Entrevista a D.T. Max sobre el resurgir del periodismo en Estados Unidos - Música y Libros - Cultura - ELTIEMPO.COM
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‘Tenemos que aprender a pagar por el buen periodismo’: D. T. Max

Dice que la prensa resurgió desde la posesión de Trump. ‘Parece sacado de un libro de Orwell’ opina.

D. T. Max

D. T. Max se vinculó con ‘The New Yorker’ en 1997, como colaborador, y desde el 2010 es escritor de planta. También ha publicado en el ‘New York Times Magazine’.

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Twitter: @dtmax

21 de julio 2018 , 09:19 p.m.

"Desde que asumió Trump, la prensa ha resurgido”, dice el periodista D. T. Max, miembro del staff de la prestigiosa revista The New Yorker. Así lo llaman todos, por las iniciales de Daniel y Thomas, aunque él dice con humor que también le gusta asociarlas con Delirium Tremens, con Delta Temperature y con unas zapatillas deportivas en homenaje a un basquetbolista de los 90.

D. T. es autor de una minuciosa biografía del escritor David Foster Wallace (1962-2008), ícono intelectual de una generación, autor de ‘la última gran novela del siglo XX, como han llamado los críticos literarios a La broma infinita, escritor de culto que generó una horda de fanáticos y se transformó tras su suicidio en “un santo laico”. La densidad de su obra (su novela consagratoria pasa de las mil páginas), la complejidad de su pluma y de sus construcciones narrativas, su aguda mirada sobre la sociedad de los 90, sumadas a su personalidad entre tímida y verborrágica (era adicto a las drogas y padecía una depresión clínica) lo transformaron en un mito. En Estados Unidos su nombre es sinónimo de cierto esnobismo intelectual.

En Todas las historias de amor son historias de fantasmas, traducido al español y disponible en versión electrónica, D. T. Max desmenuza al escritor y al hombre y lo muestra con sus emociones en ebullición, tal como era.

El escritor estadounidense opina en esta entrevista sobre las amenazas de la prensa en la era de las redes sociales, cuenta cómo es el ejercicio periodístico con la administración Trump y enfatiza sobre la importancia en la formación de una nueva generación de escritores de no ficción en países con instituciones débiles.

¿En qué momento está hoy el periodismo estadounidense?

En uno sin precedentes. Tenemos un sistema político estresado por (Donald) Trump y su política en Twitter. Yo era joven durante la Guerra de Vietnam, pero no recuerdo ataques de este calibre contra la prensa.

¿Podría decirse que el periodismo en EE. UU. está en su mejor momento gracias a Trump?

Es una idea interesante. Tras las elecciones, el New York Times y The New Yorker ganaron miles de lectores. Fue fenomenal, sobre todo en un momento en el que la prensa tiene problemas económicos debido a internet. Desde entonces, la prensa ha tenido un resurgimiento. Por ejemplo, CNN: sus reportajes sobre Trump y su administración son increíbles. Lo mismo pasa en The New Yorker. Porque la prensa no puede vivir en una meseta, debe tener algo sobre lo que escribir. Obama era un tipo muy calmo, tenía una personalidad sin sobresaltos, le decíamos ‘no drama Obama’, mientras que Trump es puro drama. Cada día nos sorprende con algo.
En este contexto, ¿qué cosas han cambiado en el ejercicio cotidiano de la profesión?
El antagonismo es increíble. Hay poca confianza de la administración en la prensa; normalmente había más cooperación. Todo cambió desde que tenemos un presidente que llamó a los medios de comunicación “enemigos del pueblo”; parece sacado de un libro de George Orwell. Esto nos motiva fuertemente, pero al final del día el ejercicio del periodismo resulta más difícil. De todas formas, soy optimista y pienso que todo esto va a pasar. Volveremos al equilibrio, aunque no sé cuándo.

The New Yorker

The New Yorker.

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Archivo particular

¿Cuáles son los medios a los que mejor les está yendo en este contexto?

CNN, The New Yorker, The New York Times... The Washington Post, con el dinero de Jeff Bezos, el dueño de Amazon, está haciendo excelentes reportajes sobre la administración Trump, su periodismo es superlativo, mejoró muchísimo. Cuando lo compró, todos teníamos miedo, pensábamos que iba a mermar su calidad periodística, pero pasó lo contrario.

¿Cómo hace ‘The New Yorker’ para sobrevivir frente a internet?

No soy un experto en el tema, pero lo que sucedió es que la revista perdió mucha publicidad y tuvo que subir el precio de venta. Y la gente lo paga. The New Yorker tiene una relación especial con sus lectores, pues la mayoría de revistas de este tipo, con perfiles y artículos en profundidad, han desaparecido. La nuestra se publica desde hace casi un siglo, con muy buenas firmas, es la más leída de Estados Unidos y nuestros lectores creen en nosotros. Aún es muy barata y creo que hay que enseñar a las nuevas generaciones que hace falta pagar para tener contenido de calidad e independiente. Tenemos que aprender a pagar por el buen periodismo. Soy optimista, como dije antes. Un caso de éxito es, de hecho, el del New York Times, cuyo acceso en internet no es gratuito y cada día gana suscriptores.

¿Qué ideales tenía cuando empezó a trabajar que han cambiado completamente?

Yo mantengo mis ideales. He tenido una experiencia muy afortunada, porque nunca tuve que escribir sobre cosas que no me interesaban o sobre las que no creía, o lidiar con gente que destrozaba mis artículos. Mis ideales son los de siempre: creo que un periodista tiene que ser alguien de afuera del sistema, que debe tener, hasta en los artículos culturales, coraje y personalidad para no ser corrompido por el poder en cualquiera de sus formas, ya sea el Gobierno o los estudios de Hollywood, que te invitan y te halagan; ese es otro tipo de poder, un soft power o poder blando. Hay que mantenerse adentro pero afuera. Cuando termino un artículo, siempre siento como si hubiera hecho algo, si no importante, por lo menor honesto, verdadero, lo mejor que pude.

¿Cuáles son los estándares de revisión con los que trabaja ‘The New Yorker’?

Es complejo. Hay periódicos que tienen un libro de estándares. Nosotros no, pero sí tenemos los fact checkers o verificadores de datos, que son como unos policías dentro de la revista. Su tarea es asegurarse de que el periodista hizo bien su trabajo. En general, quienes escriben en la revista son bastante buenos, pero el fact checker se mete también en cuestiones más sutiles; por ejemplo, si escribes un perfil, revisan que sea verdadero y justo, que represente a la persona como es realmente.

La prensa no puede vivir en una meseta, debe tener algo sobre lo que escribir. Obama era un tipo muy calmo, tenía una personalidad sin sobresaltos, mientras que Trump es puro drama

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Un retrato “justo e imparcial” que empiece por su descripción física diría que D. T. Max es un hombre de mediana edad, pelo lacio y rubio, peinado con raya al medio, ojos claros, frente ancha, cara angulosa, sonrisa amplia y un parecido al actor Nicolas Cage. Se graduó en Harvard y desde entonces ha sido editor y escribe sobre literatura y arte. Dio clases en Princeton y obtuvo una beca Guggenheim. Vive en las afueras de Nueva York con sus hijos Jules (15) y Flora (13) y su esposa, Sarah, que es editora. Parece haberle tomado el gusto a las biografías de escritores; luego de Todas las historias de amor son historias de fantasmas, escribe un libro sobre Mark Twain.

¿Por qué una biografía de David Foster Wallace?

Empezó como un perfil que me pidió mi editor en The New Yorker. Había leído bastante a Wallace y era su fan, pero no alguien que sabía todo sobre su escritura. Ambos nacimos el mismo año, somos parte de la misma generación. Si estuviera vivo, tendría 55. Cuento en la biografía que me lo crucé una sola vez en un bar, en la fiesta para celebrar la publicación de La broma infinita, su obra maestra. No obstante, tenemos mucha gente en común, nos movíamos en el mismo círculo social.
Él se ahorcó el 12 de septiembre del 2008. Empecé a escribir el perfil dos semanas después. Y cuando comencé a hablar con su familia y sus amigos, entré en la oscura complejidad de su mente y de sus libros, que son enormes. Había leído partes de La broma infinita, que tiene más de mil páginas, y de La escoba del sistema, su primer libro, que es de una extensión similar. Me metí a fondo en su obra y me di cuenta del genio que era. El artículo tuvo unas 12.000 palabras, porque los perfiles de The New Yorker son larguísimos, pero me di cuenta que quería escribir aún más, que tenía más que decir, que quería volver a leerlo, que no quería quedarme con las ganas de estudiarlo.

¿Cuál fue el principal reto de escribir ese libro?

Una biografía es el cuento de una vida y, a la vez, la reseña de una obra; uno tiene que ser al mismo tiempo un biógrafo y un crítico. En este caso, la inteligencia y la profundidad de su obra no facilitaba sintetizarla. Hablar adecuadamente de una obra tan genial y tan compleja es difícil. En cuanto a la vida, finalmente tuve que hablar de una muy triste, con ese final trágico.

¿La no ficción es literatura?

Lo es. Como artefacto literario, desde luego es distinto a la ficción, pero puede llegar a su nivel. Hay clásicos de la no ficción que van a durar más tiempo que las novelas que leemos hoy y que son muy aclamadas. Creo que un libro de no ficción puede ser una obra de arte.

Una biografía es el cuento de una vida y, a la vez, la reseña de una obra; uno tiene que ser al mismo tiempo un biógrafo y un crítico

¿Cuáles son sus autores favoritos de no ficción?

Leo y vuelvo a leer a George Orwell. Anoche mismo me metí en la cama a leer por octava vez Sin un peso en París y Londres, que escribió en 1933 mientras trabajaba lavando platos en hoteles. Y también tengo en mi mesa de noche Homenaje a Cataluña. En segundo lugar elijo las biografías de Richard Holmes; en especial, las que escribió sobre el gran crítico y escritor del siglo XVIII Samuel Johnson y el poeta Samuel Taylor Coleridge. En tercer lugar, las obras de Janet Malcolm, como El periodista y el asesino. Sus libros son muy útiles para quienes quieran ser escritores de no ficción, pues Malcolm escribe sobre el ejercicio del periodismo, sus fuentes, sus estándares, sobre lo moral y lo inmoral en nuestra profesión... La no ficción tiene una responsabilidad enorme. Y más en América Latina, donde las instituciones son más débiles.

¿Hacia dónde va la sociedad en la era de la posverdad y de las redes, con las que cualquiera reportea desde el teléfono?

Es un problema enorme, porque hoy los medios de información masivos son Facebook, Instagram y Twitter. Creo que estas empresas tienen que asumir su responsabilidad. Se las toma como compañías de telecomunicaciones, como si tuvieran los cables pero no responsabilidad sobre el contenido que emiten. Pero yo creo que son más como la prensa. De alguna manera, el contenido sí es suyo. No se trata de censurar, sino de ayudar al lector o al cibernauta a distinguir lo que es falso. No creo que todo lo que se lee en un diario es verdadero, hay errores, hay fallas, hay prejuicios que deforman lo que escribimos, pero es distinto de las fake news, de las noticias falsas que se dan en las redes, pues quienes las crean lo hacen a sabiendas, con intención. Facebook, Twitter e Instagram tienen que empezar a ayudarnos a distinguir.

Luciana Mantero 
La Nación (Argentina)
@LANACION

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