Otras Ciudades

Cartagena: Fiestas de la Inter-dependencia / Opinión

Como ciudadanos, considero que somos corresponsables con lo que ocurre en nuestra ciudad.

La Ciudad Heroica se prepara para elecciones atípicas

Cartagena, Colombia.

Foto:

John Montaño/ EL TIEMPO

17 de noviembre 2017 , 10:50 p.m.

Por mi hermana, que es muy activa en las redes sociales (yo no tengo Facebook, ni Twitter, ni Instagram, ni...) me he enterado del revuelo que ha causado mi columna del lunes pasado en el diario EL TIEMPO, sobre las Fiestas de la Independencia de Cartagena. Bienvenida la polémica, la controversia y el debate... pero con altura. Es triste constatarlo pero el alto nivel de agresividad de muchas de las reacciones es fiel reflejo de lo que pasa en nuestra ciudad y en nuestro país. Debemos aprender a argumentar sin recurrir a la mentira, a la calumnia, a la difamación... ¡y, sobre todo, a la amenaza!

Quisiera decir para empezar que reconozco que el tono de mi escrito fue un tanto exaltado, visceral y ‘absolutista’ y no tengo reparos en ofrecer disculpas a quienes se hayan sentido ofendidos o insultados por mi reflexión. Esta no tenía otra intención que la de ‘sacudir’ y propiciar una discusión sobre la alarmante situación de Cartagena. No solo de sus fiestas. No es la primera vez que escribo sobre lo que veo y vivo a diario en esta maltrecha ciudad, ni tampoco la primera en que estos escritos suscitan enconadas reacciones. Lo que pienso lo digo con carácter y con el derecho y la autoridad que me confieren estos muchos años de trabajo en el sector cultural/artístico/educativo/social en que se debate a diario El Colegio del Cuerpo (eCdC).

Algunos, la mayoría, se quedaron patinando en la primeras frases de mi artículo y no extrajeron lo que para mí era la esencia del mensaje: festejar la Independencia versus meditar sobre la Inter-dependencia. Como ciudadanos, considero que somos –o deberíamos ser– corresponsables con lo que ocurre en nuestra ciudad. Me molesta el efecto narcótico-anestésico que este tipo de eventos tiene sobre muchos de nuestros dolores y problemas... al igual como se manipula el fútbol, por ejemplo, para distraer al pueblo de su realidad. ¡Pan y circo!... (aunque en el caso de Cartagena ¡sin pan!) Es importante leer el editorial de El Universal del pasado 14 de noviembre (‘Lo que empaña una gran fiesta’) para entender cómo el malestar y el caos de la ciudad se expresan incluso a través de las fiestas mismas... Algunas expresiones extremas y provocadoras utilizadas en mi texto, tales como la invitación a apagar por un tiempo el estruendo de los picós, a dejar la borrachera o la procreación irresponsable y sin medida... no deben, por supuesto, ser leídas en un sentido literal: a lo que apelaba, de manera simbólica, era a lograr un momento de pausa y de reflexión para enfrentar los graves problemas que nos aquejan. Del mismo modo que esperamos que el silencio de los fusiles de la guerra nos permita por fin a los colombianos escuchar nuestras voces para que podamos entre todos construir un país en paz. A veces siento que el frenesí y el fragor de la vida cotidiana no nos dejan analizar y sopesar con claridad la magnitud de los dramas que vivimos como ciudad como país.

Una de las críticas más generalizadas ha sido la de tildar mi visión de ‘elitista’: mucho se ha hablado de mi supuesto desprecio por ‘la cultura popular’. Así como se dice que hay corrupción ‘de la mala’ y corrupción ‘de la buena’ (del mismo modo que existe el colesterol malo y el colesterol bueno) existe el elitismo positivo, que es el que practicamos en El Colegio del Cuerpo: niños y jóvenes, provenientes de los sectores más vulnerables y excluidos de la ciudad, han accedido en estos 20 años, a través de nuestra propuesta educativa elitista, a niveles de excelencia que ni siquiera han alcanzado muchos de los jóvenes de los sectores “privilegiados” de esta ciudad. Más de 8.000 muchachos provenientes de los barrios Nelson Mandela, Olaya, Villa Estrella, Pozón, Santa Rita, Chile, Almirante Colón, Ceballos, Las Palmeras, Loma Fresca, Daniel Lemaitre, Pontezuela, Arroz Barato..., por nombrar solo unos pocos, han tenido acceso a una educación artística-humanística de excelencia. Muchos han viajado por los cinco continentes, han recibido la visita y la admiración de presidentes, reyes, premios nobel, artistas consagrados, etc. Hablan varios idiomas y se mueven por el planeta como peces en el agua, como ciudadanos del mundo, dueños de todos sus derechos. El investigador inglés François Matarasso lo resumió así: “eCdC es la esencia de la democracia cultural” y el crítico del diario The Guardian de Londres afirmó, luego de ver nuestro trabajo, que había comprendido que no hay que hacer concesiones entre valores sociales y valores artísticos: “... en otras palabras entre hacer el bien y hacerlo bien”. 

En algunos de los comentarios se nos acusó también de despreciar “lo negro”. No soy, como dice un amigo, ni afrocondescendiente, ni afrodependiente, ni afrodefendiente. No me quedo recluido en la prisión del color de la piel ni en la camisa de fuerza de la tan manoseada identidad: amo y respeto a los seres humanos como seres humanos y creo que, como dijo el presidente Santos cuando recibió el Premio Nobel de Paz, “solo existe una raza y es la raza humana”. Esa es nuestra identidad. Quizás algunos no saben que la primera vez que artistas del Palenque de San Basilio entraron al teatro Adolfo Mejía fue en el año 1998, cuando eCdC lideró el Festival de las Artes Memoria e Imaginación: junto a doña Graciela Salgado de las Alegres Ambulancias y el Sexteto Tabalá, estuvieron doña Petrona Martínez, doña Etelbina Maldonado (con el bailarín de Benín Kofi Koko y el gran tambolero Encarnación Tovar, ‘El Diablo’), Estampas de Funsarep, Los de la Vereda, entre muchos otros. Nuestra primera obra a cuatro manos en 1997, con mi colega Marie France Delieuvin antes de la cofundación de eCdC, se llamó Reconquista y fue un homenaje a mi gran maestra y amiga Delia Zapata Olivella. Cuando dirigí en el año 2005 el festival de Kampnagel en Hamburgo, Alemania, doña Petrona Martínez fue la artista que elegí para la gran fiesta de inauguración. No solo no desprecio la cultura popular, sino que tampoco hago distinción entre ella y la llamada cultura culta (o de élite): para mí solo existe La Cultura... así, con mayúsculas. Cultura universal, de calidad, cultura humana. En eso consiste mi elitismo.

Pero lo más grave –y lo más ruin– ha sido afirmar que con nuestro trabajo filantrópico y desinteresado, nos hemos lucrado. Esto ya entra en el terreno de la difamación y el de la calumnia.... pero, sobre todo, en el del humor negro: a estas alturas del 2017, eCdC aún no sabe cómo va a terminar el año. Nuestro aliado principal, el Ministerio de Cultura, no puede cubrir todo el presupuesto de nuestra institución y hacemos maromas y milagros todos los años para sobrevivir. Existe el imaginario complemente falso de que somos una institución sobrefinanciada. Nada más alejado de la realidad. Nuestros libros contables (institucionales y personales) están abiertos al escrutinio público, para que se entienda el ingente e incansable trabajo de gestión, venta de espectáculos y actividades pedagógicas, etc. que realizamos todos los días para continuar nuestra labor.

Hace unos pocos días en el Centro de Convenciones de Cartagena –en plenas fiestas– y como parte de los eventos de conmemoración de nuestros 20 años, presentamos a una de las agrupaciones más sofisticadas y reconocidas del mundo: la Compañía de Danza Butoh del Japón Sankai Juku con el apoyo del Gobierno japonés y algunos patrocinadores, entre ellos el Centro de Convenciones. En el mismo escenario, en el mes de julio, el extraordinario grupo de Suráfrica, Soweto String Ensemble, compartió también con el público de Cartagena su arte y su filosofía sobre el poder transformador de la educación artística de calidad –de élite– para los más pobres y los más excluidos. Al Centro de Convenciones acudieron, como a todos los eventos que organiza eCdC, personas de todos los estratos socioeconómicos: el arte tiene el enorme poder de enaltecer. Y precisamente, cuando es la calidad la que convoca, las diferencias socioeconómicas aparecen como secundarias e irrelevantes y todos nos vemos enaltecidos.

Bienvenido entonces el debate. Reitero mis disculpas por el tono de mi artículo. Reconozco que en estos momentos de reconciliación en nuestro país, he debido ser mas morigerado y respetuoso. Y como dice el lema, que hoy afortunadamente está de moda: por la paz soy capaz.

ÁLVARO RESTREPO
Artista

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