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Cómo llegar a ser santo sin perecer en el intento

La décima entrega de la serie de EL TIEMPO está dedicada a San Agustín, un influyente pensador.

San Agustin

San Agustín llenó de racionalidad la fe.

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EL TIEMPO

15 de noviembre 2017 , 07:30 p.m.

El mal, un tema que nunca dejará de parecernos inexplicable, inesperado, irracional, oscuro, inconcebible, demencial y contrario a toda civilización que se precie de tal, fue una de las preocupaciones centrales de San Agustín como pensador.

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¿Qué es el mal? ¿Qué lo constituye? ¿Qué hace que unos seres humanos actúen encaminados por el bien y otros orientados por el mal? ¿Por qué en cada ser humano hay bien y mal? ¿Por qué existe el mal y por qué Dios, todo bondad y perfección, quien todo lo hace perfecto, lo permite?
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Preguntas que ante realidades cruentas como la primera y la segunda guerra mundiales, en el siglo XX, aparecieron con toda feroz contundencia en el corazón humano. Los judíos masacrados en la Alemania nazi se convirtieron en una prueba aterradora de la capacidad del hombre, llevado por una idea, por una creencia o por un temor, para ejercer el mal sobre el prójimo sin el más mínimo asomo de una conciencia o atadura espiritual que lo evitara.
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¿Dónde estaba Dios?, se preguntaron, angustiados. Son interrogantes que siguen sin perder vigencia en la humanidad actual.
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La persona a quien la historia conoce hoy como San Agustín fue designada en la pila bautismal con el nombre de Aurelius Agustinus.

Nació en la Numidia, una provincia de África que el 13 de noviembre del año 354 de nuestra era, cuando nació nuestro pensador, formaba parte del Imperio romano. San Agustín vino al mundo más exactamente en Tagaste, hoy la ciudad argelina de Souk Ahras.

Sus padres se llamaban Patricio y Mónica. Agustín recordó sucintamente a su padre en sus escritos porque prácticamente se gastaba lo que no tenía en educarlo lo mejor que podía.
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Agustín no fue el tipo de persona que nace y ya, se volvió un hombre consagrado a la fe. Fue más bien un inquieto buscador. Estuvo casado una buena parte de su vida. Tuvo un hijo.
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Se hizo sacerdote a los 37 años, después de vivir como seguidor del maniqueísmo, luego de descubrir y estudiar las obras de Plotino y después de haberse convertido al cristianismo, en 387.
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Sus escritos, su extensísima obra, entre la que se recuerdan principalmente Confesiones y La Ciudad de Dios, dan testimonio del proceso mediante el cual llegó a ser el obispo de Hipona y a convertirse en el hombre que fundamentó, por no decir ‘atornilló’, de manera indestructible dos fuentes de las que bebió a lo largo de su carrera como buscador: la filosofía platónica que lo antecedió y la fe cristiana.
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Mientras que los padres de la Iglesia se esforzaron en organizar una teología que pusiera cada uno de los elementos del cristianismo en una estructura coherente que le diera sentido a la fe, Agustín llenó de racionalidad, a prueba de los contradictores del cristianismo, la fe cristiana apenas cuatro siglos después de Cristo.

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Próxima aparición:


Ludwig Wittgenstein: 23 de noviembre.

Pitágoras:
30 de noviembre.

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