Historia de una mujer gay que cría a su hija con su esposa - Gente - Cultura - ELTIEMPO.COM
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Soy mamá, tengo una esposa y una hija; este es el mundo que amo

Esta entrega de #MensajeDirecto es el regalo de cumpleaños de una chica a la mujer de su vida.

Mensaje directo

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Ilustración de María Paula Cardona

Por: Sharkie*
30 de octubre 2018 , 11:30 p.m.

Ya la conocía en mis sueños. En mi pensamiento la sentía mía y aún no habíamos tenido el primer contacto. Es algo que no se puede explicar con palabras, esa sensación de conexión con otra persona. Sientes que la conoces de hace mucho, quizá de vidas pasadas.

Solo le pedía a Dios, al destino o a la teoría de la causalidad, que todo jugara a mi favor y que en algún juego azaroso del destino pudiera conocerla. Solo necesitaba eso.

En cada salida a la calle estaba presente la vaga ilusión de tropezar con ella o que algún amigo pudiera hacerme el favor de mi vida y ayudar a esta traviesa a que coincidiéramos.

Muchas veces estábamos en el mismo lugar, pero ella ignoraba mi existencia. Pero un día, luego de muchos meses, ocurrió. Nos presentaron en un sitio concurrido donde las luces y tragos eran protagonistas.

Improvisé una reacción de sorpresa cuando supe que ya tenía pareja. Lo intuía pero no me importó. Mi primera intención era ser visible para ella.

Ese mismo día del primer encuentro un grupo de amigos quedamos de ir a playa. Ya me imaginaba que sería una ocasión perfecta para conversar y conocerla. Conté las horas para verla.

Al día siguiente, ella iba conduciendo su carro. No sé si fue casualidad o una estrategia, pero me senté en el asiento de atrás y le clavé la mirada en el retrovisor. Ella respondía y sonreía. Reafirmé que todo tenía sentido.

Almorzamos frente a frente y el júbilo y desorden de los que nos rodeaban no fue distracción para nuestro juego visual. Ese día hablamos de nuestros gustos, profesiones, un poco de todo. Teníamos ese afán característico de quienes se gustan por querer saber más del otro, por encontrarnos en los gestos, en las causalidades.

Cada palabra que decíamos hacía que nuestro gusto aumentara: teníamos la misma edad, éramos del mismo signo (Escorpión) y nos gustaba el Real Madrid. También disfrutamos nuestras diferencias, como su gusto insuperable por los animales y mi apatía crónica hacia ellos.

Intercambiamos nuestros números de teléfono y desde ese momento comenzaron los mensajes cifrados en el BB PIN. Eran conversaciones incesantes, llamadas interminables, cada día nos gustábamos más. Pero, claro, había una sombra en todo esto: su pareja.

No necesité que me lo dijera ni que me obligara a mantenerlo en secreto. Lo que empezaba a germinar entre nosotras era tan real, tranquilo y sublime que no queríamos ninguna contaminación.

Su pareja, por lo que yo podía intuir, era una de esas personas egocéntricas difíciles de dejar. Nunca lo supe. Quizás me vendí ese discurso interno para que mis principios no me derrotaran. Estaba con alguien que tenía pareja, pero ese alguien era perfecto. Era mi alma gemela y yo lo sabía.

Como toda relación tuvimos declives, tenía momentos en que me daban crisis por no poder tener una relación normal. Nos escondíamos doblemente, tanto por ser gays como por la relación que ella llevaba en ese momento. No voy a mentir, era algo muy desgastante pero decidí dejarme llevar. Siempre tenía ese presentimiento mágico de que estábamos destinadas a ser.

Si el amor que das es puro y desinteresado, el destino siempre te regalará una segunda parte. Tú eres mi recompensa. Este escrito es mi regalo de cumpleaños. Te amamos.

Pero como todo se sabe, un viaje de ella a Miami fue el escenario perfecto para que su pareja encontrara entre sus pertenencias las cartas, peluches y afiches que en el transcurso de nuestros encuentros yo le había regalado.

Así que eso, más el afán repentino de mi papá porque despegara profesionalmente y me fuera a la capital, fueron el escenario perfecto para que pusiéramos el primer punto final a esta historia.

Ambas éramos conscientes de que estábamos en un punto crítico de nuestra relación. A mí me pasaba factura ser la tercera en discordia y también saber que desde el sufrimiento y el engaño a alguien no se puede cimentar una relación madura y linda. A ella la invadían el temor y la inestabilidad emocional que sentía.

Con todo eso a cuestas, decidimos que era mejor que yo emprendiera mi huida y que ella, por su lado, intentara mejorar y enmendar las cosas con su pareja. Fue la decisión más sabia que tomé a mis 22 años, porque fue un factor determinante para no cosechar rencores ni odios y para que nuestro amor quedara intacto.

Medio vacía

Tuvimos contacto esporádico durante un tiempo pero, empujada por la tusa y la soledad, decidí irme a la capital a probar suerte.

Empecé a trabajar en una entidad del estado con buena remuneración económica, lo que me permitía viajar seguido a mi ciudad de origen. Pero esos viajes repentinos en realidad eran mi excusa para ver si un día me encontraba con ella. La calle podía ser el espacio para verla de nuevo y sonreír. Por eso salía a forzar un destino que nunca más me permitió cruzármela.

Nunca dejé de sentir cosas por ella, pero el tiempo al final, sana las heridas. Crees sentirte lista para iniciar una relación y en esa falsa tranquilidad que me vendí, empecé a salir con un hombre.

Él me brindó justo lo que en ese momento necesitaba: atención, distracción y seguridad. Pasamos momentos lindos, viajamos mucho, nos encanta comer y tomar vino. Era uno de nuestros planes favoritos. Todo parecía perfecto aunque en muchas ocasiones sentía la ausencia de ella. Me hacía falta. Era la pieza que me completaba.

Así que poco a poco retomamos el contacto, aunque solo por teléfono. En ocasiones ella me llamaba o yo a ella y todo cobraba vida. Ambas nos dábamos cuenta de eso. Si había dos llamadas en una semana, ya sentíamos que todo se reactivaba. Pero por instinto, por cobardía o por ambas, alguna de las dos se perdía o sacaba alguna excusa para no continuar con esas llamadas que nos alimentaban las esperanzas.

En medio de cada llamada y de cada huida, la vida continuaba. Y un día, cuando creía tener todo en calma y bajo mi control me entero que estaba embarazada. Lo mantuve en secreto por varios meses por el miedo profundo que me daba que ella se enterara, pero fue inevitable.

Por varios comentarios se enteró, pero no lo creía. Mandaba a sus amigos a preguntarme para corroborar la información, pero no lograban confirmarla.

Un día, supongo que cuando reunió el suficiente valor, me llamó. Los primeros minutos parecía una llamada muy normal. ¿Cómo estás? ¿Qué tal el trabajo?, en fin. Y así como cuando se necesita resolver algo de lo que depende la vida, a quemarropa, me lanzó la pregunta sobre mi embarazo.

Sí, respondí con un tono que quería parecer seguro, pero resulto tajante. Hubo un silencio sepulcral. Las siguientes palabras que me dijo fueron las que por años quise escuchar: Me voy a trabajar a la capital.

Esa noticia que esperé y forcé durante dos años, llegó en el peor escenario posible para mí: yo estaba en una relación y además embarazada. Es la prueba más fehaciente de que la vida se burla de nuestros planes, nos prueba y nos manipula a su antojo.

En efecto, su estancia en la capital era una tentación constante porque vivía y trabajaba muy cerca de mí. A pesar de su silencio inicial sobre el embarazo, su actitud después fue de total aceptación y comprensión.

Volver a encontrarnos fue evidenciar que nos seguíamos viendo con el mismo amor y ternura de siempre.

Mi embarazo fue muy complicado. Tuve muchos cambios hormonales, de temperamento y mi pareja, el padre de mi hija, hizo lo que suelen hacer muchos hombres: buscarse otra mujer.

Aún con todas esas aflicciones, el parto ya cerca y mi vida personal contaminada, ella se acercó a mí. Con dulzura y el lento andar de quien ama bonito, se adueñó de mi caos y me acogió con su amor.

Mi situación con el papá de mi hija empeoraba cada vez más. En un acto de valentía o de locura, nunca he decidido cuál pesó más, “mi conejita”, como le digo cariñosamente, me propuso que iniciáramos una relación. Mi primera respuesta fue reírme. Me miré de pies a cabeza y le dije que me mirará, que se diera cuenta de mi situación.

Ella, más consciente, menos orgullosa, con su habitual y hermosa insistencia, logró sacarme el mejor sí que he dado en toda mi existencia, el que nos cambiaría la vida.

Así como me la cambió ser mamá. Ese milagro de dar vida me hizo prometer ser fiel a mis sentimientos. Después de tener a mi bebé me di cuenta de que solo se debe ser feliz sin importar lo estúpidamente aceptado, y que creciera en un ambiente de amor, respeto y tolerancia.

Nunca sentimos que iniciamos una relación, simplemente continuamos lo que había quedado en el aire años atrás. Nos fuimos a vivir juntas y así, como me lo imaginé desde el momento en que la vi, enfrentamos cada obstáculo de a tres. Mi hija, ella y yo son el mundo que siempre quise habitar.

Si el amor que das es puro y desinteresado, el destino siempre te regalará una segunda parte. Tú eres mi recompensa. Este es mi regalo de cumpleaños. Te amamos.

Sharkie*
*Nombre cambiado a petición del autor

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