Barranquilla

La depresión de Wilfrido, el dominicano ‘Rey del Merengue’

La decepción en Carnaval tiene su encanto, por eso él, que es la personificación de esa paradoja.

W. Vargas, el 'rey del merengue'

El año pasado, el artistas dominicano compartió su vida artística con los asistentes al Carnaval de las Artes 2018, en Barranquilla. Habló con Roberto Pombo, director de EL TIEMPO.

Foto:

Carlos Capella/EL TIEMPO

Por: Lucero Martínez K.
17 de febrero 2019 , 01:57 p.m.

¿Y, si te dijera que la depresión también tiene su encanto?  Esa pregunta que es una afirmación, la realizó Wilfrido Vargas durante una entrevista al dar a conocer que ha sido un hombre, como tantos otros, con padecimientos en el alma.

Wilfrido Vargas, el artista dominicano que creímos barranquillero por allá en los años 80 del Siglo XX por su manera de reír, de cantar, de bailar, de mofarse de la vida nos confirma eso que sentimos cuando llegamos tarde, corriendo, a un Festival de Orquestas en el desaparecido Coliseo Humberto Perea de Barranquilla.

Atravesamos el corredor guiados por las trompetas que sonaban por encima de la algarabía de la gente, cientos de personas apretadas en ese espacio que parecía venirse abajo, al siguiente instante escuchamos una voz masculina cantando en un tono alto, altísimo, a ritmo de merengue, saliéndole de las entrañas para que le llegara a ella, a esa mujer que dejaba: ‘volveré, volveré, serás mi estrella, si tú me esperas, volveré’...; fue el anticipo del desenfreno colectivo más feliz que hayan visto mis ojos.

Si es verdad que la energía humana puede lograr transformaciones en el cosmos ese era el día, la tarde y la música que podrían haber incidido en mejorar el mundo pues, enmaicenados en el Coliseo nos amábamos todos los barranquilleros en la misma escala de felicidad cuántica.

Wilfrido, quien tuvo la genialidad musical de colocar en las trompetas y en el ‘volveré’ la fuerza del grito que, acaso, Ulises le lanzara a su Penélope cuando zarpó a la mar rumbo a Troya, sufre de grandes momentos de tristeza, así lo confesó.

Es la magia del artista, ligar sus oscilaciones de felicidad y abatimiento con los vaivenes de la música para atrapar a quien la escucha.

Eso fue lo que sentimos al llegar apresurados a aquel Festival de Orquestas en el Coliseo: una canción que, tras su vertiginosa felicidad, escondía una recóndita desolación.

Es la magia del artista, ligar sus oscilaciones de felicidad y abatimiento con los vaivenes de la música para atrapar a quien la escucha

Casi a mi lado me tocó un grupo de jóvenes mujeres que bailaban, cantaban, tomaban cerveza, se arrojaban maicena, pero, sin hombres acompañantes.

Una de ellas, pequeñita, sobresalía porque, se notaba que era del interior del país, era una cachaquita muy dulce que de pronto estalló en llanto. Por segundos el fragor del gentío delirante y la música ensordecedora nos dejaban entender la historia: que había conocido al hombre de su vida el sábado de carnaval, que se amaron intensamente como ahora lo decía la canción, que le prometió llevarla al Festival de Orquestas, pero, que la anoche anterior salió a buscar cigarrillos diciendo, “ahorita vuelvo” y nunca regresó.

Volveré, volveré, serás mi estrella, si tú me esperas, volveré, cantábamos en el Coliseo. ¿Y, le creíste que te amaba?, le dijo una de las amigas. ¿Por una noche te iba a amar toda la vida?, le dijo otra.

¿Cuántos carnavales has estado aquí?, le preguntó la tercera. La cachaquita llena de lágrimas contestaba que sí, que le había creído su amor, que lo había esperado la noche entera y que era la primera vez que venía al Carnaval. Todas se miraron condescendientemente hasta que una le dijo con toda franqueza: el “ahorita vuelvo” en Carnaval salga de un hombre o de una mujer es un adiós para siempre.

Le dieron una copa de aguardiente llevándola más cerca de la orquesta para acompañar en coro al hombre que, con los ojos entornados de amor y las manos extendidas hacia ellas, cantaba ‘porque te quiero, hasta tu puerto volveré’.
La decepción en Carnaval tiene su encanto, por eso Wilfrido Vargas, que es la personificación de esa paradoja, es esperado todos los años para estas fiestas porque aquí sentimos igual que él.

Nunca hay tanta tristeza durante el resto del año como cuando, sentados en el rincón de una verbena, suena a las tres de la madrugada 'La danza del mono' en señal de despedida de la fiesta o sentados en un bordillo con la máscara de marimonda en la mano declarando un amor imposible o a pleno sol en la Batalla de Flores oteando el horizonte de banderas para ver pasar a ese ser, feliz, sin saber que somos parte del público.

Llenos de optimismo durante todo el año en Barranquilla tenemos el Carnaval para amar y bailar pero, también, licencia para llorar.

luceromartinezkasab@hotmail.com

Lucero Martínez Kasab
Especial para EL TIEMPO
BARRANQUILLA

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