Entrevista con el novelista Andrés Neuman sobre su nuevo libro Fractura - Música y Libros - Cultura - ELTIEMPO.COM
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Conozca la historia de un sobreviviente de Hiroshima y Nagasaki

El novelista argentino Andrés Neuman presentará en la Filbo su más reciente libro, ‘Fractura’.

Andrés Neuman

Andrés Neuman hizo parte de la primera edición de Bogotá 39.

Foto:

Andrea Moreno.

01 de mayo 2018 , 02:57 p.m.

El protagonista de ‘Fractura’ (Alfaguara, 2017), la más reciente novela de Andrés Neuman, es un superviviente directo e indirecto de las bombas de Hiroshima y Nagasaki. Yoshie Watanabe –anciano, ciudadano nómada que se adapta a cualquier lugar del mundo, sin ataduras– se entera del trágico accidente de la central nuclear de Fukushima y decide viajar hacia allá. Entonces, sus heridas del pasado, aquellas formas que parecían ocultas, toman una dimensión y un relieve distintos.

Watanabe es un apasionado del ‘kintsugi’, el arte japonés de reconstruir un objeto de cerámica roto resanando sus fracturas con polvo dorado (una suerte de mezcla de oro, bronce y plata). La filosofía está en reconocer la historia sin ocultarla y destacar la belleza de las grietas. Y es también una manera de enfrentarse al pasado, no con la nostalgia y tristeza de lo ocurrido, sino como una forma de ser útil en el presente, pues el objeto se repara con este fin. Este principio funciona como metáfora central de la historia que, en parte, es narrada por cuatro mujeres que hicieron parte de la vida de Watanabe.

Esto contó Andrés Neuman sobre su proceso de investigación, sus personajes y qué representó para él la escritura de ‘Fractura’.

¿Cómo maneja la exposición de su trabajo, el escrutinio constante?

La exposición me produce, inevitablemente, miedo. Inseguridad. Incertidumbre. Todas esas debilidades humanas a partir de las cuales la escritura se hace fuerte. Desde la seguridad absoluta o la altanería solo se escribirían libros cuadrados, imposibles de abrazar o discutir. Así que bienvenidas sean las dudas. Hoy parecen haberse reducido los espacios para la duda, que es la otra mitad del pensamiento.

Después de ‘El viajero del siglo’, llega ‘Fractura’, su nuevo libro. ¿Concibió desde el principio esta historia como una novela de largo aliento?

Entre ambas novelas extensas apareció ‘Hablar solos’, cuya brevedad fue inversamente proporcional a la dificultad –y también la emoción– de escribirla. Pero, ciertamente, esta nueva novela dialoga en más de un sentido con ‘El viajero del siglo’: el carácter abarcante, el desarrollo de los personajes, la reflexión sobre las lenguas y la traducción, las identidades fronterizas. Como suele ocurrirme, la primera idea era pequeña y concreta, una especie de tronco en mitad del desierto. Poco a poco ese desierto se pobló con un bosque de voces y saltos en el tiempo y el espacio. Ahí empecé a sospechar que sería otra novela-montaña. Ojalá que, al subirla, pueda verse el paisaje desde otra perspectiva.

¿Cuál fue el punto de partida para construir el personaje de Yoshie Watanabe?

Cuando me puse a investigar sobre supervivientes japoneses, con la intención de compararlos con los de otros países donde he vivido, me impresionó el increíble caso de Tsutomu Yamaguchi. Además de ser el único superviviente de ambas bombas atómicas reconocido por las autoridades, murió con casi 100 años. Entonces recordé que uno de los hombres más longevos del mundo fue un superviviente de Auschwitz. Como si, de tanto perder, hubieran perdido también su muerte. Me pregunté qué identidad fantasmagórica, qué conciencia póstuma adquieren quienes están a punto de morir y siguen viviendo.

El personaje de ‘Fractura’ se inspira muy libremente en esas experiencias. Funciona como una especie de ciudadano colectivo. Pero pronto fue emancipándose y conectando con ciertas obsesiones personales. Que Watanabe sea un apellido muy común en Japón y el de uno de mis poetas latinoamericanos preferidos (el peruano José Watanabe) terminó de enriquecerlo. Digamos que es un anfibio múltiple: respira entre el reino de los vivos y el de los muertos, entre distintas tierras, la poesía y la novela.

Además de ser el único superviviente de ambas bombas atómicas reconocido por las autoridades, murió con casi 100 años

El protagonista lidia con la culpa. Es un superviviente que, a diferencia de lo que dictan las buenas maneras, no agradece cada instante de su vida, sino que parece sentir que lucha con lo que pudo haberle pasado. Esta es una manera diferente de ver la memoria histórica. ¿Cómo ve usted este tema?

Nos tranquiliza creer que los supervivientes se sienten aliviados. Pero no todas las víctimas están dispuestas a identificarse como tales. Existe una tensión entre reconocer las cicatrices y la fantasía de borrarlas. También me fascinaba explorar una forma más extendida de culpa: la de quienes no sufren la misma tragedia que sus vecinos. Aquellos que esquivaron el daño y retoman sus vidas con aparente normalidad. Porque hay efectos secundarios que son invisibles, que están en cada cosa que hacemos o callamos.

En cuanto a la memoria histórica, intento enfocarla sin demagogias. Me interesa como conflicto individual, amoroso y colectivo. En la novela los personajes discrepan entre sí. Violet pone en duda que podamos leer el pasado, entender su lenguaje sin malinterpretarlo. Para Mariela, el trauma que no se escribe no prescribe, como esas ideas que no anotamos y nos impiden dormir. Y Carmen defiende la postura contraria, la de que insistir en la herida reproduce el daño. Son formas diferentes de pensar, sentir y ser ciudadano. Sería injusto simplificar el sentido de la memoria. La dicotomía entre explorar el pasado o construir el futuro me parece falsa.

La memoria histórica suele verse en retrospectiva. Pero en ‘Fractura’, la metáfora del ‘kintsugi’ cambia esta visión del tiempo...

Recuerdo que desde niño me atraían las cosas rotas. Rompía juguetes despacio, sin rabia, solo por ver cómo cambiaban, qué pasaban a ser, cómo podían arreglarse. En las cosas rotas se plantea una especie de jeroglífico temporal: se cruzan un pasado violento, un presente frágil y una posible reconstrucción futura. El antiguo arte del ‘kintsugi’ fue el paso siguiente en esa curiosidad personal. En esta forma de reparar mostrando los puntos de quiebre, de trabajar la grieta como base de una nueva identidad, subyace un principio aplicable a las personas. Una refutación del Photoshop y la obsolescencia programada.

Lo más inquietante de la obsolescencia no es su lógica de consumo, sino su influencia como modelo de interacción: vínculos humanos descartables, relaciones laborales de usar y tirar. Ahí es donde el ‘kintsugi’, con su gesto tan pequeño como conmovedor –unir con polvo de oro los pedazos–, cobra su dimensión metafórica. Se trata de celebrar la supervivencia. De ennoblecer las cicatrices. Por eso en la novela cada elemento (los personajes, sus cuerpos, sus países, los paisajes, la propia estructura narrativa) transporta cicatrices que cuentan historias.

¿Qué representa para usted el desastre de Fukushima?

Quizá la imposibilidad de fingir que el pasado no tiene consecuencias. La insistencia del espectro. A pesar de ser una isla sísmica y amenazada por maremotos, Japón ha llenado sus costas de la misma energía peligrosa que una vez la arrasó. Una isla pequeña, con una fuerte tradición autodestructiva, pero experta en el arte de resistir y reconstruirse. ¿No parece una extraña síntesis de la especie humana?

Las voces femeninas que narran al protagonista son complejas. ¿De qué manera se construye una voz femenina desde un punto de vista masculino?

Me alegra que hayas percibido así las voces de las mujeres en ‘Fractura’. Esa era la intención, al menos. Uno de los poderes de la ficción, como escribe Rebecca Solnit en su último ensayo, consiste en la posibilidad de transgredir los propios límites de género, clase, ideología. En tantear hasta dónde podría transformarse nuestra identidad. Intuyo que una de las tareas de la narrativa actual pasa por que los autores hombres aprendamos a reflejarnos en las voces femeninas. Que es, ni más ni menos, el complemento de lo que a las mujeres les ha tocado hacer desde que el mundo es mundo.

¿Cómo trabajó estos personajes femeninos?

Preguntando, observando y leyendo a mujeres. También buceando en esas otredades interiores que todos tenemos. Creo que el impacto del feminismo en la escritura no se limita a la cuestión fundamental de construir más y mejores personajes femeninos. También tiene que ver con replantear lo masculino, con releer críticamente la educación que recibimos y aprender a deconstruir los propios roles. Lo veo como algo profundamente liberador en el plano creativo.

No se trata de ninguna guerra de sexos, sino de una toma de conciencia colectiva. Convivo con una feminista muy activa, así que en casa la reflexión al respecto es una costumbre diaria. Tengo la impresión de que los debates más importantes no tienen lugar en las instituciones, en las redes ni en los grandes medios, que son cajas de ruidos, sino dentro de cada casa, cada familia, cada pareja. Cualquier transformación real y razonada necesita del diálogo en esos ámbitos.

Pregunta clásica: ¿qué proyectos tiene en la mira?

Ahora toca poesía. Ahí van a parar, y vuelven a empezar, las palabras.

Ahora toca poesía. Ahí van a parar, y vuelven a empezar, las palabras

Dónde y cuándo

Neuman conversará con su colega bogotano Juan Gabriel Vásquez el sábado 28 de abril, a las 7 p. m., en el pabellón de Argentina en Corferias.

NATALIA NOGUERA ÁLVAREZ
En Twitter: @marttina_a

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