Juan Pablo Gutiérrez, líder social que fue amenazado por defender los pueblos indígenas - Gente - Cultura - ELTIEMPO.COM
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Intentaron asesinarme y así fue como salí vivo de milagro

Mi nombre es Juan Pablo Gutiérrez, fui amenazado por defender los derechos de los pueblos indígenas.

#CómoSalíDe

Tuve que estar escondido en diferentes lugares para proteger mi vida. El no poder regresar a mi casa ni a mi trabajo fue muy duro.

Foto:

Juan Pablo Gutiérrez

24 de julio 2018 , 11:59 a.m.

Hay dos cosas que nunca he tenido en mi vida: plata y miedo. Siempre he pensado que el problema en Colombia no son los pocos malos y corruptos, sino los muchos buenos que por indiferencia no hacen nada. Esos eternos pasivos que solo critican y esperan que las cosas cambien por arte de magia.

Creo que en cierta medida las razones que me hicieron salir del país demuestran que se está haciendo un buen trabajo, que se están tocando fibras y molestando a la contraparte.

Aunque, como leerán en este artículo, defender los derechos humanos no ha sido una tarea fácil, creo que vamos por buen camino y esa es para mí una razón suficiente para seguir luchando, mantenerme motivado y no desfallecer. 

De donde vengo yo
#CómoSalíDe

Amo a mi país, su belleza, su gente y al mismo tiempo soy un defensor de sus derechos y de su dignidad.

Foto:

Juan Pablo Gutiérrez

Nací en un país único en el mundo, en un paraíso terrenal por la calidad humana de sus habitantes, por su extraordinaria riqueza étnica y cultural, por su inigualable belleza geográfica y por su deliciosa comida. Fue ahí, en Colombia, bajo el fresco susurro de los vientos andinos que mis padres decidieron llamarme Juan Pablo Gutiérrez hace 36 años.

Me gusta la salsa, el joropo y el vallenato. Me encanta tomar salpicón en días de calor ardiente, compartir sin limites con todo el mundo y escuchar hablar a los abuelos por largas horas. Soy hijo de la serenidad de los Andes, de la frescura de los páramos, de la fuerza de la selva, de la intensidad del desierto y de la suntuosidad de los llanos.

Debo escribir estas líneas desde Francia, lugar al que tuve que migrar desde hace un año

Me fascina dormir con el sonido de la lluvia y despertarme con el canturreo de los grillos, soy un colombiano amante de la vida, del buen vivir, del diálogo intercultural y sobre todo fan número uno de mi abuela Lelia, una diosa Pijao salida de las entrañas del sur oriente tolimense.

Amo a mi país, su belleza, su gente y al mismo tiempo soy un defensor de sus derechos y de su dignidad, es por esta última razón que debo escribir estas líneas desde Francia, lugar al que tuve que migrar desde hace un año.

Antes de las amenazas
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Trabajé con la agencia Magnum Photos, la UNICEF y Amnistía Internacional.

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Juan Pablo Gutiérrez

En Francia ya había tenido la oportunidad de vivir, de 2004 a 2012, como estudiante universitario. Allí logré consolidar una bella carrera como fotógrafo de campañas en defensa y promoción de los derechos humanos, trabajé con la agencia Magnum Photos, la UNICEF y Amnistía Internacional.

Además, tuve la oportunidad de hacer proyectos de corte humanista en el Tíbet, Mongolia, Nepal, India, Birmania, Pakistán y Malasia. Fue gracias a lo visto y aprendido en esos viajes que me motivé a volver a Colombia totalmente convencido de que mi lugar estaba allí, resuelto a aportarle a la construcción de una sociedad justa, incluyente y en paz, desde las bases.

Desde el 2012 me vinculé a la Organización Nacional Indígena de Colombia – ONIC- una de las más enriquecedoras experiencias de mi vida. Trabajamos visibilizando la campaña sobre Pueblos Indígenas en riesgo de exterminio; si, en Colombia la mayoría de Pueblos Indígenas están a punto de desaparecer.

Frente a eso denunciamos el abandono estatal, la violencia extrema de paramilitares, guerrillas y esos otros actores del conflicto que están interesados en despojar a los indígenas de sus tierras por las riquezas que albergan.

Desarrollamos campañas de hermanamiento con celebridades sensibles a nuestra causa que se convirtieron posteriormente en embajadores para visibilizar nuestros mensajes. Viajamos desde la Guajira hasta el Amazonas y desde la selva del Choco hasta las llanuras de la Orinoquía conociendo la durísima realidad de la verdadera Colombia.

Nunca olvidaré la estremecedora sinfonía de llantos de los niños del Pueblo Indígena Tsiripu, en el Casanare, quienes hambrientos y totalmente olvidados, suplican cada noche a través de desgarradores lamentos algo de comer a sus impotentes padres.

Tampoco olvidaré a los Nukak Makú, el ultimo Pueblo Indígena nómada de Colombia, patrimonio étnico y cultural del mundo, condenado al exterminio a causa del desplazamiento forzado al que fueron sometidos hace 30 años en las selvas del Guaviare.

Y mucho menos al Pueblo Indígena Yukpa, mi pueblo guerrero, que lucha en la actualidad por no perder más su territorio ancestral, ya que el 75% le fue usurpado en el pasado y lo poco que les queda es codiciado por algunas empresas multinacionales que buscan explotar sus recursos naturales.

Esa oportunidad de trabajar directamente desde las comunidades me convenció aún más de lo afortunados que somos como sociedad al contar con una riqueza representada en más de 102 Pueblos Indígenas diferentes, cada uno con su propia cosmovisión, cultura, manera de interpretar los fenómenos del mundo e incluso con 64 lenguas nativas vivas. Un patrimonio humano, étnico y cultural, exclusivo en 'tiempos modernos', que está a punto de desaparecer frente a los ojos de todos nosotros.

Me di cuenta que los indígenas solo son considerados en contextos donde se necesita 'sacar pecho' para mostrar la belleza cultural del país, para resaltar el 'exotismo' o el 'folklore' nacional. Sin embargo, más allá de la foto, la mayoría están hundidos en la miseria absoluta, son las principales víctimas del conflicto armado y están cotidianamente sometidos al racismo interno heredado de tiempos de la conquista.

La cosecha de varios años de trabajo en la ONIC dio bellos frutos gracias a las personas, sectores y organizaciones que se sumaron a nuestras campañas. Logramos posicionar la agenda de los Pueblos Indígenas colombianos tanto nacional como internacionalmente y sobre darle la palabra a los que nunca la habían tenido.

Sobrevivir a un atentado: la vida como milagro
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Sigo trabajando por la causa y estoy seguro que volveremos a vernos.

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Juan Pablo Gutiérrez

Paralelamente, como suele pasar en Colombia, los enemigos del diálogo también se manifestaron a través de amenazas en las que me 'invitaban' en una primera instancia a irme “del país y a dejar de joder con los indígenas, declarándome objetivo militar”. 

Inicialmente no le di la suficiente importancia y seguí con mis proyectos, en ese entonces enfocados en prevenir el reclutamiento forzado de jóvenes indígenas a través de la creación de oportunidades directas para salir adelante. Al año siguiente,  decidieron cumplir su 'invitación' e intentaron asesinarme en Bogotá, atentado del cual salí vivo de milagro.

Estuve muy cerca de irme del país, fue una de las etapas más duras de mi vida. Vivía con un sentimiento de injusticia y de impotencia por verme en esa situación a causa de exigir el respeto de los derechos humanos y reivindicar el derecho a la vida digna.

Tuve que estar escondido en diferentes lugares para proteger mi vida. El no poder regresar a mi casa ni a mi trabajo fue muy duro. No obstante, el otorgamiento de medidas de protección por parte de la Unidad Nacional de Protección me dio la oportunidad de seguir caminando por los Pueblos Indígenas, con mucha más prudencia.

Dejé de visitar territorios y me dediqué a trabajar directamente en la ONIC desde la capital. Bajé el perfil, me concentré en consultorías para ONG y en diferentes proyectos. Un año después llegó a mi vida mi hija, el ser más bello y maravilloso que me ha dado el mundo. Todo eso me hizo relativizar aún más la situación y ser más moderado en mi trabajo.

En ese momento estaba concentrado casi de lleno en la pedagogía alrededor de la importancia de la reconciliación, el diálogo y el perdón en el marco de la firma del proceso de Paz entre el Gobierno y las Farc.

Paradójicamente, cuando creía haber logrado armonizar mi vida, recibí para mi sorpresa una nueva amenaza a través de un panfleto recordándome la 'invitación' a irme del país, con el agravante que esta vez mi familia estaba incluida. Sin dudarlo tomamos la decisión de irnos. Quince día después mi familia estaba en Francia y yo llegué un mes después tratando de dejar todo 'organizado'.

Para mi sorpresa una nueva amenaza a través de un panfleto recordándome la 'invitación' a irme del país, con el agravante que esta vez mi familia estaba incluida

Es así como tuve que salir de Colombia, cambiando radicalmente de vida, dejando mis raíces, mis amigos, el grueso de mi familia y mi corazón. Añorando con más fuerzas que nunca el salpicón fresco en días de calor intenso, el olor a bosque húmedo, la suntuosidad de los Andes y las deliciosas siestas con mi abuela.

El estar de nuevo en Francia, ya no como estudiante sino arrojado por el destierro, ha sido una gran prueba que sobrepaso gracias a la oportunidad de ver crecer a mi pequeña tranquila, alegre y en paz.

Como líder social tengo claro que la causa de la dignidad humana será siempre mi camino y solo seré digno de gozar de mis derechos hasta cuando los niños Indígenas del Pueblo Tsiripu en el Casanare se duerman con la barriga llena, cuando los Nukak puedan retornar tranquilos a su territorio ancestral y cuando los Yukpa se liberen de la zozobra y la incertidumbre de perder su territorio ancestral.

Mis lecciones
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Retrato de una niña Nukak Maku hecho en la selva del Guaviare.

Foto:

Juan Pablo Gutiérrez

1- Durante este camino he entendido que defender los Derechos Humanos es proteger la vida y por eso debemos valorar a los líderes y defensores que están haciendo esa gran labor.

2- Los colombianos debemos abrir nuestros corazones y dejar a un lado las banderas políticas que nos separan para encontrarnos en lo fundamental, en lo humano. Para compartir, reír y construir solidariamente un proyecto de sociedad común que nos beneficie a todos.

3- Tenemos que dar el paso y suprimir la noción de 'otros' por la de 'nosotros' para lograr vernos como una unidad, como cuando juega la Selección.

4- El sentimiento de derrota y de frustración solo prosperan cuando uno decide bajar los brazos, cuando uno se da por vencido y decide no continuar. El hecho de verme forzado a salir del país representó una oportunidad para valorar aún más Colombia y seguir trabajando por su dignidad con más fuerza.

JUAN PABLO GUTIÉREZ
FOTÓGRAFO Y DEFENSOR DE DERECHOS HUMANOS
*Este texto contó con la edición, construcción periodística e investigación de DIANA MILENA RAVELO MÉNDEZ, @DianaRavelo, periodista de ELTIEMPO.COM.

Si quiere compartir su testimonio con nosotros en la sección #CómoSalíDe puede escribirnos al correo diarav@eltiempo.com. Todas las historias son valiosas para este espacio.

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