Entrevista a Javier Sierra, ganador Premio Planeta 2017 - Música y Libros - Cultura - ELTIEMPO.COM
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‘El mayor enemigo de la creación es el ruido'

Javier Sierra habla sobre su novela ‘El fuego invisible’, con la que ganó el Premio Planeta.

Javier Sierra, escritor

Sierra posa junto al premio Planeta que recibió el mes pasado y que le otorgó una bolsa de 601.000 euros.

Foto:

Cortesía Editorial Planeta

25 de noviembre 2017 , 11:42 p.m.

Mientras miraba en silencio ‘La última cena’, el mural de Leonardo da Vinci en Milán (Italia), para escribir su novela ‘La cena secreta’ (2004), a Javier Sierra lo sorprendió que el artista florentino había ‘olvidado’ pintar el santo grial. “De alguna manera me quedé con esa lucecita roja encendida, como un asunto para seguir explorando”, anota el autor español.

Y el momento llegó: ese es justamente el tema del que se ocupa Sierra en su nuevo libro, ‘El fuego invisible’, con el que acaba de ganar el Premio Planeta de Novela, que le entregó 601.000 euros (unos 2.100 millones de pesos). Se trata de la segunda bolsa más grande para un galardón literario, después del Nobel.

Con sus obras, Sierra ha conducido a miles de lectores por datos misteriosos –y a veces también reveladores– en torno a las pirámides egipcias, las reliquias de los santos y las obras maestras del arte universal, entre otros temas.

Esa pasión por lo extraño le viene de sus inicios como periodista de temas curiosos y científicos, a lo que se dedicó durante un buen tiempo antes de dar el salto a la literatura, hace 20 años.

En su nuevo libro, que llega a las librerías colombianas el primero de diciembre, Sierra además reflexiona sobre el proceso creativo de la humanidad, en una trama con crimen incluido, que paseará a los lectores por lugares históricos de España.

El autor, oriundo de la población aragonesa de Teruel, le contó a EL TIEMPO que su interés primordial era abordar el elemento histórico del grial desde el mito, “que es de donde beben cineastas como Steven Spielberg y novelistas como Dan Brown. Y yo quería hacerlo desde la perspectiva de cuándo fue la primera vez que se mencionó el santo grial”.

¿Y con qué se encontró?

Con una sorpresa. La primera vez que se menciona la palabra ‘grial’ en ese contexto (como un vaso con valor espiritual, supuestamente utilizado por Jesús en la en la última cena) es en un libro del año 1180, llamado ‘El santo grial’, de Chrétien de Troyes (1150-1183), y considerado una de las grandes novelas europeas de la Edad Media.

En el texto original, Chrétien de Troyes dice que el grial es una especie de cuenco que lleva una dama y que irradia una luz tan fuerte que puede llegar a apagar la del sol.
Sin embargo, no dice nada de Jesús ni de la última cena. Yo me quedo muy conmocionado con ese hallazgo literario y comienzo mi indagación.

¿Qué otras cosas descubrió?

Algo que para mí fue muy revelador, y es que 60 años antes de que Chrétien escribiera ese cuento, en el norte de la península ibérica –más exactamente en los Pirineos– hubo una serie de artistas que decoraron varias iglesias románicas con la imagen de una dama que sostenía un cuenco del que salían rayos de luz. Es decir que, de alguna manera, en ese lugar de España, a principios del siglo XII, alguien inventó el grial y lo pintó. Recordemos que, en ese entonces, esa zona de los Pirineos era la frontera entre los reinos cristianos y musulmanes. Era el fin del mundo. Por lo tanto, esa invención pictórica debía tener alguna significación.

¿Qué significa ‘grial’?

La palabra viene del vocablo ‘grazal’, que se utilizaba en los Pirineos y que significa cuenco, una especie de ‘bowl’. Y aparece mencionado también en testamentos del año 1100. Antes de eso, no hay ni rastros del grial. No se menciona, nadie está preocupado por semejante palabra ni tampoco por la copa de Jesús en la última cena. Esa es una preocupación que se traerá de Jerusalén al regreso de la primera cruzada.

Luego de sus investigaciones, ¿qué lectura hace del concepto de ‘grial’, más allá de la vasija física?

Pues mira, los ábsides romanos en los que está esta dama con el cuenco tienen escenas del Apocalipsis, no de la última cena. El Apocalipsis es un libro visionario; es el trance que tiene Juan en una cueva en Patmos, en Grecia. Y él ve el fin del mundo, que escribe en ese texto tan extraño con el que cierra la Biblia. Luego, de alguna manera, nos están diciendo que el grial, ese objeto, es algo visionario. Yo creo que la clave de todo está ahí. Por eso he utilizado esta historia para una novela que en el fondo habla del origen de las ideas. Del origen de la creatividad y cómo la creatividad humana debe mucho al aspecto visionario, a los trances. Esto lo vienen estudiando desde hace muchos años los antropólogos, en relación con el arte paleolítico, por ejemplo. Y creen que la invención del arte tiene que ver con algún tipo de proceso de estado alterado de conciencia. Probablemente, los chamanes del mundo antiguo, en la época de las cavernas, ingirieron algún tipo de sustancia que les creó ese tipo de visión y los llevó a inventar el arte.

El misterio tiene que estar en toda obra literaria, porque de alguna manera es el combustible que hace que las páginas pasen

¿De allí ese guiño particular a Parménides, que David –el protagonista del libro– aborda en su tesis de doctorado?

Sí, es un guiño directo.

¿Cómo clasificaría su estilo?

La mía es una literatura que se ocupa de misterios grandes pero tangibles. Hablo de las pirámides, de las catedrales góticas o de grandes obras de arte. Pero esta novela tiene como inflexión que se ocupa de una pregunta filosófica, que es la del origen de las ideas. Que en el fondo es la gran pregunta filosófica: ¿de dónde venimos? Yo creo que cuando comenzamos a trasmitir las ideas es cuando nos convertimos en los humanos que hoy somos.

¿De dónde viene esa pasión por abordar temas misteriosos desde la literatura?

Yo vengo del mundo del periodismo, he dirigido revistas y he trabajado durante mucho tiempo en la divulgación de estos enigmas. Muchos de ellos los he visitado como reportero. Y llegó un momento en mi trayectoria en el que lo único que podía hacer era formular preguntas sobre grandes misterios de las que nunca obtenía respuestas. Por esta frustración decidí saltar a la literatura, para buscarlas ahí. Cuando empecé, hace 20 años, no me di cuenta de que en realidad estaba conectando con los orígenes mismos de la literatura.

¿Cómo era esa literatura?

La primera literatura busca resolver las grandes incógnitas. El libro más antiguo que ha llegado a nuestros días es ‘La epopeya de Gilgamesh’, un texto sumerio de hace 5.000 años. En él, el rey Gilgamesh trata de encontrar respuesta al hecho de que él es mortal y los dioses no. Entonces inicia un viaje al Edén para interrogar a los dioses. De alguna manera, la literatura es el recurso que tiene la especie humana para responder aquello que no tiene respuesta.

¿Qué papel juega el misterio, tan protagónico en sus libros?

Para mí es esencial. Creo que el misterio tiene que estar en toda obra literaria, porque de alguna manera es el combustible que hace que las páginas pasen, lo que invita al lector a seguir avanzando. El misterio puede ser amoroso, histórico, político, de muchas clases. Yo me aferro más a un misterio un poco trascendente. Y quizá allí esté una de las claves de interpretación de por qué mis novelas son tan bien recibidas. Porque en una época como esta, tan apegada a lo mundano, a lo material, a lo vulgar, que haya una ventana donde puedas asomarte y respirar algo que está por encima del mundo yo creo que alivia.

Unido a eso aparece, por supuesto, la novela negra…

Evidentemente, la novela negra siempre está presente de algún modo. En ‘El fuego invisible’ construyo una historia en torno a una escuela de élite literaria en el centro de Madrid, y allí se discute sobre el cuento del grial de Chrétien de Troyes. De pronto, uno de los alumnos más avanzados, que ha estado más cerca de resolver el misterio, aparece muerto en un parque cerca de la casa donde está la escuela. Y este elemento sospechoso pone en guardia al resto de los miembros de la escuela y los incita a moverse. Siempre tiene que haber algún tipo de elementos que justifique que estés dispuesto a hacer lo que sea por salvar tu vida o la de alguien más.

¿De dónde surge la idea de llamar a este grupo La Montaña Artificial?


La Montaña Artificial es una estructura prácticamente olvidada que está en el centro del parque El Retiro, en Madrid, construida en época de Fernando VII, durante la invasión napoleónica de España, a principio del siglo XIX. En sus inicios tenía un castillo encima, que ya no existe. El interior de la montaña, hoy abandonada, está hueco. Creo que Fernando VII la mandó construir como un lugar de meditación o introspección. Muy parecido al de la cueva de Parménides, donde él se refugiaba para escuchar a las musas.

Me pareció evocador rescatar ese lugar del parque por el que todo el mundo pasa sin prestarle mayor atención, para convertirlo en una metáfora del proceso creativo. De cómo uno para crear debe buscar un lugar en silencio. El mayor enemigo de la creación es el ruido, y esta es la cultura más ruidosa de la historia. Mi novela también invita a esa reflexión.

¿Por qué la presencia del ocho a lo largo de la trama?

El ocho es un elemento simbólico muy curioso porque es un número cuya grafía inventan los árabes. Y en el siglo XII nadie lo utilizaba en España porque se escribían todavía los números romanos. Pero, para mí, la forma del ocho casi resuelve el misterio del grial. Lo que evoca el grial es un objeto donde lo divino y lo humano coinciden, es un punto de intersección entre lo que hay arriba y lo que hay abajo. Y el ocho es exactamente la representación de eso: dos esferas que se unen en un punto. Y ese punto es el grial.

En la novela, usted menciona un libro extraño, el ‘Primus calamus’. ¿Qué era?

Es una absoluta rareza bibliográfica. Es un libro donde se ensayaba con tipografías, con grabados muy extraños, que dialogaban más allá de los textos. El lector del ‘Primus calamus’ tenía unos conocimientos de simbología sorprendentes o no entendía su contenido. Y es un libro del que se conservan muy pocas copias. Dado que es muy codiciado por los bibliófilos, decidí meterlo en la novela como un punto de atracción para el protagonista.

El periodista que escribe ‘best sellers’

Javier Sierra, nacido en Teruel (España) hace 46 años, se formó como periodista de medios impresos, televisión y radio. Es autor de diez libros, publicados en más de 40 países, incluidas seis novelas de gran éxito internacional. Entre ellas se destacan ‘La cena secreta’, ‘El maestro del Prado’ y ‘La pirámide inmortal’. La última, ‘El fuego invisible’, no solo ganó el Premio Planeta 2017, sino que en la semana de su presentación (llegó a librerías el 2 de noviembre) se convirtió en la más vendida en su país.

CARLOS RESTREPO
EL TIEMPO@Restrebooks

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