Registrate o inicia sesión para seguir tus temas favoritos.

Medellín

El equipo de fútbol que se fue quedando sin estrellas

Disputa de bandas criminales puso a Itagüí como el municipio más violento del valle de Aburrá.

Violencia en Itagüí

Jóvenes fueron las principales víctimas, entre 200 y 2012, en Itagüí. Época violenta.

Foto:

Cortesía Dahiana Ortiz

Por: Juan Pablo Patino Osorio
14 de abril 2019 , 07:00 a.m.

La pelota rodó. Era el último partido del Torneo Interbarrios que organizaba la parroquia el Divino Rostro de Fátima, mi barrio, en Itagüí. Esa no solo era la final del campeonato, también fue el último partido que jugamos juntos.

El padre Fredy, organizador y árbitro del evento, reunió a ambos equipos y les dijo: “Que este partido se juegue en paz. Vamos a respetar al rival, su integridad es sagrada y por nada en el mundo debemos hacerle daño”.

Ese torneo era necesario en comunas como las nuestras, la cinco y la seis, que comprenden los barrios Calatrava, El Tablazo, Fátima, El Rosario, Las Acacias, Loma Linda, Terranova y Balcones de Sevilla.

El padre Fredy buscaba arrebatarles niños y jóvenes a la violencia. En el 2009, año anterior al campeonato, Medicina Legal reportó 332 homicidios. La mayoría causados por el enfrentamiento entre las bandas criminales. Esa fue la ola de violencia más grande que ha registrado Itagüí en los últimos 15 años.

El partido lo disputamos contra el equipo de El Tablazo. El grupo delincuencial de ese barrio tenía una guerra frontal contra los combos de Fátima y Calatrava, aliados en fechorías.

La presión la sentimos cuando llegó él. Mientras el resto del equipo se alistaba para el partido, Esteban separó a Yeyo de los demás y le dijo:
—¿A qué horas juegan?
—A las dos.
—¿Contra quién?
—Contra esos chinos de El Tabla. —Respondió Yeyo, con miedo, pues a los muchachos no les gustaba que nosotros nos relacionáramos con la gente de otros barrios.
—¡Ay gonorrea! —exclamó Esteban, risueño, mientras chasqueaba los dedos.
—Es la final —agregó Yeyo, sonriendo. Quería meterle más picante al asunto.

Esteban sacó un billete de cinco mil pesos, se lo entregó a Yeyo y como quien compra la fidelidad le dijo: “Vea, pa’que tomen fresquito. Yo veré, duro con todos esos hijueputicas”.

Yeyo volvió emocionado y nos contó lo que Esteban, el jíbaro de la cuadra, le había dicho. El honor del barrio o del combo, dependía de nosotros.

El padre Fredy hizo sonar su silbato. Nos persignamos. La hora había llegado. En una magistral jugada individual Cholo se abrió paso entre los rivales y anotó el primero para nuestro equipo. El partido era joven, pero teníamos la ventaja. El primer tiempo fue de ida y vuelta, nos fuimos al descanso con un marcador de 3 a 3.

Yeyo

Para entonces tenía 14 años. Vivía con su mamá, su abuela y sus tres hermanos. Era el mayor. Blanco, pecoso y de pelo hasta el cuello. Apasionado por las gorras planas y por Natalia, la niña que para él era la más linda del barrio.

Recuerdo la vez en que mientras jugábamos videojuegos a Yeyo se le fueron las luces. Cayó de la silla y se puso pálido, más de lo que era. Como pude intenté reponerlo y le pregunté qué le había pasado.

—Nada Pablo, sigamos jugando.
—Tome agua a ver sí se mejora. —Le dije sin mucho interés.
—Pablo. ¿No tiene por ahí un pancito o alguito de comer que me regale?

Luego de comerse un taco de galletas saladas con agua de panela Yeyo me confesó que llevaba un día entero sin probar bocado alguno de comida, que en su casa todos pasaban la misma situación, pero agregó: “Esto tiene que cambiar, voy a hablar con mi papá que está en la USA”.

Solo un par de semanas bastaron para que empezara a tener dinero. Sus prendas cambiaron radicalmente, ya no eran réplicas, ahora solo vestía marcas originales. La mayoría de nosotros lo envidiaba.

—Pablo, vea lo que le tengo. De su morral sacó unos tenis Nike. Estaba maravillado, primera vez que tenía tan de cerca unos tenis que podían valer entre doscientos y trescientos mil pesos.
—¿Se los mandó su papá? —Pregunté a secas. Seguramente Yeyo solo había ido hasta mi casa a presumir sus nuevos tenis.
—Sisas, de la USA. ¿Los quiere?
—¡Quién no va a querer unos así!
—Se los vendo bien baratos.
—¿Cuánto? —Pregunté desesperanzado.
—Deme veinte mil y se los lleva. En ese momento no tenía la plata, así que acordamos que todo el dinero de mis loncheras se lo abonaría a esos tenis, dos mil pesos diarios por dos semanas. Hizo negocios similares con muchos vecinos y amigos, les vendía consolas de videojuegos, ropa, zapatos y relojes.

Esto tiene que cambiar, voy a hablar con mi papá que está en la USA

La mentira de Yeyo se cayó en el 2011 cuando la policía lo detuvo a la salida de un almacén después de robar algunas prendas de vestir. Su abuela tuvo que recogerlo en el Centro Especializado para Adolescentes infractores, de la Fiscalía. Muestra de la tunda que le dio su mamá fueron las tablas que quedaron marcadas en su espalda.
Nunca lo increpamos, sabíamos que de alguna u otra manera nosotros habíamos sido cómplices de todos esos robos.

Después de eso Yeyo no volvería a ser el mismo. Tomó distancia. Empezó a fumar. Se fue de la escuela y pasó a ser un joven más de los 1.100 que en 2011 reportó la Secretaría de Educación como desertores de las diferentes instituciones educativas.

El último recuerdo que tengo de él es de 2016 en el Parque del Artista, llevaba en un costal algunas botellas para venderlas por chatarra. Jhon, quien era el más cercano a Yeyo, dijo que: “Ese chino se fue de la casa porque se dio cuenta de que la mamá andaba de puta en La Raya”, zona de tolerancia de Itagüí. Hoy nadie sabe nada de él.

Jhon

Jhon Alejandro. En secreto le decíamos el ‘Pecue’ por su característico olor al sudar. Alto, moreno y fornido. Gran jugador de fútbol y de las maquinitas, pero pésimo estudiante: repitió tres veces seguidas el grado sexto, esto hizo que su mamá lo sacara del colegio porque “había salido burro”.

Empezó a trabajar. Se levantaba todos los días a las tres y media de la mañana para ir a cargar bultos junto a su padrastro a la Central Mayorista. En las tardes se dedicaba a su pasión, la barbería. A pesar de que nunca hizo un curso era hábil con la máquina y la cuchilla. Yo era uno de sus clientes.

—Pablo, voy a ir por la minora para hacerle las patillas. Ya vengo.
Regresó rápido. No veía la cuchilla, entonces pregunté por ella. No me respondió.
—Quieto pues gran hijueputa.
Con una mano me tomó por el cuello y con la otra presionaba con fuerza un hierro frío contra mi cabeza. No sé cuántos segundos pasaron. No entendía por qué el que había sido mi amigo en ese momento intentaba matarme. Empecé a llorar y le rogué por mi vida.
—¿Qué está haciendo? ¡Cuidado! No me vaya a hacer nada, por favor.
—Ya sabemos que usted es uno de los sapos, no se haga el güevón.
—Suélteme Jhon, yo no he hecho nada.
Me soltó, puso el arma sobre la mesa y volvió a mí para reírse de mis lágrimas.
—No llore, que yo estaba jodiendo. ¿Usted cree que yo voy a ser capaz de hacerle algo?
—No lo vuelva a hacer. Malparido.
—Relájese, no ve que esto antes es pa’ cuidarlos a todos ustedes.
—¿De dónde sacó esa cosa?
—Esto es de los manes de la vuelta de Calatrava.
—¿Y usted por qué la tiene?
—Se la robé. Mentiras. Yo soy el que les guarda los fierros a esos chinos. Acá tengo más, ¿quiere ver?
—Muestre.

Jhon me enseñó tres pistolas de las que llaman ocho y una que tenía un silenciador. Dijo que los muchachos de ese combo le pagaban un arriendo por tenerlas guardadas, que no era mucho, pero que algo servía.

Por puro morbo empecé a preguntarle sobre los combos. Terminó de motilarme y continuamos la conversación en su balcón. Me indicó donde estaban las diferentes plazas de vicio, me alertó sobre los lugares que no podía pisar y mientras me hacía más recomendaciones pasó Joel, el tendero y papá de Luchito.

—¡Uy!, ese cucho está más caliente —exclamó Jhon.
—¿Por qué?
—Lo tienen amenazado. Ese viejo no va a durar mucho.Semanas después de esa conversación dos sicarios llegaron hasta la tienda de Joel y antes de que abriera, a las siete de la mañana, lo asesinaron. Dejaron a Luchito sin papá.

Lucho

Guachafa, el más fiel borracho que tenía Joel, cuenta que al escuchar los tiros salió a ver qué pasaba: “Ahí estaba él, tirado en el piso. Eso me dolió mucho porque el hombre era muy buena gente, me fiaba. Traté de recogerlo pero era muy gordo. Apenas me vio dijo que le llamara a la esposa. Cuando ellos se encontraron fue muy doloroso. Apenas él la vio le dijo ¡Ay mi negra! me mataron. Entre la doña y yo lo montamos a un taxi, le di la bendición y listo. No lo volví a ver”.

Joel murió a sus 47 años el 7 de marzo de 2012 hacia las 11 de la mañana en la Clínica Antioquia. Su asesinato se sumó a los de otras 123 personas que, según Medicina Legal, ocurrieron en Itagüí ese año.

Luchito solo se enteró de la muerte de su papá hacia las 12 del día cuando regresaba del colegio. Veníamos juntos y al ver la tienda sellada con cintas amarillas corrimos a mirar qué había pasado. Preguntamos a un policía que se encontraba allí y este respondió con frialdad: “Mataron al señor que trabajaba acá”.

Lucho no tuvo otra reacción que tirarse al piso a llorar. No hubo ningún familiar que lo consolara, todos estaban acompañando a Joel.

Nos contó que su papá estaba amenazado porque se negaba a pagarles las vacunas a los diferentes combos. Que ya habían hablado con la policía y que estos prometieron protección, “pero vea, me lo mataron”.

Tomó un sorbo de la aromática que le había preparado la mamá de Juan y con frialdad, ese niño de 11 años vociferó: “Pero esto no se queda así. La chimba. Esos hijueputas me las van a pagar”. Semanas después de la muerte de Joel, Lucho y su familia se fueron del barrio. No se despidió, no dijo a dónde iba.

Últimos minutos

Quedaba poco tiempo y la final estaba empatada, de seguir así nos iríamos a penaltis. Nadie quería eso. En los cinco minutos finales Jhon sacó un remate potente que el arquero rival no fue capaz de atajar. Todo fue gloria. Corrimos a abrazarlo, no nos importó su olor.

Sonó el pitazo final. El partido había terminado. El honor era nuestro. Recibimos nuestras medallas y a pesar de que fueran rebuscadas por el padre entre las sobras de torneos viejos, estábamos orgullosos. No todos los días se es campeón del Inter-barrios.

Hubiese querido que ese partido nunca acabara. Después de eso la guerra que se vivió en nuestros barrios empezó a apagar a cada una de nuestras estrellas: la calle los devoró.

Regresé a la cancha en la que en el 2010 nos coronamos campeones. Tuve la esperanza de encontrarme con algún amigo para volver a jugar, pero ninguno de ellos estaba. Derramé algunas lágrimas, pero de inmediato me repuse. Unos niños del colegio jugaban bajo la supervisión de su profesor de educación física. “Quizás esas estrellas no sean tan fugaces como mis amigos”, pensé.

JUAN PABLO PATIÑO OSORIO
Para EL TIEMPO
Medellín
@juanpat99

Descarga la app El Tiempo. Con ella puedes escoger los temas de tu interés y recibir notificaciones de las últimas noticias. Conócela acá:

Empodera tu conocimiento

Logo Boletin

Estás a un clic de recibir a diario la mejor información en tu correo. ¡Inscríbete!

*Inscripción exitosa.

*Este no es un correo electrónico válido.

*Debe aceptar los Términos y condiciones.

Logo Boletines

¡Felicidades! Tu inscripción ha sido exitosa.

Ya puedes ver los últimos contenidos de EL TIEMPO en tu bandeja de entrada

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.

CREA UNA CUENTA


¿Ya tienes cuenta? INGRESA