Fidelina y Joselina Daza, dos caras del amor en la vida de Alejo Durán - Música y Libros - Cultura - ELTIEMPO.COM
Música y Libros

Dos caras del amor en la vida de Alejo Durán

Alejo Durán tenía que estar enamorado para componer, así compuso 'Fidelina' y 'Joselina Daza'.

Joselina Daza

Una joven Joselina Daza, musa que inspiró la canción que lleva su nombre, compuesta por Alejo Durán.

Foto:

Archivo de la Fundación Decuplum

Por: Carlos Castelblanco - Para EL TIEMPO
08 de febrero 2019 , 10:35 a.m.

Hace cien años Alejandro Durán Díaz nació en El Paso (Cesar), un pueblo situado entre los ríos Cesar y Ariguaní. Enamorado de las mujeres y también de la vida, con su estilo recio y auténtico le cantó al amor y también al desengaño.

La mujer y la primavera se parecen y están en lo más profundo de mi corazón para bien y para mal, decía el inmortal juglar Alejandro Durán.

En el mes de abril vuelven las lluvias y reverdecen las sabanas del Cesar, brotan los claveles blancos, y en las riberas y los barrancos de los ríos Ariguaní y San Jorge florecen los guamachitos, los robles y el guayacán.

Los campos se visten de colores, como los vestidos y las sonrisas de las muchachas por las que gozó y sufrió.

El maestro Alejo, primer rey vallenato en el concurso de acordeoneros del Festival de la Leyenda Vallenata en 1968, se crió en una hacienda ganadera en la población de El Paso (Cesar). Allí, no solo vivió en contacto permanente con la belleza de la naturaleza y los recios oficios de la vaquería, sino que también aprendió a tocar el acordeón, su compañero y confidente entrañable, y conoció a Fidelina, el primero de muchos de sus amores.

Fidelina y el amor correspondido

En la hacienda donde Alejo creció y se hizo hombre conoció a Fidelina y se enamoró. El día que se iba a fugar con ella, la mamá de la muchacha los descubrió y el plan se frustró.

Meses después, cuando Alejo ya vivía en Magangué, recibió una carta de Fidelina, en la que ella le dice que no sabe nada de él y lo extraña. En vez de contestarle con un escrito, el maestro le compuso una canción de amor, un son inmortal:

"Fidelina Fidelina/ella me mandó a decir (bis)/que la llame y que le escriba ayayayay/porque no sabe de mí ayayayay".

Fidelina y el acordeón hacen parte de los inicios de su vida. En una entrevista concedida por Alejo Durán al escritor David Sánchez Juliao en 1986, hizo una descripción de Fidelina:

“Una muchacha delgada, de piel color canela, pelo liso y sonrisa encantadora.” Para el maestro Alejo, esa fue su canción preferida, la que más quiso. “Cuando la toco, retrocedo a esos años y me da mucha felicidad”.

"Bella como flor del campo/miren que mujer tan linda (bis)/y te dedico mi canto ayayayay/escucha mi serenata Fidelina (bis)".

Joselina y un corazón que sufre

En la población de Patillal (Cesar), cuna del maestro Rafael Escalona, nació una de las canciones más sonadas y bailadas en los años setenta. Esta pieza musical cuenta la historia del amor no correspondido de Alejo Durán con Joselina Daza. Un sancocho de chivo y una parranda con personajes ilustres del folclor vallenato como Leandro Díaz y Luis Enrique Martínez, fueron el escenario de este lamento, de estas notas tan sentidas dedicadas a la joven de ojos verdes y cabello hasta la cintura que rechazó, una y otra vez, los galanteos del juglar:

"En el pueblo de Patillal, tengo el corazón sembrado/y no lo he podido arrancar, ¡ay! tanto como he batallado (bis)"

Desde niño, Alejo vio a su papá y a su abuelo tocar el acordeón acompañados de tambores, mujeres que cantaban y parejas que danzaban. Eso despertó el anhelo de ser músico y cantarle al amor que sentía por las mujeres, a la alegría, a las historias de las gentes de su querida tierra. La voz profunda del maestro Alejo y la manera tan sentimental como ejecutaba los bajos del acordeón, son su sello personal. Un corazón y un acordeón florecidos.

"No se vayan a extrañar, no les cause maravilla/si me voy pa' Patillal en busca de Joselina ay! hombe (bis)/
Oye Joselina Daza lo que dice mi acordeón/y yo no sé lo que te pasa con mi pobre corazón".

Estas letras inmortalizaron las vivencias, las costumbres y tradiciones de las poblaciones por las que anduvo Alejo en sus correrías, siempre con su acordeón al hombro. Las huellas de estas historias son un testimonio vivo de los sentimientos hondos y auténticos, de la bondad, la rebeldía y el paisaje de las sabanas de Córdoba, las travesías memorables por las riberas de los ríos del Cesar, de Bolívar y del Magdalena. La identificación de un pueblo con su música ya hace parte del mito de Alejo el Hombre.

CARLOS CASTELBLANCO
Para EL TIEMPO

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