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La vida antes y después de 'Betty, la fea': última entrevista en Bocas

EL TIEMPO recuerda con esta pieza la memoria del libretista Fernando Gaitán, fallecido este martes.

Fernando Gaitán

El libretista fue reconocido por exitosas series de televisión colombianas, como 'Yo soy Betty, la fea'.

Foto:

Rodrigo Sepúlveda / EL TIEMPO.

Por: Clemencia Arango
29 de enero 2019 , 02:46 p.m.

Esta entrevista fue publicada el 25 de noviembre del 2014, en la revista 'Bocas', de esta Casa Editorial. EL TIEMPO la revive para honrar la memoria de Fernando Gaitán, fallecido este martes 29 de enero por un infarto en Bogotá.

Comenzó a escribir historias a los 14 años gracias al vuelo artístico que le dio un colegio de izquierda. Quiso ser filósofo y/o antropólogo, pero en su casa solo le aceptaron la comunicación social. Y a los 19 años, sin una clase encima –y por cuenta de un texto sociocultural– comenzó a ejercer el periodismo en el diario El Tiempo.

Luego, por la vieja excusa de que no hay quien escriba, aterrizó como libretista en la televisión colombiana. Es Fernando Gaitán, un bogotano hiperactivo y de buen sentido del humor quien, más allá de su interminable lista de éxitos, ostenta un récord difícil de igualar: escribió los libretos de la novela que ha tenido más versiones en la historia de la televisión mundial: Yo soy Betty, la fea.

“Bueno, por lo menos no será filósofo, antropólogo ni lingüista… ¡Uf!”. Sus papás dieron un respiro y descansaron. El muchacho, finalmente, después de muchas dudas, les había comunicado que estudiaría periodismo y, al menos, para ellos, tendría algún futuro.

La prevención de los viejos obedecía a que su hijo había sido un estudiante bastante irregular e indisciplinado. Un joven a quien habían expulsado de varios planteles y quien terminó en el León de Greiff, un colegio democrático que apoyaba a los alumnos con inquietudes humanistas, donde nació su amor por la literatura, que años después lo llevó a escribir historias como la exitosa Yo soy Betty, la fea.

A los 54 años, Fernando Gaitán conserva su sencillez. Nació en una familia de clase media bogotana, bajo la tutela de un papá que escribía informes en una máquina Olivetti para All American Cables (una radio estadounidense de noticias) y de quien heredó un sentido del humor extraordinario. Es el tercero de cuatro hermanos: dos hombres y dos mujeres. En su infancia, sus sueños se inclinaron por una gran cancha de fútbol, por estar piloteando un avión o por estudiar los ancestros desde una perspectiva antropológica. Pero nunca contempló la idea de estar en medio de actores y actrices, intelectuales y magnates, recibiendo abrazos, estatuillas y galardones que no sabe dónde están expuestos, si en el segundo piso de su penthouse o en las habitaciones de sus hijas.

Tenía 19 años cuando entró al diario EL TIEMPO, donde sus crónicas literarias aterrizaron en buen puerto y aprendió la técnica de investigación, ejercicio clave para su profesión actual. Eso, sumado a su interés por las confidencias de las mujeres, le permitió profundizar en el alma y escribir historias verosímiles de amor, humor y suspenso.

Tuvo su primera hija a los 20 años de edad y la crisis de separación de 20 años de matrimonio la vivió cuando escribía el capítulo cincuenta de Yo soy Betty, la fea. Y la telenovela estaba al aire...

Hace ya más de dos décadas que apareció Betty. Sin embargo, el encanto de aquella historia enloqueció y sigue enloqueciendo a audiencias de todo el globo, hasta el punto de convertirse en la telenovela con más versiones en la historia de la televisión mundial. La verdad es que nadie, ni Gaitán, pudo vislumbrar semejante éxito, que se extendió por América, Europa y el Oriente, y que este año llegó a Egipto.

Cuando no está de viaje, suele salir en las mañanas en bicicleta para airear sus pulmones de intenso fumador, para detenerse en cualquier sitio a desayunar y, sobre todo, para conocer gente, sus personajes.

Tiene pocos amigos de verdad. Vive con Maia Candaburu, una dulce y bella actriz de origen francés y español, muchísimos años menor que él. Como gran amante del teatro, ella lo impulsa por los caminos de la dramaturgia y juntos abrirán un gran centro cultural en el norte de Bogotá.

Usted no se imaginó que llegaría tan lejos con Betty. ¿Qué pasó cuando vino el éxito? ¿Se asustó?

Claro. Uno sueña eso, pero no lo ambiciona. Tengo mal agüero de las ambiciones porque dañan, pudren. Uno dice: “Esta novela va a llegar a todos los países del mundo y será celebrada internacionalmente”… y seguro que no sale.

¿Y hasta dónde llegó Betty?

A todo el mundo. A todas partes.

¿Y qué le dejó?

¡Todo! Betty me abrió todas las puertas del mundo. Con tantos éxitos, ¿ha sentido que le tengan envidia? Eso siempre existe. Donde hay un triunfo, hay mucha gente amargada esperando a que uno caiga. Eso sucede: cuando la gente tiene un éxito, lo esperan con el plato y los cubiertos listos para crucificarlo, eso está en el orden del día, pero no es una de mis angustias mayores.

¿Cuál es su inquietud más grande?

Mis hijas y mis tres nietos: uno de meses, uno de tres años y uno de cinco. Estar con ellos me regresa a la infancia y les compro cosas que no me podían dar, como un tren eléctrico o una pista de carros, que era imposible…

¿Recuerda cuándo empezó a escribir?

Hacia los 14 años en el Colegio León de Greiff, al que le debo una de las grandes particularidades de mi vida: allí fue donde me recibieron y donde me orientaron por el lado de la humanística. Era totalmente de izquierda y allí estaban hijos de militantes del M19, de los embajadores de los países comunistas, de Rusia, de Cuba, y de los exiliados chilenos.

¿Usted era de izquierda?

Todos lo eran y yo decía que era socialista, una forma moderada de ver la izquierda. Ahí cursé los tres últimos años de bachillerato, me orientaron hacia el teatro, la música, la filosofía, la literatura y escribí un sketch para teatro.

¿Cómo llegó al periodismo?

Me gané un concurso de ensayo latinoamericano con un texto sobre problemas socioculturales de América Latina en el siglo XX. Y pensaba estudiar filosofía o lingüística, a pesar del terror de mi familia. Pero resultó que ese premio lo daba la Universidad Central y Rafael Santos, en ese entonces jefe de redacción de El Tiempo, era uno de los jurados. Al entregármelo me dijo: “Hoy en día los jóvenes no escriben –estamos hablando de hace 30 años–, debería ensayar con el periodismo”. Y me podían becar en esa universidad, pero como la carrera estaba en proceso de apertura, terminé haciendo prácticas en El Tiempo, mientras se abría la facultad. Para mi familia era muy bueno que al menos me volviera periodista. El caso es que entré con Iván Beltrán, un amigo que también ganó el concurso. Teníamos 19 años, eran los ochenta... Allá conocimos a Daniel Sam-per (quien nos decía Pin Uno y Pin Dos, porque no nos reconocía), a Ana Lucía Duque, Fabiola Beltrán, Fernán Martínez, Germán Santamaría, Enrique Santos. Estaba muy dado a la crónica y ahí empezamos a estudiar periodismo formalmente.

Pero usted trabajó en la Unidad Investigativa del periódico…

Pasé por todos lados. Empecé levantando muertos en El Tiempo; fue lo primero que me puso a hacer Rafael Santos. Tenía que ir con un expolicía por las comisarías, como asistente, tomando nota de la información de los expedientes. De ahí sacábamos los datos para “La Baranda”, una columna de cinco líneas que hablaba de los hechos violentos sucedidos la noche o el día anterior.

¿Por qué lo mandaban por esos sitios?

Para que cogiera experiencia. Cuando uno arranca con un muerto en una comisaría, y tiene vocación de escritor, encuentra un material espectacular. Yo hacía crónicas de 10, 12, 14 páginas y me las capaban horriblemente para dejármelas de cinco líneas que era el “cuentazo” que se necesitaba. Cuando venimos de la filosofía, la antropología, la pintura o el teatro, el periodismo es la universidad… Y fue el aterrizaje en la realidad. Yo no sabía qué era un ministro, ni cómo funcionaba el Estado o el acueducto. En el periodismo uno viaja muchísimo, entrevista numerosas personas; fue un tránsito importantísimo porque, aunque era joven, venía con una carga literaria muy fuerte que me aterrizó. Entonces encontré un género que me encantó: la crónica y el nuevo periodismo.

¿Siente nostalgia de esa época? ¿Algún día volvería al periodismo?

De hecho, no he dejado de hacerlo…, todas las técnicas que aprendí, especialmente la crónica, me han servido para ser lo que soy. Es un género que resuelve todo: es literaria, es grata en la lectura, tiene toda la información que uno ordena como quiera y se deja leer fácilmente. Es el género más amable del periodismo.

¿Qué hacía en la Unidad Investigativa? ¿Brillaba?

No, los “supermanes” eran Gerardo Reyes y Alberto Donadío.

Llegaban con cascos de motociclistas, chompas infladísimas, eran gigantescos, eran los héroes de El Tiempo, bajaban ministros, gerentes de bancos. Llegué porque me hice amigo de Gerardo Reyes, y un día me dijo, venga, Pin Dos.

¿Usted era Pin Dos o Pin Uno?

Eso siempre lo peleamos, pero ahí me quedé Pin Dos.

¿Cómo fue esa experiencia?

Me sirvió muchísimo, porque de las cosas que más me reconocen es mi capacidad de indagar y mi verosimilitud. Hoy hago historias de ficción, pero están muy investigadas. Y para escribir mis novelas tengo un listado de fuentes —como dicen los periodistas— y cuando pensaba en el carbón de Guajira, sabía que debía haber un ingeniero, vicepresidentes, antropólogos, todo lo que implica ese tema. Si escribía Café, tenía toda la línea de la Federación de Cafeteros abierta como punto de consulta; en eso nunca he dejado de ser periodista.

¿Cómo pasó de la prensa a escribir libretos?

Susana Vargas trabajaba con nosotros los chiquitos en El Tiempo y la contrató Bernardo Romero de jefe de prensa de Coestrellas, que estaba recién fundada, por él, Pacheco y “el Gordo” Benjumea. En esa época, como siempre, había crisis de libretistas, y Bernardo le preguntó que si conocía a alguno. Ella le dijo: “Sí, conozco un tipo al que le gusta escribir y lo hace bien”. Necesitaban a alguien para hacer el texto de una comedia, Los de al lado, que pasaban al mediodía. En la vida había visto un libreto y en Colombia no existía una buena bibliografía en ese sentido. Ella consiguió unas fotocopias de los libretos que los actores dejaban botados en el estudio para que yo aprendiera. Escribí el primero y a Bernardo le encantó.

Su vida y experiencias de entonces eran de “bohemio”...

El periódico era muy bohemio, casi todos salíamos por la noche al centro a tomar trago. En ese entonces existía una gran competencia con los leads, y escribíamos cosas maravillosas y nos aficionamos al periodismo literario.

¿Quién ha sido su maestro en la escritura?

Muy curioso y no lo digo por colombianista, pero García Márquez fue para mí una luz muy clara. Entre sus grandes obras, Gabo, el premio nobel, tenía unos libros maravillosos de reportajes: Cuando era feliz e indocumentado, Caracas sin agua. Eran extraordinarios y muy literarios, y ahí en adelante Tom Wolfe, Norman Mailer, Truman Capote, todos esclarecedores. Y estaba, por supuesto, el boom latinoamericano con Borges y Cortázar.

Pero usted conoció personalmente a García Márquez, ¿cómo fue su relación con él?

García Márquez me contactó en 1994 cuando estaba escribiendo Café, con aroma de mujer, para que habláramos sobre el fenómeno de la televisión. A él le había llamado la atención cómo un escrito, una obra literaria, podía difundirse de la manera como se difundía Café: estaba en más de cien países, paralizaba ciudades, en fin. Nos reunimos en su apartamento en Bogotá y a él le encantaba escuchar los cuentos de los que podía ser una historia de ficción de los diferentes lugares del mundo. Tuvimos una muy buena relación hasta un día en que no pude ir a una invitación en Cuba, porque hubo un trastoque de correos y se sintió muy molesto, muchísimo. Gabo me regañó muy duro por teléfono, eso me botó a cama. El regaño de un nobel y del escritor que uno admiraba, me dejó sencillamente noqueado. Mucho después, cuando él vino a un Hay Festival, me absolvió; después de muchos años de sufrimiento.

¿Alguna vez lo han censurado?

Jamás. En Colombia, a diferencia de otros países, no tuve censura del Estado ni de las empresas. Hay una cierta autocensura, pero de responsabilidad de uno ante lo que se hace.

¿Qué pensaban sus amigos intelectuales de que hiciera telenovelas?

Una buena novela o la telenovela, a final de cuentas, es realismo socialista como el que hicieron en Rusia y en Cuba. La literatura en su mayoría es denuncia.

Y en general, ¿de dónde salen todos sus personajes?

Los personajes en televisión, para que funcionen, tienen que haber sido vistos en la calle e identificarse con ellos y con su drama. Yo saco muchas cosas de la vida real, por eso no me aíslo y salgo mucho por la noche.

¿Cómo ha sido su vida afectiva? Usted se separó hace 15 años…

He tenido algunas relaciones, pero ahora estoy viviendo con alguien y eso no lo había hecho antes. Estuve casado 20 años, y tuve una separación muy difícil.

¿Eso afectó su trabajo?

Sí, estaba escribiendo Betty, que todavìa estaba al aire, iba en los 50 capítulos. No tuve tiempo ni de reflexionar ni hacer el duelo ni nada.

¿Cómo hizo para salir adelante? ¿Alguien le dio la mano?

Mi familia intentó ayudarme. Y una bioenergética me trataba en las mañanas para que pudiera escribir por la tarde. Durante tres meses tuve sesiones, regresiones, terapias de perdón y de olvido. Al cabo de dos años de separados, mi exesposa y yo terminamos siendo muy buenos amigos.

A propósito de Betty, ¿ella de dónde salió? ¿Usted la conoció?

Betty, al ser fea, era muy marginal. Uno de mis temas por naturaleza han sido las mujeres y tengo una gran afinidad con ellas. Desde niño fui muy buen confidente de mis amigas.

Cuando propuso el tema, ¿cómo reaccionaron? Era cambiar el estereotipo de mujer…

RTI estaba haciendo La mujer en el espejo, la historia de una mujer fea (Marcela Benjumea), quien hacía un pacto con el diablo (Salvo Basile) y quien se convertía en una belleza (Geraldine Zivic). Dijeron que eso ya lo habían contado. Les expliqué que era distinta porque esta es una verdad psicológica, no del diablo. La guardé, y una noche, cinco años después, el presidente de RTI me preguntó: “¿Qué historia tiene ya? Necesito llevármela para México”. Le conté la historia de Betty, se rio mucho y me dijo: “Esa novela no me la llevo, se queda aquí y empiece a escribirla mañana mismo”. Y arranqué, pero Betty estuvo en el congelador cinco años, lo mismo que Café, con aroma de mujer, que permaneció guardada cuatro años.

¿Cuál de sus personajes le ha gustado más?

Todos. Son como las hijas o los nietos, ¿a cuál quiere más? Los disfruto a todos.

Café y Betty eran historias que no trataban sobre la violencia que se vivía. ¿Por qué cree que pudieron ser exitosas en Colombia?

En la época de esas novelas, la televisión no se había metido en el tema de la violencia nacional. Entonces, aunque Café es de 1993 y Betty de 1999 y era una época de cruda violencia, consideré que era el momento para que la gente volviera a creer en el país. Y esa fue la idea de Café.

¿Esa parte de humor, de dónde le resultó?

La heredé de mi papá. Es un hombre muy divertido. Y porque, cuando arranqué en la televisión, todo lo que me pedían las programadoras eran comedias. Es una forma de medir a la gente. Uno llegaba y le decían: para empezar, muéstrenos una comedia que tenga seis personajes, dos locaciones y dos extras, y ahí comencé al igual que muchos, como Dago García, Mauricio Navas, todo el combo de mi generación; nos criamos haciendo comedias del mediodía para que nos dieran trabajo.

¿Con qué actores le ha gustado más trabajar?

He tenido la suerte de tener tres maravillosas protagonistas que son Margarita Rosa de Francisco, Ana María Orozco y Marcela Carvajal. No me puedo quejar. Tengo mucha suerte con los elencos. Uno de mis trabajos más exhaustivos es la escogencia del casting. Yo trabajo de la mano del director y los actores. Les hablo, les presento los personajes en la calle. Por ejemplo, con el protagonista de Hasta que la plata los separe, que hacía el papel de un pobre vendedor que debía conseguir mucha plata para pagar un accidente, salimos juntos a los bancos, al comercio y ese personaje estaba en todos lados.

A usted le gusta el cine. ¿Qué actriz famosa hubiese querido que interpretara un papel suyo… de Betty o de Gaviota?

En realidad, hay escritores que escriben para actrices. Yo lo hago para el personaje. No tiene nada de malo ninguna de las dos opciones. Sin embargo, cuando la telenovela comenzó a viajar, oía comentarios como que a Salma Hayek le habría gustado hacer de Betty, pero yo no me lo imaginé.

¿Y de todas las versiones, cuál le ha parecido mejor?

Cada una tiene una particularidad. Por ejemplo, la rusa está supremamente bien repisada y actuada. El papá de Betty es el mejor actor del cine de allá y la mamá es reconocida en el teatro. Ellos pertenecen a la parte soviética y Betty ya es rusa; hay una diferencia generacional interesante y utilizan la novela para mostrar aspectos de la historia reciente. La versión alemana es preciosa; es fría, pero está muy bien hecha. Betty trabaja en una cafetería. Jamás se menciona la palabra fea. No les gustó que la metieran en una buhardilla y no incluyeron la hoja de vida que identifica la novela, les pareció improcedente. Las versiones de la India y la China son maravillosas. Cada una tiene un sabor, una transculturización importante y lo único que uno hace es disfrutarlas. Hacer un seguimiento de 150 horas de una novela en otro idioma es imposible, veo los primeros capítulos para divertirme mucho.

Usted ha tenido unos éxitos grandísimos, ¿cuáles son los grandes fracasos?

Tuve una novela, Carolina Barrantes, que no me funcionó. La sacamos cuando estaba empezando porque no fue aceptada. Trataba de una familia y una maldición. Y otra que no fue un fracaso, pero que me costó mucho, fue Guajira. La adoro, pero fue muy difícil por los problemas culturales y es de la que más he aprendido.

Cuando le hablan de rating, ¿qué piensa?

Es un dolor de cabeza, porque se considera el gran medidor. Es un mal con el que se convive todos los días. No puedo decir como muchos escritores que “a mí no me importa el rating” o que “la televisión no debería vivir de él”, o que “es una porquería”. Es un mal necesario: castiga, premia, desvela, crea llantos, despidos, triunfos y dinero. Es un monstruo de muchas cabezas, pero es la única forma de medir el efecto. Ahora, parece que tiende a desaparecer porque la televisión va a adquirir unos formatos muy distintos.

¿Qué le enseñaron los fracasos?

Por un lado, no escribir sobre lo que uno no conoce. Y por otro, que cuando se cuenta una historia de amor en televisión hay que mostrarla completa, no iniciada, tiene que ser desde que se conocen. Eso me pasó una vez y me lo cobraron caro. La gente tiene que ser testigo de la historia, enamorarse de esa relación, creerle.

Y la gente se identifica más de la cuenta en las novelas… Cuando iban a sobornar a Betty, los televidentes protestaron alarmantemente…

Fue muy curioso porque en un país donde se mueve la corrupción, se vino el mundo encima cuando se enteran de que esta muchacha iba a recibir una comisión de la industria privada. Era una prueba de fuego para el personaje e iban a pasar ocho capítulos de suspenso sin que eso se resolviera. Me sorprendió mucho que se hubiera filtrado a todos los periódicos y las revistas, los políticos y el presidente. Se acaban de robar Dragacol y cómo no se aterran con eso y se aterran con esto. Nos tocó retocar y rehacer algunas escenas ya grabadas. Tuvieron que recoger mucho más todo el impacto que estaba generándose en la historia, entonces el papá la regaña por haberlo pensado, y el jefe, que es el mismo protagonista, también le da cátedra.

¿Ese ha sido el más impactante?

Ese, y una vez que tenía que matar a Cecilia de Vallejo (Dora Cadavid), la abuela en Café. En la sinopsis decía que moría de indignación porque todos sus nietos estaban en la cárcel acusados de hacer exportaciones ficticias. Yo le advertí a la actriz: “Sumercé, cuando llegue a este punto, se va a morir. No se vaya a extrañar”. Y cuando llegó el día empezaron los actores a pasar a decirme: “¿Vas a matar a Cecilia?”. Dorita Cadavid llegó atacada llorando a despedirse como si se fuera morir en realidad. Y comenzó a llamarme mucha gente distinguidísima del país a reclamarme que cómo era que iba a matar a Cecilia de Vallejo. Y la que le salvó la vida, finalmente, fue Gloria Valencia de Castaño. Llegó al canal con Álvaro Castaño y me dijo: “Estoy absolutamente indignada de que vas a matar a Cecilia y vas a dejar vivos a todos esos rufianes que tienes en las cárceles. ¿Por qué vas a matarla?”. “Porque es una lección moral para el país: los buenos no pueden soportar tanta corrupción y se mueren”, contesté. Y dijo: “Entonces matas a Cecilia y dejas triunfar a todos esos rufianes. Es al contrario. Fernando Gaitán, no vuelvo a dirigirle a la palabra en mi vida. Qué decepción de historia”. Tenía toda la razón… Llamé al estudio que parecía una funeraria con los ac-tores llorando y dije: “¡Recojan cosas, cambien libretos, Cecilia de Vallejo se salva!”. La conmoción fue espectacular.

¿Cómo fue ser un ejecutivo de escritorio?

Llevo casi 24 años en el Canal RCN. Cuando entré era incipiente la parte de dramatizados y, de alguna manera, integré el primer equipo de escritores y he tenido cierto liderazgo. Siempre he estado con ellos: como consejero, amigo, líder, jefe. Hace cinco años me dijeron que los ayudara en una cosa transitoria y lo transitorio fueron cinco años. Me gustó porque estaba cerca del trabajo de los demás, podía aprender de ellos, y porque entre escritores, directores, actores, toda la parte artística, de producción y posproducción, adquirí un mayor conocimiento del oficio.

Y la idea es seguir escribiendo. ¿Ya tiene algo en la cabeza?

Tengo varios argumentos guardados. Pero, por otro lado, voy a ser asesor internacional, una vicepresidencia internacional del canal, para manejar las relaciones con las productoras americanas, mexicanas y españolas.

¿Sobre quién le gustaría escribir?


La vida de Aníbal, el cartaginés que tuvo sitiados a los romanos durante 17 años. Es un personaje que me seduce muchísimo, pero eso será más adelante. Se me quedó en el tintero una historia de la migración japonesa a Colombia, de eso sacaron una película, y otra muy bonita de cómo la Segunda Guerra Mundial impactó a la gente en Colombia. Otro de los planes es hacer TV movies (cine para televisión) de grandes cronistas colombianos de todos los tiempos.

Maia, su novia, es su compañera en nuevos proyectos teatrales. ¿Cómo se encontró con ella?

Maia es maestra de actuación. La conocí porque empezó a trabajar en el Crea, una plataforma académica que diseñé para el Canal RCN, donde tenemos trescientos y pico de estudiantes de actuación. Gracias a ella estoy metiéndome en el tema del teatro. Mi próximo paso es abrir un espacio teatral en Bogotá, en la calle 103 con carrera 15, con cuatro salas-bar para presentaciones de teatro, de música y de diversión. Es un sitio donde la gente va, toma un trago, ve una obra, oye música, ve performances, es bastante experimental, de formatos pequeños, muy divertido y me tiene muy seducido.

¿Cómo vivir con alguien casi 18 años más joven?

Hay dos formas de verlo: o uno se vuelve más viejo de lo que es, o se rejuvenece.

¿Y usted cómo lo ve?

¡Me rejuveneció! Yo soy un hombre hiperactivo, hago deporte por la mañana, trabajo 12 o 14 horas y tengoactividades nocturnas. Ella dice que soy incansable.


CLEMENCIA ARANGO
Para Revista BOCAS

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