Otras Ciudades

La mujer que pasó su luna de miel debajo de una cama por temor a morir

Luego de varios años en calma, Argelia, Cauca, clama para que el azote de la guerra no se repita.

Argelia, Cauca

Noralba Bolaños padeció las humillaciones de las autodefensas en su vereda en San Juan de la Guadua. Ahora busca dejar la coca y salir adelante con un negocio de gallinas.

Foto:

Cristian Ávila Jiménez / EL TIEMPO

11 de octubre 2018 , 10:50 a.m.

Noralba Bolaños pasó su luna de miel debajo de una cama doble al lado de su esposo. No hubo momento para amoríos en la humilde vereda de San Juan de la Guadua de Argelia, Cauca. A bala ingresaron paramilitares para tomar posesión del lugar, sacaron corriendo a todos los pobladores que se encontraban en la cancha de fútbol, donde jugaban un torneo las comunidades de ese municipio, y ella, recién casada, no tuvo otro remedio que esconderse entre viejas tablas con su marido para que no los mataran.

Ese jueves 3 de junio del 2008, Noralba lo tiene marcado en su cabeza con una equis inmensa. Fue la última vez que vio al menor de sus hermanos, a quien se lo llevaron y desde entonces no conoce cuál fue de su paradero.

Matrona de la vereda y a quien buscan para recibir a cada niño que está por nacer, no para de llorar las tragedias que su comunidad ha soportado por la crueldad de la guerra y –tras dos años de una aparente calma en la vecindad– espera que nadie vuelva a sacudir con violencia estas tierras donde corrió mucha sangre y abunda la coca.

Los paramilitares, recuerda, se paraban en el centro de la cancha a echar plomo hacia el cielo. Rápidamente, se convirtieron en la temible autoridad.

La mujer señala cada una de las crueldades a las que eran sometidos ese año en el que se tomaron la vereda. Se apropiaron de la mejor casa para planear sus fechorías. Detrás de un pino cerca de la cancha se encontraban con otros hombres para intercambiar armas. Y más arriba, detrás de un monte, enterraban en fosas comunes a quienes desaparecían.

“Yo fui una de las que casi degollan, pero mi hijo metió la mano por mí. Hacia las 9 de la noche, llegaron como 10 paramilitares con fusiles en mano a mi casa y me dijeron que necesitaban que les preparara comida ya. Yo estaba cansada de cocinarle a esa gente, ya no tenía con qué.

Yo fui una de las que casi degollan, pero mi hijo metió la mano por mí

Mi hijo, quien estaba en ese momento, le dijo al comandante del grupo: "‘vea señor, usted porque es tan abusivo, solo es a coger a mi mamá para que les cocine. Aquí todos somos pobres’. Entonces lo cogieron del cuello y casi lo degüella. Gracias al señor que me dio valor y yo me le paré al frente y le dije: ‘si le va a hacer algo a mi hijo hágamelo a mí, pero déjeme a mi hijo’. Por eso es que nosotros no confiamos en nadie, estamos muy golpeados de todo lo que nos ha pasado”, cuenta entre lágrimas Noralba.

Los caminos polvorientos que tiene como vías esa vereda están rodeados de matas de coca. Se ven en casi todas las montañas y explanadas que hay en el pueblo. Los campesinos de estas tierras, desde hace unos 50 años, se acostumbraron a vivir de este cultivo ilícito. Hombres en lujosas camionetas recogen la hoja cada tanto en la puerta de sus fincas, les pagan entre 60.000 y hasta 100.000 pesos la arroba. Noralba todavía tiene en su pequeño terreno ‘una que otra matica’.

En la vereda han intentado salir de ese cultivo, saben muy bien que detrás de ese negocio hay poderosas fuerzas que de nuevo pueden arrasar con el municipio, razón de sobra para no querer seguir viviendo de la ilegalidad. Argelia no solo ha estado en manos de los paramilitares, pues la exguerrilla de las Farc se apoderó del territorio luego de acorralar por semanas al otro grupo armado.

“Los paramilitares duraron un año aquí, y en ese año acabaron con todo. A lo último, eso para qué uno va a negar, vinieron unos de las Farc a hacer una reunión. Acá, al lado de la casa donde ellos estaban, bombardearon, barrieron con todo”, contó Noralba.

Cancha de la vereda San Juan de la Guadua

En esta cancha los paramilitares se reunían para asustar a los vecinos de la vereda San Juan de la Guadua.

Foto:

Cristian Ávila Jiménez / EL TIEMPO

En esa reunión que se planeó en la vereda, la mujer dice que las Farc les dio la orden de irse de la población, pues les informaron de una ofensiva contra los paramilitares, por lo que nadie se podía quedar.

Ese día llegó cuando los paramilitares cogieron a patadas a quienes estaban jugando fútbol en la cancha de la vereda. La gente salió despavorida para sus casas.
“Nosotros nos fuimos como a las 7 de la noche, con mi esposo y un vecino; yo cogí mi Biblia debajo del brazo porque estaban haciendo retenes en la carretera hacia Argelia”, cuenta.

Ellos salieron en un carro hacia el casco urbano de Argelia, a unos 10 minutos, y, en efecto, en el retén los pararon. Señalaron que iban para un culto. Así lograron pasar y ponerse a salvo. A eso de las 3 de la mañana empezaron los disparos. “Primero fueron tiros y luego más explosiones, nos volvimos a meter debajo de las camas”, recuerda Noralba.

Al día siguiente, nadie se animaba a salir para saber qué era lo que había pasado. De vuelta a la vereda, ella vio por el camino varios cadáveres a los lados de la carretera. Las Farc quedaron como autoridad en el territorio, aunque su presencia no fue tan asfixiante como la del otro grupo armado y tras el desescalamiento del conflicto armado con el proceso de paz, las personas empezaron a vivir sin tanto miedo.

Los temores del pueblo

Para el alcalde del municipio, Diego Aguilar, el cambio desde entonces es total. “Cuando hicieron ese acuerdo, pensaron en nosotros como regiones de conflicto, ya se acabó la zozobra de los ataques guerrilleros, el miedo a las minas, todo eso quedó en el pasado”.

Por las calles del casco urbano de Argelia, las personas se ven confiadas y pasa lo que muchos padres consideraban, incluso, imposible: ver a sus hijos en los parques jugar en zonas que se consideraban un peligro.

“Antes pensábamos en irnos, ahora los que se fueron están retornando, se acabaron los desplazamientos”, cuenta el Alcalde, a quien dos hechos lo tienen preocupado en las últimas semanas. Primero, el hallazgo de siete cuerpos en un sector entre Sinaí y La Belleza, en zona rural de este municipio caucano, y luego un ataque al comando de Policía en el centro del pueblo, que recordó los incesantes hechos de violencia que sufrieron en el pasado.

Ya se acabó la zozobra de los ataques guerrilleros, el miedo a las minas, todo eso quedó en el pasado

Aguilar dice que se tenía previsto que esas situaciones pasaran, pero las investigaciones arrojaron que los asesinatos ocurrieron en límites con El Tambo y las víctimas serían presuntos disidentes de las Farc, quienes, al parecer, luchan con otros grupos por el control del narcotráfico.

Por eso considera que el riesgo de que algo pase en su municipio siempre ha estado y es la gran preocupación que lo atormenta, aunque asegura que no se puede tener la certeza de que hay otras bandas que se están apoderando de las zonas rurales del pueblo.

En el cuartel de Policía donde estalló una granada el pasado 29 de julio, sin dejar personas lesionadas, están reflejados muchos de los recuerdos de la guerra en Argelia. Todavía permanecen unas pocas trincheras que protegen la estación y las casas vecinas están deshabitadas, a punto de caerse, luego de todos los atentados que recibieron.

Argelia, Cauca

En la calle por donde se ubica la estación de Policía todavía hay rastros de la violencia.

Foto:

Cristian Ávila Jiménez / EL TIEMPO

Carlos Alberto Mejía tiene su casa al lado de la estación de Policía y recuerda los horrores que pasaron por años al ser vecino de ese lugar. Era una extrañeza cuando a esa calle, justo en la esquina de la plaza central del pueblo, no la atacaban con disparos o granadas.

“La estación queda al lado de mi casa, mi casa entre comillas, porque eso era de dominio del Ejército. Ahí se construyeron trincheras para cerrar la vía, había días que a uno no lo dejaban entrar; por mucho tiempo duró eso así y solo hasta hace muy poco se abrió la calle, para que esa zona cogiera de nuevo vida”, señala el hombre que ahora es concejal de Argelia.

En esos años críticos del conflicto armado, a Carlos le tocó desplazarse de su municipio. Los constantes ataques a pocos pasos de su casa lo obligaron a huir. Además, el dolor de la partida de tres de sus hermanos a manos de grupos armados, lo hicieron abandonar su pueblo.

Ese dolor sigue retratado en las paredes quemadas de cada una de las casas de esa cuadra, pero ahora a ese barrio empezaron a retornar las personas.

Argelia lucha por una vida sin el miedo de morir en un ataque, por construir un pueblo donde no haya desplazamientos ni desapariciones forzadas, pero el cultivo de coca es ese flagelo difícil de vencer para alejar a los armados de sus territorios. Son el segundo territorio del Cauca con más matas sembradas en el departamento.

El propio Alcalde cuenta que el problema de Argelia con la coca es cultural. “Se cree que la única alternativa que le queda es ese cultivo. Cambiar a iniciativas legales no es fácil, ni se logra de un día para otro, pero la gente ha entendido que no podemos vivir otros 50 años de la coca”, afirma el burgomaestre.

Se cree que la única alternativa que le queda es ese cultivo

El hogar de Noralba Bolaños es uno de los que están empezando a dejar de lado el cultivo de coca, y aunque reconoce que en su pueblo toca apostarle a ese negocio ilegal, porque no hay otra oportunidad, quiere cambiar ese paradigma y poner su granito de arena para enterrar, de una vez por todas, el pasado violento.

“Aquí ya no hemos vuelto a ver ni milicianos, estamos tranquilos. Tengo la esperanza de que me lleguen unas gallinitas de engorde y les voy a poner todo el esfuerzo”, asegura la mujer, a quien el programa Familias Rurales, de Prosperidad Social y la FAO, la apoya para salir adelante. Son alrededor de 300 familias en Argelia que, como ella, buscan que la opción no sea la coca; por eso, con gallinas y huertas tratan de cambiar sus vidas tan golpeadas.

Para los habitantes de la vereda de San Juan de la Guadua, sacar el cultivo de coca del territorio puede contribuir a que la violencia que padecieron no vuelva a esa zona del suroccidente caucano. “La visión es trabajar cosas lícitas y no seguir haciéndole ese daño al país”, comenta Noralba.

Con sus 48 gallinas en el galpón, Noralba vive el sueño de la paz y la tranquilidad. “Si no nos ayudan, ni modo, pero que nos dejen tranquilos. Si llega otra vez esa gente, para dónde nos vamos a ir”, se pregunta ante los rumores de grupos al margen de la ley merodeando por Argelia y a los cuales no quiere que se nombren. La única consigna es el camino de la transformación.

CRISTIAN ÁVILA JIMÉNEZ
Enviado especial de EL TIEMPO
*Esta nota fue posible gracias a la invitación de Prosperidad Social y la FAO.​

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