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Los años en que se paralizó el comercio

Ante un país empobrecido y en guerra, el comercio se replegó. Y cerró.

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De Bogotá al puerto de Cartagena había 950 kilómetros, de los cuales 150 eran a pie y tardaban seis días a lomo de mula, y el resto se hacía en otros 45 sobre champanes.

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Archivo El Tiempo

Por: ARTÍCULO PATROCINADO
09 de octubre 2018 , 09:56 a.m.

Octubre de 1888 - septiembre de 1898.

La mayoría de los héroes de la Independencia fueron comerciantes. De hecho, uno de los combustibles de la Campaña Libertadora fue el yugo que querían quitarse los empresarios de entonces para comprar y vender objetos de primera necesidad sin opresivas regulaciones. Pero, sesenta años después de nacida la nueva patria, el país no era optimista: seguía luchando casi contra los mismos males de la época de la
Colonia.

Más de medio siglo después, los Estados Unidos de Colombia no dejaban de ser un país de regiones incomunicadas entre sí en el que, por poner un solo ejemplo, para acceder a Bogotá desde Honda era necesario subir por una trocha de 150 kilómetros
en pésimo estado. La capital era, entonces, una ciudad casi aislada del resto del mundo.

Los estados de Cundinamarca, Santander y Boyacá concentraban la mitad de la población de la nación, que era de apenas tres millones de personas. Bogotá, en 1870,
contaba con 40.000 habitantes y era la más poblada. La seguían Medellín y Socorro (Santander), y aunque ya se habían inaugurado el ferrocarril y el telégrafo, la mayoría de interconexiones entre una ciudad y otra se hacían a través de caminos reales.

De Bogotá al puerto de Cartagena había 950 kilómetros, de los cuales 150 eran a pie y tardaban seis días a lomo de mula, y el resto se hacía en 45 días sobre champanes o en los recién inaugurados buques de vapor, que estaban comenzando a surcar el
río Magdalena. En ese contexto trabajaban los comerciantes de Bogotá. Y debido a la dependencia de lo que se producía en el resto del mundo, la mayoría eran importadores de mercancía.

Trabajar no era fácil, y menos en un país que a finales del siglo XIX tenía un agravante adicional: la guerra se había convertido en un continuo enfrentamiento entre facciones partidistas.

En cincuenta años se vivieron seis guerras civiles brutales, infinidad de conflictos regionales, y después de unos años en que pareció que Colombia iba a cambiar de rumbo, el país se descubrió de nuevo bajo dirigentes que dejaron de lado la necesidad
de conectar los territorios y combatir el empobrecimiento, y se enfocaron en imponer reformas políticas para alargar el mandato presidencial, enterrar la libertad de
prensa y la República Federal, concentrar el poder en Bogotá y protegerse
del mundo.

Fue un periodo de confiscaciones y destierros, de candidatos impuestos por la curia y odio entre partidos. Hacer negocios, en ese periodo, no resultaba nada fácil.

La Cámara de Comercio de Bogotá (CCB), que había nacido para dar vía libre al emprendimiento, tuvo que replegarse temporalmente ante una nación que no había sanado sus heridas y continuaba cerrándoles las puertas a los empresarios. La recién inaugurada CCB espació poco a poco las reuniones de sus trece comisiones de trabajo hasta que fue perdiendo impulso y dejó de operar en la práctica.

En sus archivos quedaron guardados los avances en temas prioritarios: créditos públicos, formalizar la banca, la organización del sistema de correos, los temas judiciales que dividían a los comerciantes y los dos temas más álgidos de ese fin
de siglo: las regulaciones excesivas al comercio y tarifas que no tenían unidad alguna: la piedra en el zapato de las relaciones comerciales de aquella época.

El país, de todos modos, comenzó a industrializarse porque no podía estar de espaldas al desarrollo mundial. Se creó el Banco Nacional, que antecedió el Banco de la República aunque duraría poco; se modernizó en 1884 el sistema de transporte de
Bogotá con la llegada del tranvía halado por mulas sobre rieles de madera, llegaron las primeras comunicaciones por teléfono, el alumbrado público y los primeros trazados del acueducto, aunque todo tardaría aún décadas en masificarse.

El ferrocarril, que se había inaugurado en 1881 con el tramo de Facatativá y Girardot, era la mayor ilusión de cambio. A finales del siglo XIX llegó el primer automóvil, pero no había aún calles pavimentadas en la capital.

Para traer productos a Bogotá, como aceite de oliva, máquinas industriales, linos o sedas, era necesario hasta entonces transportarlos primero desde Europa hasta Jamaica, y desde ahí navegar hasta Santa Marta o Cartagena. Luego, hacer la
larga travesía río arriba por el Magdalena hasta Honda, para luego subir a lomo de mula hasta Facatativá y, por fin, Bogotá.

La ciudad estaba aislada, en definitiva, y eso permitió que cuando una fuerte inflación encareció las importaciones, solo algunos avivatos ganaran, pero no el gremio de los comerciantes como tal. La situación empeoró en las elecciones de
1898, tras un enfrentamiento creciente entre liberales que pedían cambios económicos a favor del comercio y conservadores que buscaban mantener el orden. Libertad y orden, uno contra otro.

El 17 de octubre de 1899 estallaría la Guerra de los Mil días, que dejó cien mil muertos. Ante un país empobrecido y en guerra, el comercio se replegó. Y cerró. Vendrían tiempos mejores.

Llegan nuevos habitantes
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Ilustración de los inicios del Eje Ambiental.

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Los historiadores coinciden en que en 1890 comenzó un periodo de transición frente al nuevo siglo XX, marcado por la llegada de nuevos pobladores. Una muestra del fenómeno la reseña Pilar Adriana Rey, historiadora de la Universidad Nacional,
en ‘Bogotá 1890-1910: población y transformaciones urbanas’ al recoger una queja del entonces administrador del Acueducto, Ramón Jimeno, en septiembre de 1896: “Es notoria la activa edificación que se hace actualmente en Bogotá, y conocido de todos es el éxodo que, en corriente normal, se ha pronunciado de todos los departamentos
hacia esta ciudad, a donde afluyen, con ánimo de radicarse en ella, familias enteras de diversos puntos de la República”.

Nacieron más barrios
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Imagen de la ciudad en el siglo XIX.

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Al revisar los documentos de finales del siglo XIX, la historiadora Pilar Adriana Rey recoge que en septiembre de 1890, el Concejo municipal acordó erigir nuevos barrios en las parroquias de Las Aguas, Egipto y Las Cruces, y autorizó que se localizaran
mercados públicos. Y, en su reseña, la misma autora consigna las observaciones
del viajero Eliseo Reclus, a principios de la década de 1890: “La ciudad crece rápidamente, en especial al oeste, hacia Fontibón, y al norte, en la dirección de Chapinero, a donde la multitud va de paseo los días festivos”. Entre los viajeros de la época, como lo cita la historiadora, eran frecuentes las menciones a San Victorino y Chapinero.

Se consolidó el comercio
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Panorámica de la plaza de Bolívar.

Foto:

Archivo El Tiempo

En datos publicados en 1907 por el Nuevo Tiempo, y que cita el texto ‘Bogotá 1890-1910: población y transformaciones urbanas’, Rey Hernández muestra cómo recibió el siglo XX la Bogotá que se consolidó a finales del siglo XIX. De 15.733 construcciones a las que llegó la ciudad, 7.251 eran viviendas, 935 casatiendas, 5.197 tiendas y 2.350 ranchos. Casi el 40 % de las edificaciones estaban dedicadas a actividades comerciales. Los puntos más dinámicos eran Santa Bárbara-Las Cruces con 1.536 tiendas y 331 casatiendas; Las Nieves con 1.132 tiendas y 289 casatiendas, y San
Victorino con 982 tiendas y 1.117 casatiendas. Había actividad comercial en Egipto, La Catedral, San Francisco y, más incipiente, en Chapinero.

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