra y Cielo.

Darío Samper

De izquierda a derecha aparecen los poetas Gerardo Valencia, Arturo Camacho Ramírez, Jorge Rojas, Eduardo Carranza y Darío Samper.

Foto:

Archivo EL TIEMPO

Por: Carlos Casteblanco
26 de octubre 2018 , 09:15 p.m.

Montado a caballo y en compañía de su padre, Domingo, desde niño el poeta de Piedra y Cielo Darío Samper (1909-1984) vivió la fascinación de recorrer su país, sus bosques de cedros y gualandayes a orillas de los ríos, detenerse en una fonda al filo de una vereda en su natal Guateque, población boyacense en el valle de Tenza, y sentir el olor del aguardiente en los tiples de las tonadas campesinas: Los hombres tendidos sobre la hierba / oían la canción y bebían el viento / y la frescura de las estrellas.

Allí, entre el canto de los gallos en las madrugadas y donde también canta el currucú / y se estremecen las guaduas al peso de los cocuyos, se forjó el autor del libro Habitante de su imagen (1939), una de las siete obras que conformaron el movimiento poético de Piedra y Cielo, corriente lírica a la que el Ministerio de Cultura y la Biblioteca Nacional rinden un homenaje en la red para que lo conozcan los jóvenes lectores (http://bibliotecanacional.gov.co).

Así podrán tener la dimensión de esta generación, que tomó su nombre de un libro del autor español Juan Ramón Jiménez y cambió la literatura del país.
Contaba Borges en una conferencia que un pintor americano estaba en un café de París y la gente discutía el modo como la herencia, el ambiente, la situación política del momento y cosas por el estilo influían en el artista. Y entonces el pintor, Whistler, dijo: “El arte sucede”, es decir, hay algo misterioso en el arte.

Una geografía poética

Darío Samper consideraba, recuerda su hija Clara, que en su poesía estaban presentes los frutos del trópico, las mujeres con una sonrisa de maíz y los cantos de Colombia; está toda nuestra geografía. Mi poesía –decía el poeta– respira a través de los poros de la tierra y en ella está la mariposa azul que de repente vuela del pecho abierto de los ríos, de nuestra patria escrita por los ríos, como su querido río Súnuba, en el valle de Tenza: El río Súnuba / su rueda de música. La hoja amarilla / donde nace el día.

Viajó a Bogotá para terminar el bachillerato en el colegio de Ramírez y seguir sus estudios de Derecho y Ciencias Sociales en la Universidad Libre, donde conoció como profesor a Jorge Eliécer Gaitán y se convirtió en su compañero de militancia. Fue en esas correrías políticas con Gaitán en las que el joven Darío Samper recorrió, desde una esquina hasta la otra, los rincones de la geografía nacional.

Desde las llanuras ardientes del Tolima y los litorales del Pacífico: Buenaventura, Buenaventura / Olas de plomo / Hay ventanas que dan al mar, a la distancia / y alguien espera siempre de espaldas a la tarde, hasta las rancherías indígenas en La Guajira y las sabanas interminables en las riberas de los ríos Meta y Cusiana, en las que se instala el poeta: Soy cazador, galopo en las llanuras / sobre salvajes y rojos caballos. El llano abierto es un mar de hojas / y al sur una flecha de chonta / se lanza la aguda piragua disparada a la noche. / En nuestro pecho hambre y amor se combaten.

Los caminos seguirían siendo un destino para el poeta, como lo manifiesta en los versos en su primer libro, Cuadernos del trópico (1936), editado por Jorge Zalamea. Y anduvo por los campos repasando los nombres de las frutas, como de él dijo Germán Arciniegas, y de la luz y sus colores en las aguas, de los árboles y los animales. “Quedémonos aquí –les decía Darío Samper a sus amigos–, en nuestra tierra”. Y se quedó a cantar. En sus versos, que también son un inventario del rumor de la tierra, del agua y el polvo de los caminos, el poeta encontró su canción.

El 17 de marzo de 1984 muere en su casa de Bogotá. En sus versos están el campaneo de los estribos de unos caballos al galope en las sabanas casanareñas, la luz y la sombra de sus grandes árboles, un sol furioso sobre la espalda del pescador del río Magdalena, las tardes, las orquídeas de Ambalema, la huella del jaguar del Guaviare, como una rosa, sobre el polvo, y, como lo dijo Eduardo Carranza, “los ojos puros y enamorados desde tu libro. Gracias, Darío, por tu poesía”.

Darío Samper

Darío Samper fue un extraordinario poeta y un comprometido periodista y político.

Foto:

cortesía Clara Samper

Una vida, muchas obras

La labor de los poetas que conformaron el movimiento de Piedra y Cielo, como lo señaló el catedrático y escritor Fernando Charry Lara, fue fundamental para liberar el verso colombiano del pesado razonamiento y de la obligación, que hasta ese momento, sentía la poesía, de ser más inteligente que sentimental. Según el prólogo del poema La ciudad sumergida, de Jorge Rojas, que se puede considerar el manifiesto piedracielista, estos poetas decidieron publicar su “entrañable verdad”, la poesía en sí misma, sin mensajes políticos o segundas intenciones.

En 1930, Darío Samper Bernal publica su primer libro de poesía, denominado Cuaderno del trópico. En 1939 publica Habitante de su imagen y en 1942, Gallo fino, poemas de tierra caliente. Poemas de Venezuela en 1973 y Poemas de la liberación en 1978. Además, publicó el libro Aspectos del subdesarrollo, 1964, Sociología (historia y su teoría), 1974 y Sociología americana, en 1988.

Una parte de su vida también estuvo dedicada al periodismo, la docencia y la actividad política. En el periodismo se inició en 1926 como redactor de crónicas policiacas en el diario EL TIEMPO, al cual volvió diez años después como redactor de la sección ‘Cosas del día’.

Fue director del periódico Jornada (1946- 951), semanario liberal desde el cual se comenzó a gestar el movimiento gaitanista, y también fue congresista. En la actividad académica y pedagógica se desempeñó como rector de la Universidad Libre y de la Universidad Distrital Francisco José de Caldas, y fue cofundador de la Universidad Central. Fue profesor de Filosofía del Derecho, Sociología, Derecho de Familia, Historia y Literatura.

Como lo expresaba el intelectual y escritor Pedro Gómez Valderrama, nada de lo que hoy se escribe sería posible sin Piedra y Cielo: “Cuanto más difíciles son los tiempos, más se vuelve a esa fuente primigenia de la poesía”.

El proyecto que los ciber-nautas pueden recorrer incluye los poemas de Jorge Rojas, Eduardo Carranza, Arturo Camacho Ramírez, Carlos Martín, Darío Samper, Gerardo Valencia y Tomás Vargas Osorio, los siete poetas piedracielistas; los cuadernillos originales publicados entre septiembre de 1939 y marzo de 1940, además de las biografías y galería fotográfica de los poetas que conformaron esta generación.

Cada uno de estos siete poetas escribió un cuaderno, con un prólogo de Jorge Rojas, considerado el mecenas del grupo. En orden de publicación, los cuadernillos fueron: La ciudad sumergida, de Jorge Rojas; Territorio amoroso, de Carlos Martín; Presagio del amor, de Arturo Camacho Ramírez; Seis elegías y un himno, de Eduardo Carranza; Regreso de la muerte, de Tomás Vargas Osorio; El ángel desalado, de Gerardo Valencia, y Habitante de su imagen, de Darío Samper.

CARLOS CASTIBLANCO
ESPECIAL PARA EL TIEMPO

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