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Con fecha de caducidad / Séptimo arte 

Falsos tatuajes, el primer largometraje del director, guionista y productor Pascal Plante.

Foto:
29 de julio 2018 , 12:15 a.m.

François Truffaut afirmaba: “En las historias de amor las mujeres son mucho más precisas que los hombres; estos son muy confusos, no saben demasiado lo que quieren. Por el contrario, cuando la mujer encuentra a un hombre sabe, normalmente, lo que quiere de él; sabe lo que quiere dar y recibir mientras que, en general, para un hombre el amor es una emoción fuerte pero vaga, y no sabe exactamente lo que quiere dar o recibir”. De eso exactamente trata Falsos tatuajes (Les faux tatouages, 2017), el primer largometraje del director, guionista y productor canadiense Pascal Plante.

Su película plantea una emotiva historia de amor entre millennials: Mag, de 19 años, y Théo, de 18, residentes en Montreal. Ella es decidida, extrovertida y apasionada; él es un ser recluido en sí mismo, lleno de cicatrices mentales, cerrojos emocionales y máscaras agresivas que son tan falsas como el tatuaje que lleva en su brazo izquierdo. Es la decisión de Mag (interpretada por Rose-Marie Perreault) la que hace que Théo vaya quedando desarmado y teniendo que asumir el hecho de estar frente a una mujer que le ha sacudido su mundo aparentemente impenetrable.

Lo que vemos es la construcción de una relación afectiva, mostrada por Pascal Plante en largos planos con mínimo o ningún movimiento de cámara, apoyado todo en la riqueza de unos diálogos que son tan creíbles como entretenidos, y en la evolución de un lenguaje corporal que va convirtiéndolos en cómplices. Le añade drama el hecho de ir descubriendo secretos ocultos de Théo (Anthony Therrien), que explican en buena parte su conducta agresiva. Sin embargo, Falsos tatuajes no necesita resolver misterio alguno para funcionar como conmovedor drama sobre la inexplicable mecánica del amor. Amor que, por cierto, tiene fecha de caducidad. Mag le cuenta a Théo que cerca de Drummondville hay un pueblo llamado L’Avenir (El Futuro). Saben que allá no irán de visita, saben que probablemente la vida misma se encargue de separarlos, pero también están seguros de que el contacto que han tenido –físico y emocional– los ha transformado para bien. Y eso lo justifica todo.

JUAN CARLOS GONZÁLEZ A.
jc.gonzalez@une.net.co

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