Otras Ciudades

Así son los indígenas transgénero que recolectan café en Risaralda

Se encuentran entre las cuadrillas de trabajadores de las fincas cafeteras de  Santuario. 

Indígenas transgénero en recolección de café

Los indígenas transgénero realizan las mismas labores que los otros recolectores en las fincas cafeteras.

Foto:

Alexis Múnera

07 de mayo 2018 , 12:16 p.m.

Desde muy temprano en la mañana, los recolectores de café se preparan para iniciar labores. A pesar de estar rodeados de montañas llenas de cultivos del grano, difícilmente pueden tomarse un tinto pues el café que siembran y cosechan tiene un destino muy lejano en los paladares de personas de otros países o es catado por baristas especializados en las variedades de este fruto.

Indígenas recolectores de café en Risaralda
Foto:

Alexis Múnera

Indígenas recolectores de café en Risaralda
Foto:

Alexis Múnera

Indígenas recolectores de café en Risaralda
Foto:

Alexis Múnera

De una cuadrilla de 12 trabajadores cinco de  ellos son emberas transgéneros -a quienes denominan 'primos'- provenientes de distintos resguardos y comunidades de Pueblo Rico y Mistrató (Risaralda) y del departamento del Chocó. Ellos llegan al municipio de Santuario, en Risaralda, buscando no solo trabajo sino explorar su identidad.

Es así como vestidos con botas pantaneras, sudaderas, camisas de colores encendidos y sus tradicionales collares en chaquiras, estos recolectores de café realizan sus labores de fumigar los cultivos con una maquina cargada con aproximadamente 10 kilos a sus espaldas, con la que recorren las inclinadas laderas.

Alrededor de las 5 de la tarde sus labores los recolectores culminan y son transportados por una camioneta al cuartel de una finca cafetera. Este espacio está acondicionado con camarotes, colchones y sabanas desgastadas en un ambiente de poca luz y de olor a encierro.

Indígenas transgénero en recolección de café

En las fincas, los 'primos' comparten con los demás trabajadores.

Foto:

Alexis Múnera


Después de comer, Angélica y Francy, dos emberas gais de la cuadrilla, se retiran para realizar parte de su ritual cotidiano: Un baño con agua fría que les limpie y cure la piel sucia y enrojecida por los mosquitos y el calcinante sol recibido; luego se ponen sus vestidos coloridos confeccionados por ellas mismas y frente a pequeños espejos maquillan sus rostros transformado con el polvo, lápiz, y labial su antes tosca y masculina apariencia por una femenina y delicada. Al terminar de acicalarse se reúnen con sus compañeros para prender un cigarro y pasar el rato entre vallenatos que suenan en un radio viejo, risas y humo juegan parques apostando monedas.

Así transcurren los días hasta que llega el fin de semana donde reciben su salario de 100 mil pesos en promedio, dinero con el que se desplazan hasta la cabecera del pueblo en un viaje en jeep de 20 minutos donde se reúnen en el parque y sus alrededores con más emberas de las otras fincas y veredas vecinas.


ALEXIS MÚNERA
FOTOGRAFÍA Y TEXTOS 
PEREIRA

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