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Barbisio Colombia, los sombreros que usan famosos como Bruce Willis

La clásica marca cumple 50 años. Fue comprada en el país por la familia Lacorazza-Stella.

Barbisio Colombia llega a los 50 años fabricando sombreros para medio mundo

Sombreros gardelianos, vaqueros, tipo Charlot o estilo Carlos Pizarro, es amplia la gama de este atuendo que no pasa de moda.

Foto:

Archivo / EL TIEMPO

Por: René Pérez
10 de abril 2019 , 09:15 p.m.

Pablo Lacorazza se tomó toda la lentitud del mundo para aspirar con pasión el aire tibio y oloroso a huerta que paseaba por el pueblo, y entonces pensó que ese mismo aire fue el que respiraron por última vez sus abuelos a comienzos del siglo pasado, cuando decidieron viajar desde allí, desde Montemurro (en el sur de Italia) a Barranquilla. Eran las cuatro de la tarde de un día cualquiera del pasado verano y estaba en uno de los pequeños restaurantes de la piazza en que remata una de las dos calles pavimentadas de Montemurro, precisamente la más empinada, con un 'caffe normale' a un brazo de distancia.

Ya había dado unas vueltas por las callejuelas de este pueblo que desparrama desde la cima de un monte sus techos y paredes con el color propio de los milenios, y también había recorrido, en este encuentro de seis meses con su inmediato ayer, las calles empedradas y recubiertas de una pátina amarilla rústica, la de las pastas, la de los mercatinos de frutas, y probado en cada recodo los vinos ancestrales. Y también se fue al que su padre llamaba el palazzio de la familia: una edificación de tres pisos con enchapes de mármol y antojos barrocos que perteneció a su abuelo Caetano Lacorazza. Escudriñó cada una de sus grietas, de sus resquicios, de su piel de roca y lo primero que se dijo fue: “Como me aseguró papá: ¡Nada ha cambiado!”

Esta no fue la única sorpresa de Pablo Lacorazza en Montemurro: cuando iba a mitad de la misma calle vio a una señora que barría el frente de su casa y quién sabe por qué argucia de la química humana se le acercó para preguntarle lo que fuera. La mujer, antes de escucharlo, le preguntó de dónde venía.

“De Bogotá”, le respondió. Y ella le contestó:

“¡Y yo del Cocuy, Boyacá!”

“¡No puede ser!”, exclamó, y agregó: “¡A casi diez mil kilómetros y me encuentro con alguien del Cocuy! Usted debe ser la única persona en cientos de kilómetros a la redonda que es de esa población”.

Claro, la alegría les quitó el habla por un momento y entonces no se les ocurrió nada distinto de abrazarse, por lo que solo fue hasta más tarde cuando tuvieron la sorpresa definitiva: Se pusieron a sumar y a restar sus apellidos y descubrieron que ella, Carmenza, estaba casada con un señor Francisco Mazzili, que aparte de ser italiano tenía una particularidad: era primo de Hugo Lacorazza, el papá de él, Pablo, y además había trabajado con un tío suyo, Vicente, en Bogotá, a donde viajaba el matrimonio con frecuencia.

Ahí fue el segundo en el que a Pablo Lacorazza se le alborotó de nuevo su viejo plan de atar los hilos de sus apellidos, como corresponde a esta atávica costumbre italiana de darle tejido a la famiglia. Pero además, con la certeza de que al igual que la telaraña, esos hilos convergirían a un mismo centro. En este caso, un nombre que es conocido en medio mundo y aunque no es de su misma sangre ellos lo nacionalizaron, lo colombianizaron. Es más, lo pegaron, sin guion o con guion, a sus apellidos: Barbisio. La legendaria marca italiana de sombreros.

Fue este andar por su pasado el que lo remontó a comienzos del siglo pasado, cuando los hermanos Antonino, Giuseppe, Carmelo y Caetano Lacorazza, como otros muchos paisanos suyos, salieron de Montemurro en un viaje maquinado por desastres naturales. Primero, el terremoto de 1857 destruyó el pueblo y dejó por varios años a su gente en la ruina, y luego un deslizamiento de tierra tapó lo que medio se había recuperado; por último, la mano del hombre incendió el desconcertado Viejo Mundo con la primera Gran Guerra. Con tremenda carga encima, los montemurresis fueron a parar a mundos que nunca habían pensado: Australia, Nueva York, Argentina y Colombia, en el caso de estos hermanos y donde se entroncaron sin haberlo soñado y a cientos de kilómetros con los Stella: Nicolás y sus hijos Nicolás, Carmelo y Sara Magdalena, quienes desde 1898 estaban asentados en Bucaramanga tras cruzar Brasil y Venezuela.​

Muchos dermatólogos recomiendan cubrirse la cabeza por el deterioro de la capa de ozono, que se convirtió en ‘aliado estratégico’ del sombrero

Años más tarde, esa mezcla de sangres intrépidas y decisiones tajantes como son las de la gente del sur italiano afloraron el 9 de abril en Bogotá en una escena desmedida: una turba de desvariados baja por la calle once desde la séptima dando tumbos de ebriedad, con tres y cuatro sombreros encaramados en las cabezas y llevando teas con la que van incendiando, una a una, las sombrererías.

De las decenas que hay, solo queda una: la de Giancarlo y Vicente Lacorazza, nietos de Caetano. De repente, uno de los incendiarios grita, “¡Ahí están los italianos, echémosles fuego!”

Entonces, del centro del torbellino de una humareda espesa por la combustión del fieltro salen el par de hermanos, se paran frente a ellos y les gritan con la fuerza de la ira: “¡Bueno, a ver quién arranca primero… y es con los dos!” La turba se disolvió. Tal como lo recuerda, en presente, Giancarlo, cuyo papá, Nicolás, era hijo de Caetano Lacorazza y Sara Magdalena Stella, matrimonio que enlazó a las dos familias.

Como también recuerda que ambas familias partieron de “cero más cero”. Aunque en poco tiempo levantaron cabeza, valga la oportunidad, con los sombreros. Al punto que durante casi todo el siglo pasado, de sus almacenes salieron los que ciñeron la testa de los personajes tenidos como los más importantes de Colombia, incluidos sus presidentes.

“El más cabezón de todos –le confió uno de sus empleados– era Guillermo León Valencia, y a quien se le consideraba cliente de máxima respetabilidad era a Alberto Lleras Camargo.

La historia de estas dos familias comienza con la llegada a Bogotá, en 1921, de Nicolás y Carmelo Stella para montar el almacén Stella Hermanos y vender sombreros importados de la casa Barbisio (Italia). 15 años más tarde llegan Vicente, Hugo Nicolás y Guido Lacorazza, con quienes se amplía el negocio al fundar los almacenes Florián, Bogotá y Roxy en la calle 11 entre carreras séptima y novena. A los pocos años, la fiebre de los Barbisios entre los bogotanos llega a la cresta: en Semana Santa y diciembre, el gentío era tal que le daba la vuelta a la manzana de esta dirección, y muchos de sus integrantes llevaban un pedazo del paño del vestido para estrenar a fin de que el color del sombrero “hiciera juego con la pinta”.

Casi lo mismo que hacen desde hace un par de décadas los indígenas ecuatorianos Otavalo, que tras las ventas de sus artesanías regresan a su país con este que se les ha convertido en imprescindible atuendo. A la vez que en otra punta, allá en Nueva York, concretamente en Brooklyn, los judíos ortodoxos acompañan sus desordenadas barbas y sus organizados rizos con los Barbisio, que, contrario a lo que se cree, no son importados de Italia a nuestro país sino que son hechos en una ¡fábrica colombiana!

Esta otra historia es así: Por el auge de los sombreros en Colombia a mediados del siglo pasado, la casa Barbisio (en Sagliano –Italia– y con cinco mil trabajadores) envió a su commendatore Leopoldo Gallo para levantar una fábrica. Lo hizo en el barrio Ricaurte con maquinaria y diez técnicos traídos de su país.

Barbisio Colombia llega a los 50 años fabricando sombreros para medio mundo

Giancarlo enseña la excelsitud de un producto.

Foto:

César Araque

A los quince años (1969), la generación de los Lacorazza-Stella ya nacida en Colombia la compró, incluyendo el derecho a la marca, y, como lo hacen las buenas 'famiglie', la mayoría de sus integrantes, todos a una, se vincularon.

De tal suerte que Barbisio Colombia está cumpliendo medio siglo de existencia. Y además abrieron almacenes en todo el país y comenzaron a exportar.
Lo que no es fácil porque la burocracia les pone trabas insólitas. Por ejemplo, les cobran por volumen y no por peso. Claro, los sombreros no se pueden aplastar en las enormes cajas. Pero sí pueden flotar y al mismo tiempo salvar vidas.

Le ocurrió a un carabinero. En un encuentro armado, uno de ellos cayó a un extraviado río de la selva colombiana, donde también el militar quedó extraviado. Su sombrero no. Se fue río abajo y los que lo buscaban lo vieron y así lo pudieron ubicar y rescatar. Claro, el material del sombrero, que en una época se lo fabricaban al cuerpo armado los Lacorazza, tiene esa cualidad, la impermeabilidad.

En 1972, la demanda obligó a diversificar materiales y crearon una sección de telas poliéster, pajas, cuero, nailon. Lo que explica por qué Carlos Pizarro usaba un Barbisio que no era de fieltro. Sombrero que compró en el almacén Roxy de la plaza (¿premonitorio?) Los Mártires y que se constituyó en tendencia. Como el llamativo “gardeliano”.

A propósito, los Barbisio (en todos sus estilos y colores) son hechos con pelo de conejo, importado de criaderos especiales de Europa. Lo que explicaría por qué los magos –no es un chiste– sacan conejos de sus sombreros. Acá, en la fábrica del Ricaurte, operarios de muchos años mezclan las variedades en proporciones “secretas” y luego sigue un intricado proceso industrial dirigido en vivo y directo por Giancarlo Lacorazza. Por cierto, una de las pocas personas que en el mundo domina la técnica de hacer sombreros. Técnica que suma máquinas especializadas y artesanía. Más de lo segundo.

Esta es la gracia que seguramente impactó e impacta a personas como Michael Jackson y Bruce Willis, quienes adquieren sus Barbisio colombianos en el almacén que administra otro Lacorazza (Bruno) en Miami. Pero no son solo ellos. Muchos cowboys, de esos que aparecen en la TV desbaratándose sobre un caballo, tienen la gracia de no soltar su sombrero Barbisio colombiano.

Igual ocurre con los llaneros venezolanos, o con muchos ganaderos chilenos o empresarios guatemaltecos y costarricenses.

Desde luego, en algunos casos, sobre todo en Estados Unidos, los distribuidores le ponen su propia marquilla. Y así “ganan indulgencias con sombrero ajeno”.

Todo lo contrario del escritor Gay Talese, quien hace poco concedió una entrevista al diario español El País con la aclaración de que “lo que va a ver aquí no se lo enseño a todo el mundo”. En el tercer piso de su mansión en Manhattan hay una sucesión de armarios cuyo primer mueble guarda lo que se le ha convertido en su insignia: los sombreros. Y le reveló una verdad que pocos conocen: “Están hechos en exclusiva para mí. Son de Colombia”.

¿Se acabará el uso del sombrero? No, asegura Giancarlo Lacorazza: “Ahora, muchos dermatólogos lo recomiendan debido al deterioro de la capa de ozono, que así, aun con todo lo fatal que es, se convirtió, como dicen ahora, en ‘aliado estratégico’ del sombrero”.

RENÉ PÉREZ
Para EL TIEMPO

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