Periodista colombiana que participó en la carrera Fiambalá Desert Trail - Gente - Cultura - ELTIEMPO.COM
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Historia de una carrera entre el desierto y la montaña en Catamarca

Una periodista colombiana de 53 años cuenta la experiencia en la Fiambalá Desert Trail en Argentina.

Historia de una carrera de cinco días entre el desierto y la montaña en Catamarca

De los 180 kilómetros totales de recorrido, durante el tercer día hubo que correr 54 a través de esta zona desértica.

Foto:

Federico Cabello

16 de julio 2018 , 07:39 p.m.

Hace un mes terminé una carrera de 180 kilómetros, y aún no lo creo. El día previo a la salida cumplí 53 años.

Desde hace ocho años empecé a correr, con modestas ambiciones: probar si me divertía y no lesionarme. No es una historia de martirio ni heroísmo, más bien la de una obsesión por explorar. No soy rápida, soy resistente. Corro y entreno sola, guiada por Julie León, médica del deporte, nadie me patrocina. Soy vegetariana.

Durante 10 meses y medio entrené para los cinco días de carrera de Fiambalá Desert Trail, que transcurrió en Catamarca (Argentina). El primer paso fueron 9 kilómetros el 1.° de julio de 2017, luego de un mes de descanso después de mi sexta maratón y dos años después de correr 100 kilómetros en tres etapas. Me inscribí en agosto, un voto de confianza en que lo programado fluiría: ahorrar, entrenar, viajar, correr.

En octubre, mi esposo se fracturó tibia y peroné. Recuperación difícil luego de dos cirugías y tres hospitalizaciones. Mis hijos también estuvieron hospitalizados, aunque con rápida evolución. En una de esas creí que no podría seguir, pero pensé que una carrera tan difícil traería un cansancio enorme: por las distancias diarias, las incomodidades del campamento, los cambios de clima. Lo vi como una oportunidad de aprender a gestionar un nivel de cansancio que desconocía.

A veces pasé la noche en la clínica, y al amanecer salí corriendo a la casa antes de ir al trabajo. Tuve la complicidad de mi mamá y mis hermanos, y la ayuda de mis compañeros de trabajo, así como la paciencia infinita de mi esposo y mis hijos.

Entrené en asfalto mucho más de lo deseado, pero terminé agradeciendo poder correr sin importar dónde. Salí a la montaña cuando pude. Cinco semanas antes de la carrera tuve un esguince de tobillo, ¡caminando! Acepté que cualquier cosa podría ocurrir y tal vez no correría Fiambalá. Comprendí la diferencia entre resignarse y aceptar y me prometí que, si podía correr y no viajar, cada día haría la distancia, así fuera en la ciudad. Mi primera victoria fue no desistir.

La carrera

Agradecí haber llegado a la línea de partida. Salí con la ansiedad en cero, me sabía fuerte y feliz. Primer día, 26 kilómetros, la mayoría en ascenso. A lo lejos, montañas con fisuras infinitas y al lado, ríos que adivinaba en su cauce seco, cactus del tamaño de mástiles. Me sentía pesada, y al primer reclamo que me hice puse un escudo: así estoy hoy, celebro cada minuto que puedo correr. Esa noche, ocho acomodados en una carpa, en El Durazno, comunidad de unas 30 personas.

Al día siguiente, 38 kilómetros. La salida era poco después del amanecer. A las siete había que entregar los bolsos y dejar solo lo que llevaríamos en la etapa. Sergio, de Ushuaia, calcula 0 grados. Mi sensación térmica dice -5: sentía que los dedos de los pies se me partían; al correr desapareció el dolor. Transitaba pasajes que parecían de otro planeta. Hacia el kilómetro 10 alcancé a Milton, con quien haría el resto de la jornada. En el kilómetro 13 estaba Richie, costarricense radicado en Buenos Aires y quien conocía Bogotá. Había pasado allí la noche, solo, en una cabaña casi abandonada.

Breve charla, y empezamos a subir a El Portezuelo. Mi emoción aumentaba porque sabía que íbamos hacia un camino preincaico. En la cima, deslumbrada. A un lado, las montañas desérticas y al otro, montañas verdes y plegadas como en Machu Picchu. Al bajar no veía dónde pisaba; a mi izquierda, el abismo. Espinas, matorrales, huecos; adiós a la idea de bajar saltando, como me gusta. Al día siguiente, Natali, ganadora entre las mujeres, me contó que estuvo a punto de caer.

Durante ese trayecto empezamos con Milton una conversación que se prolongó hasta la meta. Los hijos, las carreras. ¡Cuánto en común con este uruguayo! Pasamos el punto de corte con holgura, aunque lejos de los primeros. Antes de la meta nos alcanzó una pareja, queríamos ganarles. ¡Y lo hicimos! Fue como la travesura de unos niños que nos hizo llegar con el corazón a tope y desembocó en un abrazo feliz.

Estábamos en El Shincal, sitio ceremonial inca.

El día tres, 54 kilómetros de desierto. Empezó lo duro. Adiós, piedras; bienvenida, arena. Conocí las dunas por fuera y por dentro. Viví la inclemencia y la belleza del desierto. Me acompañé con cantos en horas de soledad. Kilómetros de no pensar, de dejar que el cuerpo siguiera sin darle voz al cansancio, y menos a la queja. Hidratar cada 15 minutos y comer algo cada 10. ¿O era al revés? No importa, el caso es hacerlo. Perder la noción del tiempo y la distancia, no así de la temperatura, alrededor de 34 grados. Calor seco, arena adherida a cada milímetro de piel.

Calculo que llevo unos 40 kilómetros. A lo lejos veo una figura vertical que parece girar: ¿un humano? Debo estar cerca del punto de control tres. Miro a la derecha. Veo a mi hijo menor. Estoy alucinando. Escucho su voz, ¡es él! Extiendo mis brazos como si fuera un náufrago y él, mi tabla de salvación. Lloro. “Mamá, ¿qué pasa?”. “¡No te imaginas lo que significa verte aquí!, estoy muy cansada”, le digo con voz casi inaudible. “A las seis cierran este paso”. “¿Cuánto falta?”. “Como 20 minutos. ¿Estoy lejos?”. “No. Ven, yo te acompaño”, me dice con ternura. Le pregunto qué ha comido, si se ha hidratado. Abrazo a mi esposo, después me contará cómo llegaron ahí desde Fiambalá. Verlos me revitalizó lo suficiente para atravesar más dunas, incluso en medio de la noche hermosa, fría, impenetrable. Edgardo, Milton y yo somos los últimos autorizados para continuar por la ruta trazada. Cae la noche, hay luna y estrellas, pero no veo nada; mi linterna parece de juguete. Edgardo se detiene, le pesan los cuádriceps. En un intento por animarlo le digo: “No estamos solos y hay estrellas”. Él calla. Al fin llego a la meta, y está Sergio, con quien nos unen los caminos recorridos y el deseo de que el otro corra en nuestro territorio.

Esa tarde, Amelia se perdió entre los puntos dos y tres. La encontraron a las 8:30 de la noche. No obstante la excelente marcación, un descuido podía hacer perder el camino. Noche difícil. Me pregunto si al otro día saldré. Estoy muy cansada, pero no lesionada; apenas tengo una ampolla; a algunos les sangran los pies, otros se quejan de las rodillas, de la espalda, de la piel.

Día cuatro, 25 de mayo. Día patrio, cantan su himno. Amelia quiere prestarme un bastón. Nunca he usado, pero acepto. Serpenteamos por el río Tatón, subimos por un pedregal. Comparto ruta con Elisabeth, de Jujuy. La dejo atrás. Llego sola al punto tres. Me explican lo que sigue: un kilómetro y medio de duna, con pendientes difíciles, seguir un rastro, bajar por la otra cara de arena, atravesar el río y fin de los 34 kilómetros. No obstante el bastón, hay momentos en que no puedo avanzar. Estoy trepando por una pared de arena que no da puntos de apoyo. Si otros subieron, yo también puedo. Y pude. En la bajada siento que vuelo. Cruzo el río. “Ya la tenés”, dice alguien. Estoy muy feliz. Aunque cansada, estoy entera.

Último día. Vago por ahí, esperando la largada. Los amigos se reúnen, celebran. Yo estoy conmigo. Lloro, no sé por qué. Un corredor observa, no sabe qué decir. Me conecto los audífonos, bailo sola. Me centro. Al grito de ¡180! nos juntamos los que llevamos cinco días en esta locura. Fotos van y vienen. Gritamos. Saco mi pequeña bandera. Por primera vez está Colombia en la carrera.

Hoy es Elisabeth quien me presta un bastón. Salimos tarde, y el sol de mediodía pega duro. Para variar, dunas. Me invento un canto: suba duna, baje duna, coma duna, escupa duna. Avanzo. Creo ver un pozo de agua. Espejismo: es arena brillante.

Verifico que mi cabeza esté húmeda. Ya no quiero saber nada de barras, nueces, hidratante, pero me obligo a hidratar y a comer. Sigo sola, canto, susurro, río de mí.

Después de 20 kilómetros, ¡por fin! Tierra firme. Cojo ritmo. Empiezo a contar para mantenerlo: 1.001, 1.002, hasta 2.000 y repito. Enumero los años de nacimiento de toda mi familia. Intercalo cronología. 1900: guerra de los Mil Días, 1905, nació mi abuelita, 1914: Primera Guerra Mundial... Tengo ocupada a la mente para que no me hable de lo que no quiero oír. Aún no se ve Palo Blanco, la meta; ni siquiera sé qué estoy buscando, solo sigo las señales.

Faltando un kilómetro aparece Richie, viene a mi encuentro. Decido apretar el paso, acelerar, entregar lo que me queda. Va mi bandera en la mano izquierda. El pecho se abre y cierra como si se hubiera vuelto de arena. No pienso. Cierro los ojos. Levanto los brazos. No sé quién me pone la medalla. Alguien me abraza, y encogida en su pecho lloro. Es Guillermo, de la organización, quien me acoge. Corrí 180 kilómetros, me dejé fluir, supe darle a la mente su mejor papel en este desafío. Me alegra dejarme ser la exploradora que soy y seguir explorando lo que tengo más a mano: mi propio ser. Toda comprensión es una victoria. He aquí la mía.

ADRIANA DÍAZ
Especial para EL TIEMPO

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