Cali

‘Me la he pasado toda la vida averiguando bochinches’

Gardeazábal habla sobre su última obra, Las guerras de Tuluá’

Gardeazábal

El escritor vallecaucano, Gustavo Álvarez Gardeazábal.

Foto:

Santiago Saldarriaga, EL TIEMPO

Por: CALI
04 de noviembre 2018 , 12:14 p.m.

Llegó con un decena de ejemplares de Las guerras de Tuluá bajo el brazo, su último libro, y con una sonrisa que no desapareció de su rostro a lo largo de un conversatorio que se prolongó por cerca de tres horas en el Parador Nariño, un sitio estratégico, escogido por el propio Gustavo Álvarez Gardeazábal, para hablar de los 20 relatos consignados en la obra. De ahí, del corregimiento Nariño de Tuluá, salieron algunos de los protagonistas de estas historias, como el de El último rezado o el de la Mano de Burrigá’que tienen agotado el libro.

En Cali, al menos, está difícil de conseguir, y en Tuluá, hace dos semanas, se vendieron 700 en una sola tarde.

“El señor que me vendió los libros me dijo: Es la primera vez que aquí, en Tuluá, vendo 700 ejemplares”, contaba el escritor.

“Como ahora no se hacen libros en grandes tiradas, sino digital, sacan 300 al comienzo y si se venden, van sacando. Esta vez se editaron 3.000 porque sabían que lo mío se vendía, la Nacional lo dejó agotar, tuvieron que hacer otra edición”.

Dijo que era un libro sobre historias oídas hace muchos años, algunas de ellas investigadas hace mucho rato y otras, investigadas hace poco, para corroborar los hechos.

“Este no es un libro de historia, pero tampoco es una novela del todo, no todo es ficción. ¿En dónde está la barrera? Ni idea. Como buen tulueño, pues uno tiene una base real y el resto lo va inventando”.

En el fondo, sabe que es una novela histórica.

“Lo que hice fue un compendio de las guerras que yo he contado. Cuando hice Cóndores no entierran todos los días estaba ilusionado con que, escribiendo Cóndores aquí, ya no iban a huevonear más, y lo primero que hicieron fue repetirla tres veces. ¿Por qué se lee, se estudia y cada vez se hacen más ediciones de Cóndores? Porque lo que está contando es la misma historia que aquí se repite permanentemente, disfrazada de una cosa, disfrazada de la otra, pero es lo mismo. Tal vez, por eso, ha gustado el librito, porque compendia, en relatos breves, la historia y tiene interés”.

Gardeazábal

'Las guerras de Tuluá', el último éxito del escritor.

Foto:

Santiago Saldarriaga, EL TIEMPO


‘En Las guerras de Tuluá se cuentan las dos masacres del corregimiento de Barragán. Para la primera, ocurrida en 1956, se sentó a estudiar en la justicia penal militar porque ‘esto es investigando y hurgando’.

“A mí me la había contado el padre Luis Enrique Sendoya, fue un cura poeta, profesor mío en la Universidad del Valle, que después se retiró y terminó de presidente de las Sociedades Bíblicas Unidas en México. Era párroco en Caicedonia y le había tocado subir a ver a las viudas de esa masacre. Hubo un latifundista que le dijo a un militar, época de Rojas Pinilla, que le habían robado un ganado y con la marca del ganado que decían, le habían robado, los marcaron a todos aquí, antes de matarlos, sin camisa. ¡Y con ese frío de Barragán! Para la segunda masacre, la de los paramilitares, me senté a investigar en el Tribunal de Buga”.

No es que Tuluá o todo el país sea violento - las primeras reseñas que han salido de este libro se refieren a Colombia- Para el escritor es una radiografía de lo que somos, lo que hemos sido y nos da pena.

“Yo me gradué en letras en la Universidad del Valle con una tesis que se llamaba ‘La novela de la violencia en Colombia’, el director era el doctor Walter Langford, decano vitalicio de la Universidad de Notre-Dame en Indiana, experto en novela de la revolución mexicana y en la Biblioteca de la Universidad del Valle están las 212 novelas que, en 1968, habían escrito sobre esa revolución y me las leí todas. En México, Pancho Villa es un héroe y era un bandido de siete suelas, aquí, el alcalde de Medellín esconde a Pablo Escobar en vez de ponerlo turista y cada vez que hay un turismo va y lo persigue, yo lo he atacado fuerte. En México, Zapata era un marihuanero pleno y es un héroe. Aquí nos da vergüenza, por eso no hubo novela de la violencia, sino libros que querían contar lo que había pasado porque había censura de prensa y no lo dejaban contar”.

Gardeazábal lleva 52 años como columnista y todo lo que le han censurado lo guarda en una carpeta que ya no publicará porque se trata de escritos que, según él, perdieron vigencia o porque tendría que entrar a explicar todo el contexto en que se generaron.

Al Valle le hizo mucha falta Rodrigo Lloreda Caicedo

“La censura de prensa no es de ahora con la mermelada. ¡No! Tengo un folder aparte con las columnas que me censuró Rodrigo Lloreda, por eso lo aprecié tanto, porque tenía la verraquera de mandarme una notica: ‘Esto no se puede publicar porque es peligroso’, ‘en este periódico este señor no puede ser mencionado’, y firmaba, Rodrigo Lloreda Caicedo. Eso se llama tener cojones".

En el Anarquista de derecha recopiló parte de las columnas escritas a los largo de las últimas 50 décadas.

La del pasado 17 de octubre para ADN le generó lo que él catalogó como un 'tsunami' de correos. Ahí argumentaba que la radio en AM se había acabado porque ya no se vendían radios y que la FM musical ‘va de culo para el estanco porque la gente ya no le gusta que le escojan la música, la gente escoge la música. Es una crisis de los medios muy brava’.

Estaba contento porque la Universidad del Valle le va a sacar, en edición de lujo, toda su obra. De este trabajo se encargan Óscar López Pulecio y Edgar Collazos.

Gardeazábal presentó Las guerras de Tuluá en la pasada Feria del Libro de Cali. La mano de Burrigá, el último cacique pijao de la región y el primer rezado de Tuluá, es el primero de los 20 relatos.

“Nariño ha sido un corregimiento donde, inicialmente, se civilizaron los indígenas que vivían en el Sauzal, una hacienda a orillas del río Cauca que siempre se inundaba y donde se habló de la tradición de los rezados de Nariño. Burrigá es el primer rezado. Encontré un texto escrito por monseñor Maximiliano Crespo en 1898, cuando fue párroco sustituto en Tuluá, donde fusilan a un fulano porque había matado a su moza, es el último fusilado que hay en Tuluá por pena de muerte. El cura narra cómo le hicieron la primera descarga y el hombre no cayó, la segunda descarga y no cayó. Dice que el tipo daba señales diabólicas, entonces lo desnudan y ven que tenía una placa de metal en el pecho, entonces, le disparan en los genitales y al tercer intento, muere”.

Todos los rezados de Nariño tenían esa placa, el último, el que mató a la moza, está vivo y en una cárcel. El último relato del libro es sobre él, sobre El último rezado que aún conserva la placa de metal y el escapulario de la Virgen del Carmen amarrado en sus partes más íntimas.

El segundo relato que trae el libro es El Duque de Wellington, un general inglés que combatió a Napoleón. Contaba el escritor que a comienzos del siglo XIX se asentaron en Tuluá dos miembros de la familia White y uno de ellos tenía una carta del duque de Wellington y en un pueblo pequeñito, tener esa carta daba mucho prestigio.

“Busqué dónde más había ingleses en esa época en Colombia, entre 1800 y 1810. Me leí la biografía del Duque, encontré a los ingleses en Ríosucio y Marmato. Hago venir al Duque, para traerle unas libras esterlinas a los ingleses de las minas de Ríosucio, y cuando el señor pasa por Tuluá, por el Sauzal, lo atracan los indios y a él no le queda más remedio que esconder las libras esterlinas porque en el Sauzal se encontró, hace unos 80 años, un entierro en unos baúles con libras esterlinas de plata. Como ven, unas cosas son verdad, investigo, invento, recreo, traigo al personaje y lo vuelvo a sacar”.

“Tengo 73 años y me la he pasado toda la vida averiguando bochinches”, decía el escritor, quien en medio de esas investigaciones descubrió que su tatarabuelo y su bisabuelo también fueron alcaldes de Tuluá. Solo se lamentaba de no haberlo descubierto a tiempo, para haberlos mencionado en sus dos posesiones como alcalde de este municipio ubicado en el centro del Valle.

También contó que era descendiente de una ‘tataraputa’, de Rosaura Escobar, y a mucho honor, porque en Buga vivían los ricos y en Tuluá las mozas, según el escritor. Ella vivió entre 1820 y 1880, era la dueña del Hotel Central en Tuluá que después se convertiría en el Hotel Tuluá del Parque Boyacá. Era una excelente cocinera y sus recetas, aún se conservan en el pueblo.

Uno puede escribir de lo que se imagina, de lo que ha leído y quiere transformar o de lo que ha vivido

Gardeazábal

Para sus memorias, habrá que esperar, lleva seis años en ellas.

Foto:

Santiago Saldarriaga, EL TIEMPO

“No es que mis libros sean autobiográficos, es que yo nací en Tuluá, viví mi infancia en Tuluá que es cuando uno se marca verdaderamente en la vida, y mi adolescencia, entonces, lo que hice fue contar el proceso que viví. Simplemente estoy retomando la historia”.

Lleva como seis años en la escritura y reescritura de lo que podría ser la primera parte de sus memorias, pero noveladas. ‘Donde yo pueda darme el lujo de inventar. Se llama El violín, pero ahí está’.

El mejor crítico literario es el paso del tiempo

“Lo que resiste el paso del tiempo, eso quedó: Cóndores, lo escribí hace 48 años, soy el único escritor vivo que se da ese lujo, un libro que se sigue editando y se sigue vendiendo y estudiando. Ahí voy”.

El maestro, a quien el franquismo le censuró El Bazar de los idiotas y quien desafió en 1992 al entonces Presidente de la República César Gaviria al celebrar el fin de año a las 12:00 de la noche, a la hora de Dios, como él dice (mientras ríe, porque sabe que es ateo), el que convenció a 3.000 párrocos de todo el país para que hicieran lo mismo y no adelantaran el reloj como lo imponía el Gobierno Nacional por culpa de un racionamiento energético, pasa sus días en ‘El Porce’, la finca que comparte con 200 gallinas, sus guardianas, 200 patos y 200 gansos.

Por ‘El Porce’ ya desfilaron los aspirantes a la alcaldía de Cali, en busca de consejos y del crítico análisis de Gardeazábal sobre las posibilidades que tienen de llegar a gobernar una de las ciudades más complejas del suroccidente colombiano, y es que nadie como él para opinar sobre el acontecer político.

De Iván Duque dijo que era el único Presidente que, sin decir, ni hacer nada, se había desprestigiado en solo dos meses.

Gloria Inés Arias
Corresponsal EL TIEMPO

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.

CREA UNA CUENTA


¿Ya tienes cuenta? INGRESA