Giuseppe Caputo, director saliente de la Feria del Libro de Bogotá, hace un balance de este evento - Música y Libros - Cultura - ELTIEMPO.COM
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‘La feria debe incluir autores con estéticas y políticas muy diversas’

Giuseppe Caputo, director saliente de la Feria del Libro de Bogotá, hace un balance de este evento.

Giuseppe Caputo

Giuseppe Caputo es autor de la novela ‘Un mundo huérfano’. Fue escogido en el grupo de Bogotá 39 como una de las voces novedosas de la narrativa en la región.

Foto:

Claudia Rubio/EL TIEMPO

28 de junio 2018 , 07:50 p.m.

El escritor barranquillero Giuseppe Caputo se retira de la dirección Cultural de la Feria Internacional del Libro de Bogotá (Filbo) para dedicarse de lleno a la pasión de su vida: la escritura.

Durante los tres años que Caputo estuvo al frente de la curaduría de esta ‘gran fiesta’ alrededor de los libros y la lectura, convocó a cerca de 320 invitados internacionales y 350 colombianos. Sin embargo, más allá de los números, el impacto cualitativo de la propuesta cultural de la Filbo la consolida hoy como una vitrina de primer nivel en la región, al lado de Guadalajara o Buenos Aires.

Luego de su primera novela, 'Un mundo huérfano', muy aplaudida por la crítica y que lo catapultó a ser uno de los escogidos en Bogotá 39 (los escritores menores de 39 años que irrumpen con fuerza en el panorama literario latinoamericano), Caputo alternará la escritura con la docencia. También será parte del equipo de profesores de la recién creada Maestría en Escritura Creativa, en el Instituto Caro y Cuervo.

¿Cuáles fueron los principales cambios que se hicieron y fueron evidentes en el contenido cultural de Filbo?

Más que cambios, yo diría que fue un proceso de continuar el trabajo maravilloso de quienes estaban antes que yo en la feria: Diana Rey, Adriana Martínez y Juan David Correa. Ellos dejaron la Filbo en un lugar muy alto. Con respecto a la programación, la idea siempre fue continuar con las franjas que ya tenía la feria: ‘Conversaciones que le cambiarán la vida’, la más literaria; Foros del Libro, que son las mesas para estudiantes y profesionales de la edición; ‘Que viva la música’; las franjas para niños y jóvenes; el Encuentro Internacional de Periodismo y ‘Libros para comer’, el espacio de gastronomía. A ellas les sumamos las de ‘Más formas de leer’, pensada para personas con discapacidad; ‘Palabras para la reconciliación’, pensando en el posacuerdo, y la de Ciencia. Todo esto para que el libro sea el punto de encuentro de todas las poblaciones posibles.

¿Cómo funciona el diálogo entre todas esas franjas?

Tenemos la idea de darle un enfoque temático a la programación (el de este año fue las emociones). Esto les da un hilo conductor a todos los eventos y logra, finalmente, que todos los autores invitados y todas las mesas estén en diálogo, todos con todas. Y, por supuesto, esto hace que los asistentes a la feria entiendan cada evento como parte de un todo: cada diálogo de cada mesa como parte de una conversación mucho más amplia. Una conversación que nos inspire a pensarnos y a repensarnos; a pensar y a repensar nuestra relación con el mundo y con los demás.

¿Cuál es el balance de lo hecho en números?

En los últimos tres años, las cifras de asistencia a la Filbo crecieron. En su edición más reciente recibió a 575.000 personas. Queda la certeza de que hay mucho público para todos los eventos: desde los más taquilleros, como fueron las conversaciones con autores consagrados como los premios nobel de literatura Svetlana Alexiévich y J. M. Coetzee, la premio nobel de paz Jody Williams, el premio princesa Asturias de las letras Richard Ford y el pulitzer Jeffrey Eugenides. O los homenajes, como el de Florence Thomas, y las conferencias de Fernando Vallejo.

Una conversación que nos inspire a pensarnos y a repensarnos; a pensar y a repensar nuestra relación con el mundo y con los demás.

Sin embargo, uno encontraba otros eventos muy llenos...

Claro. Están esos eventos, que uno pensaría son más minoritarios, que se llenaron: encuentros como las galas de poesía y las actividades con autores nuevos o con autores que, si bien ya tienen una trayectoria muy importante, no son tan conocidos o tan mediáticos en nuestro país, como Teju Cole y José Luís Peixoto, o las increíbles Ana Blandiana, Diamela Eltit, Helen Oyeyemi, Cristina Rivera Garza, Mariana Enríquez y María Teresa Ruiz. Me parece importante aprovechar la plataforma mediática de la feria para dar a conocer las obras de estos autores extraordinarios.

La mujer también ha tenido un protagonismo importante en la Filbo...

¡Por supuesto! El mundo no puede pensarse ni narrarse sin mujeres. Las mujeres no pueden dejar de estar en la feria ni ser la cuota mínima en una programación cultural seria. Y, sobre todo, esto es lo que más quisiera decir: las mujeres han sido parte esencial de la feria porque tienen una obra buena, ¡buenísima! Nona Fernández, Alejandra Costamagna, Gabriela Alemán, María Sonia Cristoff, Carolina Sanín, Margarita García Robayo, Fernanda Trías, María Teresa Andruetto, Marina Colasanti, María José Ferrada, Sara Bertrand, Liliana Colanzi, Yolanda Reyes, Marta Sanz, Mercedes Cebrián. A esta lista le sigue un largo e injusto etcétera.

Una de sus banderas, sin duda, fue abrirle ese espacio a la diversidad...

Es que, al igual que las mujeres, los autores LGBTIQ que han participado en estas últimas ediciones tienen mucho que aportarnos. Ellos ni son ni pueden ser la cuota mínima, por lo importante de su obra: Édouard Louis, Raywen Connell, Benjamin Alire Saenz, Luisgé Martín... Ahí hay una carta de navegación que queda para los lectores y asistentes a la feria.

¿Cómo lograr que miradas muy distintas confluyan en la feria?

Durante los 16 días de la Filbo hay un promedio de 1.600 eventos: de esa cantidad, unos 250 son del país invitado de honor; unos 1.000, organizados directamente por las editoriales y expositores, y unos 250, organizados por la Cámara Colombiana del Libro. Estos últimos 250 eventos son la propuesta que hace la feria para su público.

¿Y cómo siente que debe ser esta propuesta?

Debe incluir autores con estéticas y políticas muy diversas, disímiles e incluso en choque. También hay que ser muy responsable con los discursos que salen desde la propuesta académica de la Feria del Libro, que es independiente de los eventos que organiza directamente cada editorial: no pueden ser discursos antisociales, por más taquillero que sea un autor.

El mundo no puede pensarse ni narrarse sin mujeres. Las mujeres no pueden dejar de estar en la feria ni ser la cuota mínima en una programación cultural seria.

¿Qué quiere decir con esa afirmación?

Recuerdo que hace un tiempo llegó la propuesta de un autor que quería participar en la Filbo. Esa persona tenía unos libros en los que proponía unas terapias de conversión de gais y en los que hablaba de lo terrible que era que una mujer usara minifaldas, por ejemplo. Sus libros condenaban el sexo una y otra vez: cualquier persona que tuviera una relación sexual pasaba después por una desgracia. Por eso digo que es importante ser responsable con los discursos que la propia feria propone: la misoginia, el machismo, el racismo, la homofobia, la condenación del sexo no pueden reproducirse desde la programación académica de la Filbo. Tampoco, las mentiras de esos autores que te prometen volverte millonario en tres días, por ejemplo.

¿Cuál es el desafío más grande de hacer una curaduría?

Yo diría que darle la vuelta a esa idea de que hay que apelar a una espectacularidad, a un único autor taquillero, para acercar a las personas a los libros. Siempre está esa idea de que si no viene un mega best seller, no hay feria. ¡Y eso no es cierto! Lo hemos visto: hay un público que va a las charlas y se permite conocer a otros autores, si desde la feria son presentados con todo el entusiasmo que su obra despierta.

Aunque muchas veces los medios y el público demandan esos nombres que atraen gente...

Sí, claro, y tienen que estar mientras, insisto, no reproduzcan discursos antisociales. Pero también digo esto: durante estos tres años, mientras hacía la programación y distintos periodistas o actores del gremio me preguntaban “quién es el gran autor que viene”, yo recordaba y citaba mucho una de las últimas columnas que escribió Óscar Collazos: que había que dejar de ver la literatura y el panorama editorial como un cielo de día, con un solo sol, y empezar a verlo como un cielo nocturno con muchas estrellas. A cada edición vinieron aproximadamente 120 autores internacionales: ¿qué sentido tiene enfocarse en uno, solo en uno, si vienen tantísimos más, y tan interesantes? No es bueno para la formación de lectores ni para la industria editorial insistir en esa idea de que solo un autor puede convocar e interesar, o que solo un autor puede vender. Por supuesto que hay autores que convocan y venden más que otros, pero es importante que la feria sea un espacio que impulse una diversidad, no que resalte o insista en el trabajo de uno solo o de unos pocos. Debe haber gestión y cultura: no puede ser una mera búsqueda de cifras y números altos, sino que también tiene que procurar la formación de mejores lectores, lectores con una capacidad crítica, y eso es algo más difícil de medir con la inmediatez de los números.

Pluralidad y calidad: es importante que estas sean políticas de la feria, y no algo que depende de personas puntuales.

¿Qué cree que debería mantenerse?

La pluralidad de la programación, sin duda, y la calidad de los autores que en ella han participado. La feria está en un muy buen momento, gracias a un trabajo de años que ha venido haciendo todo el gremio: debe seguir siendo la plataforma para que la obra de muchos autores colombianos se conozca más y para que la obra de autores internacionales que aún no se consigue en el país llegue y se quede en nuestro mercado. Pluralidad y calidad: es importante que estas sean políticas de la feria, y no algo que depende de personas puntuales. La importante participación que han tenido las mujeres se debe mantener, así como la participación de personas LGBTI, minorías raciales y personas con discapacidad. Seguir incorporando en la programación a autores nuevos y recordar a quienes han recorrido ya un largo camino. Estar muy pendiente del trabajo de autores regionales, invitarlos. Apoyar el increíble trabajo que están haciendo las editoriales independientes colombianas: tener a sus autores en el centro de la programación. Seguir llevando la programación a las librerías y a distintos puntos de la ciudad, sobre todo a lugares periféricos. Proteger y animar la independencia de pensamiento. Ser, en fin, un espacio que nos abra las puertas a todos: ya hemos visto que todos cabemos en la Filbo.

Sección Cultura y revista 'Lecturas' de EL TIEMPO

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