Otras Ciudades

La incertidumbre tras los 4 años del crimen de Luisa Fernanda Ovalle

La muerte de la estudiante de Ciencias Políticas y porrista de Millonarios sigue sin resolverse.

Luisa Farnanda

Luisa Farnanda, porrista de Millonarios que murió hace 4 años en el barrio Castilla.

Foto:

Rodrigo Sepúlveda / EL TIEMPO

03 de agosto 2018 , 06:44 a.m.

Esta historia fue publicada el 12 de junio de 2018 como parte de la serie de 'Crímenes sin resolver'. Es retomada nuevamente con motivo de la captura de un hombre señalado de ser el autor del crimen de Luisa Fernanda Ovalle, el 30  de noviembre de 2013.

***

“Ella salió divina. La recuerdo con su mano despidiéndose, una y otra vez, mirándome. Tenía su cartera en el otro brazo. Y ahí fue la última vez que la vi”.

Tatiana Chávez no deja de recordar esos instantes sagrados de Luisa Fernanda, su hija. Lo hace paulatinamente mientras ilustra con sus manos el adiós que se dieron juntas en la puerta de la casa, cuando Luisa salía a cumplir con un trabajo de impulsadora que le había salido con una empresa de tecnología, para promocionar unas cámaras digitales.

Desde ese 30 de noviembre de 2013, no se ha parado de cuestionar porqué a su hija mayor, de 18 años, la estudiante destacada de quinto semestre de Ciencias Políticas y porrista de Millonarios, la asesinaron con seis heridas cuando se dirigía a su casa en el barrio Castilla, al occidente de Bogotá.

Ya van más de 4 años de ese día y el sentimiento de impotencia por encontrar la persona que le acabó la alegría no la ha abandonado.

Ella

Desde que nació el 10 de enero de 1995, un mes antes de la fecha planeada, Luisa Fernanda parecía estar predestinada a vivir todo de manera más rápido, así lo recuerda Tatiana, quien rememora como hacía las cosas primero que muchos niños de su edad. Muy rápido aprendió a caminar, hablar, leer y sumar. Parecía siempre muy adelantada en todo.

Era la hija mayor de una familia conformada por sus dos hermanos, su mamá, su padrastro y ella. Tatiana la recuerda con su sonrisa cariñosa y con los gestos amorosos con los que siempre la rodeaba cuando estaban juntas.

“Tenía cualidades tan especiales que a veces creo que no era para estar acá. Su amabilidad con las personas, su sociabilidad, su don de gente, el querer ayudar, el defender a los demás, sentar su posición”, afirma.

Precisamente eso, señala, fue lo que llevo a que su hija le diera rienda suelta a su amor por la escena política y pública. Lo que le permitió vincularse, incluso antes de salir del colegio, a cabildos abiertos en alcaldías locales.

Esos fueron unos de los puntos definitivos que llevaron a Luisa Fernanda a entrar a estudiar Ciencias Políticas en la Universidad de San Buenaventura. “Su deseo mayor era estar sentada en el Congreso de la República tratando de hacer algo para Colombia”, afirma.

Tenía cualidades tan especiales que a veces creo que no era para estar acá.

A todo esto le sumó un hobby especial, uno que estaba ligado al equipo de sus amores. “Un día cualquiera me dice: ‘Mami, Mami. Me aceptaron. Me tienes que llevar el sábado al entrenamiento de las porristas. Me aceptaron como porrista de Millonarios’”.

En esa jornada, Tatiana la acompañó. Se estuvieron de 8 a. m a 5 p. m. en El Campín. “La hacía feliz, se distraía mucho con eso”, indica, al referenciar que Luisa duró poco más de una temporada alentando a los azules.

La pasión por el equipo venía directamente de su papá, Bernardo. Desde pequeña le había enseñado a querer a los ‘Embajadores’ y fue algo que siempre llevo presente. Por eso decidió animarlos.

Ese día

Se levantó temprano ese sábado, Tatiana tenía que ir a buscar junto a su esposo un cupo en un colegio para uno de los hermanos de Luisa Fernanda. Sobre las 8 de la mañana ya estaba fuera de la casa.

Pero a las 10:30 a. m. decidió regresar nuevamente. Sabía que su hija tenía que salir a trabajar dentro de poco y le daría dinero; además, siempre como norma personal tenía que despedirse de sus hijos cuando cualquiera de ellos saliera.

Al llegar, subió al segundo piso y Luisa Fernanda estaba terminando de peinarse. Hablaron del nuevo colegio, de unas cosas que había arreglado en el closet; se les fueron los minutos conversando de cosas familiares y amorosas. Habían mantenido entre las dos siempre una complicidad profunda.

Ya le tocaba irse, pero antes tumbó a su mamá en la cama, la abrazó y le dijo cuanto la amaba. Cuando estaba en el primer piso, le pidió a su hermano que le tomara una foto, salió después de eso, agitando la mano desde la calle.

No se hablaron más, tenían programado ir todos a un matrimonio esa noche. Se pasaron las horas y sobre las 6:15 p. m., Tatiana vio como entraba a su celular una llamada de su hija.

Luisa Fernanda Ovalle

El crimen de Luisa Fernanda Ovalle ocurrió el 30 de noviembre de 2013.

Foto:

Archivo particular

“Me suena el teléfono y era ella. Me dijo: ‘Hola Má, ya voy para allá, ya me desocupé’. Yo le pregunté ¿qué porque tan rápido?; y ella me comentó que ya se había acabado el evento”, recuerda.

Llovía, había comenzado desde la tarde y a esa hora no daba muestras de escampar. “¿En qué te vas a devolver, mi amor?”, le interrogó Tatiana y Luisa le contestó que en TransMilenio, le dijo que era la forma más rápida para llegar a la casa. Le insistió que tomara un taxi, pero ella le respondió que así le iba a rendir más.

“Yo le dije: bueno, mi amor. Ten cuidado, Dios te bendiga. Y me dijo: mami, sabes que te amo con el alma y yo le dije yo más, hija. Te espero”.

En los afanes de arreglarse para la fiesta a la que iban a asistir en unas horas se cumplieron las 8 de la noche. En ese momento, el hermano de Luisa Fernanda le acercó el celular a Tatiana porque estaba sonando, nuevamente era su hija, pero le respondió un policía.

“Encontramos a Luisa Fernanda lastimada, está en la Clínica de Occidente”, señala que fueron las palabras con las que le informaron en primer momento lo que había pasado. De ahí salieron como locos, el camino que los llevaba hasta el centro médico, que era a un par de cuadras, se les hizo eterno.

Al ingresar al lugar, una doctora le dio a Tatiana la bolsa de las pertenencias de la joven de 18 años, estaban todas cubiertas de sangre. Para ella, esa imagen era completamente reveladora. “Cuando la vi, entendí que mi hija se me iba a morir”.

Le dijeron que tenía que subir hasta el quinto piso, ahí la estaban atendiendo y podían darle razón clara de lo que estaba pasando. Para ese momento, el papá de Luisa llegó, estaban juntos esperando una respuesta.

“Salió un doctor, crespo, de barba, moreno, alto y delgado. Nos hizo sentar en una mesita y nos empezó a explicar de a poco cómo había llegado mi hija a la clínica”, afirma Tatiana, quien indica que en ese momento solo podía concentrarse en las caras pálidas y de pavor que tenían las dos enfermeras que acompañaban al médico.

En ese momento, la madre de Luisa Fernanda llenó de interrogantes al doctor que tenía enfrente. Le pedía que por favor le dijera que su hija estaba viva. Pero, él solo pudo pronunciar que habían intentado hacer todo lo posible, pero que había muerto.

“El papá de Luisa se derrumbó en una silla, yo me paré. Había un vidrio de seguridad en la sala de cirugía y de un puñetazo lo rompí (…) Ese 30 de noviembre es el peor día de mi vida”.

Encontramos a Luisa Fernanda lastimada, está en la Clínica de Occidente

Una investigación sin final

El caso de Luisa Fernanda causó gran revuelo en el país, los interrogantes sobre su crimen llenaron la opinión pública y aún se mantiene una recompensa de 70 millones de pesos por información del atacante.

“Queda mucho por hacer, porque si no quedara nada por hacer el homicida ya estaría tras las rejas. Lo que yo me repito desde hace 4 años, ¿entonces es que a mi hija la mató un fantasma?, ¿es el crimen perfecto? Les quedó grande a la Fiscalía y a la Policía encontrar el asesino de mi hija”, cuenta con frustración Tatiana al recordar los años que lleva la investigación.

En un primer momento, indica, el caso fue designado a una fiscal que al poco tiempo salió a vacaciones y después tardó un par de meses más en asumir. Para Tatiana, esas demoras podrían haber afectado la investigación, así como el hecho de que le dieran todas las pertenencias que su hija portaba esa noche, incluso su celular.

Nosotros como familia fuimos los que recolectamos los videos de toda la zona y se los entregamos a ellos, nos pusimos esa tarea para ayudar en toda la investigación”, aun así el material probatorio no ha llevado aún a que se encuentre el culpable.

Tatiana señala que después la Fiscalía designó otro investigador al caso, pero pasaron varios meses para que se determinara quién sería. Finalmente, quedó a cargo la fiscal Soledad Holguín.

“A ella le debo todo lo que se haya investigado sobre el caso de mi hija, una mujer muy diligente, que siente el dolor de nosotras como madres y de las personas que estamos pasando estas cosas”, afirma Tatiana, quien recuerda que posteriormente Holguín fue cambiada del caso, porque fue ascendida debido a los buenos resultados en su carrera.

La mamá de Luisa Fernanda cree que esos cambios constantes de los investigadores dentro del proceso “han hecho perder el interés y que no se haya hecho nada”. “Todo esto me conlleva a sentir que le falté a Luisa Fernanda como mamá, porque yo me prometí encontrar a esa persona. Y este tipo no solo acabó con la vida de Luisa, sino con la vida de toda una familia”.

Recordarla

En los años en los que Luisa Fernanda ha estado ausente, Tatiana no ha dejado de analizar todo. “En este tiempo me he dedicado en pensarla desde su gestación hasta el momento en que me dejó, en ¿quién mandó Dios a la Tierra?, y me doy cuenta que definitivamente ella era un ser de luz”, pronuncia.

“Todo lo que pensaba la hacía una persona muy especial, su mentalidad no le daba cabida para estar más tiempo acá, así ella haya querido hacer más por un país”, agrega.

Y el impacto de su muerte se siente en toda su familia, la ausencia de ella en sus vidas ha hecho que la tristeza los embargue todo el tiempo.

“Desde el momento que le informamos a mi madre, la abuelita de Luisa Fernanda, que la habían asesinado, ella entró en un mundo paralelo del cual no ha salido. No come, está sin hablar, rígida, muy enferma. Nos destruyó la felicidad de toda una familia y jamás la vamos a volver a encontrar”, puntualiza Tatiana.

Ya son 54 meses sin respuesta, pero no ha perdido nunca la esperanza y ni ha dejado de esperar que le cuenten qué fue lo que pasó ese 30 de noviembre.

María Fernanda Arbeláez Méndez
Redacción ELTIEMPO.COM
Twitter: @mafearbelaezmen

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