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Arte y Teatro

Carlos Jiménez Moreno, de la militancia política al arte

Se inició en una revista de izquierda y ahora es reconocido por sus relatos de la escena cultural.

Archivo EL TIEMPO

Jiménez Moreno creó ‘El Manifiesto’ en febrero de 1975. Pertenecía al grupo trotskista Unión Revolucionaria Socialista (URS) y fue publicado hasta 1978.

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Archivo EL TIEMPO

12 de diciembre 2017 , 08:09 p.m.

Su nombre está asociado al de algunos de los más respetados críticos de arte. No extraña, entonces, que en una de sus últimas columnas en el diario 'El País' de Cali, titulada ‘La muerte y las lágrimas’, haya logrado transmitir la hondura y el simbolismo de la obra Palimpsesto, que Doris Salcedo creó para recordar a los más de 33.000 inmigrantes ilegales ahogados en las costas de los países de Europa en los últimos años, que se expone en el Palacio de Cristal, parque de El Retiro, en Madrid.

Así la comenzó: “Régis Debray expidió en 'Vida y muerte de la imagen en Occidente' un contundente certificado de defunción del arte funerario y la civilización, a cuya inteligencia dedicó este libro, tan estimulante como excesivo. Se apresuró, por decir lo menos. Y la encargada de demostrarlo ha sido una de las más importantes artistas contemporáneas, la colombiana, Doris Salcedo.

Así terminó: “...Un homenaje fúnebre. Luctuoso. Adolorido. Un homenaje que se eleva al rango sublime del arte..., donde cada uno de los miles de nombres inscritos en la piedra se cubre y se descubre silenciosamente de agua que quiere ser lágrimas. Que quieren ser nuestras lágrimas”.

Desde adentro

Carlos Jiménez Moreno ha dedicado buena parte de su vida a viajar a las bienales y encuentros de arte; tanto es así que ha estado en siete ediciones de la Documenta de Kasel (Alemania), la cual se hace cada cinco años, lo que es un récord nada superfluo. Ese conocimiento y reconocimiento de obras y artistas de diversos países los ha plasmado en columnas periodísticas, ensayos y ponencias que presenta en forma clara y cada vez más depurada, para que sean entendidas tanto por especialistas como por el público en general.

‘El arte latinoamericano contemporáneo y la mirada europea’ fue el título de la mesa redonda que cerró un seminario realizado, el mes pasado, en la Universidad Carlos III de Madrid, en el cual participó junto con Juan Manuel Bonet, director del Instituto Cervantes; Joaquín Barriendos, del Instituto de Investigaciones Estéticas de la Unam, de Ciudad de México; y Dagmary Olivar, directora de la fundación Yo es Otro, de Venezuela.

No comenzó Carlos Jiménez su carrera periodística, en los años setenta del siglo pasado, como crítico de arte, emulando a la papisa Marta Traba, sino en su antípoda: el periodismo militante. Un periodismo que se hacía con las uñas. No se recibía sueldo, y la máxima retribución era aumentar la militancia. La escritura y escogencia de temas demandaban cualidades especiales porque se tenían que mantener las banderas del partido siempre en alto y los ‘periodistas’ debían afilar su lenguaje contra los ‘enemigos de clase’ y, a la vez, suavizar las palabras para narrar los despojos y penurias de los grandes núcleos de compatriotas que vivían (viven) en condiciones miserables.

Prensa roja

Hubo de todo. Una prensa muy buena y otra muy áspera y panfletaria. Lo que no se puede discutir es que fue robusta y variada.

Diversos grupos de izquierda fungieron como escuelas del oficio, en donde jóvenes militantes, de diversas profesiones, encontraron un espacio privilegiado para especializarse como periodistas; así comenzaran un tanto confundidos al mezclar en las mismas cuartillas el activismo político con la práctica periodística.

'El Vector', de la Universidad Industrial de Santander, dirigido por el brillante estudiante Jaime Arenas Reyes, asesinado en los años setenta por un comando del Eln; Bisturí, de la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional, que lideró el carismático y vigoroso dirigente estudiantil Julio César Cortes, otra víctima del sectarismo político de ese mismo grupo; Prensa Obrera, de Espartaco, fundado por el economista Libardo González; Revolución Socialista, del Bloque Socialista, dirigido por el abogado y escritor Ricardo Sánchez, son algunos de los periódicos y revistas que se leyeron junto con la tradicional Voz Proletaria, del Partido Comunista, o Tribuna Roja, del Movimiento Obrero Independiente Revolucionario (Moir,semillero de un grupo destacado de editores, muchos de los cuales siguen activos).

A esta prensa perteneció 'El Manifiesto', creado en febrero de 1975 y cerrado en 1978. Pertenecía al grupo trotskista Unión Revolucionaria Socialista (URS). Durante su corta pero intensa vida fue dirigido por Carlos Jiménez Moreno, arquitecto de la Universidad del Valle y mordaz dirigente que se dedicó de lleno a sacar adelante este semanario, que, desde el primer día, se la jugó por captar una audiencia distinta a la de sus militantes trotskistas, disputándoles lectores a las dos revistas Alternativa y a los demás medios semanales que circulaban en esa Bogotá de los años setenta.
Jiménez Moreno debutó con buena fortuna en la dirección de 'El Manifiesto', con circulación de cinco mil ejemplares semanales, según cuenta uno de sus redactores desde el primer día hasta el último, editor y columnista (hoy), Hernán Suárez, quien conserva con orgullo la colección de la publicación y destaca la actualidad de sus portadas y artículos, cuatro décadas después.

“El Manifiesto no fue solo una escuela de periodismo para gente con tanto futuro en la profesión como Roberto Pombo, María Elvira Bonilla o Andrés Hoyos. También innovó en el periodismo nacional con la creación de un Centro de Documentación Internacional, dirigido por Carlos Agudelo, que, reuniendo información de numerosos medios alternativos de Europa y América, le permitió contar con una sección internacional con una agenda informativa independiente de la marcada por las agencias de prensa norteamericanas y a la que se plegaban los medios colombianos”, dice con altivez Jiménez Moreno.

Y agrega: “También fue innovadora la sección dedicada a temas ecológicos, cuyo responsable fue Rafael Colmenares y en la que participó Alberto Donadio. Ambos se convertirían en figuras claves del movimiento ecológico del país y de la investigación periodística. Fue memorable el reportaje, firmado por Donadio, sobre la contaminación con mercurio de la bahía de Cartagena. Como memorable fue la entrevista que nos concedió Gabriel García Márquez, que decidí publicar sin editar para que los lectores supieran cómo hablaba nuestro premio nobel, en el entendido de que ya sabían cómo escribía”, concluye con satisfacción que no oculta.

Tuvieron notoriedad en varias oportunidades. Por ejemplo, cuando dos jovencitas ‘reporteras’ (María Luisa Mejía –murió en un accidente de aviación como jefa de Redacción del Noticiero de las Siete– y María Elvira Bonilla, directora actual del portal 'Las Dos Orillas') siguieron al famoso boxeador norteamericano Mohamed Alí y lograron entrevistarlo, lo que ningún ‘medio del sistema’ ni siquiera intentó.

“Salté de la revista Alternativa –de la cual fui cofundadora y periodista de planta en su primer año y medio de existencia– a 'El Manifiesto', que alcanzó el vuelo intelectual, artístico y teórico que escaseaba en la izquierda de la época. En el caso de la Unión Revolucionaria Socialista (URS) sobraba mística, pero había más revista que partido. Carlos Jiménez, artista-arquitecto, diagramaba la revista. Con la misma sofisticación de sus incursiones teóricas, marcaba cada trazo en el diseño el día de cierre de edición”, afirma la audaz y leída columnista de 'El Espectador' Cristina de la Torre, quien fue su jefa de Redacción.

Con su música a otra parte

Cuando 'El Manifiesto', como casi todas esas publicaciones, tuvo que cerrar, ahogado por la situación financiera o por razones internas del partido al que pertenecía, la mayoría de sus periodistas volvieron a sus profesiones, y algunos otros buscaron un sitio en las redacciones de los medios tradicionales; Carlos Jiménez Moreno empacó sus libros y se fue del país para no regresar en años.

“Me fui a México porque sentí que no podía entender realmente al país si no lo miraba desde fuera. Y lo elegí porque, para mí, era el más auténticamente americano de los países americanos, el que con mayor decisión recuperó y asumió sus raíces indígenas. Colaboré primero con los sandinistas y luego con el M19 en sus campañas de prensa”.

Tal vez en su decisión pesó que en Ciudad de México vivió León Trotski y él, como tantos militantes de esos partidos que llevaban con orgullo el apellido del líder soviético caído en desgracia, fue a buscar la casa en la que un abrumado y envejecido Trotski pasó sus últimos años y encontró la muerte a manos del catalán Ramón Mercader, historia narrada con maestría por el cubano Leonardo Padura en el aclamado libro El hombre que amaba los perros.

“Luego me fui a Madrid, donde trabajé bajo la dirección de Antonio Caballero en la sección de Cultura de la revista Cambio 16 y después en las secciones de arte de los diarios 'El Sol' –ya desaparecido–, 'El Mundo' y 'El País'. Durante todos esos años fui corresponsal y enviado especial para Europa de la revista especializada en arte ArtNexus, de Celia de Birbragher, que circula en Bogotá”.

Ha publicado artículos en la edición conjunta de 'The New York Times' y 'El País' y en diversas revistas de Gran Bretaña, Alemania e Italia. Desde hace 8 años escribe un blog, que bautizó 'El arte de husmear', en el que trabaja temas culturales a su aire, sin someterlos a la agenda mediática.

En los años noventa, Jiménez Moreno regresó y fue profesor en la Universidad del Valle, pero volvió a partir, para tal vez nunca más regresar sino por cortas temporadas. Algunos de sus libros son 'Extraños en el paraíso: ojeadas al arte de los ochenta'; el poemario (también hace versos con muy buena mano) Travesía del ojo; Arquitectura, subdesarrollo y revolución (con la colaboración de Emilio Pradilla) y 'Del espacio arquitectónico a la arquitectura como mercancía' (con la colaboración de Hugo García). El año próximo publicará 'Artistas latinoamericanos en la globalización'.

La sensibilidad para el análisis y la aguda pluma con la que escribió y diagramó el relato político en 'El Manifiesto' las ha trasladado a sus críticas, que son apreciadas por llevar adheridas esa etiqueta de hechura con inteligencia y sobrado ingenio.

MYRIAM BAUTISTA G.
Especial para EL TIEMPO

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