Barranquilla

Colonia venezolana se instaló en terminal de Barranquilla

En este lugar hay cerca de 300 venezolanos ubicados en las zonas verdes del sector.

Foto:
24 de noviembre 2017 , 07:10 p.m.

Personas se guarecen bajo los árboles, donde cuelgan ropa, sábanas y colchonetas, y niños que se divierten jugando con la arena es el panorama que se ve todos los días en los alrededores de la Terminal Metropolitana de Barranquilla.

Son cerca de 300 venezolanos que se tomaron las zonas verdes de ese sector de Soledad y, con las manos vacías y sin un lugar donde vivir, esperan ayuda o un trabajo que les permita sobrevivir.

“Si seguimos así, vamos en el camino de la indigencia”, dice entre lágrimas Ronaldo López, un ingeniero de petróleos de 35 años que llegó a Colombia en compañía de su hijo de 12, con el propósito de trabajar, reunir dinero y viajar a Perú, pero se quedó varado en Barranquilla, donde se estima que pueden estar 312.000 venezolanos.

López es quien censa a los venezolanos que viven en la terminal y el encargado de organizar la repartición de las ayudas que les llegan. En el lugar hay, según este ingeniero, 40 menores de edad, 65 mujeres (5 de ellas en embarazo) y 190 hombres.
Sentado en una banca, con la mirada perdida hacia los carros que transitan por la calle, está Imer Villalobos, un cocinero caraqueño de 57 años que se declara perseguido en su país por el solo hecho de haber firmado para el referendo revocatorio del régimen de Maduro.

Villalobos sobrevivía de recoger aluminio, plástico y sobras de comida en un botadero de basura en Caracas, y viajó a Colombia cansado de su deprimente situación y con el propósito de buscar empleo para enviarles dinero a sus padres, que se quedaron alimentándose una vez al día con solo yuca y agua.

“¡Imer, te va a matar Maduro!”, le grita un joven. “¡Que venga aquí donde estoy y me mate!”, respondió este cocinero que vive de la caridad de las personas que se acercan a la terminal.

La desesperación prima en el parqueadero del lugar, donde algunos se lanzan a interceptar a quienes se les acercan. Ruegan por comida, trabajo o incluso ayuda para localizar a familiares. Entre ese grupo está un menor de 17 años que dice buscar a una hermana que dejó su país huyendo de la persecución política y quien se habría cambiado el nombre. Mientras tanto, otros venezolanos intentan ganarse la vida por su cuenta. Venden dulces y agua en las calles de la ciudad, y en la noche regresan a la terminal.

ELIANA AVENDAÑO
Especial para EL TIEMPO

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