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De pueblo en pueblo

La periodista y bloguera española Toya Viudes escogió sus cinco favoritos de Colombia.

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El centro histórico de Mompox es Patrimonio de la Humanidad.

Foto:

Toya Viudes.

Por: CARRUSEL
30 de noviembre 2018 , 03:29 p.m.

Siempre me gustó “pueblear”. Lo sé, en el diccionario de la Real Academia Española de la Lengua este verbo no existe, pero para mí define bien lo feliz que soy de pueblo en pueblo, mucho más que entre edificios. 

De pequeña viajé con mi familia por toda España y cuando ya casi no quedaba un rincón por descubrir, mi padre me dijo: “Ahora que conoces tu país es hora de que salgas al mundo”. Así lo hice y con mi mochila al hombro recorrí varios continentes huyendo del ruido y las aglomeraciones para buscar esos pequeños lugares en los que compartir la simple cotidianidad, que al fin y al cabo es lo que da sentido a la vida. Desde entonces, no he parado.

Hace ya siete años que llegué a Colombia y tres que comencé, de la mano de Fontur y el Ministerio de Comercio, Industria y Turismo, una gran aventura personal y profesional que me ha llevado a conocer los 17 Pueblos Patrimonio de Colombia, a escribir sobre ellos y a robarles cientos de fotografías.

Lo mío con los Pueblos Patrimonio ha sido una historia de amor que me ha llevado a enamorarme más, si cabe, de mi Colombia querida. Mompox, Villa de Leyva, Santa Fe de Antioquia, Honda, Aguadas, Monguí, San Juan de Girón, Guaduas, Salamina, Barichara, Jardín, La Playa de Belén, Ciénaga, El Socorro, Guadalajara de Buga, Jericó y Santa Cruz de Lorica. Los conozco todos, y les confieso que esta revista me puso en un aprieto cuando me pidió elegir solo cinco destinos para este artículo. Creo que tienen algo especial. He comprobado a lo largo de estos años el esfuerzo que han hecho sus habitantes por entender que más allá del reconocimiento como Patrimonio, hay que dotar al pueblo de contenido, saber contar una historia y recibir al turista como se merece. Hecha esa aclaración, aquí va mi top. Espero que les guste y que los visiten pronto.

Mompox (Bolivar)

Sobre la isla de agua dulce más grande de Latinoamérica, rodeada por el río Magdalena, se levanta esta bella localidad con aire español y sabor caribeño que llegó a ser uno de los puertos fluviales más importantes de la Nueva Granada y cuyo centro histórico es hoy Patrimonio de la Humanidad.

Por Mompox no se pasa, a Mompox se llega a pasear por el bello balcón sobre el río que es la Calle de la Albarrada, a sentarse en los Portales de la Marquesa, a imaginar historias de grandes fortunas y noblezas, a visitar sus iglesias en Semana Santa; al Festival de Jazz, a comer butifarras con mucho limón y queso de capa, que nada tiene que envidiar a la mejor de las mozzarellas italianas.

A Mompox se llega a sentarse en una mecedora a ver caer la tarde y a comprar filigranas, ese arte que teje el mundo con dobletes, círculos y espirales antes en oro, ahora en delgadísimos hilos de plata.

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Entrada al más allá. Mompox.

Foto:

Myriam Alejandra Montaño Bonilla

Salamina (Caldas)

 Llegar hasta donde hoy está Salamina no fue un camino de rosas para esos colonos del oriente antioqueño que a finales del siglo XVIII se plantaron aquí a punta de mula y machete. En Salamina lo mejor está puertas para adentro: en las portadas de los comedores, los relieves, los ornamentos geométricos, las rosas, las aves, los racimos de uva que maduran o verdean sin necesidad de darles color, tan solo manejando la textura de la madera y los calados y celosías en diseños únicos e irrepetibles.

Cuando paseen por sus calles háganlo mirando hacia arriba para no perderse detalle, tampoco los aleros, los más grandes que he visto en toda Colombia, y los coloridos balcones. Y una cosa más: no se vayan sin probar los famosos huevos al vapor que se preparan en la misma greca del café y que se hacen con mantequilla y salchichón bien picadito.

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Una fachada de Salamina.

Foto:

Toya Viudes

Jardín (Antioquia)

Este Pueblo Patrimonio parece sacado de un cuento, de uno de esos relatos que mi madre me contaba antes de dormir, en los que las casitas eran de colores, las flores llenaban los caminos y todos eran felices y comían perdices. El Parque del Libertador –la Plaza, como la llaman sus vecinos– es su corazón y allí se llega a beber café, a comprar fruta, comer alguito y compartir unos aguardientes bien conversaditos. Y a oír misa en la imponente basílica.

Hay que sacar tiempo para admirar los coloridos zócalos, ventanas y balcones, para buscar al gallito de las rocas, uno de los pájaros más lindos que he visto en mi vida con su plumaje rojo chillón y su coqueta cresta.

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La basílica y el guayacán. Jardín, Antioquia.

Foto:

María Camila Tobón Gaviria.

Honda (Tolima)

Desde su nacimiento en el Huila hasta su desembocadura en Bocas de Ceniza, el río Magdalena discurre muy tranquilo hasta que llega a Honda y enloquece con ese cambio drástico de pendiente que imposibilita el paso de navíos y que obligó a la creación de un singular sistema de desembarcaderos, bodegas y puertos que comunicaban Europa con el Caribe. Se esfumaron los teatros, la plata y el oro que circulaban a raudales por la villa; el aeródromo ya no funciona y ya no se navega por el río, pero este Pueblo Patrimonio sigue siendo historia pura.

Hay que caminar por la Calle de las Trampas, por la del Sello Real, visitar la casa de los conquistadores y la de los Virreyes (en la que descansó el sabio Mutis). No hay que perder de vista el Alto del Rosario, hay que cruzar los puentes, comer lechona y bocachico en el mercado y acercarse al encantador Museo del Río, que fue bodega real.

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Calle de las Trampas. Honda, Tolima. 

Foto:

Diego Andrés Torres Esquivel

Mongui (Boyacá)

Es el pueblo más lindo de Boyacá y el sitio donde se fabrican los mejores balones de fútbol. Frío hace, y a veces mucho, pero hay días en que el sol de alta montaña ilumina las fachadas blancas adornadas de verde esmeralda y rojo vino y este lugar se convierte en un decorado de película (sí, aquí se han rodado muchas).

Suban a la Peña de Otí en un delicioso recorrido por el bosque altoandino, no dejen de visitar el convento con su imponente claustro y la basílica, y ojalá puedan ver las pinturas de Gregorio Vásquez de Arce y Ceballos, las mejores de la Colonia, dicen. Y reserven un día completo para ir de excursión al páramo de Ocetá, cuajado de frailejones y seguramente uno de los más bonitos del mundo.

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Una cosa piensa el burro. Monguí, Boyacá.

Foto:

César Demetrio Jiménez Vargas.

Para información de la Red de Pueblos Patrimonio de Colombia: www.pueblospatrimoniodecolombia.co

Puedes seguir a Toya Viudes en su Blog: www.colombiadeuna.com
Facebook: Colombia de una
Twitter e Instagram: @colombiadeuna

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