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‘Bogotá era una ciudad gris que no entendía el color’: Pepa Pombo

La diseñadora bogotana ha escrito un capítulo de la moda nacional. Inaugura Colombiamoda.

Pepa Pombo

Gran parte de la originalidad de los diseños de Pepa Pombo radica en que ella misma diseña y construye sus propias telas para hacer las prendas.

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Paloma Villamil

23 de julio 2017 , 09:57 p.m.

El miércoles 17 de mayo pasado, Pepa Pombo no aguantó la emoción y los ojos se le llenaron de lágrimas. No podía creer que por fin su nombre estaba allí, en la lujosa tienda Bergdorf Goodman, en la Quinta Avenida de Nueva York. Era el día de la inauguración oficial de la 'pop up store' (tienda efímera) que incluía sus creaciones.

“Es que estaba junto a los diseñadores de verdad, entre Balenciaga y Prada, imagínate”, dice la diseñadora.

Estar ahí, en Saks Fifth Avenue o en Neiman Marcus, las grandes tiendas de lujo de la Gran Manzana, que se destacan por vender diseño, originalidad y exclusividad, había sido un sueño desde hacía muchos años y, aunque ya había hecho algunos intentos, pensó que se iba a morir sin hacerlo realidad.

“Yo llamaba y llamaba a Saks y me contestaban que ellos no recibían cosas hechas a mano porque la parte del revés era horrible y llena de nudos, y que eso no les interesaba. Rogué y rogué, hasta que al fin me recibieron. La señora que me atendió me dijo que lo hacía casi que por lo cansona. Ese día me fui con una chaqueta mía puesta al revés y ella me dijo: ‘Dele la vuela para ver los nudos’, y yo le dije: ‘Este es el revés’. Me hizo sentar y, al final, me pidió 3.000 prendas. Me volteo y le digo: ‘Señora, ¿usted cree que me alcanza la vida para entregarle su pedido?’. Y me fui. Entonces les tenía pánico a esos almacenes con pedidos en esas cantidades”, cuenta Pepa.

Pero finalmente lo logró y la invitación que le hizo Bergdorf Goodman por 15 días se extendió un par de semanas más. Ellos eligieron unas 80 prendas de sus tres últimas colecciones para ofrecérselas a su selecta clientela. Gustaron. Se vendieron.

Nuevamente se reconocía el diseño, la calidad y originalidad de su producto.

Alcanzado este logro, todos le preguntan a Pepa: “¿Qué sigue?”. Esta pregunta le ha hecho recordar una tarjeta que compró hace muchos años en la librería de Samborn, en México, que decía: “Después de haber vivido, de haber tenido, de haber perdido, de haber ganado, de haber luchado, de haber llorado, de haber reído… ¡al fin te encontré!”. Y al abrirla, agregaba: “¿Ahora qué?”. “Y así estoy yo, mijita”, dice Pepa.

Así es: Pepa Pombo ha triunfado; ha estado a punto de tirar la toalla; ha desfilado en pasarelas y ha participado en ferias de moda en París, Moscú, Río de Janeiro, Italia, España, Estados Unidos, México; ha vendido sus prendas en casi todas partes del mundo, ha abierto y cerrado tiendas en varias ciudades de América Latina; montó dos fábricas... En fin, han pasado muchas cosas, y una permanece: el estilo único de sus prendas, la originalidad de sus diseños, el ADN de su marca, que nació en 1978.

“Pepa fue pionera en una técnica que no se hacía en tejido de punto, construyendo sus propias fibras, con un trabajo muy artesanal que definió su estilo desde el principio, que era muy diferente a todo lo que se hacía, a otro tipo de propuestas hechas con telas”, comenta la periodista Pilar Luna, experta en moda y directora de contenidos de Código Malva.

Sus confecciones no tienen costuras ni remates, sus diseños son doble faz, teje con cintas de seda sin cortes y elabora con delicadeza los bordados y aplicaciones.

“Pepa fue la primera diseñadora que incursionó con las manualidades ancestrales de nuestro país, ella comenzó con los telares entretejiendo las sedas con las lanas,
creado un estilo propio que ha evolucionado coherentemente, ahora también con la incursión de su hija Mónica (Holguín)”, comenta la especialista en moda Pilar Castaño.

“Ella ha sabido conservar la originalidad de sus tejidos, a tal punto que no hay posibilidad de que la copien”, agrega la periodista de moda Consuelo Gaviria.

El arte en las manos

Los textiles han atraído a Pepa Pombo desde pequeña. “Toda la vida me han fascinado las texturas. En el colegio tejía y tejía; siempre me daban el primer premio en labores y mención en religión, nada en matemáticas ni ciencias”, dice la diseñadora con esa jocosidad con la que sabe cautivar a su auditorio. “Cada vez que llegaba a un sitio tocaba el mantel, el saco del señor, el pantalón de la señora y mi mamá me regañaba porque eso era de mala educación”, agrega.

Pintar, tejer, bordar, coser, todas las manualidades le gustaban. “Ella tenía el arte en sus manos, pintaba muy bonito, destacaba en labores, siempre fue muy artística”, confirma Geny de Alberti, su amiga de infancia y compañera de pupitre en el Colegio de los Sagrados Corazones Belén, en Lima, la ciudad a la que la familia de Pepa llegó cuando ella tenía 5 años. “Todavía, ella te pone la mesa al detalle; así estemos en confianza, ella lo hace divino”, agrega su amiga.

Con esas habilidades, desde joven ya se hacía sus propias cosas para verse distinta a las demás; ser la diferente del grupo, más que acomplejarla, la hacía sentirse especial. “Mis amigas me preguntaban ‘¿dónde conseguiste eso?’. Yo lo tejí, yo lo hice, yo lo cosí, les contestaba”, recuerda Pepa.

Sin embargo, a la hora de elegir carrera no pensó en el diseño de modas ni cosas por el estilo, sino en bellas artes. “Pero mi papá me dijo: ‘Hija, bohemia no’ ”. Eso no la detuvo: comenzó a dar clases de pintura a niños en el garaje de su casa para pagarse la carrera en la Universidad de Los Andes de Bogotá, ciudad a la que regresó con su familia cuando tenía 16 años.

Ahí ya mostró su talante de empresaria, porque pronto montó su academia de pintura. “Ella siempre ha sido una emprendedora recursiva. No se vara. Se pagó sus estudios, pero ya desde el colegio hacia ponqués para vender. Es muy hábil para los negocios”, comenta su hermano y socio José Pombo, quien lleva 37 años administrando la empresa.

“Mis compañeros eran María Paz Jaramillo, Luis Caballero, Elena González, María Eugenia Cárdenas, un grupo de muy buenos pintores. Pero la carrera cambió a los dos años y yo me fui por el lado de textiles”, dice Pepa. Allí conoció a Olga de Amaral, que fue su profesora y una gran influencia para ella.

Pero no abandonó la pintura: “Pasaba horas pintando, me daba rabia que me llamaran a almorzar”, anota. Recuerda que la famosa crítica de arte Marta Traba, en alguna nota, le dedicó unas líneas: “Decía algo así como que acababa de conocer a alguien con mucho futuro”, cuenta Pombo.

La academia creció, dio clases en el Gimnasio Moderno y montó su propia galería en el norte de Bogotá. “Solo tenía cosas mías: además de los cuadros, diseñaba joyería, cinturones, bufandas, los primeros chales de macramé que se exportaron a EE. UU., cosas vinculadas con el arte”.

La parte de moda comenzó a primar sobre la pintura, a pesar de que el mercado bogotano no fue fácil de conquistar. “Cuando volví a Bogotá, vi una ciudad oscura, muy de invierno. Yo no sabía qué era la lluvia, porque en Lima nunca llueve y cuando vi la primera y los rayos me asusté. Yo pensé ‘a esta ciudad hay que ponerle color’. Mis diseños lo tenían, así como texturas y mezclas distintas, pero acá la gente no lo entendía muy bien. Era la época del blazer azul, el pantalón gris, la camisa de rayas”, comenta Pepa.

Un día, un señor me paró y me preguntó por algo que llevaba puesto; le conté que yo lo hacía y me dijo tráigame cosas, yo le compro. Era el director de Palacio del Hierro

En cambio, en México, a donde viajaba con cierta frecuencia, admiraban mucho lo que se ponía y les llevaba a las amigas. “Y un día, un señor me paró y me preguntó por algo que llevaba puesto; le conté que yo lo hacía y me dijo tráigame cosas, yo le compro. Era el director de Palacio del Hierro, las tiendas de lujo mexicanas. Por ahí comencé allá”, recuerda la diseñadora.

La acogida fue total. Hizo vestuario para producciones de Televisa, desfiles, montó su tienda y recibió reconocimiento internacional. “Vestí a María Félix, a Daniela Romo; Elizabeth Taylor era buena clienta, Jacqueline Kennedy también. Ahora, Eva Longoria y Amal Clooney usan cosas mías”, dice.

Ante el éxito, se fue a vivir allá para expandir el negocio. Porque como ella misma dice en su sentido práctico: “A mí me gustan los aplausos, pero me gustan más los cheques. Puedes hacer bellezas, pero si no se venden, no tiene sentido”. Y allá todo se vendía. O como una vez que le preguntaron qué la movía a la hora de diseñar, y con su buen humor respondió: “El agua, la luz y el teléfono, los recibos que hay que pagar”.

Gran parte del sello de Pepa Pombo se debe a que ella lo hace todo, empezando por la base textil.
“Desde chiquita me acuerdo que si alguien llegaba a venderle fibras, mi mamá le decía tráigame lo que nadie ha querido comprar, lo más feo, porque le aterraba tener lo mismo que otros, así lo hubieran comprado Valentino o Armani”, cuenta su hija, Mónica Holguín, hoy directora creativa de la marca.

“No sabría qué hacer con una tela que me traigan hecha, por qué no sé cuántos hilos tiene, qué torción le han hecho. Me sentiría haciendo algo que no es mío, copiando a alguien”, dice Pepa.

Por eso desde el comienzo, montó su propia hilandería en Bogotá, donde transforma la materia prima, la mezcla, la tiñe a su antojo,
en un constante proceso creativo y de innovación, junto con Mónica. Desde esa fábrica y otra que tiene en México, surte con sus diseños las dos tiendas que tiene en Bogotá, la de México, la de Guatemala (una franquicia), las tiendas multimarca en las que está presente en otro países y la venta on line. Y así vive, entre México y Colombia.

El gen dormido de la pintura

Así que trabajo tiene para rato. No piensa en el retiro, pero cada vez le gusta más la idea de que su hija Mónica Holguín esté al frente de la dirección creativa de la marca, porque eso le ha permitido dedicarle tiempo a lo que más le gusta en estos momentos de su vida: ser abuela. “No quiero ser nada más. Mis nietos me han cambiado mis prioridades, mis horarios, mis actividades”, dice.

Con Valentina, de 11 años; Mateo, de 8, y Joaquín, de 2, juegan a la oficina, a hacer mercado, hacen cuevas con cobijas, brincan en la cama, colorean… “todo lo necesario para mantenerlos alejados del celular, del computador, del televisor”, dice la diseñadora.

Tal vez cuando ellos ya no le pongan tanta atención, se permita despertar el gen de pintora. “Siento que me he frustrado por ese lado. He tenido ganas de volver a pintar, pero para eso necesito mucha concentración, no hacer nada más”.

Una dupla exitosa con su hija Mónica Holguín

Aunque Mónica Holguín prácticamente creció en el taller junto con su mamá y también es diseñadora textil, trabajar juntas se dio de una manera casual, cuando ella ‘salvó’ a Pepa. “A mí se me había borrado un desfile que tenía y faltaba un mes para eso. Yo venía de Italia y seguía para México, y le dije a Mónica que pasara por el almacén y lo vaciara para llevar eso a Panamá. Ella, que es muy estricta, me dijo que no podía desfilar con lo que estaba en venta, que ella se encargaba, que nos veíamos en Panamá. Y allá llegó, un mes después, con una colección completa, que yo ni había visto”, cuenta Pepa. Le gustó lo que vio y más cuando la colección se vendió toda. “Ese día le dije: ‘Tienes que trabajar conmigo’ ”. Eso fue ya hace 16 años.

La llegada de Mónica ha traído nuevos colores y siluetas a la marca, y procesos industriales, aunque las prendas siguen teniendo muchos acabados artesanales.
“Mi mamá, dentro de su gran generosidad de delegar, lo ha hecho con amor y paciencia, y me ha permitido ser, me ha dejado imprimirle a la marca cosas mías como la funcionalidad de las prendas, la idea de las prendas reversibles, que ya hoy son parte del ADN de Pepa Pombo”, dice Mónica.

“Mónica tiene una parte creativa muy clara, la forma como balancea las cosas es muy precisa. Yo confío plenamente en ella”, remata Pepa.

Este lunes - 24 de julio- , este trabajo conjunto se verá en París de Asia, la colección que prepararon para la apertura de Colombiamoda.

NATALIA DÍAZ BROCHET
Editora de EL TIEMPO

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