Halloween: Un día para recordar a nuestros espantos y aparecidos - Cultura - ELTIEMPO.COM
Cultura

Un día para recordar a nuestros espantos y aparecidos

El 31 de octubre se conmemora la noche en la que las almas de los muertos regresan a nuestro mundo. 

El mohán

La leyenda del Mohán es una de las más famosas en la tradición oral y escrita del país.

Foto:

Archivo EL TIEMPO

Por: Carlos Castelblanco
31 de octubre 2018 , 07:37 a.m.

Este 31 de octubre se conmemora una vez más, según la tradición celta, la noche en la que las almas de los muertos regresan a nuestro mundo. Esta celebración, que ya se ha incorporado a nuestro calendario, también puede contar con los espíritus y presencias que desde hace siglos han andado por los filos de las montañas, los valles y los ríos de Colombia alimentado nuestra cultura y saber popular.

En el día a día de muchas regiones y rincones del país, los mitos y las creencias como la del Mohán, la Madremonte y la Llorona, son una explicación del comportamiento de la naturaleza y sus gentes que ha sido llevada a través de los relatos orales de padres a hijos desde tiempos inmemoriales. Estas tradiciones, como lo señala el historiador de los mitos y las religiones Mircea Eliade, enseñan y retratan, a través de personajes fantásticos, los más profundos temores, los cambios en el mundo y cómo debe ser el comportamiento de las personas frente a este.

En las cocinas y los corredores de las casas, en los patios, en las fondas y las bancas de los parques se ha hablado, una y otra vez, del misterioso jinete que todo vestido de negro desde el sombrero hasta las espuelas, cabalga un caballo que arroja fuego por lo ijares, de la niña que en medio de la noche toca las puertas y las ventanas rogando por un vaso de agua y del aparecido que se carcajea y arrastra en el lugar del pie que le falta, un tarro de guadua lleno de líquidos pestilentes.

El Mohán y la Madremonte, guardianes de las selvas y los ríos

Se cuenta que las lavanderas lo han visto en los playones de quebradas y ríos, con su ancho y velludo cuerpo apenas cubierto por hojas secas y musgo, fumando tabaco y susurrando plegarias en una lengua desconocida. Los pescadores del Magdalena afirman que con sus garras y colmillos enreda los anzuelos y atarrayas en las palizadas, y desde el fondo profundo del agua han distinguido cómo el Mohán, uno de los mitos folclóricos más populares en Colombia, los mira fijamente con sus ojos rojos y centelleantes.

Con su apariencia de hombre fornido persigue a las mujeres solteras y bellas para llevárselas al río y conquistarlas con alhajas y piedras preciosas que esconde en las hondonadas oscuras donde vive. El Mohán, por ser colérico, es el causante de algunas crecidas e inundaciones cuando se contamina el agua, de ahogar a quienes entran gritando y haciendo escándalo en sus dominios y aterrorizar a quienes oyen sus risotadas en noches de tempestades y relámpagos. Para calmar su furia, los campesinos deben dejarle atados de tabaco y puñados de sal sobre las piedras de las orillas.

Si va por un sendero en medio de la selva y se encuentra de frente con la Madremonte, guardiana de los bosques, no hay que demostrarle miedo. Tal vez sea terrorífico estar ante esta mujer alta, vestida con bejucos y chamizos y cuyo sombrero de ala ancha apenas deja entrever su mirada de odio, pero al encender un tabaco, insultarla, tener a la mano un escapulario y un bastón de guayacán se puede evitar que lo arrastre, con su fuerza descomunal, hacia los matorrales y pantanos donde vive.

Ella desorienta a los caminantes, y con sus agudos quejidos y lamentos los hace enloquecer de angustia; el olor de los humanos y el sonido de su voz, la enfurece. Para la Madremonte los aserradores y cazadores, así como los maridos infieles y los que pelean por un lindero son su presa principal. Dice de ella el escritor costumbrista Tomás Carrasquilla que “es un espíritu maligno que señorea los bosques y trastorna a los que se aventuran en sus laberintos. Se le oye gritar en las profundidades del monte.”

La patasola, la llorona y otras leyendas del saber popular

El historiador y catedrático Javier Ocampo López en su libro Mitos Colombianos, señala que para un campesino antioqueño, tolimense o llanero la patasola, la llorona o la bola de fuego no son una leyenda que se cuenta y se escucha, sino una realidad que se vive. Son, indica Ocampo López, creencias que han penetrado profundamente en el alma popular y hacen parte del saber del pueblo y se adaptan de acuerdo a la geografía: la selva, el llano, a las montañas o a las riberas de los ríos y ciénagas.

Hace apenas algunos días se publicó en redes sociales y medios de comunicación un video, tomado desde un vehículo, que muestra lo que parece ser una mujer de pelo muy largo y enredado saltando en una sola pierna mientras escapa, en medio de la oscuridad de la noche, por un cañaduzal del Valle del Cauca. Según las creencias populares, la patasola es uno de los mitos más aterrorizadores y crueles que existen.

Se manifiesta como una figura de una sola pata que termina en una pezuña y su apariencia cambia según las circunstancias. Puede ser una aparición de un solo seno, ojos brotados, facciones deformadas, colmillos y uñas de animal o la de una mujer atractiva, esbelta y delicada que atrae a hombres enamoradizos hacia la zona más enmarañada y oscura del monte para luego torturarlos y asesinarlos bajo su verdadera identidad, la de una mujer adúltera a la que por castigo le cortaron una pierna y vaga por los montes buscando venganza.

Hay gentes que aseguran haber visto, en noches de luna, andando con parsimonia por la orilla de los caminos a una mujer huesuda, pálida, vestida con una túnica sucia y deshilachada que en brazos lleva a un niñito muerto. Sus lamentos y quejidos desgarradores los oyen en la distancia, en medio del silencio de la noche y producen un sudor frío. Es el espíritu de una joven que mató a su hijito y como castigo fue condenada a llorar y caminar sin rumbo produciendo en las personas un enorme terror.

Las leyendas populares nos conectan con la sabiduría ancestral de los pueblos que de una u otra manera reflejan las raíces, creencias y forma de aproximarse al mundo, señala Juan Pablo Arango, maestro en Literatura Latinoamericana y pedagogo. Esto, por supuesto, indica Arango, tiene que ver también con la manera en que deberíamos comprender nuestra manera de construir nuestra identidad.

El Ánima Sola, en la región del Pacífico, que es el murmullo de una procesión que reza por su salvación, la Bola de Fuego que ronda por el llano extraviando del camino a quienes se atreven a aventurarse por sus sabanas en noches sin luna o el Silbador que en los campos del Tolima se manifiesta como el canto de un pájaro nocturno de mal agüero que llama la tragedia y la muerte, son un retrato surrealista de nuestros más profundos temores.

Carlos Castelblanco
Especial Para El TIEMPO

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