La vida de la protagonista de la película 'La mujer de los 7 nombres’ - Cine y Tv - Cultura - ELTIEMPO.COM
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'La mujer de los 7 nombres’: vida de una desmovilizada llega al cine

La historia de Yineth Trujillo es una gran lección de esperanza que conmueve y estremece.

Yineth Trujillo

Durante el rodaje, Yineth cambió de trabajo, encontró el amor de su vida, se casó, y hoy quiere seguir estudiando.

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Claudia Rubio / EL TIEMPO

Por: Myriam Bautista
14 de septiembre 2018 , 10:12 p.m.



En este documental colombiano, en coproducción con Aramos Cine, de Argentina, y Señal Colombia, entre otros socios, el espectador informado no se encontrará con nada distinto a lo que ha leído o ha escuchado sobre la vida de una campesina, de cualquier población colombiana, que creció bajo el influjo de la guerra de medio siglo que vivimos y, por fortuna, va quedando atrás.

La novedad, para informados y desinformados, es sin duda que la cruda vida de la protagonista, Yineth Trujillo Verjan, a sus 27 años, da un giro de 180 grados que la convierte en una mujer empoderada y con futuro prometedor.

Yineth Trujillo está cansada de repetir sus desventuras. Por un par de años fue funcionaria de la Agencia Colombiana para la Reinserción (ACR), como promotora de reintegración. Entre las funciones de su cargo estaba la de relatar su vida ante grupos pequeños o grandes y, después, atender todo tipo de preguntas. Ahí fue donde se encontró con los directores del documental, quienes se interesaron por su historia y, sobre todo, por su figura camaleónica y su desenvolvimiento. “Pasaba del llanto a la risa, de la alegría a la nostalgia, con sorprendente rapidez. Su relato era articulado y le fluía”, dice Daniela Castro Valencia, codirectora.

Luego, durante cinco años de preparación del documental, revivió esos episodios ya muy lejanos, pero que le siguen causando dolor, rabia y una tristeza infinita. Por todo esto, ahora, en la campaña promocional de la película ha decidido atender a la prensa, pero sin volver a los sucesos que narra el documental. Quiere hablar de su presente y su futuro. Del pasado, no. Ahí está la cinta.

“Los periodistas, en general, de manera muy respetuosa lo expreso, buscan morbo, amarillismo. Nada más leer titulares o ver programas de televisión en los que el tema del abuso sexual, de las violaciones, de los maltratos, de los abortos son las únicas cuestiones por las que se indaga a las desmovilizadas. No les importa nada más. Como si ese tipo de acciones no las vivieran la gran mayoría de chicas campesinas pobres de este país dentro y fuera de la guerrilla”, afirma con la suavidad y el buen humor que la acompañan.

Infancia, ¿cuál infancia?

Martha Irene, el nombre que le dio su muy joven madre –la tuvo a los 17 años en ese remoto pueblo de Remolinos de Orteguaza, Caquetá, que aparece en su registro de nacimiento– solo lo mantuvo hasta los cuatro años, cuando su padrastro decidió renombrarla como Alba Yineth.

A Alba Yineth no le fue para nada bien.

El padrastro, hombre violento, consumidor de drogas y alcohólico, abusó de ella desde esa edad. Su madre, una mujer bonita y luchadora, no aguantó el maltrato físico, sicológico ni las humillaciones y se fue de la casa a buscar una mejor vida con el propósito de regresar por sus seis hijos cuando hubiera conseguido un oficio o un empleo que le permitiera bastarse por su propia cuenta y quitarle los niños a ese hombre que también ejercía sobre ella violencia de todo tipo.

De ocho años, Alba Yineth se encontró encargada de cinco hermanos, el último de los cuales tenía seis meses. Sí, léase bien: a los ocho años, esta niña era la responsable de dar de comer, vestir, cuidar, atender un hogar con cinco pequeños y un proveedor adulto desalmado.

Tal vez por eso, a los doce años, cuando la guerrilla llegó y se la llevo junto con cuarenta niñas y niños de su vecindad, le pareció que de todos los males, era el menos malo. Ya no tendría que aguantar a sus compañeros de la escuela burlarse de ella por ser la que iba más remendada ni oír que la llamaban “la violada” y “la abandonada”, tampoco aguantar los abusos del padrastro ni las duras jornadas domésticas.

Ahí, en las Farc, la rebautizaron como Yira. Su recuerdo de esos años en la cinta es rápido, y repite que ahí tenía que obedecer, obedecer. Cumplir órdenes sin poder decir ni mu. Se escapó con otra joven como ella, después de tres años. Llegó a Florencia, estuvo en la zona cafetera; y luego, a Bogotá, sin un peso y pasando hojas de vida, sin ninguna suerte. Hasta que encontró trabajo como bailarina, en tanga, en un bar del barrio Kennedy, y ahí se autonombró como Tania.

Alguien le comentó de la existencia de la ACR; los buscó y obtuvo trabajo.

Nueva vida

Rhayuela Cine desarrollaba el proyecto cinematográfico Alias María, la historia de una niña que estuvo en la guerrilla; para tal fin, el director José Luis Rugeles y la subdirectora Daniela Castro entrevistaron a mujeres que vinieran de procesos de guerra, y las buscaron donde trabajaba Yineth.

“Fui la última en dar testimonio. Era muy ausente del tema del cine. No tenía ni idea de cómo era de este mundo. No me cabía en la cabeza cómo estas personas, tan distintas a mí, podían entender mi historia. Tenía prejuicios. Cuando los vi, pensé: ‘¿Qué podrán pensar de lo que les cuente?’. Empecé a compartir mi historia de vida. Una historia muy larga. Fueron dos o tres horas narrándoles de manera muy detallada mis 27 años. Me dieron las gracias y me despidieron. A los pocos días me llamó Daniela y me dijo que quería que nos viéramos nuevamente. Ahí me explicó que había quedado impactada y me proponía un nuevo encuentro con un amigo, también cineasta. La idea era ver si se hacía un trabajo con mi relato. Nunca imaginé lo que sería protagonizar un documental”.

Y llegó a la segunda entrevista. En casa de Daniela, una noche que llovía sin parar, con una cámara y con Nicolás Ordóñez, a quien había convocado para que los dos dirigieran ese proyecto naciente. La charla, mucho más larga y emotiva, de ese encuentro nocturno se convirtió en la espina dorsal del documental.

Para esa época era Yineth Trujillo Verjan. La que aprendió a desnudar su alma. La que con una sonrisa comparte su intimidad sin aspavientos, pero también sin ninguna censura.

“De hecho, siento que hay que saber contar. Mi enfoque era más el de la Yineth de hoy. La que recuperó sus sueños. La que hace un proceso de perdón, de reconciliación. La que sabe salir de las situaciones difíciles. La que no habla de la guerra, sino que se centra mucho en mostrar la apatía de una sociedad, su indiferencia, con esas mujeres, pero también con los hombres que se han desmovilizado, han dejado el fusil y quieren la paz. Somos muy vulnerables. Necesitamos el apoyo efectivo de la sociedad”.

Otras voces

Dentro de esta temática de llevar a la pantalla grande historias de vida de personas comunes, de gente del campo olvidada, está el documental Ciro y yo, de Miguel Salazar, que se vio el año pasado y causó gran impresión no solo en el plano cinematográfico, sino humano. Ciro Galindo, de 65 años, de Coyaima, Tolima, un hombre bueno y sincero que perdió casi todo en la guerra, salvo ser una muy buena persona, fue invitado a muchos programas periodísticos en los que contó esas vivencias suyas y de su familia en medio de la guerra, las que se repitieron durante semanas en las salas comerciales, a donde, por fortuna, están llegando estas narrativas que enseñan esos rostros de las víctimas que siguen en la clandestinidad, como si ellas hubieran sido los criminales.

O la íntima historia Amazona, de Clare Weiskopf, en la cual hace catarsis de la relación con su madre, Val, odiada por muchos y querida por otros tantos, que se podrá volver a ver en los próximos días en algunas salas.

O el documental Don Ca, de Patricia Ayala, que se mete en la vida del payanés Camilo Arroyo, quien abandonó la ciudad hace 40 años y vive en Guapi, en la costa Pacífica, ayudando a jóvenes afrodescendientes.

Yineth hoy y mañana

Yineth tiene dos hijas. Una nació en Armenia y la otra en Bogotá. Durante el rodaje de la película cambió de trabajo, encontró el amor de su vida, se casó, y hoy quiere seguir estudiando.

“Tengo una proyección. Quiero ser conferencista. Amo hacerlo porque es un ejercicio transformador, siento que genero emoción. Esa experiencia te ayuda a crecer, a madurar.
De la primera entrevista en que aparezco en el documental a la última escena pasaron varios años, y cuando lo vi terminado, por primera vez me dije: ‘Eres una berraca’. Creo que para mí fue muy importante recuperar mi parte femenina. Mi expresión era muy masculina. Mis manos, muy toscas y duras, y los pies se me estropearon con esas botas que usé tantos días. Como mi historia no es excepcional, espero que mucha gente se identifique con mi relato y que de ahí surjan muchas posibilidades para otras y otros que, como yo, vivieron, hicieron la guerra sin quererlo”.

El rodaje del documental se hizo con un equipo muy pequeño que se convirtió en su familia, en sus amigos.

“A todas las mujeres que he habitado las he aprendido a querer. Las recuerdo con cariño. Una de las escenas más duras en la cinta fue volverme a poner el camuflado. Y la parte más bonita, volver a vestirme con el vestido de novia con el que me casé, porque fue recordar otra vez esos quince años que nunca celebré”.

El documental se presentó en el Festival de Cine de Bucaramanga, inauguró la quinta edición del Festival Internacional de Derechos Humanos, fue a Argentina, Festival de las Alturas, y va para Estados Unidos y México. Tienen la posibilidad de mostrarlo en esos escenarios, que se multiplican hoy, de cine sobre mujeres, en donde se hace eco de las voces de quienes durante años no se escucharon.

“Yineth nos regaló su historia. Nosotros construimos el relato. Vivimos su transformación constante. No fue fácil el proceso, así haya sido armónico. Yineth venía de un universo enteramente masculino. Le costaba trabajo que yo dirigiera. El cine es una actividad bien piramidal. Fue muy importante contar con una figura masculina de contención. Nicolás Ordóñez, codirector, ni la seducía ni la mandaba en solitario, y por eso logramos que el testimonio, a pesar de lo duro, sea bello. Yineth quería huir de su pasado, ser invisible. Pero era ese pasado lo que la hacía especial. Fue mutando. Durante la película le pasaron muchas cosas: cambió de trabajo, encontró un compañero de vida. Cuando comenzó el proceso era más niña, ahora ha madurado. Pertenecía a un lugar más marginal de la sociedad y ahora vive en uno más tragado por la globalización. Cruzó umbrales para terminar siendo protagonista de un caso de éxito: salir de un lugar donde solo trabajaban excombatientes para otro escenario más amplio”, relata Daniela Castro Valencia, que un día adora la película y otro no la quiere o le gusta menos.

La Mujer de los siete nombres merece ser vista, comentada, estudiada, porque nos muestra a siete mujeres muy distintas, de las muchas que habitan este inmenso país en donde pareciera que ni sus rostros ni sus vidas se quieren conocer. Pero oírlas, verlas y entenderlas es una gran oportunidad para ayudar a la consolidación de la paz.

MYRIAM BAUTISTA
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