Otras Ciudades

‘Jamás volveremos a tomar las armas’: Farc

En la vereda La Fila, Tolima, están miembros de esa exguerrilla que transitan hacia la vida civil.

Exguerrilleros en Icononzo, Tolima

Los antiguos guerrilleros trabajan en Icononzo en mejoras a sus viviendas.

Foto:

Andrea Moreno / EL TIEMPO

19 de noviembre 2017 , 08:42 a.m.

Arriba, desde la entrada a la zona veredal Antonio Nariño, esta parece un exclusivo club campestre: son 320 casas bien diseñadas con techos color ladrillo y paredes blancas, cada una rodeada de una vegetación fresca, muy verde.

La panorámica también es de postal. En la distancia se abre el vasto valle del río Sumapaz. El trazo del caudal termina en el Magdalena, y en sus riberas se divisan los cascos urbanos en donde los turistas acuden en busca de sol y piscina: Melgar, Ricaurte, Girardot.

En este lugar, en la vereda La Fila del municipio de Icononzo, legalmente llamado Espacio Territorial de Capacitación y Reincorporación (ETCR), no hay algarabía. Cada tanto, el silencio es interrumpido por el chillido de una sierra eléctrica o el martilleo seco de clavos y puntillas. El conjunto es una obra en continúa construcción.

En medio de este santuario natural, llamado ‘El balcón del oriente del Tolima’, viven 260 personas que hasta hace poco militaban, en su mayoría, en la red urbana Antonio Nariño, el frente de guerra de las Farc autor de los golpes más sonoros contra Bogotá. Por ejemplo, los atentados con rockets durante la posesión del presidente Álvaro Uribe Vélez, que dejaron 26 personas muertas –la mayoría habitantes de la calle–, 60 heridos y que impactaron incluso los alerones del Capitolio Nacional.

¿Usted es responsable de hechos de sangre contra la capital? “Sí. Participé en muchas de las acciones militares que hicimos allí”, responde Jeison Edwin Murillo
, de 39 años de edad y con cinco semestres de filosofía en la Universidad Nacional. Cumplió 20 años de militancia en la guerrilla, aunque 14 de ellos estuvo en cárceles de máxima seguridad: La Picota, Cómbita y Valledupar. ¿Por qué? Por rebelión, terrorismo y homicidio. Hace cinco meses volvió a la libertad por la ley de amnistía incluida en el acuerdo de paz que firmaron en el teatro Colón el entonces grupo armado y el Gobierno. “Aquí llegué hace muy poquito. Desde entonces he tenido la actividad más intensa de mi vida”.

¿Puede haber algo más complejo que hacer la guerra, que vivir para matar al enemigo? “Claro. Claro que sí”, afirma. “Tratar de edificar y consolidar la paz”

¿Puede haber algo más complejo que hacer la guerra, que vivir para matar al enemigo? “Claro. Claro que sí”, afirma. “Tratar de edificar y consolidar la paz”.

Explica que está dispuesto a contarles a los miembros de la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP) o a los integrantes de la Comisión de la Verdad o a quien quiera escucharlo cada uno de los hechos que hizo, pero que por ahora debe atender preocupaciones más urgentes: “¿Cómo hacemos para no contaminar los nacimientos de agua de la región con las basuras? ¿Cómo carajo saco el agua que tiene inundadas varias de nuestras casas y que son un caldo de cultivo de mosquitos?”, se pregunta.

En efecto, este espontáneo caserío en donde Murillo es uno de los líderes no es un centro vacacional, sino un espacio en el que se escribe el punto final de una dolorosa página de la historia del país. “Para nosotros, la guerra quedó atrás. Jamás vamos a volver a tomar un arma, es nuestro compromiso”, promete. Por eso, sus prioridades no son ahora, según afirma, las cuestiones bélicas sino la brega cotidiana para que sus excompañeros de armas tengan una vida digna, con oportunidades.

No ha sido fácil. En este año se han encontrado con la tramitomanía y burocracia propias del Estado. Así, por ejemplo, según les dijeron, no estaba en los contratos hacer canales de aguas lluvias, y menos de aguas negras. Las bonitas casas que se observan desde la distancia dejan de serlo al acercarse. Están rodeadas de fango y aguas empozadas, las calles son de un barro resbaloso en estos tiempos de largos aguaceros.

Pero, hay otra cara de la moneda. Existen tres cooperativas de la Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común (Farc) que cada vez dan más resultados: la agropecuaria, con cultivos de fríjol, arveja, aguacate, los criaderos de tilapia y los galpones de gallinas y conejos. “Tenemos 20 gallinas compradas con el dinero que hemos ahorrado de lo que nos ha dado el Gobierno. Es una cifra pequeña porque se trata de un plan piloto; no podemos aventurar”, dice Murillo. La segunda es de manufactura, que tiene una incipiente fábrica de confecciones y un taller de cerámica. Y, finalmente, la de servicios, con un restaurante que ofrece un servicio al público que a diario llega allí.

¿Quiénes ascienden hasta esta montaña? Además de familiares, vienen profesores, investigadores, estudiantes, periodistas, extranjeros curiosos y lugareños que quieren saber cómo es el tránsito a la vida civil de quienes fueron miembros de la que alguna vez la guerrilla más vieja del planeta. Para llegar se viaja una hora por carretera destapada, desde el parque central de Icononzo, donde está la imponente iglesia San Vicente de Paúl, pero bien vigilada por el Ejército que forma un escudo alrededor de la zona.

–Aquí están ustedes, sin armas, rodeados por miembros del Ejército. ¿No temen que les pase algo? “Para nada”, dice Gregory Morales, de 39 años, 18 de ellos en las Farc. Su historia familiar es un espejo de esta organización: su padre fue ideólogo; su madre, militante; su hermano murió en combate, otro estuvo en la cárcel y su hermana vivió de cerca las negociaciones de La Habana, donde estudia medicina, por los convenios con Cuba que surgieron tras la firma del fin del conflicto.

Morales estudió cuatro semestres de ciencias políticas en la Universidad Nacional. “Hay mucho escepticismo, pero hay que ver lo positivo. Le cuento: nosotros hemos hecho jornadas de reforestación con los soldados y los policías. ¿Por qué? Porque este paraíso es de todos nosotros y ahora con la paz lo tenemos que cuidar para dárselo a nuestros hijos”. Pero ¿hay muchos problemas y quejas de incumplimiento? “Claro”, responde. “La actitud revolucionaria es mirar hacia el mañana. O nos quejamos o actuamos para mejorar las cosas”, explica.

¿Cómo es la vida colectiva de un grupo que ya no tiene combatientes sino civiles? “Una de las cosas –responde– que aquí estamos cambiando es que todo se discute y se vota democráticamente, en asambleas. Ya no hay comandantes que den órdenes. Que los antiguos guerrilleros de base tengan el criterio para tomar decisiones individuales es un desafío”, dice.

¿Usted está dispuesto a contar todo lo que hizo? “Claro que sí. Y esperamos que desde la otra orilla también se diga lo que le hicieron al país”. ¿Qué otra prueba da de que decidió jugársela por la paz? “Una decisión con mi compañera –también miembro de la Farc–: tener un bebé. Es una niña que nacerá en unos días. Esa es muestra de que las armas quedaron atrás. Ahora somos creadores de vida”.

Morales cuenta sus sueños mientras señala a la distancia la cadena de montañas donde en los años 50 transitó Juan de la Cruz Varela en busca de voluntarios con los que formó las primeras autodefensas campesinas en Icononzo y Villarrica, germen de una guerrilla que no fue vencida en medio siglo.

Dice que podría quedarse todo el tiempo hablando de las épocas de los fusiles para hacer la guerra, pero que ahora a él también lo que lo desvela es cómo hacer para proteger los nacimientos de las fuentes hídricas.

ARMANDO NEIRA
Enviado Especial de EL TIEMPO
Icononzo – Tolima@armandoneira

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