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Pacífico: una expedición por ese país de oro y abandono

EL TIEMPO acompaña viaje de Armada y Caracol. Poblados sin agua potable, acosados por redes ilegales

Los atardeceres en el Pacífico se tiñen de colores.

Los atardeceres en el Pacífico se tiñen de colores.

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Juan B. Díaz. EL TIEMPO

16 de septiembre 2018 , 04:29 p.m.

Caminar por Puerto Merizalde es como hacerlo en el aire bajo un sol punzante en la espalda, cuando no está lloviendo. Las rústicas viviendas de madera no tocan el suelo y se levantan en palafitos sobre el río Naya, ese que en décadas pasadas se teñía de sangre por las víctimas que bajaban por ese cauce.

Hoy, niños, niñas, jóvenes y mayores, la mayoría de piel negra, buscan temprano un chapuzón, cuando los tanques de las casas se van quedando sin el agua lluvia de la que dependen todo el año. Es en este corregimiento de Buenaventura, donde sus más de 3.500 pobladores oran por evitar que grupos armados repitan su régimen del terror, como en la masacre del Naya en aquella Semana Santa del 2001, que dejó más de un centenar de muertos regados en esa selva entre Valle y Cauca. Una arremetida perpetrada por 200 paramilitares, bajo el mando de José Éver Veloza, alias ‘HH’.

Este pequeño puerto, cuyo paso por la selva y el río Naya no deja de ser disputado por el Eln, disidentes de las Farc y el Clan del Golfo, quiere dejar atrás las huellas de la guerra. No es un cuadro ajeno en el Pacífico, al que una expedición de la Armada Nacional cruza para enseñar caras desconocidas de este país donde la gente se mueve en canoas y lanchas. 

Las mujeres en Puerto Merizalde desean vivir tranquilas, cuando están en las orillas del Naya, lavando ropa en sus aguas, mientras sus esposos, hijos y allegados están sembrando la papa china, el plátano, la yuca y el banano, cazando alguna guagua o pescando su sustento diario para preparar platos comunes en esta localidad como el tapao, guiso a base de pescado, papa, plátano, yuca, tomate, cebolla y pimentón. Pero muchos se inclinan por la coca.

Óscar Javier García o mejor ‘Miloca’, como lo llaman, es uno de los líderes de Merizalde, dice que “acá hay gente buena que no quiere la guerra”. Es el mismo ruego que hacen en Puerto Merizalde desde diferentes credos, entre católicos, testigos de Jehová, pentecostales y cristianos.

Predomina la belleza de los paisajes, en medio de la miseria.

Predomina la belleza de los paisajes, en medio de la miseria.

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Juan B. Díaz. EL TIEMPO

A este poblado el pasado 5 de mayo la Defensoría quería llevar al líder Íber Angulo para intentar salvarlo de de la violencia que ya se había llevado a tres parientes. Pero hombres armados se lo arrebataron a la comisión humanitaria. Fue en San Juan Santo, de López de Micay (Cauca) y que hace parte de las 170.000 hectáreas de selva del Naya, donde no se ha aclarado si un cuerpo hallado en el río sería el de este afrocolombiano.

Esther Mena, lideresa, también se unió al clamor de paz y lo hizo, mientras un pelotón de la Armada, en la expedición con Caracol Radio, bautizada ‘Navegando al corazón del Pacífico’, dirigida por el mayor Edwin Ferney Pinzón, repartía parte de las más de 60 toneladas de ayudas y provisiones a unas 12.000 personas, acompañada de una brigada de especialistas de salud, en una travesía que desde el 3 de septiembre se puso la meta de crear conciencia sobre el Litoral, en medio de la pobreza, la sed por no tener acueductos y tratando de que los grupos armados no pisen, de nuevo, el suelo de Merizalde, a media hora de Buenaventura en lancha y a 56 millas náuticas de un santuario natural con ocho ecosistemas.

Desde el 3 de septiembre se puso la meta de crear conciencia sobre el Litoral, en medio de la pobreza, la sed por no tener acueductos

Ese santuario es Gorgona, la isla que guarda una selva donde hay osos perezosos, lagartos azules, babillas, además de 18 clases de serpientes venenosas y no venenosas, cangrejos, un sinnúmero de aves, más de 46 especies de tiburones, como el martillo, y las emblemáticas ballenas jorobadas que llegan cada año.
Son atractivos para turistas que regresaron a Gorgona, después de 2016, cuando volvió a tener un operador turístico, tras el cierre por el atentado de las Farc que el 22 de noviembre de 2014 dejó la muerte de un teniente de Policía y heridos a seis uniformados más. Hoy, los visitantes llegan y pagan 20.000 pesos, mientras que los extranjeros dan 45.000.

El empuje de la gente de Guapi.

El empuje de la gente de Guapi.

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Juan B. Díaz. EL TIEMPO

“El Parque Nacional Natural Gorgona es un pequeño paraíso de diversidad que salta a la vista desde alta mar cuando la exuberante selva tropical desciende desde las pequeñas cumbres nubladas hasta el azul intenso de las aguas misteriosas del océano Pacífico”, dice María Jimena Zorrilla, jefe del área protegida en Gorgona.
Está conformada por dos islas: Gorgona y Gorgonilla. Fueron bautizadas por Francisco Pizarro en 1527. Corre la historia de que entonces, en la isla, los hombres fueron mordidos por muchas serpientes que el español comparó con monstruos femeninos de la mitología griega.

Gorgona reabrió sus puertas hace dos años, luego del atentado de las Farc. El ecoturismo es una de sus actividades.

Gorgona reabrió sus puertas hace dos años, luego del atentado de las Farc. El ecoturismo es una de sus actividades.

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Juan B. Díaz. EL TIEMPO

Los vestigios de Gorgona, como la temible prisión que fue entre 1960 y 1983, permanecen a pocos metros del mar Pacífico. “Maldito este lugar…maldito sea. Aquí solo se respira la tristeza. Aquí se bebe el cáliz, más amargo que nos brinda el dolor y la pobreza. Aquí la vida no tiene primavera. Aquí el alma no tiene sensaciones. Aquí el amor no tiene compañera y pierde el corazón sus ilusiones”, leen los excursionistas en una placa. Por aquí volvieron los pescadores para pernoctar tras arduas faenas. Hay un quiosco de cuyo techo cuelga más de una docena de hamacas para que pasen la noche. Cerca hay cabañas para el ecoturismo.

Una imagen de postal desde Gorgona.

Una imagen de postal desde Gorgona.

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Juan B. Díaz. EL TIEMPO

Por aquí merodean la pesca ilegal y una que otra lancha o un semisumergible, como el 2 de agosto cuando cayó con 748 kilos de cocaína.

La música, a punta de cununos y marimbas, en Timbiquí.

La música, a punta de cununos y marimbas, en Timbiquí.

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Juan B. Díaz. EL TIEMPO

Cantan entre la pobreza

A 29 millas náuticas de Gorgona está otro poblado que palpita en el Pacífico. Es Guapi (Cauca), con unos 30.000 pobladores ansiosos de solucionar los problemas de los últimos 50 años por el agua y donde el único hospital, el San Francisco de Asís, necesita especialistas. Es un poblado donde los niños salen ante los visitantes y se emocionan al recibir pares de medias de regalo.

La minería ilegal, el narcotráfico, los asesinatos y los desplazamientos se metieron entre los clamores antiguos de afrodescendientes cansados de tantas peticiones a los gobiernos de turno. Hay quienes recuerdan ese 1994, cuando una buena parte de sus habitantes quemó archivos de la Registraduría, en protesta por el racionamiento eléctrico y la pobreza, necesidades que persisten tras 24 años.

El alcalde de Guapi, Danny Eudoxio Prado, destaca los esfuerzos para superar obstáculos. “Todos los guapireños queremos un cambio. Queremos desarrollo, más educación para los niños y los jóvenes”, apunta Léyder Mafla, un cantante de música urbana, a quien de cariño lo reconocen como el ‘Herrero’.

A 33 kilómetros de allí está Timbiquí, municipio caucano, donde sus habitantes viven de sembrar, a ritmo de los currulaos, los bundes y los abozaos. Estos poblados son cuna de cantadores y maestros como Emeterio Balanta, quien salvaguarda la música del Pacífico con su bombo arrulladora. Aquí también nació la cantadora Nidia Góngora, heredando a su mamá, Olivia Bonilla. El municipio, como todo el Pacífico, del Valle, Cauca, Y Nariño hasta Chocó, es fuente de talentos como Herencia de Timbiquí y Canalón, fundado por Elizabeth Sinisterra, una maestra timbiriqueña, que siempre ha querido inculcarles a sus estudiantes el amor por la tradición.

No es usual la visita de especialistas a zonas tan pobres como las del Pacífico.

No es usual la visita de especialistas a zonas tan pobres como las del Pacífico.

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Juan B. Díaz. EL TIEMPO

Es la lucha por la niñez y juventud lejos de ese agite por la coca y el oro, al que merodea el Clan del Golfo. De este litoral salieron los 59 lingotes dorados, avaluados en más de 6.000 millones de pesos, que fueron hallados el 23 de julio en una casa del oriente de Cali. Es el brillo de fortunas por las que nadie sabe cuántos han quedado sepultados en entrañas de ríos o desaparecieron aguas abajo.

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