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La cárcel donde los propios presos se cuidan para no volarse

En la prisión de Puerto Carreño solo hay dos guardianes para custodiar a 74 reclusos.

La cárcel colombiana donde los presos no se vuelanLa cárcel colombiana donde los presos se cuidan para no volarse.
Cárcel de Puerto Carreño

La fachada de la cárcel parece más la entrada a un local de zapatería, pues hay carteles que anuncian arreglos que hacen los mismos presos.

Por: Cristian Ávila Jiménez
15 de noviembre 2018 , 12:31 p.m.

En esta prisión solo basta un salto de 220 centímetros de alto para burlar el muro que separa a los reclusos de la calle, escapar y recuperar la anhelada libertad.

Es martes 21 de agosto, un fuertísimo temblor a las 4:31 de la tarde llevó a que ocurriera lo impensado en la Cárcel municipal de Puerto Carreño: la fuga de los presos.

Las mesas, las sillas y los camarotes de la prisión donde conviven 74 personas se mueven de un lado a otro y por la mente de muchos de los reclusos se piensa en saltar aquel muro que los separa de la calle, en pleno centro de la capital de Vichada. También hay quienes intentan forzar la puerta para escapar ante el temor que una pared les caiga encima.

Un llamado afanoso de otros reclusos, cuentan algunos presos, evita que se vuelen por miedo al temblor que mueve los cimientos de esa cárcel. “Vengan, no lo hagan”, gritan desde el patio a los otros compañeros.

El grito es efectivo y todos quedan atrincherados en un patio de cinco metros cuadrados, esperan que el temblor deje de sacudirlos. Los remezones empiezan a resquebrajar las paredes y las grietas quedan marcadas en los muros carcomidas por la humedad del viejo edificio. Una columna queda algo inclinada, pero en la cárcel se resisten, finalmente, a salir de prisión y se aferran los unos a los otros.

En el penal todos dicen ser una familia. Luis García, de unos 60 años, agarra la mano de su pareja Yoribel cada tarde en el patio de la prisión. Hace tres meses un operativo antidroga los tomó por sorpresa en el área rural del municipio y terminaron conviviendo en la misma cárcel, la única del departamento, uno de los más extensos de Colombia.

Cárcel de Puerto Carreño

Los presos solo tendrían que saltar este muro para volarse de la cárcel, pero se cuidan entre ellos para que nadie ni lo intente ni lo haga.

Foto:

Cristian Ávila Jiménez / EL TIEMPO

Adentro la poca luz que reciben es la que entra por el pequeño patio, en las celdas improvisadas por el hacinamiento hay total oscuridad. Una pequeña sábana los acompaña en la noche y para el bochorno les instalaron un ventilador diminuto que parece un juguete y suena como un carro viejo. A veces no pueden dormir por el calor, pues la electricidad de Puerto Carreño depende de Venezuela y si en ese país la quitan, los presos señalan que “se jodieron”.

Luis y los demás reclusos tienen apenas un inodoro dañado para hacer sus necesidades y una tela que los cubre para tener algo de privacidad. Para bañarse les toca sacar baldes de agua de la alberca.

Pese a tener que estar encerrados y en condiciones difíciles, para los presos de Puerto Carreño y el director de la prisión, Gonzalo Huertas, esta “es la cárcel más tranquila del territorio colombiano”, pues los propios reclusos tienen un ‘manual de convivencia’ y evitan entre todos que alguno se escape del penal, a sabiendas que solo hay dos guardias que vigilan, sin armamento, a los 72 hombres y dos mujeres que están privados dela libertad.

Es la cárcel más tranquila del territorio colombiano

Huertas explica que en esta cárcel municipal hay apenas siete condenados por hurtos, acceso carnal violento a menor de 14 años y tráfico de drogas, el resto de presos están sindicados y esperan que les definan una condena.

“Son dos patios y solo hay dos mujeres, ellas tienen su celda aparte. En el día ellas comparten la celda con los otros presos, pero en la noche quedan aislados. Acá se maneja la psicología, a los líderes de los comités se les dice que deben responder para que los demás permanezcan”, dice Huertas.

Las reglas en la prisión

Augusto González es uno de los presos que más tiempo lleva en esa prisión, acaba de completar tres años y le resta esa misma cantidad de tiempo para poder quedar en libertad.

El hombre cree que la clave de la tranquilidad que impera allí es el cumplimiento de las estrictas reglas de cada comité, sea de deportes, de religión o de derechos humanos.

“Acá nos comportamos bien, solo es saltar una tapia y volarse, pero nos cuidamos para estar pendientes y que nadie pueda escaparse, eso nos perjudica. Básicamente aquí llegan personas cuyos delitos no son grandes y sus condenas no tan prolongadas”, cuenta.

Los buenos comportamientos de los reclusos hasta hace unos meses tenían beneficios, como salir a vender las hamacas que se tejían en el penal justo al frente de la cárcel.

Augusto cuenta que esos pesos que se ganaban les servían para el sostenimiento de las familias, pero están suspendidos mientras en la Alcaldía establecen un lineamiento. En la prisión también arreglaban los zapatos de los habitantes de Puerto Carreño e incluso en la entrada hay una cartelera que parece más la llegada a una zapatería que a un penal.

Acá nos comportamos bien, solo es saltar una tapia y volarse, pero nos cuidamos para estar pendientes y que nadie pueda escaparse

Gonzalo Huertas, director de la cárcel, agrega que con los líderes de los comités se acuerda que si alguien se llega a fugar, los mismos reclusos deben responder con sanciones por permitir que eso ocurra.

“Por ejemplo, se les restringen las visitas y para ellos eso es mortal. Hay mucha gente que viene incluso de otros departamentos, por lo que llegar y no poder verlos es difícil”, señala.

La otra clave para que permanezcan tranquilos es debido a que si escapan los internarán en una prisión de máxima seguridad, lo que los alejaría por completo de sus familias, quienes tendrían que viajar en avión a Villavicencio o Bogotá, pues esta capital solo tiene vía de acceso terrestre cuando hay verano. 

Cárcel de Puerto Carreño

La fachada de la Cárcel Municipal de Puerto Carreño parece más la entrada a un local de una zapatería, pues hay letreros que promocionan estos trabajos, los cuales son hechos por los propios reclusos.

Foto:

Cristian Ávila Jiménez / EL TIEMPO

“En los últimos ocho años, en la prisión han ocurrido siete fugas que los propios presos lamentan. Dos de ellos fueron recapturados por la Armada Nacional cuando huían en una embarcación, los otros cinco permanecen fugitivos luego de aliarse con los guardas de turno en enero de este año y salir campantes por la puerta del penal”, señala Huertas.

Pese a estas situaciones, los reclusos dicen que estos han sido casos extremos, pues en el penal todos se cuidan pese a que las instalaciones no tienen las mejores adecuaciones.

Amor en la prisión

La zona mejor cuidada, cuenta González, es una habitación al fondo de la prisión, donde se permiten las visitas conyugales. “Ese cuarto es especial para la privacidad y es una hora sagrada. Todos tenemos ese beneficio”, dice.

En el domingo de visitas conyugales, Ivonne hace la fila para encontrarse con su novio Rafael López, de quien se enamoró desde hace 5 años. Los dos guardias de la prisión le requisan, están acompañados de personal de la Policía, le piden los documentos, ella los entrega y justo ahí proceden a capturarla.

Ivonne es una de las dos mujeres que está en la cárcel. Quedó condenada por tráfico de drogas, pero le dieron el beneficio de detención domiciliaria, pero no avisó que se trasladaría de lugar de vivienda y las autoridades revocaron la medida y la capturaron en su visita al novio.

Acá no hay amor, hay compañía, no se pueden muchas cosas, pero estar con ella lo hace un poquito más fácil

“Teníamos un proceso de hace dos años, yo caí primero cuando distribuía droga en Puerto Carreño. Acá no hay amor, hay compañía, no se pueden muchas cosas, pero estar con ella lo hace un poquito más fácil. Se pasa el tiempo más rápido y a veces hay besitos”, cuenta Rafael, de 23 años y uno de los cantantes llaneros que alarga las tardes en la cárcel.

La pareja cuenta que no pueden hacer mucho, por lo que pasan los días jugando dominó, cantando y hablando de los errores que los llevaron a prisión. “No se puede volver a hacer lo que hicimos. Uno miraba era la plata, pero acá tras estar en la cárcel y no querer hablar con nadie, se termina recapacitando”, dice el joven.

Cárcel de Puerto Carreño

Luis, Yoribel y otro compañero de cárcel pasan sus tardes jugando dominó y hablando de los errores que los hizo llegar a prisión.

Foto:

Jonnathan Sarmiento

A la que más duro le ha dado estar en la cárcel es a Ivonne, quien tiene hijos de 15, 14, 10 y 9 años. Al estar recluida no le quedó más remedio que dejar a los menores en un internado. La mujer cuenta que no halla la hora de cuidarlos de nuevo y darles amor.

La equivocación que los tiene tras las rejas es la pelea de todos los días entre la pareja, pero Rafael dice que tenerla siempre cerquita le permite “endulzarle el oído más rápido”.

La otra pareja en prisión es la de don Luis y Yoribel, quien es de nacionalidad venezolana. Tras seis meses de noviazgo terminaron metidos en este lugar luego de que los hallaron con droga en su propiedad, hablan durante horas en el día y en la noche se debe ir cada uno para su celda, pues no pueden visitarse ni a hurtadillas debido a que a ellas las dejan con candado.

Menos mal está mi compañera como para que no me mate la tristeza. Los errores se pagan y eso le sirve a uno para reflexionar y no volver a caer

Luis es consiente que los errores se pagan y le toca pasar la amargura sentado en el patio jugando dominó o haciéndole fuerza a la Selección Colombia en las pollas que hacen cada vez que juega. “Acá estamos encerrados, menos mal está mi compañera como para que no me mate la tristeza. Los errores se pagan y eso le sirve a uno para reflexionar y no volver a caer”, finaliza.

A las 5 de la tarde en punto, los reclusos se reúnen para la última comida del día, luego se sientan frente a un televisor que da una imagen borrosa y ven algún noticiero o una novela. A las 9 de la noche, los dos guardias de turno apagan todo y tanto Luis con Yoribel, como Rafael e Ivonne, se despiden con un beso.

Cristian Ávila Jiménez
Enviado especial de EL TIEMPO
Puerto Carreño (Vichada)

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