Fernando Quiroz presenta su novela más reciente La última cena - Música y Libros - Cultura - ELTIEMPO.COM
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Con miedo y poesía se cocinó ‘La última cena’

Así se titula la novela con la que Fernando Quiroz regresa a las librerías del país.

Fernando Quiroz

Fernando Quiroz es columnista de este diario y combina la literatura con el periodismo.

Foto:

Claudia Rubio/EL TIEMPO

Por: Ana Hincapié
30 de octubre 2018 , 01:59 p.m.

¿Con qué gallardía debe un hombre enfrentarse a la agonía, a la espera de lo inevitable, al camino directo hacia lo desconocido? Pero, sobre todo, ¿con qué terror decide acurrucarse en la literatura en busca de consuelo ante un papel? En especial, luego de que su médico le anuncia una enfermedad con “fecha de caducidad”, como si no se tratara de un ser, sino de un producto más.

Sin hacerse esas preguntas, Fernando Quiroz (Bogotá, 1964) inició su novela 'La última cena'. Y no las necesitó por una razón: él mismo estaba experimentando cada pensamiento, gracias a lo que él llama un regalo.

"Acá tengo que confesar que hace algunos años, el doctor López, protagonista de esta novela, me pidió unos exámenes que no salieron bien; unos exámenes que apuntaban a una enfermedad bastante preocupante”, reveló el escritor al público que asistió hace pocos días a la presentación del libro en Bogotá.

No obstante, ya Juan Esteban Constaín, quien fue el invitado a conversar con Quiroz, había iniciado la charla con otra confesión: “Mientras yo iba leyendo este libro rezaba porque fuera ficción”.

Las plegarias de Constaín obedecieron a dos situaciones: el enorme parecido del protagonista moribundo con el autor de la novela y el temor a la muerte (propia o ajena) que, en su justa medida, habita a cada ser que vive y sobre lo que se centra esta novela.

Mientras yo iba leyendo este libro rezaba porque fuera ficción. Juan E. Constaín.

“Como si no supiéramos que vamos para allá”, reflexionó Quiroz, mientras intentaba explicar la terrible situación en la que estuvo luego de recibir el diagnóstico del doctor López, uno de los pocos personajes con nombre propio en el libro y un gran amigo de Quiroz que en el momento de la noticia solo pudo decirle: “Tal vez la vida nos hizo coincidir para que yo pudiera acompañarlo en este proceso”. Tal y como lo cuenta el protagonista de la novela. Tal y como sucedió.

Durante las tres semanas siguientes al temeroso diagnóstico, las libretas de Quiroz se llenaron de reflexiones fundamentales, miedos inevitables, recuerdos bellos –absurdos o dolorosos– y hasta banalidades sobre la muerte. Como qué traje usar hasta el crematorio o qué comer por última vez. “Nunca me ha trabajado la cabeza tan rápido como en esos días”, confiesa el autor.

Mientras Quiroz buscaba sin éxito refugio para sus pensamientos en la literatura, pues en esas tres semanas no atinaba más que a apuntar los disparos de su mente veloz, sin poder escribir ni una palabra más de otro libro que se encontraba haciendo por esos días, el autor recibió otro mensaje de su doctor.

“Es una sensación muy difícil: que lo pongan a uno en el cadalso y lo bajen de ahí diciéndole: ‘No era usted. Estaba equivocado. Al que había que ahorcar era a otro’ ”. Ese no era su diagnóstico. Su camino hacia la muerte era como el de todos los demás, seguro pero incierto.

Eso lo explica todo. Quiroz puede describir esta obra como un relato testimonial en el que alguien ha traducido, sin temor a equivocarse, los pensamientos de un hombre que va directo hacia la muerte porque durante un tiempo fue ese alguien.

A veces, la vida le permite a uno –comenta– encender una linterna que le muestra un camino que normalmente se recorre a ciegas, pero es un momento.

Pero entendió que, más que de un error, se trató de una luz. “A veces, la vida le permite a uno –comenta– encender una linterna que le muestra un camino que normalmente se recorre a ciegas, pero es un momento”. Un momento en el que se vio obligado a encarnar a otro que era él mismo.

Al contrario de lo que podría pensarse, este no es un relato netamente trágico. Si hay espacio para el humor en la vida, ¿por qué no dárselo cuando se está de cara con la muerte como un llamado a una última rebeldía contra los preceptos sociales? “Los mejores chistes que he oído en la vida los he oído en los funerales, sin duda, porque aquellos lugares donde supuestamente está prohibido reírse y levantar la voz es donde dan más ganas de hacerlo”.

¿Y quién mejor que un moribundo para burlarse de todo?

Acertadamente, Constaín describió este libro como un relato cervantesco en el que de vez en cuando, y por capricho del hombre que narra en primera persona su agonía, van apareciendo algunas muertes súbitas.

Choques, suicidios y asesinatos bajo un título: Pequeñas historias de mis muertos, que –según Quiroz– no necesariamente obedecen a sus “muertos más importantes del corazón”, sino a los que le vinieron de golpe esos días.

“La cabeza puesta en ese modo recuerda mucho y recuerda cosas tanto importantes como insignificantes”, dice el autor. Así que, cuando por fin pudo escribir, encontró en su libreta unas reflexiones, unos personajes claves y una historia. Él sabía que no sería un ensayo, sino una novela en la que los recuerdos o las preguntas aparecerían al antojo de alguien que sabe que se va a morir y puede conceder cuanto capricho quiera, como llorar o celebrar su muerte como en un gran banquete.

ANA HINCAPIÉ
PARA EL TIEMPO

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