Otras Ciudades

El diario de los combatientes del sur  

Relato de soldados que sobrevivieron al ataque del las Farc a Miraflores (Guaviare) hace 20 años.

Pablo Arturo Chaparro

Momento en el que los soldados son recibidos por el Ejército en las afueras de Miraflores.

Foto:

Milton Díaz EL TIEMPO

Por: Luis Alberto Miño Rueda  
29 de octubre 2018 , 11:42 a.m.

"Tres guerrilleras tuvieron que cargarme hasta el campamento de las Farc porque el dolor no me dejaba caminar. Tenía un tiro en el brazo y me estaba desangrando. Ellos me estaban aplicando una inyección cuando trajeron al lanza Díaz Cruz, alma bendita.

"El estaba muy mal. Cuando lo alzaron quedó pálido. El man no podía con las piernas. Pedía agua pero los guerrilleros le decían que no le podían dar porque era peor. Tenía dos tiros en el pecho y no podía ni respirar. Nos miraba y no hablaba. No podíamos hacer nada.

"En la mañana, cuando nos subieron al carro, Díaz Cruz se desmayó. Después nos dijeron que estaba muerto.

"Creo que no resistió más porque no tenía sangre. Todo fue en vano . Esta es la pesadilla que vivió el soldado Rafael Real, en medio de convulsiones provocadas por el paludismo".

El soldado Real y ocho compañeros suyos sobrevivieron al ataque de cerca 800 hombres de las Farc a Miraflores, el ombligo del Guaviare.

"A 70 de la compañía nos habían sacado días antes de la base porque dijeron que se iban a meter por túneles, como en La Picota. Ibamos a armar los cambuches cuando mi teniente se encontró a un hombre y fue a investigarlo. Cuando llegamos nos pidieron el código y él les respondió: Qué código ni qué H.P. . Y se formó la plomacera. Era pura guerrilla. Nos lanzaban de todo. Bala y más bala. Granadas y bombas".

"Eran las 6:30 del lunes. La escuadra de nosotros quedó en la mitad. De frente nos disparaban los guerrilleros y por detrás la contraguerrilla también daba bala. No podíamos ni levantar la cabeza". Así cuenta el soldado Pablo Arturo Chaparro el comienzo del ataque.

"En los 10 meses que llevaba en el Ejército era mi primer combate. Sabíamos que esta zona era caliente, pero no así. Estábamos desiguales, nosotros teníamos fusiles Galil y ellos tenían más de diez ametralladoras y bombas ", relata Chaparro.

El grupo de soldados se dispersó entre la maleza. Los cabos Cuestas y Gutiérrez salieron a frentear. Después, los soldados los vieron muertos, entre los matorrales.

Alcanzamos a ver a los guerrilleros. Tenían una banda en el pecho con la bandera de Colombia , recuerda el soldado. Sabíamos que eran bastantes pero no tantos. De pronto, empezó a llover. Se les metía el barro a los fusiles y teníamos que limpiarlos para seguir disparando. Nos caían cerca granadas pero no explotaban. Eso nos salvó , cuenta Chaparro.

De la base los apoyaban con morteros, pero no era suficiente para resistir. Una esquirla de una bomba le atravesó la bota al soldado Chaparro y se le incrustó en la pierna.

Le grité a mi teniente que no podía más y él me dijo que para adelante. Como no podía cargar el fusil él me ayudó y me arrastré por un barrial.

Yo rezaba y pensaba en mi hija que nació el primero de julio cuando estaba en Puerto Alvira y no pude ir a registrarla. Yo ya estaba sin munición , relata Chaparro.

Entre el tiroteo se fueron reuniendo los heridos y formaban un grupo de seis. Sentían las voces de los guerrilleros. Esperaban la muerte.

Le dije al Pecoso que no nos dejara morir y me ayudó a arrastrarme. Nos acostamos en la maleza boca abajo por si de pronto no nos veían , dice el soldado. De un momento a otro vimos las botas de la guerrilla . El comandante de las Farc dijo: No disparen que aquí hay soldaditos .

El guerrillero nos dijo que nos iban a respetar la vida y que ojalá el Ejército hiciera lo mismo con ellos .

Eran las 11:30 de la noche. Los guerrilleros les quitaron los fusiles y los chalecos, en donde cargaban las medallas de la Virgen y la Biblia. Los hicieron formar y los contaron. Los llevaron por un camino destapado. Los soldados se apoyaban entre ellos para poder caminar. Al rato, llegaron a un campamento.

Había hartas guerrilleras más jóvenes que nosotros. Les preguntamos qué porqué estaban con ellos y nos dijeron que ellas querían y que iban a estar en la guerrilla hasta morir , recuerda Chaparro.

En la enfermería había desde algodón hasta oxígeno. Los tendieron en un plástico y les revisaron las heridas.

Mientras los atendían, otros guerrilleros avanzaban hacia el pueblo. En la madrugada iban trayendo más soldados. También llegaron heridos los soldados José Alejandro Bejarano y Héctor Julio Serrano. Luego, llevaron al soldado Díaz Cruz casi muerto. No podía respirar.

Toma de Miraflores

Así quedó el cuartel Miraflores tras la toma de las Farc, el 3 de agosto de 1998.

Foto:

Milton Díaz EL TIEMPO



Cuando el sol apareció, separaron a los heridos de los sanos. Los que podían caminar los formaron en grupos y los embarcaron en carros y lanchas. Se llevaron como a 80 , recuerda Chaparro.

A los ocho heridos los embarcaron en un carro para el caserío de Buenos Aires. Cuando subían murió el soldado Díaz Cruz. El grupo no lo pudo despedir, solo lo vieron pálido a lo lejos.

En Buenos Aires, los ocho soldados se quitaron los camuflados manchados de sangre y barro, y se vistieron de camisa manga larga, bluyines y tenis nuevos que los pobladores les regalaron.

Allí, vieron en televisión los balances de los ataques. Se enteraron que las bases quedaron destruidas. Vieron el traslado de los cadáveres y de sus compañeros heridos a San José.

La gente del pueblo se portó muy bien. Se turnaban en la noche para darnos la medicina cuando era. Nos dieron cigarrillos para matar el tiempo y nos pusieron hasta vallenatos , cuenta Chaparro.

No llamaron a sus familiares desde caserío porque los guerrilleros les dijeron que no avisaran. Todos se aguantaron las ganas de contar que estaban vivos.

De regreso a casa Así, entre cigarros y música pasaron dos días. Los tiros cesaron. El jueves, cuando escaseaban las drogas en Buenos Aires y aparecieron los organismos de socorro en Miraflores, los soldados decidieron salir del pueblo.

Se bañaron y se vistieron para el regreso a la vida. Los soldados se acomodaron en un campero y se despidieron agradecidos con la población. Un comisión de Buenos Aires los acompañó en el carro con una bandera blanca. Tomaron nuevamente la carretera a Miraflores. En silencio, miraron el cambuche donde los curaron. A los 30 minutos se encontraron con las tropas del Ejército. La mano en alto del teniente detuvo la marcha del carro rojo. Los soldados contraguerrilleros los miraban y les dieron aliento.

Los saldados se identificaron como miembros del batallón Joaquín París y siguieron la marcha hacia el hospital.

Desde la ventana del vehículo vieron al soldado Rodríguez y al cabo Sánchez. Estaban de camuflado; embarrados. Se escondieron en el monte y cuando vieron a la tropa, ese jueves, se entregaron.

El cabo Sánchez todavía tenía terciado su fusil. Agachado miraba la selva, buscando al enemigo. El soldado Rodríguez le hablaba, pero el cabo no miraba, estaba perdido, parecía que todavía le estaban cayendo bombas en su mente. Los sicólogos del centro médico decían que estaba traumatizado, que no le quitaran el fusil por la fuerza. Todavía estaba en el combate.

Los soldados contaron que el cabo vio morir a su mejor amigo en el combate, el cabo Cuestas. Siempre andaban juntos en la milicia. En su bolsillo, el cabo tenía una grabadora, en cuya cinta quedaron las explosiones y los gritos de auxilio.

A los nueve soldados sobrevivientes los subieron el viernes en camilla a un helicóptero ruso del Ejército.

Chaparro iba con el pulgar en alto, estaba vivo para conocer a su bebé. Cuando se elevó la aeronave, los soldados dejaron atrás las cenizas de la base y la guerra que quieren olvidar. En tierra el cabo Sánchez seguía con su fusil, en silencio.

Luis Alberto Miño Rueda
Enviado Especial EL TIEMPO - Miraflores (Guaviare)



NOTA: Este artículo fue publicado en la versión impresa de EL TIEMPO el 8 de Agosto de 1998 y lo volvemos a publicar tras los 20 años de esta toma guerrillera.

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